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martes, noviembre 25, 2008

Motivos para la esperanza: presentación de “L’escola contra el món” de Gregorio Luri


Desde hace días hago pesquisas para encontrar el nuevo libro de Gregorio Luri: L’escola contra el món, pero todavía no lo he conseguido. El viernes pasado lo intenté de nuevo en Laie sin éxito, pero a cambio acabé llevándome otro libro suyo, la Guía para no entender a Sócrates (2004), en el que sigo enfrascado, y en perspectiva tengo su obra anterior El Proceso de Sócrates (1998). Pero creo que voy a interrumpir estas lecturas para dar prioridad a su ensayo sobre la educación, que por fin ya ha sido presentado, según refiere con unánime aplauso la prensa de hoy.


Inicio por tanto un “período Luri”, que a tenor de lo hasta ahora leído y escuchado, espero que dure. Mi primer contacto con el autor fueron sus artículos en LA VANGUARDIA (enlace artículos), que me sorprendieron por la contundencia y libertad con la que abordaba temas tabú en el ámbito educativo como son la autoridad, la disciplina o las prácticas educativas buenistas y pseudoprogres. Una visita suya a este blog me permitió descubrir El café de Ocata, el más activo lugar de encuentro e intercambio de opiniones que conozco en la red, gestionado en tiempo real por el titular de una bitácora. Siempre me ha asombrado la calidad de sus contenidos y la educada y obsequiosa deferencia que emplea con todos sus visitantes.


Y ahora llega este libro, que viene precedido de un tsunami mediático sorprendente(radio televisión, prensa diaria, revistas, bitácoras, etc), máxime si reparamos en su contenido, que -según lo anunciado- no es nada complaciente con las inercias de nuestro sistema educativo, ni con las políticas hasta ahora seguidas, por más que su tono sea amable y positivo.


Pero ahí no acaba la cosa. El libro se adelanta a la presentación de un manifiesto impulsado por Esade-URL y la sociedad civil catalana, en el que Gregorio Luri ha participado decisivamente y que postula “valores como la calidad, la exigencia, el esfuerzo, el rigor o la equidad”.


¡Gracias a Gregorio por su acierto y empeño, y mi apoyo desde ya a ese manifiesto!. Espero estar en su presentación el próximo día 4 de diciembre y reiterar mi respaldo.


En cuanto al libro, confío en que este alegato en favor de “otra pedagogía” tenga el máximo eco y haga audible e inteligible el clamor de muchos que postulamos otro modo de entender la enseñanza, y queremos recuperar algunos de los viejos tesoros que se han tirado por la borda.


No se trata de volver al pasado, ni de menospreciar ninguna innovación valiosa. No se trata de eludir ningún reto. No se trata de defensas corporativas. De lo que se trata es de situar la mirada en algo que casi todos eluden: los principios pedagógicos vigentes, los que cimientan nuestra práctica educativa cotidiana. Son raros los pedagogos que los cuestionan sin tapujos y Gregorio Luri es uno de ellos. Quizás sea tarde ya, pero estaría bien que nuestros máximos responsables educativos se permitieran revisarlos, leyendo y releyendo a Luri. Sería un medida prudente antes de concluir la última aventura legislativa en el terreno educativo, porque... ¿cabe hablar de evaluar el sistema educativo si sus principios pedagógicos son intocables?.


Pensando en la futura LEC, me pregunto: ¿con qué ánimos se espera que la asumamos los profesionales de la educación, si vamos a ser evaluados según principios pedagógicos que muchos consideramos inadecuados?. Si el sistema falla de manera alarmante, habría que empezar evaluando los principios que lo sustentan y no a los profesionales que los siguen. A mi juicio, esta es la razón más poderosa del malestar docente que ha suscitado la LEC.


Pero, todavía hay motivos de esperanza. Gregorio Luri ha sabido vehicular su mensaje y confío en que se trate sólo del inicio de una poderosa onda expansiva.


Con sorpresa leo que a la presentación acudió el conseller Maragall -todo un gesto- y que, además, se mostró encantado con el libro. Quizás si el conseller insistiera en esa línea, algunos reduciríamos nuestra desconfianza hacia la LEC.


Espero ansioso leer esta obra y de momento abro boca con algunos aperitivos:





Radio:

En El Cafè de la República, amb Joan Barril




“L’escola contra el món”

Fuente: REVISTA DE LETRAS

Por Diego Giménez | Entrevistas | 17.11.08

Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona y Premio Extraordinario de Doctorado, fue profesor de Filosofía en la UNED de Barcelona y en la Escuela Superior de Diseño de Sabadell. Coordinador del volumen La razón del mito (2000), es autor entre otros textos de El proceso de Sócrates (1998), Prometeos. Biografías de un mito (2001) y Guía para no entender a Sócrates (2004). El próximo lunes presenta L’escola contra el món, un libro en que Gregorio Luri se desmarca de los tópicos que alrededor del mundo de la educación.

¿Cómo emerge “L’escola contra el món”?

Me tuve que jubilar, por cuestiones de salud, el 1 de septiembre del curso pasado. Pocos días después recibí una carta del “conseller d’Educació” en la que me manifestaba su agradecimiento “por toda una vida profesional dedicada a hacer crecer a nuestros chicos y chicas en el pensamiento, en la reflexión, en el espíritu crítico y en la creatividad”. Al leerla me pregunté cómo sabía el Señor “Conseller” que yo no había sido un inepto. ¿Cómo podía saber si compartía su visión sobre mi trabajo? La carta me anunciaba también un regalo que recogí enseguida. Resultó ser un libro, titulado La educación en Cataluña. Salvador Cardús firmaba el último artículo afirmando que, respecto la escuela, “El malestar se va extendiendo”. ¿Hacía falta tomarse esto como una imputación? Reflexionando sobre estos temas tomó cuerpo el libro.

