lunes, enero 05, 2009
Hombres y mujeres: el sustrato biológico
jueves, noviembre 27, 2008
Campañas sobre la violencia de género masculino y apuntes para la deconstrucción del discurso dominante.

Me preocupa el sesgo de las campañas sobre la violencia de género masculino. Su tono se radicaliza año tras año y su mensaje tiende a simplificarse cada vez más. En mi población se han organizado cursos de defensa personal para mujeres con apoyo institucional y las calles se han llenado de carteles en los que las expresiones violencia machista o patriarcado se repiten hasta el infinito.
Sinceramente, no creo que este sea el camino. Se me dirá que es una estrategia preventiva, una estrategia de choque, una apuesta por el empoderamiento de la mujeres.. Desde luego no podemos mantenernos impasibles, pero el problema es demasiado grave y complejo como para abordarlo con campañas que caricaturizan la realidad y destilan rabia.
Quizás estas explosiones misándricas queden bien de cara a la galería, pero no resuelven nada, porque dibujan un monstruo masculino que está ya en vías de extinción y eso lo sabemos todos. Sería mejor hablar del mundo en el que vivimos ahora y no del de nuestros abuelos, porque de seguir insistiendo en esta última vía, lo que se va a conseguir es que nadie se sienta interpelado. No niego que siga habiendo machistas recalcitrantes, ni infelices que tengan ensueños patriarcales, pero el perfil de los agresores potenciales que nos ha de preocupar más es otro mucho más común. Me refiero al hombre que se desconoce su específica condición masculina, al que niega su agresividad, al que cree que por defender el respeto y la igualdad y repudiar el machismo nunca va a incurrir en esas conductas. A ese perfil masculino, que es el dominante, es al que hay que dirigirse y hay que hacerlo desde bien temprano. No podemos caer en la paradoja de señalar al colectivo masculino como causa problema y después no prestar ninguna atención a los hombres reales. Hay que centrarse en el hombres corrientes, en sus perplejidades, en los chicos que están conquistando su masculinidad en medio de mensajes desarticulados y contradictorios. Y hay que proporcionar herramientas para desplegar de manera positiva la condición masculina, desde su particular peculiaridad.
Pero eso no va a hacerse hasta que superemos la perspectiva radicalizada de género en la vivimos inmersos. Como institucionalmente se parte del presupuesto de que la masculinidad o la feminidad son exclusivamente construcciones culturales, sólo se admite una explicación culturalista de la violencia (el problema es la ideología machista dominante) y una solución de la misma índole (hay que combatir el machismo desde todos los frentes).
¿Qué no se obtienen resultados? Pues se considera que hay insistir con más energía en la misma dirección, sin cuestionar los irrenunciables principios de los que se parten. La explicación se sitúa en el machismo opaco y subrepticio, un enemigo invisible que agazapa hábilmente en cualquier rincón, un virus letal que puede malograr en cualquier momento los esfuerzos realizados. Machismo, masculinidad, condición masculina son cada vez más equivalentes, las expresiones de una ideología patriarcal subyacente y remisa a desaparecer. La guerra se intensifica: hay que recelar de todo, hay que denunciarlo todo, hay que castigarlo todo. Debe pasarse al ataque preventivo y castigar incluso al sospechoso antes de que se demuestre su culpabilidad.
Cabe sin embargo, otra posibilidad: dudar los presupuestos de la perspectiva de género más radicalizada. En una reciente conferencia Teresa Forcades comentaba que en Estados Unidos sólo una de cada cuatro mujeres se identificaba con los postulados feministas, a pesar de que es el país en el que el enfoque de género ha tenido más largo recorrido en todos los ámbitos. ¿Machismo reticente al cambio?. No, cansancio ante unos análisis que no se ajustan al mundo real. ¿No sería más fácil asumir que el género tiene un substrato biológico, que somos híbridos de naturaleza y cultura y que hombres y mujeres tenemos que aprender de manera diferenciada nuestras especificidades de manera diferenciada para construirnos como personas plenas?. Esa era su propuesta, que ya comentaré más detalladamente en otro post.
Hoy he hablado con algunas alumnas de bachillerato sobre estos temas. Ha sido interesante. Ninguna se imaginaba haciendo el papel de chica sumisa. Eso -me han dicho- puede ocurrirle a alguna catorceañera o muy inmadura, pero a sus edad (17-18) es improbable. Tampoco temían caer en las garras de un machito, porque esa máscara repele y se detecta a la legua. Les preocupaba más el buen chico dependiente, que se cuelga de la chica y es incapaz de aceptar que una relación se ha acabado y se vuelve agresivo.
domingo, agosto 24, 2008
El sustrato biológico de los roles sexuales y la plausibilidad de las identidades género.
“Para el hombre es verdaderamente bueno que los programas de educación tengan en cuenta, en la medida de lo posible, el factor “naturaleza humana”, con el fin de evitar a los hombres frustraciones inútiles.”[1] Lo dice Irenäus Eibl-Eibesfeldt, quien junto a Konrad Lorenz, -del que es discípulo-, ha sido el especialista más representativo de la Etología Comparada.
Es un reflexión muy oportuna ahora que la condición masculina está siendo minuciosamente deconstruida y sometida a receloso análisis. Basta hacer un seguimiento continuado de los mensajes directa e indirectamente relacionados con los hombres aparecidos en medios públicos y campañas institucionales –la alusión permanente a la violencia machista, las medidas de discriminación negativa, la presentación habitual de la mujer como víctima de los privilegios masculinos- para constatar que la condición masculina está bajo sospecha y que los valores asociados a la masculinidad -racionalidad, idealismo, autoridad, jerarquía, afán de trascendencia, agresividad, fuerza, valor, heroísmo, competitividad, etc.- suscitan rechazo o desconfianza. Se ha impuesto la idea de que la masculinidad hegemónica es un artificio culturalmente construido para perpetuar la opresión de las mujeres, que debe ser proscrito, o en todo caso, reformulado de acuerdo con los principios de la equidad de género, aunque son pocos los que confían en la plausibilidad de esta opción.
Sin embargo, los estudios científicos de las últimas décadas no han hecho más que subrayar el peso del substrato biológico en los patrones de conducta de los hombres y las mujeres. A estas alturas, es muy difícil encontrar a científicos rigurosos que no reconozcan que basar las diferencias conductuales entre hombres y mujeres sólo en la cultura no es más que un mito caduco de la segunda mitad del siglo pasado. Un mito caduco para la comunidad científica, pero todavía muy influyente política y culturalmente, como acabo de explicar.
