El sábado pasado estaba viendo una serie infantil con mis hijos y me volví a topar con el mensaje “sé tú mismo”, ya algo gastado en el mundo de los adultos, pero que asombrosamente parece apropiado para los auditorios más jóvenes. A falta de otros argumentos, los guionistas lo utilizan como un recurso de urgencia que siempre da juego, porque forma ya parte del vademécum básico del psicologismo popular. El resultado al final es un ametrallamiento sin tregua, que invita prematuramente a los infantes a afirmar ¡su identidad!. Imagínense lo odioso que para cualquiera de nosotros resultaría un pepito grillo obsesivo que nos estuviera martirizando constantemente con la cantinela: “sé tú mismo”, “sé tú mismo”, “sé tú mismo”. Pues bien, retrocedamos en el tiempo, e imaginemos la misma cantinela ¡con siete u ocho años!.
En el caso que comento, el guión resultaba francamente forzado. Una niña de aspecto empollón y susceptible de padecer bullying, se liberaba de tensiones tocando al piano una pieza medieval y –¡oh maravilla!- se le aparecía una mujer portando una armadura espectacular. ¿Por qué vas vestida así?, le preguntó la niña. Y la dama le contestó: “porque soy Juana de Arco. Yo también padecí muchas presiones, pero decidí ser yo misma. Se tú misma”. ¡Caramba! ¡La santa visionaria Juana de Arco convertida de un plumazo en heroína de la Gestalt!. Es asombrosa la capacidad de la cultura “Reader’s diggest” americana para deglutir y trasmutar cualquier episodio o experiencia del pasado.
El asunto me recordó la obra de Charles Taylor, La ética de la autenticidad y, en especial, un texto de Teresa Forcades relacionado indirectamente con el tema. Confieso que los escritos y las apariciones públicas de esta joven monja benedictina siempre me admiran. En un artículo suyo sobre la diversidad cultural(http://synodalia.net/conferences/Forcades_es.pdf), explicaba su experiencia en Estados Unidos formándose como médico especialista y, después, como estudiante en la Facultad de Teología de Harvard. En ambos casos, constató lo difícil que les resultaba a sus compañeros y compañeras salir de sus pequeños mundos y relacionarse entre ellos, a pesar de que todos parecían reconocer la conveniencia de hacerlo y de considerar la diversidad un valor.
Ella lo atribuye a cuatro razones básicas:
1. La falacia del multiculturalismo pasivo: “el multiculturalismo pasivo no existe. Esto significa que no es cierto que la reunión de personas procedentes de todo el mundo en un mismo espacio o en una misma sociedad conduzca “de manera natural” al diálogo y al enriquecimiento mutuo”.
2. La Prevalencia de la Epistemología de los Horizontes
Cerrados. "El modelo de los horizontes cerrados representa una reacción contra las pretensiones universalizadoras y de dominio de la Modernidad. Reconoce las particularidades y, por tanto, las limitaciones de toda aproximación a la realidad (de toda epistemología), e insiste que el otro sea reconocido como “otro”. Favorece el intercambio interpersonal sin controversia, sin reto. Este modelo precisa que yo sitúe al otro a priori en un contexto que no es el mío y le mantenga ahí durante nuestro intercambio.La pregunta que este modelo no ha logrado responder aún es: ¿cómo puedo relacionarme en la práctica con este “otro” tan extraño a la propia identidad y al propio contexto de significación?." Forcades cita a Gadamer que afirma “Cuando, desde el principio, incluímos el punto de vista del otro en aquello que nos está diciendo, no hacemos sino proteger de hecho el propio punto de vista y volverlo inaccesible para el otro. Así, el reconocimiento de la alteridad del otro [realizada en nombre de la máxima subjetividad, paradójicamente] lo reduce a objeto e implica necesariamente la anulación práctica de su pretensión de verdad.”
3. La Experiencia Previa de Intolerancia. “Refugiarse en la propia identidad y reivindicar el derecho a no ser invadido por el otro, por muy insatisfactorio que nos resulte a nivel teórico, puede resultar en la práctica un objetivo deseable para alguien que haya sido víctima de la intolerancia de los demás...; para alguien que haya experimentado cómo su identidad era manipulada, ignorada o ridiculizada.