¿En qué momento se encuentra la educación hoy?

La carta del “Conseller” nos orienta. Me agradece que haya estimulado el crecimiento del pensamiento crítico, la reflexión y la creatividad de los jóvenes catalanes, pero no me explica por qué estos valores son más importantes que, por ejemplo, la lealtad, la disciplina y la responsabilidad, ni tampoco porqué no parece conceder ninguna importancia a los contenidos que haya podido impartir a lo largo de mi vida profesional. No parece importar si los alumnos que han estado bajo mi responsabilidad, cuando acaban la enseñanza obligatoria, son capaces de situar el Danubio o Moldavia en un mapa de Europa, si están capacitados para hacer cálculos mentales mínimamente complejos o si dominan algo más que un vocabulario de estricta subsistencia. Este desequilibrio define el estado actual de nuestra educación con precisión.

¿Cómo ha vivido el paso de la escuela moderna a la posmoderna?

En la escuela tradicional, con todos sus defectos, había una cosa clara: que “enseñar” era un verbo Transitivo. En la escuela posmoderna, lo realmente importante no parece ser que hay que saber, sino como fomentar la reflexión, el espíritu crítico y la creatividad del alumno, con lo cual la autonomía del aprendizaje se ha impuesto a la heteronomía de la enseñanza. Pero no está nada claro que la autonomía sin orientación pueda conducir a la adquisición de los conocimientos que un joven necesita para poder cursar sus estudios universitarios con una base de competencias lo suficientemente sólida. La confluencia de una concepción pedagógica basada en la centralidad de la autonomía del niño con las ideologías individualistas modernas y el fomento creciente del consumo ha propiciado la aparición de un “clientelismo” pedagógico por parte de unas familias que entienden que su relación con la escuela es similar a la que mantienen como clientes con las empresas de administración de servicios.

¿Estamos en tiempos de relativismo y escepticismo moral?

Sí, y por lo tanto, de desorientación. Para ser más libres hemos creído posible renunciar a la dictadura de los criterios orientadores. Incluso se alaba la liquidez como un principio positivo y se sospecha del arraigo (y de las convicciones) como una rémora que nos incapacita para la constante adaptación a no se sabe bien qué.

¿Se ha perdido la autoridad del maestro o profesor?

Se ha convertido en uno de los dogmas de la pedagogía (post) moderna la tesis de que el alumno debe ser el centro de la actividad pedagógica. Es una tesis discutible. En una auténtica relación pedagógica el centro nunca está ocupado por el alumno, sino por la autoridad del maestro, capaz de ganarse la atención de la clase y de organizar la relación del alumno con los contenidos de aprendizaje. Tal es así que si el maestro no tiene autoridad, difícilmente hay aprendizaje. Evidentemente estoy hablando de autoridad, no de arbitrariedad o de fuerza. La autoridad docente es la capacidad del maestro para hacer presente el conocimiento relevante y facilitar su asimilación por parte del alumno. Si la escuela tiene convicciones sobre lo bueno y lo malo, por muy partidario que sea dejar que el niño se exprese, no valorará de la misma manera todas las manifestaciones de su espontaneidad. Estimulará algunas y en reprimirá otros. Ningún maestro digno de este nombre permitiría la libre expresión de las capacidades del niño para la mentira, la hipocresía o la violencia. La autoridad del maestro se encuentra en el centro siempre que el maestro tenga convicciones. Donde no hay autoridad, normalmente lo que falta son convicciones.

¿Qué es la educación de la responsabilidad y de la frustración?

Dice Homer Simpson que “si cuesta mucho hacer algo es que no vale la pena hacerlo”. Reconozco que soy un ferviente seguidor de los “Simpson”, pero no me gustaría mucho que Homer fuera el maestro de mis hijos. Educar a un niño cuesta mucho, y a veces nos sentimos desorientados, pero los padres que quieren a su hijo no lo abandonan a su propia impulsividad, porque en este caso sería incapaz de conquistar la postura vertical o de hablar una lengua. Tal vez una cultura a gatas que se exprese a gritos sería una cultura magnífica, pero por ahora no me veo capaz de renunciar a mis prejuicios a favor de la verticalidad y del lenguaje articulado. Reprimir los caprichos injustificados de los niños no les hace más infelices. Y en cambio la falta de normas y de límites infranqueables los empuja a ser caprichosos e intratables. La incapacidad para hacer frente a pequeños conflictos anuncia la incapacidad para hacer frente a conflictos graves, por la misma razón que aplaudir la “trastada” de un hijo mal educado significa reforzar su falta de urbanidad. Tampoco podemos pretender argumentar siempre nuestras decisiones o poner a votación todas las normas de la casa. No todo se puede argumentar. Los argumentos no les hacen ni frío ni calor a los chantajistas emocionales y dictadores con pantalones cortos. La norma estricta e incuestionable también tiene mucho sentido, especialmente cuando es respetada de forma ejemplar por los mismos padres. Convencer a un adolescente pletórico de energía que no siempre sabe lo que es mejor para él, y que a veces tiene que reprimir sus impulsos y sacrificar su satisfacción inmediata en interés de su futuro, no es fácil. Pero pretender hacer crecer los hijos en un mundo ficticio sin conflictos donde su ingenuidad no se vea expuesta a la complejidad de la vida no es una prueba del amor de los padres, sino de sus miedos. Me parece que fue Beckett quien se propuso como ideal de vida “fracasar, volver a fracasar y, después, fracasar mejor”. Yo no formularía mi ideal de esta manera, pero reconozco mi simpatía por el filósofo Diógenes, que a veces se pasaba largos ratos discurseando con las estatuas de Atenas para “ejercitarse en fracasar”. No es que el fracaso me parezca especialmente atractivo, pero, ya que es un compañero de viaje, vale más aprender a tener allí tratos sin muchas gesticulaciones. Los méritos de una persona no se miden únicamente por sus éxitos, sino también por su capacidad de levantarse cuando cae. A esto me refiero cuando defiendo la necesidad de educar en la frustración.

