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lunes, julio 14, 2008

Instinto maternal e instinto paternal = instinto parental

Una de las obras que más impacto dejó ha dejado en el movimiento feminista fue la que dedicó Elizabeth Badinter al instinto maternal. En ¿Existe el instinto maternal? (1980), Badinter pretende demostrar que el mitificado afecto maternal no tiene nada de natural e instintivo y que este mito ha constituido una estrategia patriarcal habilísima para transferir a las mujeres la carga del cuidado de los hijos. El modelo del amor maternal –dice Badinter- es una construcción cultural exitosa que las mujeres han interiorizando como un mandato social que les presiona a postergar sus propios deseos y a entregarse al cuidado continuado de la prole y, en definitiva, a especializarse en los deseos y necesidades de los otros. Según Badinter, en el éxito definitivo de este artefacto cultural, las ideas de Rousseau -al reclamar más atención y cuidados hacia los niños- jugaron un papel determinante y contribuyeron a asignar a las madres de modo definitivo la responsabilidad de la supervivencia y buena salud de los nuevos ciudadanos. Esta asignación social además se presentó como el cumplimiento de un impulso innato. A partir del siglo XIX, la mujer será vista fundamentalmente como madre y este rol ya no se extenderá sólo al período biológico del embarazo y la lactancia amamantamiento, sino al resto de su existencia.

Cómo prueba del carácter histórico de esta creación cultural, Badinter señala el hecho de que la infancia careciera de cuidados maternales hasta bien entrado el s. XVIII. Un dato: de 21.000 niños nacidos en Paris en 1780, sólo mil fueron nutridos por sus madres. Eso además en una época en que la lactancia materna era importantísima para la supervivencia. Por otra parte, el abandono de los niños era una práctica habitual. Para Badinter, lo que explica las elevdas tasas de mortalidad infantil es el poco de interés de las madres por su prole.

Para avalar esta tesis, otros han invocado a Margared Mead y sus estudios de del pueblo mundugumor, de Nueva Guinea. Las mujeres de este pueblo consideraban una carga y una desgracia tener hijos y hacían responsables del cuidado de los pequeños a sus hermanitos mayores, sin desarrollar por ello sentimientos de culpa. Y, de hecho, contamos con muchos testimonios de mujeres que han rechazado la maternidad a lo largo de la historia. La primera ginecóloga conocida de la historia, Trótula de Salerno, ya sugirió en el s. XI que detrás de la inapetencia de muchas adolescentes se escondía el deseo de escapar a la maternidad. La propia Sta. Teresa (s. XVI) nos ha dejado testimonio de su resistencia al matrimonio tras ver morir a sus madre a los 33 años, después de 14 embarazos.

A la luz de estas referencias, el feminismo ha acabado asumiendo el postulado de que el instinto maternal es lisa y llanamente un invento al servicio de la dominación masculina, que no guarda relación con el sustrato biológico femenino. Sin embargo, las evidencias científicas, acumuladas día tras día, no hacen más que demostrar lo contrario. Son estos excesos los que están convirtiendo muchos postulados del feminismo en pura ideología trasnochada. Me gustaría saber cómo plantearía Elizabeth Badinter hoy este tema, porque en muchas otras cuestiones esta autora se ha mostrado dispuesta a rectificar significativamente, para escándalo del feminismo radical. Desde luego, no puede negarse que la mistificación de la maternidad fue una creación histórica inquietante y de vigencia hoy insostenible, pero de ahí a negar una base biológica a las conductas maternales hay un largo trecho. Ayer en EL PAÍS se publicó un interesante reportaje sobre el tema. Por cierto, me parece muy interesante la hipótesis de que el rechazo a la maternidad, si se produce, se explica por la falta de implicación del hombre en el cuidado de la descendencia. Ocurre con los primates tamarinos y quizás también pueda extrapolarse a los humanos. Eso equivale a decir que el instinto maternal está de algún modo vinculado también al pael que desempeñan los padres, quienes, por otra parte -cómo han constatado las últimas investigaciones- también desarrollan su respectivo instinto paternal, especialmente si las madres no patrimonializan en exclusiva la función parental. La conclusión que se puede extraer de todo ello es que sería más correcto hablar de instinto parental y acabar con los tópicos y estereotipos del pasado. Y no iría mal promover cursos de reciclaje científico para legisladores y jueces.

Me había propuesto dedicar todos los posts de este mes al curso sobre Cerebro y conducta del que hablé ayer, pero voy a hacer una excepción (quizás me permita algunas más). Al fin y al cabo, el tema es el mismo.