4. Pero la razón que más pesa en el artículo de Teresa Forcades es sobretodo la prevalencia del Modelo Monológico de Identidad, que tiene sus raíces en la noción de "voz interior" desarrollada por Herder y convertida más tarde en la instancia suprema de construcción de la propia identidad. “Considerando que mi voz interior es única y original, la sociedad no solamente debe permitirme seguirla sin poner objeciones, sino que está moralmente obligada a reconocer
explícitamente la importancia que mi voz interior tiene para los demás. Ya que no soy solamente yo quien me arriesgo a perder el sentido de mi existencia si no escucho mi voz interior, sino que es la propia sociedad la que se arriesga a perder el sentido de su existencia si no me escucha a mí (es decir, si no escucha a cada uno de sus miembros y no reconoce el carácter único de sus
aportaciones).”
El correlato moral de esta noción de voz interior es el ideal de la autenticidad, que representa exigencia ética para mí y un imperativo de reconocimiento en relación al otro. “Las identidades personales no pueden desarrollarse sin reconocimiento externo. No reconocer mi identidad equivale a negarme la única posibilidad que tengo de ser yo misma. Equivale a negarme la
experiencia de lo que “vivir humanamente” significa para mí.”
El problema, como señala Taylor y recuerda Forcades, es que “la generación monológica de la identidad a partir del interior del individuo es una quimera”. No sólo necesitamos a los otros para reconozcan y contemplen los maravillosos flujos de una identidad liberada y previamente constituida. Los necesitamos antes, porque sólo podemos constituirnos como identidades en interacción y diálogo con ellos.
Según Taylor, "debemos tomar en consideración una característica fundamental de la condición humana que se ha visto reducida prácticamente a la invisibilidad a causa del abrumador sesgo monológico de la filosofía moderna mayoritaria. Esta característica esencial de nuestra vida humana es su carácter eminentemente y fundamentalmente dialógico.”
Aunque nos pese, “la misma esencia de nuestra identidad resulta constituida solamente en y a través de nuestros intercambios con los demás”, incluso aunque mi relación con ellos sea de hostilidad, porque la confrontación también actúa como un poderoso mecanismo de afirmación identitaria.
Si insistimos en seguir la voz interior y ser uno mismo, prescindiendo de los demás para todo lo que no sea reconocer de mi identidad, nos hundiremos en la más gélida incomunicación.
"El reconocimiento concebido como derecho y como a priori, conduce al absurdo de exigir que el otro reconozca el valor de mi identidad sin tan siquiera saber quien soy (y sin tan siquiera
mostrar ningún interés por saberlo)."
Taylor es taxativo y, aunque reconoce que la apuesta por la afirmación de uno mismo pudo contrarrestar en su momento la rigidez y sobrevaloración de la sociedad frente al individuo, el resultado es que se están multiplicando las vidas precarias, erráticas, solipsistas, chatas, sin compromiso con el prójimo, permisivas, autoindulgentes.
Si a esa dinámica de la identidad monológica sumamos modelos de conducta como el de los horizontes cerrados, falacias como las del multiculturalismo pasivo, o reacciones autoprotectoras como las generdas por experiencias de intolerancia, el mundo puede convertirse en un infierno atroz. Por eso, deberíamos pensárnoslo dos veces antes de repetir o dejar repetir a otros machaconamente eso del “sé tú mismo”.
Quizás, en lugar de favorecer la eclosión incesante de pequeños narcisos con ese tipo de mensajes, deberíamos insistir más en la experiencia del diálogo y del encuentro personal con el prójimo. Una experiencia que implica no encerrarse en el propio mundo y abrirse receptivamente al otro. Sólo así podrán construirse identidades sólidas, capaces de hacerse valer cuando sea necesario.
En la fuerza está en el poder
En el sabio está en el saber
Con el tiempo todo llegará
En el día que hoy comienza
Mil respuestas buscarás
Subirás a la montaña
En la fuerza está en el poder
En el sabio está en el saber
Con el tiempo todo llegará
En el día que hoy comienza
Mil respuestas buscarás
Subirás a la montaña
La cima alcanzarás
Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás
No hay nadie que te guíe
Ni una mano que te den
Mas con fe y entendimiento
En un hombre te convertirás
Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás
Aprende a enseñar
Enseñando aprenderás
Tu vida está con quien tú amas más
Hoy todo en lo que sueñas
En tu imaginación
Aquí está ese momento
Realiza tu ilusión
Hijo de hombre, busca y ve
Que tu alma libre esté
Orgulloso un día estarás
Hijo de hombre, un hombre un día serás
Yeh oh, yeh oh, yeh oh
Hombre es, hombre es
Un hombre has logrado ser
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sábado, junio 30, 2007
Sé tú mismo
Etiquetas:
"sé tú mismo",
"voz interior",
autenticidad,
Herder,
identidad,
narcisismo,
Taylor,
Teresa Forcades
jueves, febrero 01, 2007
¿Dueños de nuestros destinos?