¿Cuál es el papel de las nuevas tecnologías en la educación?

Lo primero que hay que tener claro es que la escuela ya no está en condiciones de decidir si acoge o no las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías forman parte de nuestra vida cotidiana y han venido para quedarse. La escuela debe aprender, en todo caso, mantener una relación natural con ellas, lo que no es fácil, por diferentes razones. En primer lugar porque ponen herramientas de un potencial extraordinario en manos de personas muy diversas. El profesor creativo hace maravillas, mientras que el falto de creatividad se siente cada vez más medido por el potencial tecnológico. En segundo lugar porque los adultos hemos tenido que emigrar a un mundo digital habitado por unos nativos que son nuestros hijos. Esto implica que a veces un alumno está más capacitado que su maestro para hacer uso de las nuevas tecnologías. En tercer lugar porque la inmensa (y creciente) cantidad de información que las tecnologías de la información nos hacen accesible, nos sitúa ante la imposibilidad de la selección crítica de los contenidos, por lo que o bien nos dedicamos a movernos al azar (que es lo que hacen muchos internautas) o confiamos en filtros, es decir, en instituciones serias que me puedan orientar. En un futuro próximo el ignorante será aquel que no pueda confiar en ningún experto que le pueda filtrar la información relevante. Aquí se encuentra un reto inmenso para la escuela. En cuarto lugar aparece un elemento psicológico muy importante. Parece que los jóvenes que han crecido con las nuevas tecnologías (los nativos del mundo digital) han desarrollado un tipo de atención específica, muy abierta, que es capaz de atender a diferentes experiencias hora (ver la tele, hablar por el móvil, Jugar con la consola, escuchar música, etc), pero tienen muchas dificultades para mantener la concentración sostenida en una única actividad. Como la herramienta fundamento de la educación de la atención sostenida es la lectura, el texto se presenta cada vez más como un complemento imprescindible del hipertexto.

¿Qué se debe pedir a los alumnos?

Confianza en los padres y los maestros

¿Qué se debe pedir a los padres?

Confianza en ellos mismos

¿Qué se debe pedir a los profesores?

Exactamente lo mismo que a los padres.

¿Qué encontrará el lector en “L’escola contra el món”?

La preposición «contra» del título puede tener diferentes sentidos, que son los que intento poner de manifiesto en el libro. La escuela puede posicionarse contra el mundo cuando ignora la realidad y se muestra incapaz de proporcionar las herramientas indispensables para la competición social que hay en la calle; cuando educa a los alumnos en unos valores que ponen en cuestión tanto el esfuerzo como la jerarquía y la selección, cuando hay un desacuerdo grave entre lo que se enseña en las aulas y lo que la sociedad pide. Se sitúa contra el mundo cuando no se atreve a aspirar de verdad a la excelencia y desconfía de la meritocracia; cuando vive pendiente de unos discursos que hace tiempo que han dejado de tener eco social o cuando confunde la pedagogía con una terapia contra los males de la vida humana, sin darse cuenta que una vida sin frustraciones va en contra de ella misma. La escuela se posiciona también contra su comunidad cuando confunde al alumno con un cliente y el conocimiento con el entretenimiento. Para cumplir fielmente su misión, es posible que la escuela tenga que navegar a menudo contracorriente. No hay que dejarse arrastrar por aquellas psicologías y filosofías que hacen de la frivolidad un principio y menospreciar el rigor, el esfuerzo y la educación del carácter.



En El senyor Boix http://blogs.ccrtvi.com/elsenyorboix

...I ja que avui és dilluns, per superar aquest xic de mandra que sempre dóna tornar a l'escola, fixeu-vos com ataca l'escola i l'ensenyament actual el professor de filosofia Gregorio Luri a aquesta recent entrevista, donada amb motiu de l'edició del seu nou llibre L'escola contra el món (La Campana, 2008).



Ahir diumenge, Gregorio Luri també va participar al debat titulat Què li cal a l'educació? que publicava el suplement «A més a més», del diari Avui, i el qual jo volia enllaçar aquí; però el suplement d'ahir no es trobarà disponible al web del diari fins d'aquí a uns dies.
Al seu llibre, Gregorio Luri anuncia «la fi del projecte pedagògic de l'escola republicana francesa i del model de societat que aquesta volia contribuir a crear (en la que la instrucció pública, la ciutadania i la república formaven un tot)», i denuncia que la decadència de l'ensenyament i de l'escola ha estat provocada, entre altres coses, per «la desaparició de l'esforç personal de l'alumne i la seva substitució per didàctiques de l'interès» i per «la renúncia progressiva a la redacció de textos complexos i a la seva exposició oral, la progressiva introducció de pràctiques de "debat", que reforcen el costum de l'alumne de blindar-se darrere de la seva opinió; o el dogma que el paper fonamental de l'escola és el foment de l'autonomia de l'individu». Així que bon dilluns també de col·legi, amigues i amics!