No olvidemos que Edward O. Wilson, el por fin admirado padre de la Sociobiología, fue cruelmente ninguneado por ideólogos de todo signo que lo convirtieron en su particular bestia negra, porque afirmaba que la psicología y el comportamiento social humanos hunde sus raíces en la evolución biológica, como cuenta muy bien Jesús Mosterín en su obra La naturaleza humana. Eso ocurría en la década de los setenta, pero en nuestros días, una neuróloga tan moderada y prudente como es Louann Brizendine –autora de la famosa obra El cerebro femenino- confiesa el malestar que produjo su defensa de una especificidad biológica femenina en círculos profeministas, donde muchos han contemplado su posición como una provocación innecesaria que traiciona la causa de la igualdad. Brizendine se esfuerza en argumentar lo erróneo de tal apreciación, pero se advierte el sinsabor que le ha producido semejante juicio a una mujer como ella, que se siente identificada con los postulados feministas esenciales.
Frente al exceso conductista de que todo puede ser remodelado por la educación, quizás nos convenga adoptar una perspectiva más modesta y conocer cuáles son los aspectos de las conductas masculinas y femeninas menos maleables y más resistentes al cambio. No propugno la sumisión a nuestra herencia genética, sino conocerla mejor, para librar con más efectividad nuestras batallas en pos de un mundo mejor. Para ello, contamos con un cerebro que nos permite dar respuestas creativas y originales a problemas insólitos y la especie humana se halla ahora ante el reto inédito de construir la equidad de género. Pero antes, debemos saber muy bien de dónde partimos.
Eibl-Eibesfeldt comenta en su imponente Biología del comportamiento humano. Manual de Etología Humana (Alianza, 1993, p. 303) que la propia Margaret Mead[2] –cuyas forzadas tesis culturalistas llegaron a ser tan influyentes- reconocía una disposición natural masculina y femenina del temperamento y se quejaba de que el modelo de vida occidental ofrecía a los hombres muy pocos roles emocionalmente satisfactorios debido a una sobrevaloración de las cualidades femeninas. Los hombres –auguraba- se iban a encontrar en una situación bastante difícil pues no tendrían medio de dar expresión a su función agresiva de defensor, filogenéticamente dada, y a sus deseos de valor individual. Mead propone que la sociedad organice las tareas masculinas de tal modo que den posibilidades de actuar a la disposición del varón a intervenir en favor de las personas próximas a él. Según Mead, toda sociedad que modifica la dirección del temperamento natural de un sexo en el sentido del otro sexo, contrariando su predisposición, se encuentra con dificultades... Los mundugumur padecerían por la virilización de sus mujeres, y los arapesh, por el contrario, a causa de la feminización de sus varones (dos de las etnias estudiadas por ella). Para Eibl-Eibesfeldt, estas constataciones de M. Mead en «Male and Female» (1949), que complementan fundamentalmente sus observaciones en «Sex and Temperament» (1935), tienen especial interés porque constituyen una de las raras ocasiones en las que Mead piensa en términos biológicos, oponiéndose a los que niegan la intervención de la biología en la determinación de los roles sexuales (p. 305).
Sin embargo, Mead adquirió su fama justamente por la tesis contraria: la de negar que del substrato biológico se derive algo más que unas mínimas predisposiciones naturales. En sus estudios intentaba demostrar que las conductas asociadas a la masculinidad no eran universales, y que por tanto sólo podían explicarse en términos culturales. El mensaje fue recibido con entusiasmo por el movimiento feminista porque restaba trascendencia a las diferencias sexuales biológicas en la configuración del entramado social. Por aquel entonces, Simone de Beauvoir propugnó la emancipación de la mujer a través de la actividad profesional y la reducción del matrimonio a un vínculo fácilmente revocable que no le comportara limitaciones específicas (legalización del aborto, control de la natalidad, reparto de tareas domésticas). Eibl-Eibesfeldt recuerda que Shulamith Firestone (1970) -consecuente con estos planteamientos- llegó a defender la sustitución de la reproducción natural por la artificial y la entrega de los recién nacidos a pequeños grupos de profesionales su crianza. Según decía, había que acabar definitivamente con el mitificado nexo madre-hijo.
Firestone parecía ignorar que su propuesta de prescindir del vínculo entre madres e hijos ya se había ensayado con resultados nefastos en los kibutz, establecidos en Israel desde las primeras décadas del s. XX. En coherencia con el feminismo utópico del primer socialismo, se dispuso que en estas comunas los niños recién nacidos fueran separados de su progenitores y socializados en hogares infantiles ordenados por edades y a cargo de puericultores especializados (p.320). Las mujeres quedaban así liberadas de la crianza y podían entregarse plenamente a la actividad laboral, liberándose de la dependencia del varón. Sin embargo, estos “hijos de la comunidad”, a pesar de haber ser atendidos por solícitos cuidadores, siempre concedieron más valor al vínculo con sus padres biológicos, aunque sólo compartían con ellos una hora de juegos por las noches. Como estudió M. E. Spiro, las mujeres de la segunda generación –las ya nacidas en los kibutz- acabaron rebelándose contra estos roles artificiosos impuestos en nombre de la ideología y decidieron recuperar su papel de madres y esposas en detrimento del trabajo productivo. Para M. E. Spiro, la conclusión era clara: cuando la manipulación ideológica del ser humano rebasa ciertos límites la naturaleza precultural acaba imponiéndose a los esfuerzos educativos.
Spiro comprobó también que una educación igualitaria no consiguió corregir lo que parecían tendencias innatas derivadas del sexo biológico. Comprobó que los chicos tendían a jugar con objetos grandes que exigían gran fuerza física y se identificaban con animales vigorosos o agresivos de su entorno (caballos, lobos, perros, serpientes...). Las niñas, en cambio, preferían los juegos verbales y de fantasía, en los que solían asumir roles típicamente femeninos como el de madre, a pesar de que no recibían ningún refuerzo social en este sentido, quizás porque necesitaban experimentar la función maternal. Una constatación que lleva a Eibl-Eibesfeldt a afirmar que “fomentar por principio la inseguridad respecto a los roles no puede ser una meta seria de nuestra educación” (p.328).
Desde entonces ha llovido mucho, pero pese a que la equidad de género se ha convertido en un valor irrenunciable y a que la mujer ha alcanzado la plena posesión de sí misma -como explica Lipovetsky en la Tercera Mujer-, persisten con todo las lógicas disímiles en cuanto a los roles sexuales. Aunque la presencia de la mujer en el ámbito laboral es cada vez más equilibrada y, aunque el nuevo modelo es la pareja igualitaria-participativa con una distribución más equitativa de las tareas domésticas es el nuevo modelo, lo cierto es que la mujer no es menos madre que ayer y no se ha producido cambio sustancial de los roles familiares de los dos géneros, que parecen vivir una prórroga de las normas diferenciales de los sexos ahora "recicladas mediante las del mundo de la autonomía". En todo caso, si algo se ha producido es un obscurecimiento del mundo del varón y de su papel como padre, pero ni siquiera eso ha supuesto una renuncia a su tradicional búsqueda de reconocimiento y de prestigio, un rasgo de la subjetividad masculina que parece irrenunciable.