Un alegato ortodoxamente neoconservador...
Los costes emocionales del nuevo individualismo
JOAN SUBIRATS
EL PAÍS - 01-02-2007
Desde hace tiempo me invade cierto desasosiego al observar los anuncios a toda página en que mujeres esculturales, y con menor frecuencia, hombres en plena forma, muestran sus atractivos, realzados por afirmaciones como "mira qué cara", "qué figura", "mira qué torso o qué pelo", "mira qué senos" mientras una pregunta emerge con fuerza: "¿Quién les devuelve la juventud?". Para evitar que uno piense en soluciones "fáusticas", se nos advierte de que no es necesario un pacto con el diablo para mejorar el propio cuerpo y acercarse al modelo publicitado. Se trata simplemente de acudir a los tratamientos que ofrece la moderna cirugía estética. Quizá pueda achacarse mi nerviosismo de la comparación entre los ideales que el anuncio explicita y la imagen que me devuelve cualquier espejo indiscreto, pero entiendo que hay algo más que explorar. Aparentemente no hay nada nuevo en todo eso, como la misma alusión indirecta a Goethe permite suponer. Pero, lo que sí puede resultar nuevo es la combinación entre la profundización individualista de la sociedad globalizada y las nuevas oportunidades que parecen existir para que cada uno se diseñe a sí mismo.
Vivimos en una realidad social en la que predomina la sensación de riesgo, de descontrol, de vulnerabilidades crecientes. Y al mismo tiempo tenemos la sensación de que no controlamos nada, que nos enfrentamos solos a esa exagerada fluidez de relaciones, trabajos y lazos emotivos.
Si somos más frágiles, pueden pensar algunos, al menos tenemos nuevas oportunidades para modelarnos a nuestro antojo y poder enfrentarnos mejor equipados a ese nuevo contexto en el que cada cual es básicamente lo que aparenta y lo que muestra, más que de dónde viene y con quién transita.El último filme del director coreano Kim Ki-duk, estrenado bajo el título de Time, es una buena alegoria de todo ello, aunque la película sea claramente desigual en su narración. A caballo de la enorme popularidad que está teniendo la cirugía estética en Corea del Sur, el cineasta juega con el eterno tema de la pasión amorosa y su potencial declive por el paso del tiempo. Una mujer, extremadamente enamorada y celosa, intuyendo una cierta fatiga en su pareja tras más de dos años de relaciones, decide cambiar radicalmente su figura, sometiéndose a una dolorosa operación de cirugía estética que le cambiará por completo su cara y su apariencia. El desasosiego interno se canaliza hacia la salida fácil que parece ofrecer el quirófano. No se accepta el más pequeño inconveniente, no hay una perspectiva temporal que no sea cortoplacista, no se quiere uno enfrentar con sus propios fantasmas, y se apuesta por un cambio físico absolutamente innecesario si atendemos el punto de partida de la propia protagonista. Tampoco parece que se tengan en cuenta las consecuencias de todo ello en la percepción sobre uno mismo, ni tampoco las consecuencias que ello tendrá en los demás. El filme gira a partir de ahí en sucesivos círculos que van aumentando las angustias emocionales de la pareja hasta llegar a un final que cierra en sí mismo la fábula irónica y crítica sobre esa creciente superficialidad del nuevo individualismo, obsesionado por una belleza convencional vinculada al consumismo estético.
