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jueves, noviembre 27, 2008

Campañas sobre la violencia de género masculino y apuntes para la deconstrucción del discurso dominante.



Me preocupa el sesgo de las campañas sobre la violencia de género masculino. Su tono se radicaliza año tras año y su mensaje tiende a simplificarse cada vez más. En mi población se han organizado cursos de defensa personal para mujeres con apoyo institucional y las calles se han llenado de carteles en los que las expresiones violencia machista o patriarcado se repiten hasta el infinito.


Sinceramente, no creo que este sea el camino. Se me dirá que es una estrategia preventiva, una estrategia de choque, una apuesta por el empoderamiento de la mujeres.. Desde luego no podemos mantenernos impasibles, pero el problema es demasiado grave y complejo como para abordarlo con campañas que caricaturizan la realidad y destilan rabia.


Quizás estas explosiones misándricas queden bien de cara a la galería, pero no resuelven nada, porque dibujan un monstruo masculino que está ya en vías de extinción y eso lo sabemos todos. Sería mejor hablar del mundo en el que vivimos ahora y no del de nuestros abuelos, porque de seguir insistiendo en esta última vía, lo que se va a conseguir es que nadie se sienta interpelado. No niego que siga habiendo machistas recalcitrantes, ni infelices que tengan ensueños patriarcales, pero el perfil de los agresores potenciales que nos ha de preocupar más es otro mucho más común. Me refiero al hombre que se desconoce su específica condición masculina, al que niega su agresividad, al que cree que por defender el respeto y la igualdad y repudiar el machismo nunca va a incurrir en esas conductas. A ese perfil masculino, que es el dominante, es al que hay que dirigirse y hay que hacerlo desde bien temprano. No podemos caer en la paradoja de señalar al colectivo masculino como causa problema y después no prestar ninguna atención a los hombres reales. Hay que centrarse en el hombres corrientes, en sus perplejidades, en los chicos que están conquistando su masculinidad en medio de mensajes desarticulados y contradictorios. Y hay que proporcionar herramientas para desplegar de manera positiva la condición masculina, desde su particular peculiaridad.


Pero eso no va a hacerse hasta que superemos la perspectiva radicalizada de género en la vivimos inmersos. Como institucionalmente se parte del presupuesto de que la masculinidad o la feminidad son exclusivamente construcciones culturales, sólo se admite una explicación culturalista de la violencia (el problema es la ideología machista dominante) y una solución de la misma índole (hay que combatir el machismo desde todos los frentes).


¿Qué no se obtienen resultados? Pues se considera que hay insistir con más energía en la misma dirección, sin cuestionar los irrenunciables principios de los que se parten. La explicación se sitúa en el machismo opaco y subrepticio, un enemigo invisible que agazapa hábilmente en cualquier rincón, un virus letal que puede malograr en cualquier momento los esfuerzos realizados. Machismo, masculinidad, condición masculina son cada vez más equivalentes, las expresiones de una ideología patriarcal subyacente y remisa a desaparecer. La guerra se intensifica: hay que recelar de todo, hay que denunciarlo todo, hay que castigarlo todo. Debe pasarse al ataque preventivo y castigar incluso al sospechoso antes de que se demuestre su culpabilidad.


Cabe sin embargo, otra posibilidad: dudar los presupuestos de la perspectiva de género más radicalizada. En una reciente conferencia Teresa Forcades comentaba que en Estados Unidos sólo una de cada cuatro mujeres se identificaba con los postulados feministas, a pesar de que es el país en el que el enfoque de género ha tenido más largo recorrido en todos los ámbitos. ¿Machismo reticente al cambio?. No, cansancio ante unos análisis que no se ajustan al mundo real. ¿No sería más fácil asumir que el género tiene un substrato biológico, que somos híbridos de naturaleza y cultura y que hombres y mujeres tenemos que aprender de manera diferenciada nuestras especificidades de manera diferenciada para construirnos como personas plenas?. Esa era su propuesta, que ya comentaré más detalladamente en otro post.


Hoy he hablado con algunas alumnas de bachillerato sobre estos temas. Ha sido interesante. Ninguna se imaginaba haciendo el papel de chica sumisa. Eso -me han dicho- puede ocurrirle a alguna catorceañera o muy inmadura, pero a sus edad (17-18) es improbable. Tampoco temían caer en las garras de un machito, porque esa máscara repele y se detecta a la legua. Les preocupaba más el buen chico dependiente, que se cuelga de la chica y es incapaz de aceptar que una relación se ha acabado y se vuelve agresivo.



jueves, noviembre 08, 2007

Máximas feministas de Teresa Forcades

En un post reciente hablaba de Teresa Forcades, médica, monja y teóloga feminista, llamada a convertirse en fenómeno mediático y si no, al tiempo. Hasta ahora, todos sus escritos me han parecido lúcidos y matizados. Sin embargo, me han defraudado sus repuestas a Lluís Amiguet en una reciente entrevista de “La Contra” (La Vanguardia, 17 de octubre de 2007). Descubro a una Teresa Forcades que olvida los matices y que, fiel a la ortodoxia feminista, pontifica –actitud muy criticada a los hombres- repitiendo tópicos ya gastados sobre el poder patriarcal y la condición masculina. ¿Será culpa del entrevistador o del género de la entrevista? ¿Le habrá reversionado Lluis Miguet al transcribir la entrevista? ¿Quizás es que yo me había confundido con Teresa Forcades?. Estas son las "máximas" feministas de Teresa Forcades


1. EL PERVERSO Y CAMALEÓNICO PODER PATRIARCAL.

“El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la subordinación de la mujer”.

Esta invocación de un poder maléfico, que realiza su trabajo gracias a que ignoramos su presencia, sin duda, es uno de los grandes logros del feminismo. El patriarcado es para los y las feministas la encarnación del supremo mal que todo lo contamina y todo lo pervierte, la quintaesencia de la masculinidad tóxica. No hay atenuantes para el patriarcado. Con él no caben concesiones, ni transacciones y nunca se pondrá suficiente celo en perseguirlo y amordazarlo, porque los hombres instilan su veneno rápidamente en cualquiera de los espacios por los que transitan.

Basta asistir a una reunión feminista para saturarse de alusiones rituales al terrible poder patriarcal, causa de todos los males de la condición femenina. Lamentablemente, desde el feminismo no se dan cuenta del halo irracional que a veces llegan a alcanzar estas prácticas exorcizadoras contra esta cristalización maligna de la masculinidad a la que ha quedado reducido el patriarcado, quizás el mejor trasunto contemporáneo de la figura del Demonio bíblico, ser oscuro y siniestro que lo promete todo, no da nada y te lo quita todo. Esta simplificación reduccionista ha derivado en una suerte de religión misándrica bastante absurda, que en estos momentos, más que contribuir a superar los estereotipos de género y favorecer relaciones satisfactorias, sólo contribuye a maliciar la condición masculina (vean http://www.antipatriarcat.org/).

Quizás haya llegado la hora de compensar tales excesos, hablando de la carga que la institución del patriarcado ha supuesto para los hombres, que durante milenios han visto recaer sobre sus hombres la responsabilidad máxima de garantizar al núcleo familiar alimentos, bienes y seguridad. De lo contrario, podría entenderse que el patriarcado se ha reducido sólo a una estrategia para gozar de derechos y privilegios sin contraprestación alguna, a una estructura invisible de nuestras sociedades que permite a los hombres explotar a las mujeres con total impunidad (y no niego que muchas veces se ha pervertido de este modo).

También convendría recordar que todavía no se ha conseguido demostrar la existencia de verdaderos matriarcados en ninguna época, ni lugar (aunque sí ha habido muchos intentos desde el feminismo, pero ninguno concluyente). Más bien todo parece apuntar a una temprana división sexual del trabajo (hombres cazadores, proveedores y protectores; mujeres criadoras y cuidadoras) en consonancia con las aptitudes que el estudio del cerebro masculino y femenino revelan (con disimilitudes evidentes derivadas de las hormonas –andrógenos y estrógenos- y que predisponen a los hombres a desarrollar las destrezas visuoespaciales y el pensamiento sistémico y a las mujeres, a desarrollar especialmente sus recursos verbales y a desplegar la capacidad de empatía) y que estaría en la base de la diversidad de las estructuras patriarcales que conocemos. Aunque semejante explicación siempre será tachada por el feminismo de androcentrismo cientifista, de acuerdo con su tendencia recurrente a menospreciar los factores biológicos. Incluso en el caso de que admitiéramos que fue a partir del neolítico cuando aparecieron las relaciones de sometimiento de las mujeres a los hombres –esta es la explicación oficial- , beneficiados por el mayor margen de autonomía que les dio la aparición de asentamientos estables y deseosos de controlar la reproducción[1], la nueva realidad social no deja de ser una extrapolación de tendencias naturales que ya existían y que tienen relación con la estructura cerebral y las hormonas.[2]

2. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA ESPECÍFICA CAPACIDAD DE AMAR DE LA MUJER Y SU MIEDO A LA SOLEDAD.