Para escándalo de sus seguidoras feministas más entusiastas, Margaret Mead había escrito en 1949 (Male and Female): «El problema recurrente de la humanidad es definir satisfactoriamente el rol del varón ... de manera que en el curso de su existencia adquiera una sensación sólida de realización irreversible. El conocimiento en su infancia de las satisfacciones que produce el embarazo le habrá dado cierta idea de ese tipo de realización. En el caso de las mujeres bastará, para alcanzarla, que las condiciones sociales dadas les permitan cumplir con su rol biológico. Si las mujeres se muestran inquietas y críticas incluso con la cuestión del embarazo, esta actitud se deberá a la educación recibida. Pero para que los varones alcancen el sosiego y la certeza de que han llevado la vida que debían vivir, tendrán que contar, además de la paternidad, con formas de expresión culturalmente elaboradas de carácter duradero y seguro». Mead, pese a lo que tiende a pensarse jamás quiso etiquetarse como feminista y, reflexiones como las anteriores, de hecho provocaron el rechazo de muchas seguidoras que la acusaron de complicidad con la ideología patriarcal dominante.
Por supuesto, desde entonces esta condena se ha dirigido contra cualquier investigador que osase insinuar que los roles sexuales tenían una base biológica, llámense Eibl-Eibesfeldt, Richard Dawkins o Louann Brizendine. Incluso una antropóloga ponderada como Aurelia Martín Casares (Antropología del género, Cátedra, 2006, p.133) no tiene inconveniente en confesar que si las relaciones que la ortodoxia feminista ha definido categóricamente como “de género” (es decir, como creaciones culturales) se fundamentan en el sustrato biológico, se corre el riesgo de reforzar la dominación masculina y dificultar los cambios que el feminismo promueve. Más interesante parece la opción seguida por investigadoras como Tanner y Zihlman, Mascia-Lees o Smuts[3] que han optado por refutar con nuevos estudios científicos las conclusiones que les parecían precipitadas y sospechosas de masculinismo. Al menos, sitúan el debate en el terreno científico y contribuyen a depurar la ciencia de cargas ideológicas. Como sostienen estas investigadoras, el camino no es negar la importancia de las diferencias biológicas, sino evitar que estas se utilicen para justificar cualquier forma de trato discriminatorio.
En cualquier caso y por más reticencias que tengamos para aceptarlo, es evidente que la evolución humana no ha estado guiada por la equidad de género qua ha concebido el feminismo hegemónico; y, en cualquier caso, nuestros cerebros todavía tardarán mucho en cambiar y adaptarse a las circunstancias modernas y antinaturales en que vivimos actualmente. No somos como soñaríamos ser y por más bellos que sean nuestros deseos y fantasías, la realidad de nuestra herencia biológica se impone una y otra vez con tozudez. Por tanto, lo más sensato es explorar cuáles son los márgenes de maniobra de que disponemos y no forzar cambios irrealizables, que acabarán resultando inútilmente opresivos. Precisamente, si algo caracteriza el momento actual es la sensación saturación, de estrés y aturdimiento a que nos conducen unas formas de vida imbuidas de aspiraciones absurdamente irrealizables, porque están situadas más allá de nuestras posibilidades naturales. Y la ideología de género con su miedo al varón y sus consignas negadoras de la masculinidad natural no hace más que aumentar esa tensión asfixiante.
Por supuesto, no pretendo dejar nuestro destino sólo en manos de la biología. Si algo define nuestra condición humana es precisamente el conflicto permanente entre nuestra herencia biológica y nuestros valores y prácticas culturales. De hecho, la singularidad de cada uno de nosotros reside en la forma en que resolvemos las tensiones entre nuestro particular substrato biológico y el medio cultural en el que crecemos y maduramos. Es lógico, por tanto, que reflexionemos sobre los principios y conductas que nos pueden ayudar a vivir una vida mejor y más digna. Contamos para ello con un cerebro maleable y creativo, aunque lento adaptándose a las novedades y los cambios, y tendremos que respetar sus ritmos. La equidad de género ha de constituir un desideratum irrenunciable, pero que no puede comportar la negación de nuestra herencia biológica. Hemos de promover la construcción de identidades de género que favorezcan las relaciones equilibradas y satisfactorias, sin olvidar de dónde venimos y que inercias naturales siguen condicionando nuestra conducta. De lo contrario, esas propuestas se traducirán en nuevas formas de alineación o simplemente languidecerán como mera retórica hueca.
Lo cierto es que afortunadamente el ser humano durante milenios ha demostrado su capacidad para relativizar los máximos culturales más sofocantes y reducirlos a dimensiones plausibles, aunque las leyes y el poder establecido jueguen en contra. Quizás sea en el terreno de “lo plausible”[4] –expresión de lo que podríamos llamar la “sabiduría del pueblo” o el “genio” de la especie- , donde podremos hallar patrones de conducta realistas, dignos de ser promovidos.
Pero, repito nos no olvidemos de los orígenes. Eibl-Eibesfeldt[5] los resume muy bien en este interesante texto (p. 332-333):
La afirmación de que la cultura impone los roles de sexo a las personas culturalmente, como les impone las ropas que visten, no resiste un examen crítico. Existe un modelo universal de división del trabajo entre el hombre y la mujer que se da incluso en los pueblos de cazadores y recolectores, calificados de «igualitarios». Los varones representan el grupo frente al exterior, lo defienden en la lucha y los ritos y son quienes habitualmente logran la caza mayor. Junto con estas funciones, sobre todo la de representación hacia el exterior, les compete también el papel directivo —incluso en las llamadas sociedades matriarcales, en las que-los varones de la línea materna tienen el poder de decisión—. Además de estas esferas de dominio viril hay otras en que tienen la palabra las mujeres. Entre ellas se cuenta el ámbito socialmente muy importante de la crianza de los hijos, así como el de la coherencia interna del grupo, un terreno todavía muy poco investigado. En los pueblos tribales hombre y mujer contribuyen económicamente con igual importancia, pero de diferente manera, al régimen doméstico. Ambos son mutuamente dependientes en lo económico. Así, a lo largo de casi toda la historia se ha mantenido un emparejamiento cuasi simbiótico. Sólo en tiempos históricamente recientes se produjo el desequilibrio, con un predominio económico del varón.