El filòsof Gregorio Luri fa una demolidora revisió crítica dels pilars ideològics i les bones intencions en què se sosté l'escola catalana
Fuente: http://paper.avui.cat/article//cultura//146634/sense/formules.html

Sense fórmules

Ignasi Aragay
A l'assaig 'L'escola contra el món' el mestre Gregorio Luri advoca per recuperar l'autoritat dels mestres i el valor de la feina de l'alumne

A l'assaig 'L'escola contra el món' el mestre Gregorio Luri advoca per recuperar l'autoritat dels mestres i el valor de la feina de l'alumne
CRISTINA FORÉS

Ni pública ni privada, ni laica ni religiosa, ni elitista ni popular, sinó tot el contrari. Un altre assaig -sí, un més, però no un qualsevol- busca sortides per a l'atzucac educatiu català. Les busca sense fórmules màgiques. És obra del navarrès establert a Catalunya Gregorio Luri, filòsof i professor jubilat. Als 40 anys Luri es va fer un regal: no pensar amb fórmules, i d'aquell magnífic present en surt ara el llibre L'escola contra el món (La Campana), un text on proclama que "l'optimisme és possible" sense renunciar a la crítica dels pilars ideològics i les bones intencions que encara avui sostenen i condicionen l'escola catalana.

El llibre va ser presentat ahir a la premsa en un acte al qual, per sorpresa, s'hi va presentar el conseller d'Ensenyament, Ernest Maragall, que es va mostrar entusiasmat amb les tesis de Luri, tot i que aquest últim no deixa d'ironitzar sobre la carta de serveis prestats que el conseller li va enviar per la seva jubilació: "M'agraeix que hagi estimulat el creixement del pensament crític, la reflexió i la creativitat dels nois catalans, però no m'explica per què aquests valors són més importants que, per exemple, la lleialtat, la disciplina i la responsabilitat; ni tampoc per què no sembla concedir cap importància als continguts que hagi pogut impartir al llarg de la meva vida professional".

Bé, en tot cas, Maragall ahir combregava amb la minirevolució que proposa Luri. I en la mateixa línia va situar-se el sociòleg Salvador Cardús, director de la col·lecció d'assaig Obertures que acull l'obra, i el filòsof Xavier Antich, per qui es tracta d'un assaig "imprescindible".

L'escola contra el món parteix de la idea que en lloc de seguir parlant de creativitat, llibertat, espontaneïtat, plaer, igualtat, multiculturalisme, innovació i laïcitat s'ha de fer de coneixements, autoritat, silenci, esforç, elitisme democràtic, identitat, tradició i, si es vol un autèntic pluralisme, també de religió -"Caldria explicar amb arguments per què algunes idees, per exemple el laïcisme, són més públiques que les creences religioses"-. El canvi de paradigma, doncs, és més que notable.

D'un extrem a l'altre

Si històricament l'escola autoritària i memorialística va donar com a reacció un ensenyament per a la felicitat, amb la utopia del Maig del 68 com a música de fons i el nen al centre de totes les mirades, Luri proposa ara fer autocrítica i una certa marxa enrere que permeti a l'escola exercir amb garanties el seu rol de mitjancera entre la família i la societat, cosa que vol dir, al seu parer, anar a la contra de moltes coses: de l'acceleració, del consumisme, de l'opinionitis, del candor moral, del peterpanisme, de la sobreprotecció...

Segons Luri, si una cosa tenen en comú tots els sistemes que funcionen, de Finlàndia a Singapur, passant per Corea del sud, Flandes i Baviera, és haver recuperat la confiança en el mestre i haver triat els millors com a mestres. I a partir d'aquí, crear un cercle social virtuós.


Un alegato en favor de la pedagogía

Gregorio Luri combate la visión negativa de la educación en ´L´escola contra el món´ | "Ni el sarcasmo ni el catastrofismo conducen a ninguna parte", señaló el filósofo Xavier Antich

M. Beltran LA VANGUARDIA 25/11/2008

El optimismo no sólo es posible, sino que es el primer deber moral de un educador". Esta es una de las muchas conclusiones a las que se llega con la lectura de L´escola contra el món (Ed. La Campana), del filósofo y profesor Gregorio Luri, donde de forma amena desmenuza los problemas de la escuela para concluir que "los milagros, en pedagogía, existen".



Luri conoce el terreno y con el profundo saber que le da su condición de profesor recién jubilado - desde el curso pasado-desmenuza con inteligencia, no exenta de sentido del humor, la evolución del sistema educativo y la situación de la escuela. Con un lenguaje sencillo desenmascara tópicos; como dijo Cardús, "serena los ánimos y predispone a la acción", siempre lejos del catastrofismo. Y es que "ni el sarcasmo ni el catastrofismo conducen a ninguna parte", señaló Antich, a la vez que propuso que, en contra del cinismo que inunda buena parte de los libros que se escriben sobre educación, "hay que tomar nota y ver qué podemos hacer, cada uno desde su responsabilidad", para que las cosas en la escuela sean diferentes de lo que son.

Todo el texto de Luri rezuma amor a la escuela, y es, por tanto, un libro que la defiende, así como la profesión de docente. Muestra una "confianza en la escuela", aseveró Antich. El autor demuestra ser buen conocedor del funcionamiento del sistema educativo de otros países, aquellos que suelen aparecer en los informes como los mejor situados en cuanto a los resultados académicos del alumnado. La revisión le sirve para romper algunos tópicos, como el hecho de que cuanta más inversión, mejor educación, y también para ratificar aspectos conocidos pero no suficientemente valorados como el papel central del profesorado.

En sus inicios, según confesó el autor, el libro tenía un tono crítico hacia la Administración, pero a medida que el autor fue escribiéndolo - proceso que le costó lo suyo porque utilizaba un estilo excesivamente filosófico-comprobó que "en Catalunya se da una nueva situación que permite criticar determinados dogmas y tratar ciertas cuestiones con normalidad, sin tener que justificar la bondad de nuestro discurso", explicó Luri. El miedo a criticar las "buenas intenciones", que se supone que han guiado gran parte de las decisiones de la Administración en el ámbito educativo, desaparece, porque "ahora sabemos que una buena intención sin sentido común puede hacer mucho daño".