“Ahora se dice que la mujer es superior - por causas biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.”

Estoy de acuerdo con Teresa Forcades en denunciar el empalagamiento sospechoso con que se ha idealizado el amor materno, tan bien deconstruido por Elizabeth Badinter en su obra sobre el instinto maternal. Parece evidente que existe una tendencia natural –ya lo hemos dicho- en las mujeres a garantizar el bienestar material y emocional de sus hijos e hijas, y a buscar la estabilidad de una pareja que la proteja y que garantice el desarrollo satisfactorio de esa descendencia en la que ellas invierten tanto, pero esa predisposición no debe confundirse con ese máximo convivencial y ético que llamamos amor, que no es privativo de ningún género.

De hecho, el tan denostado discurso patriarcal nunca ha visto contradicción entre el compromiso afectivo de sus patriarcas y el ejercicio de sus responsabilidades. La posición del patriarca ejemplar siempre ha estado cargada de expectativas en todos los terrenos, incluidos los del afecto y el amor, no lo olvidemos (el problema es que eso de la “lógica patriarcal” cuando es invocada por el feminismo pasa a convertirse en un espantajo repulsivo, sin otro contenido que el de victimizar a la mujer y desvelar así la lógica feminista). Pero más allá de esta aclaración, repito si lo que quiere señalar Teresa Forcades es que no hay que confundir el instinto maternal de protección y cuidado con el amor parental, que no tiene género, mi acuerdo con ella es pleno.

“La niña al separarse de la madre… se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama. …La mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad.” “La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este vínculo.”

¿Siguiendo a Forcades debemos pensar que ese veneno letal para la identidad femenina que es el miedo a la soledad es una pieza más de ese diseño maquiavélico que han orquestado los hombres para someter a las mujeres?. ¿La lógica patriarcal lleva a los hombres (y a las mujeres sometidas a esta) a favorecer la identificación de las hijas con las madres y a volverlas dependientes y vulnerables afectivamente?. ¿Este proceder es el que ha instalado el miedo a la soledad en el corazón de las mujeres, predisponiéndolas a la sumisión y a la pérdida de autonomía?.

¡Caramba! No sé a ustedes, pero a mí este tipo de explicaciones me suenan a desbordamiento ideológico que no explica nada, más allá de lo peligrosos que pueden llegar a ser los hombres y su sibilina lógica patriarcal. Yo, la verdad, esperaba algo diferente de Teresa Forcades. Por ejemplo, que culturalmente se han instaurado como naturales patrones de conducta con raíces en el diferente sustrato neurológico femenino y masculino (“el punto de partida antropológico”), pero que no tenemos obligación de fijar indefinidamente, si somos capaces de concebir formas de convivencia e interacción más satisfactorias (“el punto de llegada utópico” del que habla Forcades en otros lugares). Ese enfoque me resulta más compartible, siempre y cuando no se menosprecie la carga biológica masculina o femenina que sigue condicionando a cada persona (el feminismo debe rendirse a esta evidencia; las cosas no son a veces como nos gustaría que fuesen, el suatrato biológico sigue ahí) y que merece ser tenida muy en cuenta a la hora de promover nuevos patrones de conducta[3].


Por otra parte, ¿hasta que punto Forcades habla del mundo en el que vivimos actualmente? ¿Vale para la sociedad catalana y española del 2007?. Lo digo, porque en mi entorno veo a multitud de mujeres solas –o con relaciones que no merman su autonomía- que se desenvuelven con notable soltura y sin traumas aparentes (¿no estará hablando Forcades del contexto eclesiástico?). Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los hombres solos que conozco –solteros, divorciados, etc.- : todos están muy preocupados por encontrar pareja. La fragilidad y dependencia emocional del hombre actual me parece mucho más preocupante y, sin duda, se encuentra[4] en la base de los brotes de violencia contra la pareja, seguramente en mayor medida que el sexismo.

Y llegados a este punto, déjenme mostrar otro motivo de perplejidad. ¿Por qué las organizaciones feministas identificadas con el feminismo de la igualdad –del que Forcades se declara seguidora- ponen todas las trabas posibles a que los padres divorciados puedan compartir la custodia de sus hijos con las madres?. ¿Por qué esas organizaciones feministas que en teoría promueven relaciones de género equilibradas no favorecen que los niños y niñas dejen de ser sólo asunto de las madres?. ¿Saben que en el 99% de las separaciones la custodia es para las madres gracias a la labor de las feministas supuestamente opuestas la lógica patriarcal? A mí que me lo expliquen.


3. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA AUTONOMÍA Y EL MIEDO AL AMOR, AL COMPROMISO Y A LA DEPENDENCIA.

"El niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos."

De nuevo, es de suponer que –según Forcades- a la lógica patriarcal le interesa que los niños crean que la conquista de su identidad masculina pasa por no depender de nadie y por distinguirse lo más posible de las personas que aman. Se supone que esos fantasmas siguen condicionando actualmente la vida de los hombres y de las mujeres que sin duda están sometidas a ellos. Ahí debe estar el problema.

Pero, reitero, en mi entorno lo que veo es a muchos hombres sometidos a sus parejas con un miedo horrible a quedarse y sentirse solos. Por otra parte... ¿ganar en autonomía no es acaso una obsesión que lacera tanto a las mujeres como a los hombres actuales, escindidos entre el miedo a la soledad y el miedo a la dependencia?.



ENTREVISTA

La Vanguardia, Lluis Amiguet, 17/10/2007,

"La mujer teme a la soledad; el hombre, a la dependencia"

TERESA FORCADES: Tengo 41 años. Soy benedictina y doctora en Medicina por la UB y la Universidad Estatal de Nueva York; me gradué en Teología en Harvard y en la Facultat de Teologia. Nací en Gràcia. "No se trata de lograr la etiqueta correcta, sino de respetar la identidad única de cada persona." "La era premoderna era teocéntrica: la religiosidad y la relación con Dios dirimía la jerarquía, por eso el poder patriarcal consideraba a las mujeres seres con menos espíritu.

Sólo los hombres hablaban con Dios.

Enla modernidad - de la imprenta a la Revolución Francesa- a las mujeres se nos reconoce esa capacidad espiritual, pero sólo porque ya no es importante, puesto que es el uso de la razón el que decide el reparto de poder, por eso, el poder patriarcal dice entonces de las mujeres... ¡que somos más religiosas porque carecemos de raciocinio!

Se trata siempre de ponerlas en su sitio.

Con el romanticismo, la libertad sustituye en jerarquía a la razón y el poder patriarcal dice entonces que la mujer es más dependiente y menos capaz de decidir por sí misma.

¿Y ahora?

Y ya en la posmodernidad, desde Mayo del 68, el valor más importante es la
diversidad y el policentrismo. Ahora el discurso patriarcal ya acepta que la
mujer es tan espiritual, tan racional y tan libre como el hombre...

Pero...

El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la
subordinación de la mujer. Ahora dice que la mujer es superior - por causas
biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de
decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.

¿Y no es así?

Nuestra individuación infantil se produce en relación con la figura materna: la
niña al separarse de la madre también se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama.

¿Y el nene?

En cambio, el niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos.

Entonces...

Por eso la mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad, y el
hombre, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la dependencia.

Por ejemplo.

La mujer femenina quiere lo que quieren los que ella quiere: si todos quieren ir
al mar, no irá a la montaña, aunque a ella le apetecía, porque los quiere a
ellos antes que a ella. La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia
autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este
vínculo.

Veo que domina usted esas diferencias. Los hombres se quejan de que las mujeres en una relación de pareja se lo guardan todo en una lista mental y un día se lo sueltan a ellos en una retahíla de agravios y sacrificios: ¿eso es amor? No: es miedo a la soledad. El amor se justifica a sí mismo en cada momento sin esperar ninguna compensación. ¿Hace falta que le hable ahora sobre el miedo del hombre al compromiso y la dependencia?