La protagonista atribuye la aparente desafección de su amante a su "misma y aburrida cara", y busca modelar de nuevo su rostro en un agresivo intento de buscar la propia identidad. La película insiste en ese tema en un complicado y no siempre bien resuelto juego de máscaras. Y al mismo tiempo muestra lo inútil de esa tribulación, de esa incesante huida de su propia realidad, cuando sea con una cara o con otra, los protagonistas acaban moviéndose siempre por los mismos escenarios, por el mismo café, por el mismo parque de esculturas. Sus cuerpos son distintos, pero ellos siguen siendo fantasmas en busca de sentido vital. No hay entorno social visible en esa búsqueda de perspectiva. Trabajo, familia, amigos, ciudad son simples aditivos a los que hay que apartar para que no perturben esa introspección narcisista envuelta en pasión amorosa. La identidad, para ellos, es simplemente uno mismo, sin presencia de otros. Lo que les une y les desune es el tiempo. Ésa es la belleza del desigual filme de Kim Ki-duk, descubrirnos la vulnerabilidad y cortedad de esa dependencia física y estética. Los problemas de los personajes no tienen nada que ver con la vida de muchos de los que les rodean, que probablemente tienen preocupaciones más acuciantes. Pero, esa desaparición del contexto, típica del nuevo individualismo, nos lleva a otra posible lección que sacar del filme: la falsa salida de la reconstrucción corporal y estética frente a la sordidez vital de la cotidianeidad.
¿Es ésa la sociedad que queremos? ¿Es ésa la modernización que pregonamos? Generamos ansiedad. Y encontramos más ansiedad cuando tratamos de escaparnos de la misma. En un buen reportaje de un reciente suplemento de cultura de La Vanguardia, Renata Saleci abordaba el tema de la renovada capacidad de los individuos para tratar de modelar su destino. E insistía en que eso provenía de la propia sensación que deberíamos estar preparados para poder llegar a ser empleables, casables, superando las constantes y diversas evaluaciones a las que estamos sometidos. Nunca habíamos sido más capaces de modelar lo que somos. Empezando por nuestro aspecto, y acabando por nuestras opciones vitales más diversas. Y no por ello se reduce nuestra ansiedad. Seguimos buscando algo que no encontramos. Hemos roto muchos de los vínculos que nos ataban con la familia, con el trabajo, con amigos no elegidos o con barrios calurosos pero asfixiantes. Pero esa autonomía conquistada, ese privatismo aislacionista nos sigue pareciendo angustioso. Los costes emocionales de la globalización aumentan. Y no por el hecho de luchar más por nuestra propia identidad, logramos que sea más sólida y durable. Quizá deberíamos empezar a pensar que solos, por muy nuestros que seamos, tampoco lograremos escabullirnos de nuestras angustias si no recuperamos un cierto sentido colectivo de nuestra convivencia.
Los costes emocionales del nuevo individualismo
JOAN SUBIRATS
EL PAÍS - 01-02-2007
Desde hace tiempo me invade cierto desasosiego al observar los anuncios a toda página en que mujeres esculturales, y con menor frecuencia, hombres en plena forma, muestran sus atractivos, realzados por afirmaciones como "mira qué cara", "qué figura", "mira qué torso o qué pelo", "mira qué senos" mientras una pregunta emerge con fuerza: "¿Quién les devuelve la juventud?". Para evitar que uno piense en soluciones "fáusticas", se nos advierte de que no es necesario un pacto con el diablo para mejorar el propio cuerpo y acercarse al modelo publicitado. Se trata simplemente de acudir a los tratamientos que ofrece la moderna cirugía estética. Quizá pueda achacarse mi nerviosismo de la comparación entre los ideales que el anuncio explicita y la imagen que me devuelve cualquier espejo indiscreto, pero entiendo que hay algo más que explorar. Aparentemente no hay nada nuevo en todo eso, como la misma alusión indirecta a Goethe permite suponer. Pero, lo que sí puede resultar nuevo es la combinación entre la profundización individualista de la sociedad globalizada y las nuevas oportunidades que parecen existir para que cada uno se diseñe a sí mismo.
Vivimos en una realidad social en la que predomina la sensación de riesgo, de descontrol, de vulnerabilidades crecientes. Y al mismo tiempo tenemos la sensación de que no controlamos nada, que nos enfrentamos solos a esa exagerada fluidez de relaciones, trabajos y lazos emotivos.