Hombres y mujeres están biológicamente condicionados por su constitución corporal, su fisiología y su conducta para la diferenciación de los roles sexuales en la división del trabajo. Hombre y mujer se distinguen entre sí por su conducta, percepción y motivación. La mayoría de las diferencias son cuantitativas (sexualmente típicas) y algunas también cualitativas (sexualmente específicas). Las diferencias aparecen incluso cuando se actúa en su contra mediante la educación. Así, el kibutz se esforzó por dar una educación «igualitaria» opuesta a los tradicionales roles de sexo. Pero a la revolución feminista le sucedió una contrarrevolución femenina, con una vuelta a los modelos familiares tradicionales. Investigaciones sobre los juegos infantiles realizadas en el kibbuz pusieron de manifiesto que los niños elegían como modelos sociales a los adultos de su mismo sexo; las niñas, por su parte, imitaban en sus juegos sólo a la madre asistencia! entre todo el repertorio de modelos femeninos que se les ofrecían. Es evidente que tales preferencias están condicionadas por adaptaciones filogenéticas.
La influencia hormonal durante el desarrollo embrionario e infantil tiene gran importancia en el establecimiento de las disposiciones masculinas y femeninas...
La tendencia del varón al dominio se basa, sin duda, en una herencia que se remonta a los primates. Dicha tendencia ha llevado, a menudo hasta el día de hoy, en muchos pueblos a la opresión de la mujer. Esta situación debe ser superada, cosa que no se logrará, si se siguen negando las diferencias existentes. Debemos reconocerlas, si queremos controlar aquellos ámbitos de nuestra conducta que gravan la convivencia. Las diferencias entre los sexos son, en su aspecto favorable, un reto para lograr la igualdad de derechos entre los miembros de la pareja, complementarios el uno del otro.
| Macho | Hembra |
| comportamiento sexual | |
| .más acoso, menos coqueteo .el miedo reprime la conducta sexual | .menos acoso, más coqueteo .el miedo no reprime la conducta sexual |
| crianza | |
| .más acoso, menos coqueteo .el miedo reprime la conducta sexual | .fuerte tendencia al cuidado de las crias (ya antes de la pubertad) |
| agresividad | |
| .más agresión activa .más juegos agonales en la juventud .más defensa (también territorial) .más capacidad para imponerse y .más iniciativa de mando .más intervención social directa . más comportamientos de prestigio . más indagación del entorno (exploración) superior tolerancia al «arousal» | .menos agresividad activa .menos juegos agonales en la juventud .menos defensa .menos capacidad para imponerse y menos iniciativa de mando .más disposición a avenirse y precaver .menos comportamientos de prestigio .menos gusto por la exploración .tolerancia al «arousal» más baja |
| conducta social y socialización | |
| . son más lentos en establecer entre ellos relaciones de confianza. . menor comportamiento social de contacto y asistencia (p. ej. de mutuo aseo del pelaje) . mayor distancia social . tendencia a la periferización social en el desarrollo . tendencia más fuerte a la jerarquización social . más comportamientos intimidatorios . menos comportamiento imitativo de adaptación (actitud más bien «individualista») . comportamiento espontáneo menos solapado, .estrategias sociales más abiertas | . logran establecer con mayor rapidez relaciones sociales mutuas de confianza . más comportamiento social de contacto y asistencia . menor distancia social . falta de tendencia a la periferización social en el desarrollo . tendencia menor a la jerarquización social . menos comportamientos intimidatorios . más comportamiento imitativo de adaptación (actitud más bien «oportunista») . comportamiento espontáneo más solapado, . estrategias sociales más rebuscadas |
Patrones de conducta sexualmente típicos de los primates catarrinos (según Ch. Vogel 1977)
[1] EIBL-EIBESFELDT, Irenäus: Comunicación y sociedad de masas. Una perspectiva etológica http://es.geocities.com/paginatransversal/irenaus/index.html
[2] El antropólogo australiano Derek Freeman sometió a severa crítica los métodos utilizados por Mead en Samoa y mostró el carácter sesgado de sus conclusiones etnográficas sobre la existencia de una sexualidad libre y abierta (Freeman demuestra justamente lo contrario), modelo que ella postulaba para la sociedad norteamericana.
[3] En http://www.posgrado.unam.mx/publicaciones/omnia/anteriores/41/08.pdf puede encontrase un buen resumen de las principales críticas realizadas por estas investigadoras y otras posteriores. Hay que señalar que las últimas investigaciones en genética y neurología parrecen reforzar las tesis opuestas a las sostenidas por estas autoras.
[4] Ninguna campaña feminista en contra de “la mujer-objeto del deseo masculino” ha evitado que las adolescentes renuncien al juego de la seducción característicos de las hembras de nuestra especie. Antaño, ninguna prédica religiosa consiguió reprimir eficazmente la fogosidad sexual masculina.
[5] Aunque el texto original data de 1984, ninguna investigación posterior parece haberle restado validez.
lunes, julio 14, 2008
Instinto maternal e instinto paternal = instinto parental
Una de las obras que más impacto dejó ha dejado en el movimiento feminista fue la que dedicó Elizabeth Badinter al instinto maternal. En ¿Existe el instinto maternal? (1980), Badinter pretende demostrar que el mitificado afecto maternal no tiene nada de natural e instintivo y que este mito ha constituido una estrategia patriarcal habilísima para transferir a las mujeres la carga del cuidado de los hijos. El modelo del amor maternal –dice Badinter- es una construcción cultural exitosa que las mujeres han interiorizando como un mandato social que les presiona a postergar sus propios deseos y a entregarse al cuidado continuado de la prole y, en definitiva, a especializarse en los deseos y necesidades de los otros. Según Badinter, en el éxito definitivo de este artefacto cultural, las ideas de Rousseau -al reclamar más atención y cuidados hacia los niños- jugaron un papel determinante y contribuyeron a asignar a las madres de modo definitivo la responsabilidad de la supervivencia y buena salud de los nuevos ciudadanos. Esta asignación social además se presentó como el cumplimiento de un impulso innato. A partir del siglo XIX, la mujer será vista fundamentalmente como madre y este rol ya no se extenderá sólo al período biológico del embarazo y la lactancia amamantamiento, sino al resto de su existencia.
Me había propuesto dedicar todos los posts de este mes al curso sobre Cerebro y conducta del que hablé ayer, pero voy a hacer una excepción (quizás me permita algunas más). Al fin y al cabo, el tema es el mismo.
Amor de madre, ¿sólo química?
MÓNICA SALOMONE
EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008
Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.