¡Qué me va a contar!

Ni la feminidad de la mujer es amor ni la masculinidad del hombre es libertad.
Yo me inscribo en la tradición de teólogas feministas, que no femeninas, que ha desenmascarado ese discurso patriarcal desde sus inicios.

Lo he leído en su Teología feminista en la historia (Fragmenta).

Allí verá que ha habido otras teólogas que han ayudado a que el hombre supere su miedo a la dependencia y la mujer su miedo a la soledad y que han abierto el camino para que trabajemos juntos en ser mejores personas.

¿No debemos adaptarnos unos a otros?

Para convivir hombres y mujeres, extranjeros y locales, jóvenes y mayores, no se trata de que diluyamos nuestras diferencias en una mediocre sopa común, sino que aprendamos a convivir sin dejar de ser diferentes cada uno con su cultura, lengua, sexo o edad.

¿No es mejor ser de aquí que de allá?


No debemos ni clonarnos ni hay que tener la etiqueta correcta en cada momento y país, sino que debemos aprender juntos a saber gozarlas todas.

Entonces: ¿Dios es hombre, mujer o gay?


Dios está más allá de cualquier sexo, pero su imagen ha sufrido la proyección de los prejuicios de sexo del poder patriarcal.

Pero la mujer y la persona gay están subordinadas o incluso negadas en la Iglesia.

Hay decisiones morales que son absolutamente personales y por las que
se pedirán cuentas a cada persona.

¿Por qué no se ordenan mujeres?

No tendría mucho sentido conseguir que se ordenaran también mujeres sin cambiar las estructuras patriarcales de la Iglesia.

Usted era una brillante médica formada en EE. UU. ¿Por qué se metió a monja?

Vine aquí a Montserrat buscando tranquilidad para preparar el examen de Medicina Interna y descubrí y sentí que éste era mi sitio.

¿Tuvo usted un momento epifánico?

Las hermanas me pidieron , a mí, como médico una charla sobre el sida. Temí la ocasión.

¿Qué temía?

Que tuvieran reacciones excluyentes respecto a la homosexualidad, pero las
hermanas me preguntaron con infinito respeto y amor por los enfermos y por los homosexuales, que la Iglesia condenaba. Sentí que quería ser una de ellas.


[1] La discutible explicación oficial desde la óptica feminista es la siguiente: “Con el establecimiento de la agricultura y la ganadería surgió la necesidad de controlar los medios de reproducción. Se inició el control de la mujer por parte del hombre y se establecieron las relaciones de parentesco. El hombre se vinculó a la mujer y empezó a preocuparse de su manutención y de la de sus hijos. Posteriormente se instauró el matrimonio y el hombre liberó a la mujer del trabajo de búsqueda de alimentos para posibilitar un aumento del número de nacimientos. Así se inició la gran expansión demográfica y la dependencia femenina. El hombre tomó las riendas del poder y la mujer perdió sus derechos. Como consecuencia de la revolución patriarcal, se instituyó el matrimonio y la familia patriarcal. Surgió la división desigual entre los sexos, que relegó a la mujer al papel de procreadora, al tiempo que el hombre se responsabilizó de la búsqueda de alimentos.” Exposición “Dona, un cos, una vida” Barcelona, 2007, Fundació Santiago Dexeus, Comisaria: Isabel Cordero http://www.fundaciondexeus.org/cat/mujer1.html

[2] En su empeño por corregir esos excesos androcéntricos se ha sostenido que esas diferencias cognitivas y actitudinales –si existen- se reducirán a medida que la sociedad sea cada vez más igualitaria, restando así relevancia a las explicaciones biologistas (M. J. Barral e I. Delgado, 1998: “...las diferencias entre mujeres y hombres en ciertas capacidades cognitivas específicas han ido reduciéndose a lo largo de los últimos cincuenta años. Esta disminución de las diferencias estaría relacionada con una situación más igualitaria entre mujeres y hombres en el acceso a estudios, actividades laborales y actitudes sociales.”)
[3] Por ejemplo, si la neurología nos revela que el “cableado” del cerebro adolescente masculino se activa con las actvidades competitivas... ¿hemos de rechazar la competitividad en el aprendizaje y sustituirlo por el aprendizaje cooperativo, alegando que parece moralmente superior?. No sería más pertinente recuperar la competitividad entre los chicos y compensar sus excesos promoviendo la cultura del “fair play” (http://www.sportmagister.com/noticia.asp?id_rep=734).
[4] Junto a otros factores como su mayor fuerza física o su desesperación, a veces acompañada de brotes de agresividad descontrolados, sobre todo cuando siente desamparo y ve hundirse su limitado anclaje emocional, verdadero talón de Aquiles del hombre actual y que exige urgentemente un programa de reeducación.

martes, octubre 09, 2007

La teología feminista y Teresa Forcades


El pasado lunes, la joven teóloga Teresa Forcades presentó su nueva obra Teología feminista, primera entrega de una serie de volúmenes dedicado al estudio de la teología desarrollada por las mujeres a lo largo de la historia.

He de confesar que hace unos años la lectura de algunos artículos debido a teólogas feministas tuvo un efecto demoledor sobre mi antigua fe cristiana, ya entonces seriamente debilitada. Por eso, no deja de provocarme perplejidad la figura de una monja de lozano aspecto que exhibe su hábito sin complejos y que concilia su lucha feminista con una fe que a mí se me antoja difícil de deslindar del paraguas patriarcal que la cobija.

Por eso, me decidí a acudir a la presentación. Pensé que si ciertas teólogas feministas acabaron con mi fe, lo justo sería que otras teólogas feministas me ayudasen a recuperarla. Como le comenté a J., que se animó a acompañarme, iba con la intención de formular una pregunta muy precisa: “¿Cómo consigue mantener viva su fe cristiana y conciliarla con su compromiso feminista, cuando todo en la religión y la iglesia cristiana nos remite a la figura de un Dios patriarcal?” (formulación educada) o “Si la Madre Teresa de Calcuta que no era feminista tenía dudas, usted tiene más motivos para no creer en Dios. ¿No vive en una dramática contradicción?” (formulación impertinente)

Cuando terminó la sesión de preguntas que siguió al acto estricto de la presentación, J. me preguntó “¿Por qué no has intervenido?”. Y le contesté: “Primero, porque me intimidaba un auditorio tan concurrido, pero también porque creí que sus palabras comentando la obra ofrecían respuesta suficiente a mis preguntas (no formuladas.)”

Veamos.

Teresa Forcades que se identifica con el feminismo de la igualdad, y que es autora de una interesante obra sobre la Trinidad (La Trinitat avui), insiste en hablar de Dios como comunidad, cómo relación en la diversidad, una diversidad que no acepta divisorias de género ni de otra categoría.

El interés por este planteamiento me ha llevado posteriormente a buscar más información sobre sus tesis trinitarias y he encontrado un texto suyo que resulta elocuente y esclarecedor:

La imagen que tenemos de Dios tiene que ver con la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestras sociedades. La pirámide en la que Dios es el punto más alto y el Hijo y el Espíritu están en posición inferior ha permitido a la Iglesia afirmar que la única forma posible de gobierno es la monarquía absoluta.Pero desde que el hombre ha buscado liberarse de quienes ocupaban el poder (decían que por la Gracia de Dios), asimilando los conceptos de la Revolución Francesa de Libertad, igualdad y fraternidad, se ha ido librando de quienes le quieren mandar, y ama por encima de todo su libertad, a la que también podemos llamar “autonomía”.

Después de la modernidad ya no es posible creer que haya personas que estén por debajo de otros, ha afirmado el teólogo alemán Greshake. Por eso, la representación de una Trinidad poniendo el Padre al vértice de un triángulo y al Hijo y al Espíritu en la base, “subordinados”, no representa un modelo que acepte la sociedad actual acepte. El Hijo no es menos Dios que el Padre, y el Espíritu tampoco. Existe una nueva concepción trinitaria que sitúa en un plano de igualdad a las tres personas divinas, entendida cada una como una persona diferente, no clonada, y relacionadas en amor puro, o sea, en comunión. Esta relación trinitaria, en comunión, nos ofrece un modelo para organizar nuestra sociedad a su imagen y semejanza. La mujer y el hombre de hoy pueden aceptar que Dios sea el centro de todas las cosas (teocentrismo), pero no que a la hora de la verdad en este centro se sitúen personas que dicen hablar en nombre de Dios y que interpretan su voluntad. Este es el problema.Si Jesús actúa según la voluntad del Padre no es un modelo para el hombre moderno. Jesús manifiesta su independencia en el Huerto de Getsemaní cuando dirigiéndose al Padre dice: “que se haga tu voluntad, y no la mía” Él no se siente obligado, pero haciendo ejercicio de su libertad, hace donación de su vida al Padre.Podríamos decir que sólo hay tres clases de amor. Ni cuatro, ni una; tres, que son: dar, recibir y compartir.