Si somos más frágiles, pueden pensar algunos, al menos tenemos nuevas oportunidades para modelarnos a nuestro antojo y poder enfrentarnos mejor equipados a ese nuevo contexto en el que cada cual es básicamente lo que aparenta y lo que muestra, más que de dónde viene y con quién transita.El último filme del director coreano Kim Ki-duk, estrenado bajo el título de Time, es una buena alegoria de todo ello, aunque la película sea claramente desigual en su narración. A caballo de la enorme popularidad que está teniendo la cirugía estética en Corea del Sur, el cineasta juega con el eterno tema de la pasión amorosa y su potencial declive por el paso del tiempo. Una mujer, extremadamente enamorada y celosa, intuyendo una cierta fatiga en su pareja tras más de dos años de relaciones, decide cambiar radicalmente su figura, sometiéndose a una dolorosa operación de cirugía estética que le cambiará por completo su cara y su apariencia. El desasosiego interno se canaliza hacia la salida fácil que parece ofrecer el quirófano. No se accepta el más pequeño inconveniente, no hay una perspectiva temporal que no sea cortoplacista, no se quiere uno enfrentar con sus propios fantasmas, y se apuesta por un cambio físico absolutamente innecesario si atendemos el punto de partida de la propia protagonista. Tampoco parece que se tengan en cuenta las consecuencias de todo ello en la percepción sobre uno mismo, ni tampoco las consecuencias que ello tendrá en los demás. El filme gira a partir de ahí en sucesivos círculos que van aumentando las angustias emocionales de la pareja hasta llegar a un final que cierra en sí mismo la fábula irónica y crítica sobre esa creciente superficialidad del nuevo individualismo, obsesionado por una belleza convencional vinculada al consumismo estético.
La protagonista atribuye la aparente desafección de su amante a su "misma y aburrida cara", y busca modelar de nuevo su rostro en un agresivo intento de buscar la propia identidad. La película insiste en ese tema en un complicado y no siempre bien resuelto juego de máscaras. Y al mismo tiempo muestra lo inútil de esa tribulación, de esa incesante huida de su propia realidad, cuando sea con una cara o con otra, los protagonistas acaban moviéndose siempre por los mismos escenarios, por el mismo café, por el mismo parque de esculturas. Sus cuerpos son distintos, pero ellos siguen siendo fantasmas en busca de sentido vital. No hay entorno social visible en esa búsqueda de perspectiva. Trabajo, familia, amigos, ciudad son simples aditivos a los que hay que apartar para que no perturben esa introspección narcisista envuelta en pasión amorosa. La identidad, para ellos, es simplemente uno mismo, sin presencia de otros. Lo que les une y les desune es el tiempo. Ésa es la belleza del desigual filme de Kim Ki-duk, descubrirnos la vulnerabilidad y cortedad de esa dependencia física y estética. Los problemas de los personajes no tienen nada que ver con la vida de muchos de los que les rodean, que probablemente tienen preocupaciones más acuciantes. Pero, esa desaparición del contexto, típica del nuevo individualismo, nos lleva a otra posible lección que sacar del filme: la falsa salida de la reconstrucción corporal y estética frente a la sordidez vital de la cotidianeidad.
¿Es ésa la sociedad que queremos? ¿Es ésa la modernización que pregonamos? Generamos ansiedad. Y encontramos más ansiedad cuando tratamos de escaparnos de la misma. En un buen reportaje de un reciente suplemento de cultura de La Vanguardia, Renata Saleci abordaba el tema de la renovada capacidad de los individuos para tratar de modelar su destino. E insistía en que eso provenía de la propia sensación que deberíamos estar preparados para poder llegar a ser empleables, casables, superando las constantes y diversas evaluaciones a las que estamos sometidos. Nunca habíamos sido más capaces de modelar lo que somos. Empezando por nuestro aspecto, y acabando por nuestras opciones vitales más diversas. Y no por ello se reduce nuestra ansiedad. Seguimos buscando algo que no encontramos. Hemos roto muchos de los vínculos que nos ataban con la familia, con el trabajo, con amigos no elegidos o con barrios calurosos pero asfixiantes. Pero esa autonomía conquistada, ese privatismo aislacionista nos sigue pareciendo angustioso. Los costes emocionales de la globalización aumentan. Y no por el hecho de luchar más por nuestra propia identidad, logramos que sea más sólida y durable. Quizá deberíamos empezar a pensar que solos, por muy nuestros que seamos, tampoco lograremos escabullirnos de nuestras angustias si no recuperamos un cierto sentido colectivo de nuestra convivencia.
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