El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.
La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. Hace tres años el grupo de Paul Zak, director del Centro para Estudios Neuroeconómicos, en California (EE UU), vio que si rociaba con oxitocina a varios voluntarios, éstos se volvían mucho más dispuestos a confiar su dinero a un extraño. Y funcionaba sólo entre personas, no cuando se trataba de invertir por ordenador. También es reciente el hallazgo de que el distinto comportamiento familiar de dos especies de roedores, por lo demás muy similares, se debe a la oxitocina y a otra hormona similar, la vasopresina. La especie que vive en llano crea relaciones monógamas largas para cuidar a las crías, mientras que en la de montaña hay mucha promiscuidad y los machos pasan de la prole. Las primeras tienen muchos más receptores de oxitocina y vasopresina que las de montaña.
Es decir, que "la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo", ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. Varios trabajos han demostrado que los ratones sin receptores de opiáceos no muestran preferencia por sus madres. Y al contrario, cuando a crías de rata sanas se las separa de sus madres son los opiáceos y la oxitocina lo que calma su ansiedad.
Pero, volviendo al vínculo materno-filial, ¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. Así que el amor materno empieza a fraguarse muy pronto, a base de hormonas. No en vano la Organización Mundial de la Salud recomienda hoy que el recién nacido sano y su madre estén juntos -la observación del bebé "no justifica la separación", dice la OMS-, y que la lactancia sea "inmediata, incluso antes de que la madre abandone la sala de partos".
La mayoría admite hoy que hay un periodo sensible inmediatamente después del parto, en el que el recién nacido está tan receptivo al olfato y al tacto que, colocado sobre el cuerpo de su madre, puede llegar él solo al pezón y empezar a chupar. En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. Y el pequeño no sólo busca comida. Harry Harlow -para muchos un torturador de animales- demostró en los sesenta que los bebés de mono prefieren madres falsas de cálido paño incapaces de alimentarlos a otras con biberón hechas de alambre.
"El recién nacido es un mamífero que necesita el contacto con la madre que lo acaba de parir. Tiene que sentir su olor, su tacto, escuchar su voz", dice Gema Magdaleno, matrona del hospital La Paz, en Madrid. "Lo antinatural es separarles. La madre y el hijo son dos desconocidos que necesitan reconocerse, es algo muy animal. En ese primer momento comienza la impronta". En La Paz están empezando a implantar el método piel con piel cuando el niño nace sin problemas: tras una inspección rápida el bebé sano es colocado desnudo junto a su madre y suben juntos a la habitación en la misma cama. "Las madres están mucho más satisfechas. Y en los recién nacidos hay síntomas físicos clarísimos: no lloran, respiran más tranquilos, buscan la mirada de su madre, tienen movimientos más armónicos y comienzan antes a mamar. Lo raro es que a estas alturas haya que explicar algo obvio", dice Magdaleno.
No siempre fue tan obvio. Con la medicalización de los partos -que trajo un gran descenso en la mortalidad infantil- también se impuso el uso de nidos, y pareció olvidarse un comportamiento madre-hijo que millones de años de evolución han seleccionado para promover la supervivencia de una cría que nace muy inmadura. Ha habido que redescubrir la importancia del contacto para que métodos como el piel con piel se vayan imponiendo con mayor o menor rapidez.
En España parece que con menor. "En muchos hospitales españoles aún se tarda mucho en poner a los hijos con sus madres", dice Ibone Olza, psiquiatra infantil del hospital Puerta de Hierro y miembro de la campaña Que no os separen (www.quenoosseparen.info) que promueve el piel con piel, también en prematuros.
El problema es más grave con los niños que no nacen sanos, y que quedan ingresados cuando "no han llegado aún a hilvanar los sentimientos padre-madre-hijo", explica Carmen Pallás, jefa del Servicio de Neonatología del hospital 12 de Octubre. Sólo 8 de 83 unidades neonatales españolas dejan entrar libremente a los padres, dice Pallás: "La mayoría restringen las visitas de forma drástica, en algunos casos impidiendo cualquier tipo de contacto a lo largo de todo el ingreso. La relación padres-niño puede verse seriamente distorsionada en estos casos". En el 12 de Octubre hay voluntarios, a menudo personal del propio hospital, que practican el piel con piel con bebés que, por distintos motivos, no pueden ser visitados por sus padres. Los beneficios de esta práctica se consideran probados.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando el vínculo no puede establecerse en el nacimiento? ¿Qué pasa en las cesáreas? ¿En los niños adoptados? "El momento en torno al parto es una oportunidad muy buena, pero lo bonito es que hay muchas más. Los padres de niños adoptados establecen vínculos muy intensos con sus hijos", responde Olza. "Los niños tienen una plasticidad enorme. Incluso si traen secuelas, su capacidad de superación cuando tienen unos padres que los quieren es maravillosa".
Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de la Rumania de Ceausescu respondían con menos oxitocina de lo normal a sus madres adoptivas. También se ha visto que los niños que no han podido establecer vínculo alguno con un cuidador tienen a menudo síntomas propios del autismo. Y es que hoy se sabe que la explosión bioquímica del apego moldea el cerebro y deja su firma en la vida adulta.
"En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido", explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. "El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales". Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.
Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? En la Comunidad de Madrid (CAM), cada año entre 30 y 40 madres dan sus bebés en adopción tras parirlos en hospitales -se llaman renuncias hospitalarias-. Y anualmente se dan unos tres abandonos en la calle, que se sepa. En la Comunidad Autónoma de Madrid dicen que estos datos no han variado en los últimos años. En Cataluña hubo 54 renuncias hospitalarias en 2007, 57 en 2006 y 43 en 2005; un bebé fue encontrado en la calle en ese periodo. Cada comunidad tiene sus datos. Y no parece que el fenómeno aumente sino más bien al contrario.
En cualquier caso el abandono no es algo nuevo, a pesar de que varias ciudades europeas han instalado buzones-bebé. La antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy habla en El pasado, presente y futuro de la familia humana de miles de niños abandonados en instituciones de París en torno a 1780. Investigadores del Instituto de Economía y Geografía (IEG) del CSIC dicen que Madrid no era muy distinto. En 1812 entraron en la inclusa madrileña 1.800 niños abandonados, y murieron todos. "A lo largo del primer tercio del siglo XX esa cifra se mantuvo entre 1.300 y 1.500 niños cada año, de los que morían el 62%", explica la doctoranda del Instituto de Economía y Geografía Bárbara Revuelta.
¿Qué pasó en esa época con el instinto maternal? Datos como los anteriores han hecho que muchos nieguen su existencia, y devuelvan el peso a la sociedad. "La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño", ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.
Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.
Ellos también paren. O casi
M. S.
EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008
Ellos también paren. O casi. En el año 2000 se descubrió que en los hombres que conviven con mujeres embarazadas también aumentan hormonas como la oxitocina y la prolactina a medida que progresa el embarazo hasta alcanzar un 20% de media en las semanas anteriores al parto. Es más, da igual si él no es el padre de la criatura: también le pasará. Las hormonas ayudan al hombre a querer al bebé, lo que casa muy bien con lo que los expertos ven en la clínica. "Ellos se apegan prácticamente igual a los bebés", dice Ibone Olza. "Hay cosas, como la lactancia, que sólo la madre puede hacer, pero los papás también segregan oxitocina cuando se ponen encima a los bebés, y su cerebro también cambia. Hay que animar a los papás a que cojan y acaricien a los bebés".
Pero para el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Gerardo Meil, que ha estudiado el uso social de los permisos parentales, son más importantes otros factores, como que ahora se tienen menos hijos. "Algunos padres han interiorizado el cuidado de los hijos y lo ven como parte de su realización personal. Saben que es una oportunidad en la vida que no se quieren perder, y están dispuestos a aparcar su vida laboral por ello. Lo que hemos visto es que el discurso de los hombres de construcción del vínculo no es muy distinto del de las mujeres".
sábado, julio 12, 2008
Neurociencia terapéutica
Después de dedicar algún tiempo a los estudios de género y de empacharme leyendo y escuchando a quienes reducen las diferencias entre hombres y mujeres sólo a una construcción cultural interesada, tenía muchas ganas de oír otra música. Y decidí matricularme durante este mes de julio en el curso Cerebro, sexo y conducta de la UPF, coordinado por el neurólogo Nolasc Acarin, autor de El cerebro del rey, una introducción espléndida a estas cuestiones. En los siguientes posts intentaré dar cuenta de mis aprendizajes.
Desde hace tiempo, defiendo que toda propuesta de reformulación de la condición femenina y masculina en aras de la igualdad, debería partir de un profundo conocimiento de nuestro sustrato biológico. Intentar explicar todos los comportamientos masculinos y femeninos sólo en términos de dominio masculino y opresión femenina me parece un exceso difícil de digerir. Sin embargo, esta es la línea argumental que prevalece en la formación de los adolescentes en estos momentos.
Por supuesto, el efecto de este nuevo catecismo sobre los chicos y las chicas es nulo, porque ellos y ellas -en plena explosión hormonal- están por otras cuestiones, y prefieren entregarse a los juegos del pavoneo y la seducción de siempre, antes que enredarse en discusiones que les resultan bizantinas. Y me temo que la desconexión acaba siendo absoluta. No hay más que mirar sus fotologs: las herramientas de comunicación han cambiado pero los mensajes en esencia son los mismos que los de nuestros ancestros (a lo largo del curso se han ido desgranado). Sin embargo, la lectura que hacen de esta evidencia muchos estudiosos del género es la de la prevalencia del sistema de opresión patriarcal y de la masculinidad tradicional, y para combatirlo articulan un discurso que sitúa la masculinidad bajo sospecha permanente. Una vía que desconcierta a los chicos –“¿estaremos todos contagiados de la ideología de la dominación masculina?”- y aburre a las chicas, conocedoras de sus propios poderes y poco predispuestas a ver en los chicos a seres tan peligrosos. Sería más acertado hablarles lisa y llanamente de la carga genética que nos condiciona y que es fruto de una larga historia de adaptación al medio, un medio que en las últimas décadas ha experimentado cambios rápidos y muy radicales.
jueves, noviembre 08, 2007
Máximas feministas de Teresa Forcades
1. EL PERVERSO Y CAMALEÓNICO PODER PATRIARCAL.
“El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la subordinación de la mujer”.
Esta invocación de un poder maléfico, que realiza su trabajo gracias a que ignoramos su presencia, sin duda, es uno de los grandes logros del feminismo. El patriarcado es para los y las feministas la encarnación del supremo mal que todo lo contamina y todo lo pervierte, la quintaesencia de la masculinidad tóxica. No hay atenuantes para el patriarcado. Con él no caben concesiones, ni transacciones y nunca se pondrá suficiente celo en perseguirlo y amordazarlo, porque los hombres instilan su veneno rápidamente en cualquiera de los espacios por los que transitan.
Basta asistir a una reunión feminista para saturarse de alusiones rituales al terrible poder patriarcal, causa de todos los males de la condición femenina. Lamentablemente, desde el feminismo no se dan cuenta del halo irracional que a veces llegan a alcanzar estas prácticas exorcizadoras contra esta cristalización maligna de la masculinidad a la que ha quedado reducido el patriarcado, quizás el mejor trasunto contemporáneo de la figura del Demonio bíblico, ser oscuro y siniestro que lo promete todo, no da nada y te lo quita todo. Esta simplificación reduccionista ha derivado en una suerte de religión misándrica bastante absurda, que en estos momentos, más que contribuir a superar los estereotipos de género y favorecer relaciones satisfactorias, sólo contribuye a maliciar la condición masculina (vean http://www.antipatriarcat.org/).
Quizás haya llegado la hora de compensar tales excesos, hablando de la carga que la institución del patriarcado ha supuesto para los hombres, que durante milenios han visto recaer sobre sus hombres la responsabilidad máxima de garantizar al núcleo familiar alimentos, bienes y seguridad. De lo contrario, podría entenderse que el patriarcado se ha reducido sólo a una estrategia para gozar de derechos y privilegios sin contraprestación alguna, a una estructura invisible de nuestras sociedades que permite a los hombres explotar a las mujeres con total impunidad (y no niego que muchas veces se ha pervertido de este modo).
También convendría recordar que todavía no se ha conseguido demostrar la existencia de verdaderos matriarcados en ninguna época, ni lugar (aunque sí ha habido muchos intentos desde el feminismo, pero ninguno concluyente). Más bien todo parece apuntar a una temprana división sexual del trabajo (hombres cazadores, proveedores y protectores; mujeres criadoras y cuidadoras) en consonancia con las aptitudes que el estudio del cerebro masculino y femenino revelan (con disimilitudes evidentes derivadas de las hormonas –andrógenos y estrógenos- y que predisponen a los hombres a desarrollar las destrezas visuoespaciales y el pensamiento sistémico y a las mujeres, a desarrollar especialmente sus recursos verbales y a desplegar la capacidad de empatía) y que estaría en la base de la diversidad de las estructuras patriarcales que conocemos. Aunque semejante explicación siempre será tachada por el feminismo de androcentrismo cientifista, de acuerdo con su tendencia recurrente a menospreciar los factores biológicos. Incluso en el caso de que admitiéramos que fue a partir del neolítico cuando aparecieron las relaciones de sometimiento de las mujeres a los hombres –esta es la explicación oficial- , beneficiados por el mayor margen de autonomía que les dio la aparición de asentamientos estables y deseosos de controlar la reproducción[1], la nueva realidad social no deja de ser una extrapolación de tendencias naturales que ya existían y que tienen relación con la estructura cerebral y las hormonas.[2]
2. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA ESPECÍFICA CAPACIDAD DE AMAR DE LA MUJER Y SU MIEDO A LA SOLEDAD.