La donación pura es aquella que a pesar de ser hecha en espíritu de reciprocidad, si ésta no se da, se seguiría ejerciendo. Pero seguiría buscando en el otro alguna forma de reciprocidad.

La donación que se siente completa en sí misma, que no le importa la respuesta del otro, aunque se le llame a veces “amor altruista” o incluso “espiritual” quiere decir en la práctica que el otro no se tiene en cuenta, que es menospreciado, y no lo llamaremos amor, sino paternalismo o maternalismo.

Dios no nos ama así. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios nos sale al encuentro y busca nuestra respuesta porque para Él nuestro ”Sí” es importante.

De modo parecido, la recepción pura es aquélla en la que la persona que recibe, aunque por enfermedad o circunstancias personales no pueda “dar nada”, muestra su agradecimiento a la persona dando.

La recepción sin espíritu de reciprocidad no sería amor, sería infantilismo.

En la donación pura y en la recepción pura se desea la reciprocidad.

Sin embargo, una donación que obligase a un retorno equivalente, no sería amor sino mercantilismo.

La tercera clase de amor, la reciprocidad, sería como la síntesis de las dos anteriores. Compartir quiere decir vivir en una comunidad de amor
[1].

FUENTE:https://esglesiaplural.cat/modules.php?name=News&file=article&sid=238

OTROS TEXTO DE INTERÉS
http://www.poblet.cat/pfw_files/cma/Content/dimensio/POBLET_N_m._13__interior_.pdf
http://www.fragmenta.cat/books/view/3


En la obra Trinitat avui (p.75) utiliza estas palabras:

El Padre es porque «se da». El Hijo es porque «se recibe». El Espíritu es porque «se comparte». Nosotros podemos dar porque el Dios que nos ha dado el ser y nos fundamenta es Padre (Madre- Padre). Podemos recibir porque el Dios que nos ha dado el ser y nos fundamenta es Hijo (Hija-Hijo). Podemos compartir porque el Dios que nos ha dado el ser y nos fundamenta es Espíritu. El Espíritu es reciprocidad, pero reciprocidad extática (incluye necesariamente un tercero, al servicio del que pongo todo el bien que recibo)[cf Jn 15,15: «A vosotros os he dicho amigos porque os he hecho conocer todo aquello que he oído de mi Padre». Jn 6,39: «Y la voluntad de quién me ha enviado es ésta: que no pierda nada de aquello que me ha dado, sino que lo resucite el último día].[2]

Si existe una concepción trinitaria intoxicada de patriarcalismo es debido a una pobre aproximación al verdadero misterio trinitario. Y ella, que entiende que cada generación tiene sus desafíos específicos, se considera llamada a asumir el reto de promver una teología crítica que se libere de sus distorsiones masculinistas (por eso se habla también de una “teología de liberación”).

Aunque desde la jerarquía eclesiástica y desde la teología más formalmente ortodoxa se insiste en la complementariedad de hombres y mujeres, y se condena la perspectiva de género como una expresión de una ideología disolvente, ella asume la conveniencia de la noción de género y se sitúa en la corriente del feminismo de la igualdad. Pero lo hace con matices que vale la pena resaltar.

Para Teresa Forcades no tiene sentido discutir que en nuestro punto de partida antropológico las diferencias entre hombres y mujeres son obvias y que las construcciones de género del pasado las han exacerbado con frecuencia. Pero este punto de partida no nos impide concebir un punto de llegada escatológico que en lugar de exacerbar la diferencia, nos invite a trascender las limitaciones del género. Nuestro punto de partida en realidad es una oportunidad para superar esas limitaciones con que nos hemos constreñido a lo largo de la Historia. Para ella, el mensaje cristiano, de hecho, es una oportunidad para trascender el género. Un religiosidad apegada a los estereotipos de género sería una religiosidad inmadura. “Ser persona tal y como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu nos exige a todos, mujeres y hombres, ser capaces de ir más allá de los estereotipos de género para amar tal y como Dios ama: con soltura en la intimidad y con soltura a la soledad”(https://esglesiaplural.cat/).

Este marco en el que se inscribe la obra presentada (demasiado breve para mi gusto) y el trabajo teológico de Teresa Forcades. Y yo, de momento, me quedé bastante satisfecho con sus explicaciones y con deseos de seguir su trayectoria.

Forcades durante la presentación recordó que la teología se inició como misteriología (acompañamiento hacia le misterio bsado en la escritura y en la interpretación literaria). En la Edad Media la interpretación de las escrituras pasó a basarse en la razón humana. En la Edad moderna cobró importancia la experiencia personal, el dejarse impactar por los textos bíblicos. Ahora nos encontramos en una etapa de teología crítica, que para ser buena teología no puede renunciar ni al misterio, ni a la razón, ni a la experiencia personal. ¡Suerte!.


La teologia feminista en la història. Contrapunts de Miriam Díez Bosch, Marta Pessarrodona i Abdennur Prado. Col·lecció: Introduccions. Volum: 3. 152 pàgines, Primera edició: Juny del 2007. ISBN: 978-84-935695-4-9

La teologia feminista és una teologia crítica. La investigació crítica neix sempre arran d’una experiència de contradicció. L’objectiu de la teologia crítica és doble: posa en evidència els aspectes de la interpretació rebuda que generen contradiccions i cerca d’oferir alternatives d’interpretació teològicament consistents que permetin superar aquestes contradiccions. Com que aquestes contradiccions sovint són generades per situacions de discriminació o injustícia, a les teologies crítiques també se les anomena teologies de l’alliberament. La teologia feminista és una modalitat de teologia crítica o de l’alliberament. El camí de la teòloga o del teòleg feminista és, doncs, necessàriament, un camí de lluita i de reivindicació, però això no vol dir que hagi de ser només un camí de lluita o de reivindicació. No ho és. És alhora, i des del cor mateix del seu compromís, camí de gratuïtat, de do, de sorpreses i regals inesperats, de descobertes que eixamplen cada vegada més l’horitzó inicial, de vegades modificant-lo, sovint fent-lo més precís i donant-li un sentit més ple. És camí de lluita, és camí de gratuïtat i, sobretot, és camí de solidaritat, d’encarnació, d’implicació en els dolors i les joies dels qui pateixen rebuig o discriminació.

Autora

Teresa Forcades i Vila (Barcelona, 1966) és doctora en salut pública (Universitat de Barcelona), especialista en medicina interna (State University of New York), Master of Divinity (University of Harvard) i llicenciada en teologia fonamental (Institut de Teologia Fonamental de Sant Cugat). Actualment viu a Alemanya, on prepara la seva tesi doctoral en teologia sobre el concepte de persona. Va dedicar la tesi doctoral en salut pública a les medicines alternatives, i la tesi de llicenciatura en teologia, a la Trinitat. Ha publicat La Trinitat, avui (Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2005) i Els crims de les grans companyies farmacèutiques (Cristianisme i Justícia, 2006). És monja benedictina de Sant Benet de Montserrat des de l’any 1997.
Autors dels contrapunts

Miriam Díez Bosch (Girona, 1973) és periodista especialitzada en religió. Viu a Roma des del 1999. És professora a la Universitat Pontifícia Gregoriana i treballa a l’agència internacional Zenit. És membre de la Càtedra Dona i Cristianisme de la Facultat Pontifícia Marianum. Marta Pessarrodona (Terrassa, 1941) és poeta, narradora, assagista, dramaturga i traductora. Ha publicat recentment Donasses. Protagonistes de la Catalunya moderna (Destino, 2006). Col·labora habitualment al diari Avui i a la revista El Temps.Abdennur Prado (Barcelona, 1967) és cofundador i president de la Junta Islàmica Catalana, i director del I i II Congrés Internacional de Feminisme Islàmic (Barcelona 2005 i 2006). És autor d’El Islam en democracia (Junta Islàmica, 2006).