Amor de madre, ¿sólo química?

Las hormonas mandan en el cariño que las parturientas tienen por sus hijos, pero factores sociales como la pobreza extrema pueden alterar ese proceso biológico

MÓNICA SALOMONE

EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008

Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.

El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.

La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. Hace tres años el grupo de Paul Zak, director del Centro para Estudios Neuroeconómicos, en California (EE UU), vio que si rociaba con oxitocina a varios voluntarios, éstos se volvían mucho más dispuestos a confiar su dinero a un extraño. Y funcionaba sólo entre personas, no cuando se trataba de invertir por ordenador. También es reciente el hallazgo de que el distinto comportamiento familiar de dos especies de roedores, por lo demás muy similares, se debe a la oxitocina y a otra hormona similar, la vasopresina. La especie que vive en llano crea relaciones monógamas largas para cuidar a las crías, mientras que en la de montaña hay mucha promiscuidad y los machos pasan de la prole. Las primeras tienen muchos más receptores de oxitocina y vasopresina que las de montaña.

Es decir, que "la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo", ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. Varios trabajos han demostrado que los ratones sin receptores de opiáceos no muestran preferencia por sus madres. Y al contrario, cuando a crías de rata sanas se las separa de sus madres son los opiáceos y la oxitocina lo que calma su ansiedad.

Pero, volviendo al vínculo materno-filial, ¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. Así que el amor materno empieza a fraguarse muy pronto, a base de hormonas. No en vano la Organización Mundial de la Salud recomienda hoy que el recién nacido sano y su madre estén juntos -la observación del bebé "no justifica la separación", dice la OMS-, y que la lactancia sea "inmediata, incluso antes de que la madre abandone la sala de partos".

La mayoría admite hoy que hay un periodo sensible inmediatamente después del parto, en el que el recién nacido está tan receptivo al olfato y al tacto que, colocado sobre el cuerpo de su madre, puede llegar él solo al pezón y empezar a chupar. En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. Y el pequeño no sólo busca comida. Harry Harlow -para muchos un torturador de animales- demostró en los sesenta que los bebés de mono prefieren madres falsas de cálido paño incapaces de alimentarlos a otras con biberón hechas de alambre.

"El recién nacido es un mamífero que necesita el contacto con la madre que lo acaba de parir. Tiene que sentir su olor, su tacto, escuchar su voz", dice Gema Magdaleno, matrona del hospital La Paz, en Madrid. "Lo antinatural es separarles. La madre y el hijo son dos desconocidos que necesitan reconocerse, es algo muy animal. En ese primer momento comienza la impronta". En La Paz están empezando a implantar el método piel con piel cuando el niño nace sin problemas: tras una inspección rápida el bebé sano es colocado desnudo junto a su madre y suben juntos a la habitación en la misma cama. "Las madres están mucho más satisfechas. Y en los recién nacidos hay síntomas físicos clarísimos: no lloran, respiran más tranquilos, buscan la mirada de su madre, tienen movimientos más armónicos y comienzan antes a mamar. Lo raro es que a estas alturas haya que explicar algo obvio", dice Magdaleno.

No siempre fue tan obvio. Con la medicalización de los partos -que trajo un gran descenso en la mortalidad infantil- también se impuso el uso de nidos, y pareció olvidarse un comportamiento madre-hijo que millones de años de evolución han seleccionado para promover la supervivencia de una cría que nace muy inmadura. Ha habido que redescubrir la importancia del contacto para que métodos como el piel con piel se vayan imponiendo con mayor o menor rapidez.

En España parece que con menor. "En muchos hospitales españoles aún se tarda mucho en poner a los hijos con sus madres", dice Ibone Olza, psiquiatra infantil del hospital Puerta de Hierro y miembro de la campaña Que no os separen (www.quenoosseparen.info) que promueve el piel con piel, también en prematuros.

El problema es más grave con los niños que no nacen sanos, y que quedan ingresados cuando "no han llegado aún a hilvanar los sentimientos padre-madre-hijo", explica Carmen Pallás, jefa del Servicio de Neonatología del hospital 12 de Octubre. Sólo 8 de 83 unidades neonatales españolas dejan entrar libremente a los padres, dice Pallás: "La mayoría restringen las visitas de forma drástica, en algunos casos impidiendo cualquier tipo de contacto a lo largo de todo el ingreso. La relación padres-niño puede verse seriamente distorsionada en estos casos". En el 12 de Octubre hay voluntarios, a menudo personal del propio hospital, que practican el piel con piel con bebés que, por distintos motivos, no pueden ser visitados por sus padres. Los beneficios de esta práctica se consideran probados.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el vínculo no puede establecerse en el nacimiento? ¿Qué pasa en las cesáreas? ¿En los niños adoptados? "El momento en torno al parto es una oportunidad muy buena, pero lo bonito es que hay muchas más. Los padres de niños adoptados establecen vínculos muy intensos con sus hijos", responde Olza. "Los niños tienen una plasticidad enorme. Incluso si traen secuelas, su capacidad de superación cuando tienen unos padres que los quieren es maravillosa".

Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de la Rumania de Ceausescu respondían con menos oxitocina de lo normal a sus madres adoptivas. También se ha visto que los niños que no han podido establecer vínculo alguno con un cuidador tienen a menudo síntomas propios del autismo. Y es que hoy se sabe que la explosión bioquímica del apego moldea el cerebro y deja su firma en la vida adulta.

"En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido", explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. "El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales". Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.

Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? En la Comunidad de Madrid (CAM), cada año entre 30 y 40 madres dan sus bebés en adopción tras parirlos en hospitales -se llaman renuncias hospitalarias-. Y anualmente se dan unos tres abandonos en la calle, que se sepa. En la Comunidad Autónoma de Madrid dicen que estos datos no han variado en los últimos años. En Cataluña hubo 54 renuncias hospitalarias en 2007, 57 en 2006 y 43 en 2005; un bebé fue encontrado en la calle en ese periodo. Cada comunidad tiene sus datos. Y no parece que el fenómeno aumente sino más bien al contrario.

En cualquier caso el abandono no es algo nuevo, a pesar de que varias ciudades europeas han instalado buzones-bebé. La antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy habla en El pasado, presente y futuro de la familia humana de miles de niños abandonados en instituciones de París en torno a 1780. Investigadores del Instituto de Economía y Geografía (IEG) del CSIC dicen que Madrid no era muy distinto. En 1812 entraron en la inclusa madrileña 1.800 niños abandonados, y murieron todos. "A lo largo del primer tercio del siglo XX esa cifra se mantuvo entre 1.300 y 1.500 niños cada año, de los que morían el 62%", explica la doctoranda del Instituto de Economía y Geografía Bárbara Revuelta.

¿Qué pasó en esa época con el instinto maternal? Datos como los anteriores han hecho que muchos nieguen su existencia, y devuelvan el peso a la sociedad. "La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño", ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.

Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.

Ellos también paren. O casi


M. S.

EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008


Ellos también paren. O casi. En el año 2000 se descubrió que en los hombres que conviven con mujeres embarazadas también aumentan hormonas como la oxitocina y la prolactina a medida que progresa el embarazo hasta alcanzar un 20% de media en las semanas anteriores al parto. Es más, da igual si él no es el padre de la criatura: también le pasará. Las hormonas ayudan al hombre a querer al bebé, lo que casa muy bien con lo que los expertos ven en la clínica. "Ellos se apegan prácticamente igual a los bebés", dice Ibone Olza. "Hay cosas, como la lactancia, que sólo la madre puede hacer, pero los papás también segregan oxitocina cuando se ponen encima a los bebés, y su cerebro también cambia. Hay que animar a los papás a que cojan y acaricien a los bebés".

Este descubrimiento llega cuando en las sociedades occidentales el rol masculino en la familia tiende a cambiar, con padres que quieren pasar más tiempo con sus hijos y que incluso comparten la baja maternal. Si la biología masculina siempre ha preparado al hombre para ello, ¿por qué ha tardado tanto en manifestarse? Una de las posibles respuestas es que se trata de un cambio paralelo al otro gran cambio social reciente, la incorporación de la mujer al trabajo.


Pero para el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Gerardo Meil, que ha estudiado el uso social de los permisos parentales, son más importantes otros factores, como que ahora se tienen menos hijos. "Algunos padres han interiorizado el cuidado de los hijos y lo ven como parte de su realización personal. Saben que es una oportunidad en la vida que no se quieren perder, y están dispuestos a aparcar su vida laboral por ello. Lo que hemos visto es que el discurso de los hombres de construcción del vínculo no es muy distinto del de las mujeres".

martes, mayo 13, 2008

Masculinidades: salirse del guión

La tarde de los miércoles es suele ser uno de esos pocos pedacitos de la semana que los padres separados podemos pasar con nuestros hijos. Por eso, me incomoda extraordinariamente interferir o perturbar este retal de tiempo con otras actividades. Sin embargo, casi todas las conferencias o presentaciones de libros relacionadas con las nuevas masculinidades suelen caer en miércoles y esta semana le propuse a mi hijo Luis –10 años- que me acompañara a escuchar a Michael Kimmel –uno de los especialistas sobre masculinidades con más proyección internacional- al centro Francesca Bonmaison, dónde iba a mantener un diálogo público con Amparo Tomé, profesora de Sociología de la Universidad autónoma y una de las personas que más ha contribuido a fomentar el estudio de las identidades masculinas.