“Ahora se dice que la mujer es superior - por causas biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.”
Estoy de acuerdo con Teresa Forcades en denunciar el empalagamiento sospechoso con que se ha idealizado el amor materno, tan bien deconstruido por Elizabeth Badinter en su obra sobre el instinto maternal. Parece evidente que existe una tendencia natural –ya lo hemos dicho- en las mujeres a garantizar el bienestar material y emocional de sus hijos e hijas, y a buscar la estabilidad de una pareja que la proteja y que garantice el desarrollo satisfactorio de esa descendencia en la que ellas invierten tanto, pero esa predisposición no debe confundirse con ese máximo convivencial y ético que llamamos amor, que no es privativo de ningún género.
De hecho, el tan denostado discurso patriarcal nunca ha visto contradicción entre el compromiso afectivo de sus patriarcas y el ejercicio de sus responsabilidades. La posición del patriarca ejemplar siempre ha estado cargada de expectativas en todos los terrenos, incluidos los del afecto y el amor, no lo olvidemos (el problema es que eso de la “lógica patriarcal” cuando es invocada por el feminismo pasa a convertirse en un espantajo repulsivo, sin otro contenido que el de victimizar a la mujer y desvelar así la lógica feminista). Pero más allá de esta aclaración, repito si lo que quiere señalar Teresa Forcades es que no hay que confundir el instinto maternal de protección y cuidado con el amor parental, que no tiene género, mi acuerdo con ella es pleno.
“La niña al separarse de la madre… se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama. …La mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad.” “La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este vínculo.”
¿Siguiendo a Forcades debemos pensar que ese veneno letal para la identidad femenina que es el miedo a la soledad es una pieza más de ese diseño maquiavélico que han orquestado los hombres para someter a las mujeres?. ¿La lógica patriarcal lleva a los hombres (y a las mujeres sometidas a esta) a favorecer la identificación de las hijas con las madres y a volverlas dependientes y vulnerables afectivamente?. ¿Este proceder es el que ha instalado el miedo a la soledad en el corazón de las mujeres, predisponiéndolas a la sumisión y a la pérdida de autonomía?.
¡Caramba! No sé a ustedes, pero a mí este tipo de explicaciones me suenan a desbordamiento ideológico que no explica nada, más allá de lo peligrosos que pueden llegar a ser los hombres y su sibilina lógica patriarcal. Yo, la verdad, esperaba algo diferente de Teresa Forcades. Por ejemplo, que culturalmente se han instaurado como naturales patrones de conducta con raíces en el diferente sustrato neurológico femenino y masculino (“el punto de partida antropológico”), pero que no tenemos obligación de fijar indefinidamente, si somos capaces de concebir formas de convivencia e interacción más satisfactorias (“el punto de llegada utópico” del que habla Forcades en otros lugares). Ese enfoque me resulta más compartible, siempre y cuando no se menosprecie la carga biológica masculina o femenina que sigue condicionando a cada persona (el feminismo debe rendirse a esta evidencia; las cosas no son a veces como nos gustaría que fuesen, el suatrato biológico sigue ahí) y que merece ser tenida muy en cuenta a la hora de promover nuevos patrones de conducta[3].
Por otra parte, ¿hasta que punto Forcades habla del mundo en el que vivimos actualmente? ¿Vale para la sociedad catalana y española del 2007?. Lo digo, porque en mi entorno veo a multitud de mujeres solas –o con relaciones que no merman su autonomía- que se desenvuelven con notable soltura y sin traumas aparentes (¿no estará hablando Forcades del contexto eclesiástico?). Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los hombres solos que conozco –solteros, divorciados, etc.- : todos están muy preocupados por encontrar pareja. La fragilidad y dependencia emocional del hombre actual me parece mucho más preocupante y, sin duda, se encuentra[4] en la base de los brotes de violencia contra la pareja, seguramente en mayor medida que el sexismo.
Y llegados a este punto, déjenme mostrar otro motivo de perplejidad. ¿Por qué las organizaciones feministas identificadas con el feminismo de la igualdad –del que Forcades se declara seguidora- ponen todas las trabas posibles a que los padres divorciados puedan compartir la custodia de sus hijos con las madres?. ¿Por qué esas organizaciones feministas que en teoría promueven relaciones de género equilibradas no favorecen que los niños y niñas dejen de ser sólo asunto de las madres?. ¿Saben que en el 99% de las separaciones la custodia es para las madres gracias a la labor de las feministas supuestamente opuestas la lógica patriarcal? A mí que me lo expliquen.
3. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA AUTONOMÍA Y EL MIEDO AL AMOR, AL COMPROMISO Y A LA DEPENDENCIA.
"El niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos."
De nuevo, es de suponer que –según Forcades- a la lógica patriarcal le interesa que los niños crean que la conquista de su identidad masculina pasa por no depender de nadie y por distinguirse lo más posible de las personas que aman. Se supone que esos fantasmas siguen condicionando actualmente la vida de los hombres y de las mujeres que sin duda están sometidas a ellos. Ahí debe estar el problema.
Pero, reitero, en mi entorno lo que veo es a muchos hombres sometidos a sus parejas con un miedo horrible a quedarse y sentirse solos. Por otra parte... ¿ganar en autonomía no es acaso una obsesión que lacera tanto a las mujeres como a los hombres actuales, escindidos entre el miedo a la soledad y el miedo a la dependencia?.
ENTREVISTA
La Vanguardia, Lluis Amiguet, 17/10/2007,
"La mujer teme a la soledad; el hombre, a la dependencia"
TERESA FORCADES: Tengo 41 años. Soy benedictina y doctora en Medicina por la UB y la Universidad Estatal de Nueva York; me gradué en Teología en Harvard y en la Facultat de Teologia. Nací en Gràcia. "No se trata de lograr la etiqueta correcta, sino de respetar la identidad única de cada persona." "La era premoderna era teocéntrica: la religiosidad y la relación con Dios dirimía la jerarquía, por eso el poder patriarcal consideraba a las mujeres seres con menos espíritu.