Índex i fragment
Coberta

Entrevista a El Periódico 7-8-2007
Entrevista a El Periódico 7-8-2007 (en castellano)

Introducció

L’any 1641, la filòsofa i teòloga Anna Maria van
Schurman, coneguda entre els seus contemporanis com
la Minerva holandesa i considerada la dona més culta del
segle xvii, va escriure: «Tot allò que condueix a la veritable
grandesa d’ànima és escaient per a una dona cristiana
[…].


Tot allò que perfecciona i honora l’intel·lecte humà
és escaient per a una dona cristiana […]. Tot allò que
obre la ment vers un plaer nou i honest és escaient per a
una dona cristiana.» «El cel és el límit» és l’expressió que
Van Schurman va fer servir en una carta dirigida a la
també filòsofa i teòloga francesa Marie de Gournay, en
defensa de l’accés de les dones a l’estudi de les ciències
sense restriccions de cap mena. Van Schurman dominava
l’àlgebra, l’aritmètica, la geometria i l’astronomia, però
abans que res era teòloga. Per ella, l’expressió «el cel és el
límit» significava que el criteri últim és Déu i no els costums
o les conveniències humanes. Això és: és Déu qui
ha format tant la dona com l’home a la seva imatge, i els ha
fet éssers racionals per tal que li donin lloança per mitjà
de la creació; les capacitats de cada persona són un do
que Déu li ha donat i del qual Déu l’ha feta personalment
responsable (paràbola dels talents, Mt 25,14-30);
viure humanament, viure cristianament, significa respondre
amb tota gravetat i responsabilitat al do de Déu en
nosaltres, conreant fidelment fins al límit els propis talents
per donar-li lloança.

«El cel és el límit.» Però el límit pràctic de Van
Schurman —igual que el de la majoria de les dones
d’avui— van ser, com veurem, les seves dues ties malaltes,
de les quals va tenir cura personalment durant més
de vint anys (cf. Mt 25,31-46).

René Descartes, contemporani de Van Schurman — com
ella resident a Holanda i amic seu fins que va declarar
que la Bíblia no contenia «idees clares i distintes» i que,
per tant, no podia fonamentar cap filosofia coherent—,
li aconsellava que deixés les tietes i es dediqués de ple a
la filosofia. El mateix consell donava Descartes a una
altra amiga per la qual sentia un gran respecte intel·lectual,
la princesa Elisabeth de Bohèmia, quan aquesta li parlava
dels problemes que tenia per arranjar un casament
favorable per a les seves germanes o per defensar un dels
seus germans d’una acusació d’homicidi. Elisabeth de
Bohèmia va mantenir correspondència regular amb René
Descartes i amb Anna Maria van Schurman i, com també
veurem, va protegir Van Schurman al final de la seva
vida. Descartes va dir d’ella que era l’única persona que
havia entès la seva nova filosofia. Elisabeth de Bohèmia
és considerada avui la crítica contemporània més aguda
de la filosofia cartesiana, especialment pel que fa als límits
de la dicotomia cos-esperit (res extensa - res cogitans)
que es troba al cor d’aquesta filosofia. Com a resposta a
les seves crítiques, Descartes va escriure el tractat Passions
de l’ànima, que li va dedicar en reconeixement de la seva
decisiva pregunta: «¿Com pot la ment dominar el cos si
són dues substàncies del tot distintes? Si no tenen res en
comú, ¿com pot l’una afectar l’altra, moure l’altra, ni que
sigui per dominar-la?» Van Schurman, per la seva banda,
sense cercar de respondre directament a Descartes, va
bastir una filosofia paral·lela que s’oposava al subjectivisme
del cogito ergo sum cartesià (sóc o existeixo en tant
que penso), amb l’objectivisme del sum ergo cogito (puc
pensar perquè sóc feta d’una determinada manera, i
«aquesta determinada manera de ser feta que em permet
pensar» precedeix el meu pensament). Sense l’element
objectiu la filosofia perd tota consistència. Descartes
mateix afirma clarament al Discurs del mètode que Déu
és necessari per salvar les apories del seu sistema. Tanmateix,
el Déu cartesià —a diferència del Déu de Van
Schurman i d’Elisabeth de Bohèmia— és extrínsec a la
filosofia i la fonamenta només des de fora, la tutela —com
si diguéssim— des de dalt, i prepara així el camí de la
seva (de Déu) eliminació definitiva.


Descartes, igual que Van Schurman i Elisabeth de
Bohèmia, no es va casar mai, però —a diferència d’elles—
tampoc no es va sentir mai directament responsable del
benestar dels seus familiars. Descartes va tenir una filla
natural, Francine, que va morir a l’edat de cinc anys. El
seu pare l’estimava molt, però no s’havia hagut de preocupar
mai de les seves necessitats físiques quotidianes.
Per a això ja hi havia la seva mare.
Anna Maria van Schurman, l’obra i la vida de la qual
van formar part substantiva de la història intel·lectual del
segle xvii europeu, no surt als llibres de teologia. Pel
que fa al pensament teològic és com si no hagués existit
mai.


La definició escolàstica de la teologia és «fe que cerca
comprensió» —fides quaerens intellectum—. Recuperar
la figura de Van Schurman i de totes les dones que al
llarg dels segles han fet teologia, és a dir, han reflexionat
de manera sostinguda i sistemàtica sobre la seva fe, és
una de les tasques de la teologia feminista en la seva vessant
històrica. En la seva vessant filosòfica, la teologia
feminista es pregunta pel per què global: ¿per què han
tendit a desaparèixer de la història les aportacions intellectuals
de les dones?

La resposta no és fàcil. No n’hi ha prou a contestar:
«Perquè els barons dominen la història o el món i no
han volgut o no han pogut preservar o tenir en compte
les aportacions intel·lectuals de les dones.» ¿És veritat que
els barons dominen la història o el món? ¿Per què? ¿És
veritat que no han volgut o no han pogut preservar les
aportacions intel·lectuals de les dones o tenir-les en compte?
¿Per què?
I Déu, ¿què hi diu?



Inspiradas en estos planteamientos, que invitan a trascender el género, encuentro estas recomendaciones para la oración:

Les nostres relacions haurien d’estar alimentades per aquest Esperit de Jesús que és reciprocitat, interrelació i fraternitat: “...Jo estic en el meu Pare, i vosaltres en mi, i jo en vosaltres...” (Jn 14,20). “...Us he dit tot això perquè la meva joia sigui també la vostra i la vostra joia sigui complerta. Aquest és el meu manament: que us estimeu els uns als altres tal com jo us he estimat...” (Jn 15,11-12)

La pregària de Sant Francesc exemplifica la praxi i n’és expressió d’aquest manament :

Senyor, fes de mi un instrument de la teva pau!
Que on hi hagi odi, hi posi amor.
On hi hagi ofensa, hi posi perdó.
On hi hagi discòrdia, hi posi veritat.
On hi hagi dubte, hi posi fe.
On hi hagi desesperació, hi posi llum.
On hi hagi tristesa, hi posi joia.
Oh Mestre, fes que jo vulgui més aviat consolar que no pas ser consolat;
comprendre, més que no pas ser comprès;
estimar, més que no pas ser estimat.
Perquè és donant-nos que obtenim,
és oblidant-nos que ens trobem,
és perdonant que som perdonats,
és morint que naixem a la vida eterna!


http://www.fragmenta.cat/books/view/3

[1] En este mismo texto, T. Forcades se permite sacar consecuencias de esta concepción trinitaria para replantear las relaciones de género: Ser persona es ser capaz de elegir, libremente, una relación en comunión (amor de donación) con los otros y a través de ellos amar y dar gloria a Dios. Pero es preciso tener en cuenta las características de género que nos diferencian los hombres de las mujeres. Se desprende de un estudio de una psicóloga norteamericana que las dificultades de compartir en las relaciones de género se deben a la bifurcación de tendencias entre los hombres y las mujeres. Los hombres orientados al auto-posesión (o sea a la “libertad”), en el fondo lo que tienen es miedo a la intimidad. Por esa razón hablan poco con sus mujeres y no les manifiestan sus sentimientos, pese a que las aman. Las mujeres orientadas al auto-estimación (“amor”), en el fondo lo que tienen es miedo a la soledad. Necesitan de su hombre que esté por ellas, que sea un compañero próximo. Pero eso sólo es así en la medida en que el hombre y la mujer son inmaduros y se identifican con los roles de género que aprendieron en la niñez. Ser persona tal y como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu nos exige a todos, mujeres y hombres, ser capaces de ir más allá de los estereotipos de género para amar tal y como Dios ama: con soltura en la intimidad y con soltura a la soledad. Eso es a lo que ella misma llama: TRASCENDER EL GÉNERO.