El autor quiso dejar claro que antes de criticar a la escuela catalana "debemos ser conscientes de hasta qué punto está sometida a unas urgencias muy distintas de las de otros países, y que nuestra realidad es muy compleja". En su opinión, y así concluye el libro; "El optimismo es posible; es factible recuperar la confianza de la escuela en ella misma, lo cual es indisociable de la recuperación de la confianza de la sociedad en sí misma".

MÁS INFORMACIÓN
Luri, uno de los expertos que han trabajado en la elaboración de los documentos previos al manifiesto que lidera Esade, presentó ayer el libro junto a otro de los especialistas que han estado en la cocina del manifiesto de la sociedad civil en favor de la educación, el también filósofo Xavier Antich. La editora Isabel Martí y el sociólogo Salvador Cardús, director de la colección Obertures 23, de la que forma parte el libro de Luri, desbrozaron el camino del presentador y del autor con un optimismo digno del libro. No en vano, La Campana celebra sus 300 títulos con L´escola contra el món.


Los male/os de la enseñanza -

19/03/2007 La-Vanguardia.-GREGORIO-LURI-


Teníamos un problema: el sistema educativo estaba haciendo aguas. Ahora tenemos un diagnóstico: la culpa es de los profesores, que no están bien formados. La terapia no puede estar más clara: formación para los formadores.

Quien diga que el profesorado no ha cambiado, o habla con mala fe o es un completo ignorante

Si Victor Hugo levantara la cabeza, no hay duda de que lo haría para asentir. Nadie ha tenido más confianza que él en los poderes taumatúrgicos de la escuela. Sus fórmulas forman parte del subconsciente colectivo de muchas personas bien intencionadas: "Una escuela que se abre es una cárcel que se cierra", decía, o, con otras palabras, "cuando el pueblo sepa leer, entonces será honrado".

Pero la verdad es que el pueblo ha alcanzado la plena escolarización hasta los 16 años y no sólo seguimos abriendo cárceles sino que seguimos lamentándonos de que sigan existiendo los matones de patio de escuela. Pero los dogmas son dogmas porque son intocables y el de la confianza en la enseñanza como terapia para los males del hombre es el dogma por excelencia de la Ilustración. ¡Y a ver quién no va a querer ser ilustrado!

El razonamiento, por tanto, no puede ser más sencillo: (1) Si la cultura nos hace sujetos libres, responsables, educados, participativos, etcétera, y (2) si los resultados escolares no se corresponden con nuestras buenas intenciones, (3) la culpa no puede ser de nuestras buenas intenciones. Así que (4) la responsabilidad hay que buscarla en los gestores de las buenas intenciones de la sociedad ilustrada. Y es aquí donde nos encontramos con la perplejidad docente.

El resto de variables es intocable. El elector, ni tocarlo; los programas están libres de culpa, porque si con algo hemos experimentado es con ellos; la Administración demuestra su inocencia con sus gráficos de incremento del esfuerzo inversor. Así que sólo queda una alternativa: el profesorado es responsable (por acción o por omisión) de su perplejidad postilustrada, por no haber sabido readaptarse a las nuevas demandas sociales renovando su "formación en habilidades sociales y psicología". Así que reformemos la formación del profesorado, y todo solucionado. Claro que, por otra parte, todo puede mejorarse si los implicados en su gestión mejoran: la sanidad, la judicatura, los servicios de recogida de basuras, etcétera. Hasta el amor sería más seguro si nos amásemos con más fidelidad y el trabajo sería más alegre si trabajásemos con más alegría. El que no es utópico es porque no quiere, porque la Ilustración está al alcance de todos.

Pero quien diga que el profesorado no ha cambiado en los últimos años o habla con mala fe o es un completo ignorante. La verdad constatable es que nunca se han dedicado más horas en los centros a las reuniones, a las evaluaciones e incluso a las preevaluaciones. La escuela es un hervidero de programaciones (horizontales, verticales y transversales), de proyectos (estratégicos, tutoriales, docentes), reglamentos, etcétera, etcétera. Nunca han hablado más los docentes entre sí sobre la acción docente. Ni nunca han hablado más con los padres, con los alumnos, con los ayuntamientos. Nunca ha habido más psicólogos, más pedagogos, más mediadores, más asistentes sociales en los centros. Nunca se ha dedicado más atención a la diversidad, a la integración, a la mediación. Nunca ha habido tampoco más incentivos para la formación continua del profesorado.

En la escuela se hacen tantas cosas que hasta parece legítimo dudar de que la instrucción continúe siendo su razón de ser. El riesgo no es que falten profesores bien formados, sino que falten, simple y llanamente, profesores.

G. LURI, filósofo y pedagogo

martes, junio 03, 2008

"Mola más porque no tenemos que estar callados"

El lunes 12 de mayo de 2008, aparecía en el suplemento de educación de EL PAÍS un artículo titulado El raro del instituto, en el que se loaba las excelencias de la metodología seguida por un profesor de Ciencias Naturales para superar esa manera tradicional de enseñar basada en el aprendizaje memorístico y que lógicamente "aburre a las ovejas". Según se explica en el artículo, Francisco Balenilla plantea sus clases a modo de investigaciones sobre enigmas que los alumnos deben resolver utilizando los recursos que pone a su disposición. Y a los chicos parecen gustarles. "Mola más porque no tenemos que estar callados", "trabajamos en grupo, así, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre a otro", "nos hace pensar", "no hay exámenes, lo que cuenta es el trabajo diario", "casi nunca pone tareas, sólo algunas veces, que nos pide que leamos y resumamos un texto", apuntan. ...Ballenilla no suele abordar todos los contenidos que supuestamente hay que dar en un nivel determinado. Afirma que los exámenes le importan "un pimiento": en algunos cursos ni los pone; en otros los hace, tipo test, para matizar una nota que se ha forjado en el trabajo de aula, que es lo que de verdad le interesa, y que se plasma en una libreta. Llevarla por el pasillo significa que eres alumno de Ballenilla, Balle, profe, don Fernando. Él se da por aludido en todos los casos.