Sólo los hombres hablaban con Dios.
Enla modernidad - de la imprenta a la Revolución Francesa- a las mujeres se nos reconoce esa capacidad espiritual, pero sólo porque ya no es importante, puesto que es el uso de la razón el que decide el reparto de poder, por eso, el poder patriarcal dice entonces de las mujeres... ¡que somos más religiosas porque carecemos de raciocinio!
Se trata siempre de ponerlas en su sitio.
Con el romanticismo, la libertad sustituye en jerarquía a la razón y el poder patriarcal dice entonces que la mujer es más dependiente y menos capaz de decidir por sí misma.
¿Y ahora?
Y ya en la posmodernidad, desde Mayo del 68, el valor más importante es la
diversidad y el policentrismo. Ahora el discurso patriarcal ya acepta que la
mujer es tan espiritual, tan racional y tan libre como el hombre...
Pero...
El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la
subordinación de la mujer. Ahora dice que la mujer es superior - por causas
biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de
decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.
¿Y no es así?
Nuestra individuación infantil se produce en relación con la figura materna: la
niña al separarse de la madre también se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama.
¿Y el nene?
En cambio, el niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos.
Entonces...
Por eso la mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad, y el
hombre, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la dependencia.
Por ejemplo.
La mujer femenina quiere lo que quieren los que ella quiere: si todos quieren ir
al mar, no irá a la montaña, aunque a ella le apetecía, porque los quiere a
ellos antes que a ella. La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia
autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este
vínculo.
Veo que domina usted esas diferencias. Los hombres se quejan de que las mujeres en una relación de pareja se lo guardan todo en una lista mental y un día se lo sueltan a ellos en una retahíla de agravios y sacrificios: ¿eso es amor? No: es miedo a la soledad. El amor se justifica a sí mismo en cada momento sin esperar ninguna compensación. ¿Hace falta que le hable ahora sobre el miedo del hombre al compromiso y la dependencia?
¡Qué me va a contar!
Ni la feminidad de la mujer es amor ni la masculinidad del hombre es libertad.
Yo me inscribo en la tradición de teólogas feministas, que no femeninas, que ha desenmascarado ese discurso patriarcal desde sus inicios.
Lo he leído en su Teología feminista en la historia (Fragmenta).
Allí verá que ha habido otras teólogas que han ayudado a que el hombre supere su miedo a la dependencia y la mujer su miedo a la soledad y que han abierto el camino para que trabajemos juntos en ser mejores personas.
¿No debemos adaptarnos unos a otros?
Para convivir hombres y mujeres, extranjeros y locales, jóvenes y mayores, no se trata de que diluyamos nuestras diferencias en una mediocre sopa común, sino que aprendamos a convivir sin dejar de ser diferentes cada uno con su cultura, lengua, sexo o edad.
¿No es mejor ser de aquí que de allá?
No debemos ni clonarnos ni hay que tener la etiqueta correcta en cada momento y país, sino que debemos aprender juntos a saber gozarlas todas.
Entonces: ¿Dios es hombre, mujer o gay?
Dios está más allá de cualquier sexo, pero su imagen ha sufrido la proyección de los prejuicios de sexo del poder patriarcal.
Pero la mujer y la persona gay están subordinadas o incluso negadas en la Iglesia.
Hay decisiones morales que son absolutamente personales y por las que
se pedirán cuentas a cada persona.
¿Por qué no se ordenan mujeres?
No tendría mucho sentido conseguir que se ordenaran también mujeres sin cambiar las estructuras patriarcales de la Iglesia.
Usted era una brillante médica formada en EE. UU. ¿Por qué se metió a monja?
Vine aquí a Montserrat buscando tranquilidad para preparar el examen de Medicina Interna y descubrí y sentí que éste era mi sitio.
¿Tuvo usted un momento epifánico?
Las hermanas me pidieron , a mí, como médico una charla sobre el sida. Temí la ocasión.
¿Qué temía?
Que tuvieran reacciones excluyentes respecto a la homosexualidad, pero las
hermanas me preguntaron con infinito respeto y amor por los enfermos y por los homosexuales, que la Iglesia condenaba. Sentí que quería ser una de ellas.
[1] La discutible explicación oficial desde la óptica feminista es la siguiente: “Con el establecimiento de la agricultura y la ganadería surgió la necesidad de controlar los medios de reproducción. Se inició el control de la mujer por parte del hombre y se establecieron las relaciones de parentesco. El hombre se vinculó a la mujer y empezó a preocuparse de su manutención y de la de sus hijos. Posteriormente se instauró el matrimonio y el hombre liberó a la mujer del trabajo de búsqueda de alimentos para posibilitar un aumento del número de nacimientos. Así se inició la gran expansión demográfica y la dependencia femenina. El hombre tomó las riendas del poder y la mujer perdió sus derechos. Como consecuencia de la revolución patriarcal, se instituyó el matrimonio y la familia patriarcal. Surgió la división desigual entre los sexos, que relegó a la mujer al papel de procreadora, al tiempo que el hombre se responsabilizó de la búsqueda de alimentos.” Exposición “Dona, un cos, una vida” Barcelona, 2007, Fundació Santiago Dexeus, Comisaria: Isabel Cordero http://www.fundaciondexeus.org/cat/mujer1.html
[2] En su empeño por corregir esos excesos androcéntricos se ha sostenido que esas diferencias cognitivas y actitudinales –si existen- se reducirán a medida que la sociedad sea cada vez más igualitaria, restando así relevancia a las explicaciones biologistas (M. J. Barral e I. Delgado, 1998: “...las diferencias entre mujeres y hombres en ciertas capacidades cognitivas específicas han ido reduciéndose a lo largo de los últimos cincuenta años. Esta disminución de las diferencias estaría relacionada con una situación más igualitaria entre mujeres y hombres en el acceso a estudios, actividades laborales y actitudes sociales.”)
[3] Por ejemplo, si la neurología nos revela que el “cableado” del cerebro adolescente masculino se activa con las actvidades competitivas... ¿hemos de rechazar la competitividad en el aprendizaje y sustituirlo por el aprendizaje cooperativo, alegando que parece moralmente superior?. No sería más pertinente recuperar la competitividad entre los chicos y compensar sus excesos promoviendo la cultura del “fair play” (http://www.sportmagister.com/noticia.asp?id_rep=734).
[4] Junto a otros factores como su mayor fuerza física o su desesperación, a veces acompañada de brotes de agresividad descontrolados, sobre todo cuando siente desamparo y ve hundirse su limitado anclaje emocional, verdadero talón de Aquiles del hombre actual y que exige urgentemente un programa de reeducación.