TEXTO COMPLETO EN CATALÁN: No hi ha un Déu amb una dinàmica pròpia allunyat de les nostres vides, sinó un Déu proper (Pare-Mare) que cerca una relació amb la humanitat, com en l’antic Testament ens el presenta Osees, “gelós del seu Poble”, que el cerca, que li demana que torni a Ell. La relació d’amor que Déu estableix amb els humans es fonamenta en la gratuïtat. Déu ens estima perquè vol, i ens ha creat per estimar-nos, un per un, i que des de la nostra condició de persones úniques visquem estimant-nos com Ell ens estima. La imatge que tenim de Déu té a veure amb la imatge que tenim de nosaltres mateixos i de les nostres societats. La piràmide en la que Déu és el punt més alt i el Fill i l’Esperit estan en posició inferior ha permès a l’Església afirmar que la única forma possible de govern és la monarquia absoluta.Però des que l’home ha cercat d’alliberar-se dels qui detentaven el poder (deien que per la Gràcia de Déu), assimilant els conceptes de la Revolució Francesa: Llibertat, igualtat i fraternitat, s’ha anat desempallegant dels qui el volen manar, i estima per sobre de tot la seva llibertat, que en podem dir “autonomia”. Després de la modernitat ja no es possible creure que hi hagi persones que estiguin per sota d’altres, ha afirmat el teòleg alemany Greshake. És per això que la representació d’una Trinitat posant el Pare al vèrtex d’un triangle i el Fill i l’esperit a la base, “subordinats”, no representa un model que la societat actual accepti. El Fill no és menys Déu que el Pare, i l’Esperit tampoc. Per tant hi ha una nova idea trinitària que deixa en un pla d’igualtat les tres persones divines, cada una entesa com a persona diferent, no clonada, i relacionades en amor pur, és a dir, en comunió. Aquest relació, en comunió, trinitària ja fa possible que ens serveixi de model per a organitzar la nostra societat a la seva imatge i semblança. La dona i l’home d’avui poden acceptar que Déu sigui el centre de totes les coses (teocentrisme) però no que a la pràctica, en aquest centre si posin persones que diuen que parlen en nom de Déu i interpreten la seva voluntat. Aquests és el problema.Si Jesús actua segons la voluntat del Pare no és un model per a l’home modern. Jesús manifesta la seva independència a l’Hort de Getsemaní quan dirigint-se al Pare diu: “que es faci la teva voluntat, i no la meva” Ell no se sent obligat, però fent exercici de la seva llibertat, fa donació de la seva vida al Pare.Podríem dir que només hi ha tres classes d’amor, ni quatre ni una; tres. Aquests són: donar, rebre i compartir. La donació pura és aquella que tot i que ser feta en esperit de reciprocitat, si aquesta no és dona, se seguiria exercint. Però seguirà cercant en l’altre alguna forma de reciprocitat. La donació que se sent completa en si mateixa, que no li importa la resposta de l’altre, encara que se l’anomeni de vegades “amor altruístic” o fins i tot “espiritual” vol dir a la pràctica que l’altre no es té en compte, que és menystingut, i d’això no en direm amor, sinó paternalisme o maternalisme. Déu no ens estima així. Tant a l’Antic com al Nou Testament, Déu ens surt a l’encontre i cerca la nostra resposta perquè per a Ell el nostre Sí és important. Semblantment la recepció pura és aquella en la que la persona que rep, encara que per malaltia o circumstàncies personals no pugui “donar res”, mostra el seu agraïment a la persona donant. La recepció sense esperit de reciprocitat no seria amor, seria infantilisme. En la donació pura i en la recepció pura es desitja la reciprocitat. No obstant, una donació que obligués a un retorn equivalent, no seria amor sinó mercantilisme. La tercera classe d’amor, la reciprocitat, seria com la síntesi de les dues anteriors. Compartir vol dir viure en una comunitat d’amor.Ser persona és ser capaç d’elegir, lliurement, una relació en comunió (amor de donació) amb els altres i a través d’ells estimar i donar glòria a Déu. Però cal tenir en compte les característiques de gènere que ens diferencien els homes de les dones.Es desprèn d’un estudi d’una psicòloga nord-americana que les dificultats de compartir en les relacions de gènere es deuen a la bifurcació de tendències entre els homes i les dones. Els homes orientats a l’auto-possessió (és a dir a la “llibertat”), en el fons el que tenen és por a la intimitat. És per això que no parlen amb les seves dones, no els manifesten els seus sentiments, malgrat que se les estimen. Les dones orientades a l’auto-estimació (“amor”), en el fons el que tenen és por a la solitud. Necessiten del seu home que estigui per elles, que sigui un company proper. Això només és així en la mesura en què l’home i la dona són immadurs, és a dir, identificats amb els rols de gènere que van aprendre en la infantesa. Ser persona tal com ho són el Pare, el Fill i l’Esperit ens demana a tots, dones i homes, ser capaços d’anar més enllà dels estereotips de gènere per estimar tal com Déu estima: sense por a la intimitat i sense por a la solitud.

[2] El Pare és perquè «es dóna». El Fill és perquè «es rep». L’Esperit és perquè «es comparteix». Nosaltres podem donar perquè el Déu que ens ha donat el ser i ens fonamenta és Pare (Mare-Pare). Podem rebre perquè el Déu que ens ha donat el ser i ens fonamenta és Fill (Filla-Fill). Podem compartir perquè el Déu que ens ha donat el ser i ens fonamenta és Esperit. L’Esperit és reciprocitat, però reciprocitat extàtica (inclou necessàriament un tercer, al servei del qual poso tot el bé que rebo)[cf Jn 15,15: «A vosaltres us he dit amics perquè us he fet conèixer tot allò que he sentit del meu Pare». Jn 6,39: «I la voluntat de qui m’ha enviat és aquesta: que no perdi res d’allò que m’ha donat, sinó que ho ressusciti el darrer dia].

viernes, agosto 31, 2007

Máximas de la cultura terapéutica

Entre las promociones de septiembre con que las televisiones nos martillean, ocupan un lugar destacado las obras de un “maestro espiritual” llamado Rajneesh, conocido por “Osho”, alguien que comenta inquietantemente en su autobiografía Vislumbres de una infancia dorada (Gaia, 1996):

"He renunciado incluso a la iluminación, a la que no había renunciado nadie antes que yo... No tengo religión, ni país ni casa. Todo el mundo es mío. Seguiré siendo un rebelde hasta que me quede el último aliento... Aunque no tenga un cuerpo, tendré los cuerpos de miles de mis amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor y puedo meterles ideas en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente lo que voy a hacer. Mi rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi revolución continuará más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos, muchas más voces, muchas más manos para continuarla". (citado en: http://www.personarte.com/pasiones/pasion07.htm)

Pero, pese a lo que pueda parecer, no estoy totalmente en contra de la cultura terapéutica y la espiritualidad New Age. Como señala Teresa Forcades, el olvido de la interioridad y el menosprecio del cuerpo y de la afectividad que se ha producido en la modernidad justifica sobradamente la emergencia de las espiritualidades terapéuticas.

Frente a una racionalidad medicalizadora que “parte del presupuesto (falso) de que la vida que vale la pena vivir es la que nos permite experimentar un estado de bienestar (salud) continuo”, las nuevas espiritualidades apuestan por una visión integradora de la mente y el cuerpo y nos invitan a escuchar los mensajes de nuestro cuerpo enfermo (reflejos de nuestra historia emocional) como llamamientos a la mejora espiritual. La racionalidad médica moderna –que no es integradora- …patologiza incluso los problemas de convivencia que las nuevas espiritualidades, más humanas, consideran oportunidades de vivir el amor que no deben ser eliminadas sino soportadas con paciencia y valoradas positivamente como maestras de vida.”