No sé si el profesor Ballenilla se habrá preguntado que ocurriría si todos sus compañeros y compañeras decidieran imitarle. Afortunadamente, no ha ocurrido así y él puede seguir poniendo en práctica sus carismáticas genialidades que sin duda –lo creo firmemente- deben serlo. Otros profesores más modestos, menos enrollados y menos reconocidos se dedican a hacerle el trabajo sucio generalmente con elevados costes en su autoestima y no pocas insatisfacciones. No salen en EL PAÍS, ni dan clases de Didáctica en la Universidad, pero luchan por estructurar y disciplinar las mentes de sus dispersos muchachos con los métodos de siempre. Por supuesto, de vez en cuando, también introducen alguna de esas ocurrencias tipo Balenilla y dinamizan sus clases con trabajos cooperativos, pequeñas investigaciones, presentaciones con el cañón de vídeo, etc., etc., pero saben desde hace tiempo que el aprendizaje de sus alumnos no puede apoyarse sólo en esas estrategias, si detrás no hay hábitos de atención, de esfuerzo, de trabajo continuado, de automotivación, etc. Saben que a golpes de motivación externa no se consolida nada. Están convencidos de que si algo urge hoy es no engañar sobre la aventura de aprender, que siempre implican una lenta iniciación, en la que no acaben los atajos. Hay que ascender con los propios pies de planta en planta, con. No hay ascensor. Los resultados valiosos sólo empiezan a disfrutarse tras haber realizado esfuerzos y penalidades. La gran mentira de tantos pedagogos es habernos hecho creer lo contrario. La clave esencial de la condición humana es la necesidad de violentarse para sobrevivir. Olvidarse de esta verdad esencial es un demencial acto de soberbia que nos conducirá directamente al desastre.

Los alumnos del profesor Balenilla dicen "Mola más porque no tenemos que estar callados". ¡Qué pena!. Es un comentario que me hace desconfiar absolutamente de su genialidades. Lo que me parecería realmente valioso es que hubiera logrado inculcar en su alumnos el valor del silencio, del orden, de la palabra, del respeto a los que saben, de la reflexión seria... A mi juicio, sería mejor que el señor Balenilla se coordinase con sus compañeros para luchar por esos valiosos objetivos. Seguro que tenía muchas ideas.

Por cierto, desde aquí quiero rendir un homenaje a los profesores que me enseñaron y me obligaron a estar en silencio, hacer esquemas, resúmenes, redacciones, ejercicios difíciles, trabajos monográficos y, por supuesto exámenes, en los que te podías lucir si habías estudiado (o dominabas el noble arte de la chuleta). Mi homenaje a esos profesores que eran capaces de hablar horas construyendo bellas y esclarecedoras frases, repletas de ironía y sentido. Mi homenaje a los que dominaban el arte de la clase magistral. Los esclavos de las pedagogías innovadoras no saben lo que se han perdido.

Y ya que estamos, aprovecho para reproducir un par de artículos relacionados con el tema de Antonio Argandoña y Fernando Savater, además de la crónica que El País dedicó al profesor Balenilla.


Aprendizaje positivo

ANTONIO ARGANDOÑA

EL PAÍS - 14-05-2008

Recorté y guardé un chiste que apareció en un periódico hace ya unos meses. Unos padres, con el niño de la mano, se encuentran con un conocido por la calle. El niño apunta con un mando a distancia a esa persona, que le mira con gasto de sorpresa. La madre aclara la situación: "Nos ha parecido que ya era hora de que comprobase que el mando a distancia sólo sirve en el cuarto de estar".

Un sano ejercicio educativo, ¿no? Me acordaba de esto leyendo las cinco características que un experto suizo atribuye a la educación actual. Primera, dice, la pereza, porque los alumnos ya no tienen que hacer tareas y rendir exámenes para seguir pasando curso. Segunda, el angelismo: se supone que todos los alumnos son buenos, quieren estudiar, son incapaces de destrozar nada y dicen siempre la verdad. Tercera, la victimización: cualquier alumno puede considerarse víctima por una serie de causas, de modo que no se le puede responsabilizar de nada. Cuarta, el igualitarismo: todos son buenos, todos son iguales; cualquier distinción es socialmente inaceptable. Y quinta, el relativismo: todos los valores son iguales, lo que quiere decir que no hay motivos para comportarse de acuerdo con unos valores u otros.

No pretendo entrar a discutir estos puntos. Me gustaría volver al ejercicio de aprendizaje del niño con su mando a distancia. Es un ejercicio absurdo, claro: si se trata de un chiste es porque el niño ya debía haberse dado cuenta de las limitaciones del aparato que tenía en su mano. Pero hay otras cosas que también debe aprender y que no son tan sencillas.

A menudo pensamos que educar, sea a los niños, a los jóvenes o a los adultos, consiste simplemente en apartarlos del mal, cosa que, seguimos pensando, se puede conseguir con relativamente poco esfuerzo. Enseñarles a decir no a la droga, al racismo, a los prejuicios o a las agresiones sexuales es suficiente para que ellos, de buen grado, digan que no a todo eso. Pero no debe de ser tan fácil cuando, hace unos días, la policía detuvo a unos jóvenes por conducir temerariamente con sus coches a gran velocidad, con desprecio de su vida y de la de otros, y sus padres pedían: "Quítenles los coches, a ver si conseguimos que dejen de comportarse como unos locos".

Decir que no a lo que no es bueno, vituperar las conductas criminales y censurar a los que las practican sólo es positivo si suponemos la existencia de unas fuerzas internas que nos llevan a comportarnos bien. Es decir, la existencia de virtudes, que se adquieren, primero, mediante la reflexión -uno debe estar convencido de que vale la pena comportarse bien-, pero también mediante otros medios, incluida la repetición de los actos. Los padres del niño del chiste no se limitaban a explicarle las limitaciones del mando a distancia, sino que le invitaban a comprobarlas experimentalmente.

Me temo que, si el diagnóstico del experto suizo es correcto, la batalla de la educación va a ser más dura de lo que algunos piensan. Porque hay que vencer la pereza, que es un vicio, es decir, una antivirtud. Y hay que cortar la retirada a los jóvenes a la hora de buscar excusas -excusas que, a menudo, les proporcionamos nosotros mismos-: de ahí lo de la victimización. O sea que los pobres chicos tienen al enemigo en casa: quizá en sus padres o en sus maestros, que no están dispuestos a poner los medios para hacerlos virtuosos, empezando por el ejemplo personal y siguiendo por la incomodidad que, para los mayores, supone ponerles metas y ayudarles a cumplirlas (una fórmula para el éxito en la vida, según José Antonio Marina).

Lo malo de predicar que hay que adquirir virtudes es que, a menudo, se confunden con falsas virtudes que una sociedad demasiado conformista ha convertido en normas de conducta admisibles: el sentimentalismo, la credulidad, el legalismo o la tibieza, o la respetabilidad. Recuerdo con placer algo que cuenta Chesterton en su Autobiografía: el pastor de su parroquia propuso a su padre formar parte del consejo de la misma. Al comentarlo a su madre, ésta le dijo: "¡Ay, no! Di que no, porque esto nos haría respetables. Y nosotros no hemos sido nunca respetables". El lector ya me entiende: los señores Chesterton eran respetables, pero no querían tener la falsa virtud de la respetabilidad ante los demás.

Reconquistar las aulas

FERNANDO SAVATER

EL PAÍS - Cultura - 03-06-2008

Quienes sólo pretendan entretenerse con morbo y cotilleo pueden dedicarse a seguir la pugna por el poder en los partidos o deleitarse con el vaivén del chiki-chiki. Pero si usted desea conocer lo que pasa realmente en este país y sobre todo lo que va a pasar mañana mismo, tiene que leer El profesor en la trinchera (La Esfera de los Libros), de José Sánchez Tortosa. El autor es un profesor de bachillerato y cuenta en su libro -estupendamente escrito, que hace reír y llorar como las mejores novelas de Dickens- la batalla más noble, silenciada y solitaria de todas: la que mantiene el maestro contra la ignorancia consentida y mimada de los alumnos en una sociedad en la que cada cual es rey y todos esclavos, o sea donde se ha olvidado la exigencia liberadora del conocimiento. No exagero la metáfora bélica: "Un aula de secundaria -dice con humor el profesor Sánchez Tortosa- es una batalla campal en la que el profesor queda relegado casi siempre al papel de mero observador de la ONU sin la cobertura de los cascos azules, al menos hasta que los guardias jurados entren en las aulas, que todo se andará".

Que nadie se equivoque: Sánchez Tortosa no es un derrotista ni uno de tantos confortables apocalípticos, aunque se niegue a integrarse en el desorden vigente. Su formidable libro está lleno de pertinentes reflexiones sobre la educación (inspiradas en los mejores maestros, de Platón a Alain) y de la convicción de que es urgente e imprescindible no rendirse ante lo evidente: está decidido a seguir en la trinchera, peleando contra sus alumnos porque está de su lado. Es el verdadero gran reto de nuestras sociedades, reflejado también en la película de Laurent Cantet que acaba de triunfar en Cannes: Entre les murs. ¿Hasta cuándo el resto de la ciudadanía dará la espalda a quienes defienden y conservan lo mejor de lo que somos? Desde luego, los medios de comunicación no siempre ayudan, si hay que juzgar por series como Física y química, de Antena 3. Hace poco, la asociación de profesores ANPE ha publicado un manifiesto en defensa de la dignidad de los educadores, ridiculizados por planteamientos "antiautoritarios" que en realidad no son más que amarillismo y afán de notoriedad lucrativa.

¿Y los padres? Pues tampoco siempre reman en la dirección debida. Lo peor ahora de cierta derecha clerical no es que apoye la privatización de la enseñanza sino que por lo visto quiere la privatización de los hijos. A su modo, claro: la religión, que es un asunto de creencias familiares, exigen que se curse en la escuela; y la educación cívica, que concierne a la comunidad, hay que darla en casa. Pura lógica episcopal. Aunque el capricho todavía no se ha extendido demasiado, ya existen familias que pretenden el derecho de no enviar a los hijos a la escuela y educarlos a domicilio. En el País Vasco ha habido algún caso que ha llegado a los tribunales y que ha despertado por lo visto el apoyo conjunto del PSE y del PP: mal asunto, nunca se ponen de acuerdo cuando de verdad hace falta pero si se trata de una insensatez allá van del brazo. Según una de las madres partidarias de este método "el mejor lugar de socialización es la familia. Sólo sales a buscar a la calle lo que te falta en casa". Opino lo contrario: creo que el aula -donde deben estar juntos los que vienen de familias distintas y hasta de etnias diversas- es más educativa en sí misma, como espacio compartido, que cualquier materia que se explique en ella. La primera lección de la escuela es enseñar a los neófitos que no todo es familia y que así tendrán que vivir en adelante.

Las aulas no pueden entregarse a la desidia, al matonismo y a una indisciplina que no es creadora más que de fracaso escolar. Luchar por reconquistarlas -para empezar, reforzando la indispensable autoridad del maestro- es el principio de cualquier regeneración democrática verdadera.

El raro del instituto.