El problema es que estas “espiritualidades más o menos esotéricas que enfatizan la dimensión interior de la espiritualidad… con frecuencia obliteran completamente la dimensión ética o de justicia social.” http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf

En su obra Identidades inciertas: Zygmunt Bauman (Herder, 2007), Helena Béjar denuncia acertadamente que la cultura terapéutica traslada a cada individuo la responsabilidad de los trastornos y las patologías psíquicas que la sociedad del riesgo provoca impunemente… “La cultura de la terapia, que es parte del contexto de la identidad líquida, pretende suspender el juicio sobre los demás y sobre le medio social que los individuos no pueden controlar y mucho menos modificar. La personalidad tolerante, flexible y que no emite juicios es parte del código políticamente correcto que el modelo de las relaciones puras, la estrategia de la flotación y la fexibilidad están imponiendo como un nuevo deber ser. …La psicologización de los problemas fatídicos (el paro, el abandono, la soledad, la enfermedad, la muerte), que son parte inescapable de la vida, pretenden sacarlos de la escena pública y ocultarlos en la vida privada. O, más bien en una intimidad que los psicoexpertos quieren colonizar. En la penumbra de la consulta del psicólogo… se ponen entre paréntesis la realidad social y las explicaciones colectivas. También el sentido moral, la admisión de la interdependencia de los hombres, de la responsabilidad en relación a los demás, como insiste Bauman.” (p. 194)

Por otra parte, la cultura terapeútica es enormemente seductora porque no actúa como las religiones tradicionales, propiciando la aceptación del sufrimiento como parte del camino hacia una lejana plenitud futura, sino creando la ilusión optimista de que el sufrimiento puede ser vencido aquí y ahora, de que la sanación psicocorporal es posible, si se abordan nuestros padecimientos con determinación (un proteísmo de raíz tan moderna como el de la razón autosuficiente) . “Ante las experiencias negativas (...) la nueva religiosidad adopta una actitud positiva y dinámica. `Tengo la solución´, nos anuncia. En lugar del misterio que hace salir de sí a la humanidad para dejarla abierta a una realidad que no puede dominar, la nueva religiosidad le promete la experiencia de la plenitud aquí y ahora. Tiene que existir la posibilidad `individual´ de vivir sano y feliz en la tierra...; si no,¿qué sentido tiene la vida?” (Forcades Vila, T., “La salut com a religió. La religió com a teràpia”, en Qüestions de Vida Cristiana, 215. PAM, 2004. pág. 35).

La consecuencia de este enfoque es la estigmatización de la persona enferma como persona “poco espiritual”. “Si el dolor es superable, quien lo sufre debe considerarse
un inmaduro espiritual. Se mezcla este presupuesto con algunas premisas popularizadas por el budismo occidental acerca de la insustancialidad del dolor. Así, no es extraño que las personas que sufren enfermedades graves y en algunos casos aún incurables como ciertos tipos de cáncer, sean informadas por sus terapeutas de medicinas alternativas o por sus guías espirituales New Age de que ellas mismas se han provocado la enfermedad con su cerrazón afectiva y que ellas mismas podrían curarla si decidieran abrirse a la vida y a sus dones gratuitos y maravillosos.”
http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf

Con su promesa de vida sanada, la cultura terapeútica nos aboca a ponernos bajo sospecha constantemente, porque siempre existirá algún indicio que contradiga esa ilusión. Pero, el cuestionamiento y problematización permanente de nuestra vida psíquica, lejos de fortalecernos, puede llevarnos a vulnerabilizarnos todavía más, a convertirnos en clientes perpetuos del terapeuta, a delegar la gestión de nuestra psique de modo permanente.

Finalmente recordar que -como señala Helena Béjar en otro artículo muy recomendable- la cultura terapeútica, con su noción de libertad entendida como liberción personal, amenaza con conducirnos a un frustrante solipsismo.

“La libertad es liberación: del pasado, de la infancia, de la palabra del padre, de las dependencias emocionales y, en general, de todo cuanto entorpezca el desarrollo del «yo». Pero la libertad negativa, llevada al extremo, dificulta la vida social. La independencia es una virtud que conduce,a la postre, a la soledad. La valoración de la autosuficiencia hace menos soportables los defectos y las debilidades ajenas. Si uno cree que puede prescindir de su prójimo estará poco dispuesto a comprender sus carencias. El individualismo que la terapéutica predica —imbuido de principios como el equilibrio personal y la huida del conflicto— dificulta los lazos sociales y la cooperación. En un mundo de seres responsables e independientes nadie se hace cargo de nadie.”

Frente a esta cultura terapéutica Béjar cita las propuestas de Yankelovich y otros críticos del individualismo que hablan de reconstruir el sentido de la comunidad: "hay que limitar los deseos, recuperar la noción de respetabilidad y poner el ideal de justicia por encima del interés propio. …En cuanto a la esfera de los afectos, los críticos del individualismo ponen en cuestión el valor de la autosuficiencia. La vida contiene conflicto, fracaso y dolor; no todo es controlable por una voluntad racional. Frente a la la entronización de la autonomía, que conduce al egoísmo generalizado, los componentes del «partido del super-ego» aluden a un término de difícil traducción, el caring, que recuerda a la virtud cristiana de la caridad. La esfera privada ha de volver a ser un reducto emocional, un cobijo de protección y ternura. Las relaciones personales deben ser profundas y duraderas,sin que por ello hayan de caer en la intimidad destructiva o el distanciamiento del narcisismo. Junto con la caridad, la fe y la esperanza son las otras virtudes para reconstruir un sentir social... la fe para canalizar la obediencia y la confianza en la autoridad. Por su parte, la resurrección de la esperanza nos ayudaría a mirar hacia adelante. Frente a la hipóstasis narcisista del presente,la noción de futuro es imprescindible para ejercer la razón pública. El pasado, asimismo, ha de asumirse …somos herederos de una historia y una cultura de la que no podemos prescindir. …El hombre es un ser que precisa activar su voluntad en una empresa que traspasa los muros de la intimidad.
(http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_037_06.pdf)

No es fácil discriminar entre las distintas corrientes terapéuticas o entre las espiritualidades New Age. Las hay más y menos respetables. En el siguiente listado he intentado recoger algunas máximas que aisladamente y en su versión moderada pueden resultar incluso luminosas y aceptables, pero que en su versión más radical y reunidas en una misma corriente resultan alarmantes. Si alguien ha visto el arranque de Alta Sociedad, película por lo demás bastante desigual, entenderá a que me refiero.





Máximas de la cultura terapéutica

1. Has de asumir tu insuficiencia para definir y gestionar tus problemas. Asume que eres vulnerable y que tú sólo no puedes hacer frente al dolor.

2. Aunque no lo quieras reconocer eres víctima de inercias internas ciegas e inconscientes que te robotizan provocándote y provocando sufrimiento. La resistencia a admitirlo es la manifestación más evidente de tu inconsciencia y autodesconocimiento. Asume que estás enfermo.


3. Tu eres el único responsable de lo que te ocurre y cómo te sientes.


4. Tus frustraciones y dolores son llamamientos a cuidarte de ti, es decir a iniciar una o varias terapias y perseverar “sine die” hasta la sanación definitiva.


5. Tú eres el culpable de tus enfermedades físicas, expresión inequívoca de tu psique enferma.


6. Revisa tus dependencias: tu felicidad sólo ha de depender de ti y tú no dependes de nadie.


7. Sé flexible. Mantén todas las opciones abiertas y no te niegues nuevas oportunidades.


8. Si estas ansioso es porque no tienes suficiente seguridad en ti mismo, es decir en tus psicoterapeutas. Déjanos que gestionemos tu psique.


9. La hiperinflación de pensamiento y tus constantes juicios críticos son tu peor enemigo. Tú no eres tu mente. No te protejas.


10. Sé auténtico. Sé tu mismo. Conéctate a tu yo genuino, a tu voz interior.


11. Lo más importante es que aprendas a mantener tu autoestima bien alta y a sentirte bien contigo mismo y eso no depende de más juez que tú.


12. Vive intensamente el aquí y ahora. El pasado y el futuro no existen. No dejes que te esclavicen.


13. Asume abierta y desinhibidamente tus sentimientos. No los reprimas.


14. No dejes que otros definan por ti lo que es correcto e incorrecto. Desconviértete v despréndete de de los valores e ideales que limitan el gozo de la vida.