Los docentes que usan métodos innovadores van a contracorriente en sus centros

ELENA SEVILLANO - Alicante

EL PAÍS - 12-05-2008

En esta clase de ciencias naturales de 2º de la ESO se enseña de manera distinta: los chavales, de 14 y 15 años, trabajan en grupo, se levantan y hablan entre ellos con total libertad. El profesor, Fernando Ballenilla, les ha pasado una gráfica con la evolución del consumo de petróleo, los yacimientos encontrados hasta la fecha y los que se estima que pueden quedar. Los alumnos han de calcular cuántos años de combustible fósil restan. Ballenilla sigue un modelo didáctico investigativo que consiste, resumiendo mucho, en que él plantea un problema y sus estudiantes aprenden investigándolo, debatiendo, resolviéndolo.

Tras más de 30 años de docencia, este catedrático y doctor en Didáctica de las Ciencias, que además enseña a los estudiantes como jefe del departamento de biología, sigue siendo el raro de su instituto, el San Blas de Alicante. No obstante, "mis colegas y los distintos equipos directivos que he tenido siempre han sido respetuosos con mi forma de trabajar", asegura. Pero el hecho es que, a pesar de que la innovación aparece como uno de los principios básicos de todas las leyes educativas desde 1990 (tanto del PSOE como del PP), los docentes que ensayan en los institutos formas nuevas de llegar a sus alumnos siguen siendo "los raros".

En el instituto alicantino de San Blas, de puertas para adentro, cada cual hace en su aula lo que estima más conveniente. Se supervisan los resultados académicos, claro, pero los de Ballenilla son impecables: la media de sus estudiantes de ciencias de la tierra y medioambientales en la selectividad de junio de 2007 fue de un 7,43, casi un punto por encima de la media global. El San Blas obtuvo en esa convocatoria la sexta nota más alta y fue el mejor centro público de Alicante y Castellón.

"En la enseñanza habitual, el aprendizaje suele ser memorístico, para aprobar un examen. En el curso siguiente, lo que queda es, salvo excepciones, poco". Ballenilla lo ha comprobado en su faceta de profesor en la Universidad de Alicante: sus estudiantes de 2º de magisterio de infantil entraron en la carrera con un 7 pero su nivel de conocimientos, según detecta, no se corresponde con sus buenos expedientes.

Ballenilla no suele abordar todos los contenidos que supuestamente hay que dar en un nivel determinado. Afirma que los exámenes le importan "un pimiento": en algunos cursos ni los pone; en otros los hace, tipo test, para matizar una nota que se ha forjado en el trabajo de aula, que es lo que de verdad le interesa, y que se plasma en una libreta. Llevarla por el pasillo significa que eres alumno de Ballenilla, Balle, profe, don Fernando. Él se da por aludido en todos los casos.

Se va con sus estudiantes al campo, a identificar plantas, o al huerto del IES. En su aula hay un archivo ordenado por temas con documentos para completar sus clases, que son más ruidosas y movidas; un aparente caos comparadas con las tradicionales de niños sentados en fila atendiendo al profesor. Pero el nivel de conflicto suele ser menor, dice: "No causan problemas de disciplina al jefe de estudios". Y a los chicos parecen gustarles. "Mola más porque no tenemos que estar callados", "trabajamos en grupo, así, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre a otro", "nos hace pensar", "no hay exámenes, lo que cuenta es el trabajo diario", "casi nunca pone tareas, sólo algunas veces, que nos pide que leamos y resumamos un texto", apuntan.

Ninguna de las dos alumnas de 2º de ESO que han dado con la tecla en el problema del petróleo puede calificarse de brillante. A una de ellas, doble repetidora, le quedaron siete en la segunda evaluación, pero aprobó ciencias naturales. Con la otra negoció: la ponía un cinco si apretaba en la tercera. Ella está cumpliendo.

Si los resultados académicos son, como mínimo, iguales a los de una enseñanza tradicional. Si los chavales son parte activa del proceso, se implican más y retienen mejor los contenidos. Si los niveles de conflicto dentro del aula son más bajos, si los padres se dan cuenta de que el profesor está realizando un esfuerzo extra por sus hijos, y lo valoran, la pregunta obvia es por qué no hay más docentes ejercitando la renovación pedagógica.

Porque quienes llegan nuevos a un centro "se sienten más seguros siguiendo el modelo tradicional que arriesgándose a ser innovadores"; no todos los licenciados que dan clase en un instituto son capaces de transmitir sus conocimientos adecuadamente; el ambiente en los claustros se está volviendo "más conservador; preocupa imponer disciplina y autoridad". Estas reflexiones surgen en torno a una mesa de comedor en una casa de Campello, a pocos kilómetros de Alicante. En ella se reúnen, cada 15 días, los 10 u 11 miembros de La Illeta, el grupo de didáctica de las ciencias, integrado en la Red IRES, al que pertenece Fernando Ballenilla.

Todos enseñan diferente en sus respectivos centros y reconocen que estos encuentros son una especie de terapia quincenal. "Nos sentimos menos aislados; es complicado mantener una línea a contracorriente". De vez en cuando escuchan algún comentario jocoso de un compañero. Sin dar nombres, una docente relata cómo hace unos años terminó cuestionada y teniendo que explicar ante su consejo escolar su forma de enseñar, y cómo su método pedagógico no era perjudicial, todo lo contrario, para sus alumnos. Sin embargo, lo normal es que los dejen trabajar, solos, pero en paz.

Francisco Caballero, profesor de matemáticas, afirma que cuando entra en la cafetería de su instituto de Toledo, suele haber dos compañeros que lo señalan con un codazo. Es otro raro sin pelos en la lengua que defiende que instruir no es lo mismo que enseñar y denuncia "la falta de implicación del profesorado". Se conecta con los padres a través del messenger, se jacta de estar "cerca de sus alumnos". Y cree que dar matemáticas de la manera tradicional "aburre a las ovejas": él las enseña aprovechando un terremoto o cualquier otro tema de actualidad.