15. Llora. ¡Por fin te estás liberando!...

sábado, junio 30, 2007

Sé tú mismo

El sábado pasado estaba viendo una serie infantil con mis hijos y me volví a topar con el mensaje “sé tú mismo”, ya algo gastado en el mundo de los adultos, pero que asombrosamente parece apropiado para los auditorios más jóvenes. A falta de otros argumentos, los guionistas lo utilizan como un recurso de urgencia que siempre da juego, porque forma ya parte del vademécum básico del psicologismo popular. El resultado al final es un ametrallamiento sin tregua, que invita prematuramente a los infantes a afirmar ¡su identidad!. Imagínense lo odioso que para cualquiera de nosotros resultaría un pepito grillo obsesivo que nos estuviera martirizando constantemente con la cantinela: “sé tú mismo”, “sé tú mismo”, “sé tú mismo”. Pues bien, retrocedamos en el tiempo, e imaginemos la misma cantinela ¡con siete u ocho años!.

En el caso que comento, el guión resultaba francamente forzado. Una niña de aspecto empollón y susceptible de padecer bullying, se liberaba de tensiones tocando al piano una pieza medieval y –¡oh maravilla!- se le aparecía una mujer portando una armadura espectacular. ¿Por qué vas vestida así?, le preguntó la niña. Y la dama le contestó: “porque soy Juana de Arco. Yo también padecí muchas presiones, pero decidí ser yo misma. Se tú misma”. ¡Caramba! ¡La santa visionaria Juana de Arco convertida de un plumazo en heroína de la Gestalt!. Es asombrosa la capacidad de la cultura “Reader’s diggest” americana para deglutir y trasmutar cualquier episodio o experiencia del pasado.

El asunto me recordó la obra de Charles Taylor, La ética de la autenticidad y, en especial, un texto de Teresa Forcades relacionado indirectamente con el tema. Confieso que los escritos y las apariciones públicas de esta joven monja benedictina siempre me admiran. En un artículo suyo sobre la diversidad cultural(http://synodalia.net/conferences/Forcades_es.pdf), explicaba su experiencia en Estados Unidos formándose como médico especialista y, después, como estudiante en la Facultad de Teología de Harvard. En ambos casos, constató lo difícil que les resultaba a sus compañeros y compañeras salir de sus pequeños mundos y relacionarse entre ellos, a pesar de que todos parecían reconocer la conveniencia de hacerlo y de considerar la diversidad un valor.

Ella lo atribuye a cuatro razones básicas:

1. La falacia del multiculturalismo pasivo: “el multiculturalismo pasivo no existe. Esto significa que no es cierto que la reunión de personas procedentes de todo el mundo en un mismo espacio o en una misma sociedad conduzca “de manera natural” al diálogo y al enriquecimiento mutuo”.

2. La Prevalencia de la Epistemología de los Horizontes
Cerrados.
"El modelo de los horizontes cerrados representa una reacción contra las pretensiones universalizadoras y de dominio de la Modernidad. Reconoce las particularidades y, por tanto, las limitaciones de toda aproximación a la realidad (de toda epistemología), e insiste que el otro sea reconocido como “otro”. Favorece el intercambio interpersonal sin controversia, sin reto. Este modelo precisa que yo sitúe al otro a priori en un contexto que no es el mío y le mantenga ahí durante nuestro intercambio.La pregunta que este modelo no ha logrado responder aún es: ¿cómo puedo relacionarme en la práctica con este “otro” tan extraño a la propia identidad y al propio contexto de significación?." Forcades cita a Gadamer que afirma “Cuando, desde el principio, incluímos el punto de vista del otro en aquello que nos está diciendo, no hacemos sino proteger de hecho el propio punto de vista y volverlo inaccesible para el otro. Así, el reconocimiento de la alteridad del otro [realizada en nombre de la máxima subjetividad, paradójicamente] lo reduce a objeto e implica necesariamente la anulación práctica de su pretensión de verdad.”

3. La Experiencia Previa de Intolerancia. “Refugiarse en la propia identidad y reivindicar el derecho a no ser invadido por el otro, por muy insatisfactorio que nos resulte a nivel teórico, puede resultar en la práctica un objetivo deseable para alguien que haya sido víctima de la intolerancia de los demás...; para alguien que haya experimentado cómo su identidad era manipulada, ignorada o ridiculizada.

4. Pero la razón que más pesa en el artículo de Teresa Forcades es sobretodo la prevalencia del Modelo Monológico de Identidad, que tiene sus raíces en la noción de "voz interior" desarrollada por Herder y convertida más tarde en la instancia suprema de construcción de la propia identidad. “Considerando que mi voz interior es única y original, la sociedad no solamente debe permitirme seguirla sin poner objeciones, sino que está moralmente obligada a reconocer
explícitamente la importancia que mi voz interior tiene para los demás. Ya que no soy solamente yo quien me arriesgo a perder el sentido de mi existencia si no escucho mi voz interior, sino que es la propia sociedad la que se arriesga a perder el sentido de su existencia si no me escucha a mí (es decir, si no escucha a cada uno de sus miembros y no reconoce el carácter único de sus
aportaciones).”

El correlato moral de esta noción de voz interior es el ideal de la autenticidad, que representa exigencia ética para mí y un imperativo de reconocimiento en relación al otro. “Las identidades personales no pueden desarrollarse sin reconocimiento externo. No reconocer mi identidad equivale a negarme la única posibilidad que tengo de ser yo misma. Equivale a negarme la
experiencia de lo que “vivir humanamente” significa para mí.”

El problema, como señala Taylor y recuerda Forcades, es que “la generación monológica de la identidad a partir del interior del individuo es una quimera”. No sólo necesitamos a los otros para reconozcan y contemplen los maravillosos flujos de una identidad liberada y previamente constituida. Los necesitamos antes, porque sólo podemos constituirnos como identidades en interacción y diálogo con ellos.

Según Taylor, "debemos tomar en consideración una característica fundamental de la condición humana que se ha visto reducida prácticamente a la invisibilidad a causa del abrumador sesgo monológico de la filosofía moderna mayoritaria. Esta característica esencial de nuestra vida humana es su carácter eminentemente y fundamentalmente dialógico.”

Aunque nos pese, “la misma esencia de nuestra identidad resulta constituida solamente en y a través de nuestros intercambios con los demás”, incluso aunque mi relación con ellos sea de hostilidad, porque la confrontación también actúa como un poderoso mecanismo de afirmación identitaria.

Si insistimos en seguir la voz interior y ser uno mismo, prescindiendo de los demás para todo lo que no sea reconocer de mi identidad, nos hundiremos en la más gélida incomunicación.

"El reconocimiento concebido como derecho y como a priori, conduce al absurdo de exigir que el otro reconozca el valor de mi identidad sin tan siquiera saber quien soy (y sin tan siquiera
mostrar ningún interés por saberlo)."

Taylor es taxativo y, aunque reconoce que la apuesta por la afirmación de uno mismo pudo contrarrestar en su momento la rigidez y sobrevaloración de la sociedad frente al individuo, el resultado es que se están multiplicando las vidas precarias, erráticas, solipsistas, chatas, sin compromiso con el prójimo, permisivas, autoindulgentes.

Si a esa dinámica de la identidad monológica sumamos modelos de conducta como el de los horizontes cerrados, falacias como las del multiculturalismo pasivo, o reacciones autoprotectoras como las generdas por experiencias de intolerancia, el mundo puede convertirse en un infierno atroz. Por eso, deberíamos pensárnoslo dos veces antes de repetir o dejar repetir a otros machaconamente eso del “sé tú mismo”.

Quizás, en lugar de favorecer la eclosión incesante de pequeños narcisos con ese tipo de mensajes, deberíamos insistir más en la experiencia del diálogo y del encuentro personal con el prójimo. Una experiencia que implica no encerrarse en el propio mundo y abrirse receptivamente al otro. Sólo así podrán construirse identidades sólidas, capaces de hacerse valer cuando sea necesario.



En la fuerza está en el poder
En el sabio está en el saber
Con el tiempo todo llegará
En el día que hoy comienza
Mil respuestas buscarás
Subirás a la montaña

En la fuerza está en el poder
En el sabio está en el saber
Con el tiempo todo llegará
En el día que hoy comienza
Mil respuestas buscarás
Subirás a la montaña
La cima alcanzarás

Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás

No hay nadie que te guíe
Ni una mano que te den
Mas con fe y entendimiento
En un hombre te convertirás

Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás

Aprende a enseñar
Enseñando aprenderás
Tu vida está con quien tú amas más
Hoy todo en lo que sueñas
En tu imaginación
Aquí está ese momento
Realiza tu ilusión

Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás

Yeh oh, yeh oh, yeh oh

Hombre es, hombre es
Un hombre has logrado ser