El acto se retrasó y no pude vivir más que sus momentos iniciales, porque ejercer como padre es más importante que oír hablar sobre la importancia de la paternidad. De todos modos, me dio tiempo a comprar un libro en el mini punto de venta que montó la librería feminista Pròleg (Daguería nº 13) a la entrada del acto. Se titula Cuando los hombres hablan de PatricK Guillot y la verdad es que semejante título me atrajo porque tengo la sensación de que los hombres rehuyen hablar sobre la masculinidad y que, cuando lo hacen, no se atreven a salirse del guión políticamente correcto que se ha establecido desde el profeminismo y los Men’s Studies . Este libro, sin embargo, sí parece salirse del guión, e incluso en un capítulo (“los hombres rosas”) se atreve a criticar sin complejos la tendencia a atribuir los sufrimientos masculinos a la no realización de los modelos de masculinidad soñados por el feminismo. Afirma el autor que muchos grupos de hombres que inspirados por estos se reúnen para hablar de sus problemas –en España hay unos cuantos- conciben un discurso de gran compromiso profeminista, pero poco sincero porque su deuda ideológica les impide abordar muchas cuestiones incómodas, que quedan silenciadas. Me parece un buen diagnóstico de la situación general que se vive en nuestro país en relación a la cuestión masculina: cualquiera que se aventure a hablar sobre este tema sabe lo difícil que resulta no despertar suspicacias si se abandona “la imaginería feminista de la mujer-víctima y el hombre-verdugo”, impelido a “integrar un fuerte sentimiento de culpabilidad”.

Pero, la reflexión sobre las masculinidades difícilmente progresará sino damos un paso más y nos depredemos de estos estereotipos de nuevo cuño. Como explica Guillot hay una multitud de asuntos que preocupan a los hombres y de las que los hombre profeministas hablan poco: el hambre de masculinidad, la relación con el padre, la necesidad de mentores masculinos, la necesidad del grupo masculino, la asunción de la propia violencia, la necesidad de probarse y de sentirse competitivo, el afán de trascendencia y de obras significativas, el invisible muro femenino que aísla al padre de la relación con sus hijos y de la vida familiar, el matriarcado doméstico, la dependencia emocional de la mujer, la agresividad femenina, la necesidad de compañeros masculinos, la falta de intimidad masculina, etc. Son cuestiones poco relevantes para quienes entienden que la masculinidad básicamente es una ideología que tiende a justificar la dominación masculina y que constituye la razón última de todos los males que padece el mundo actual. Cualquier apelación a una irreductible condición masculina sustentada en evidencias científicas es mirada con recelo, a pesar de que cada nueva investigación no hace más confirmar que nuestros patrones de conducta responden al peso decisivo de la naturaleza frente a la modesta influencia del medio. Sin embargo, hasta que no asumamos plenamente esta evidencia y decidamos construir las nuevas feminidades y masculinidades desde el reconocimiento des ese sustrato femenino y masculino irreductible, la reflexión sobre las masculinidades seguirá resultando forzada y artificiosa.

Quizás, por ese siempre me he sentido más en sintonía con la corriente mitopoética - tan denostado por los profeministas-, ya que a pesar de su excesos masculinistas (antítesis de la mística feminista propugnada desde el feminismo de la diferencia) , como mínimo ha tenido el acierto de reconocer la especificidad masculina e identificar muchos de sus procesos e itinerarios. No podemos seguir repitiendo indefinidamente que un hombre es un producto cultural construido a partir de tres negaciones: no ser un niño, no ser una mujer y no ser un homosexual (E. Badinter). Ingenioso pero rematadamente falso.

Por cierto, mientras escribía este post he recordado el fuego que se cruzaron Vicente Verdú y Luis Bonino en relación a los hombres feministas.

La mujer barbuda. Por Vicente Verdú / El País 26-06-2004

Sólo es posible imaginar algo peor que un hombre feminista: la mujer barbuda. El hombre feminista -a menudo torpe o fracasado en la relación con la mujer- trata de congraciarse con las mujeres por el peor camino posible como es el de intentar copiarla. De esta manera, el hombre feminista resulta ser una réplica barata en la batalla de la mujer y, en consecuencia, termina convirtiéndose en su escudero. De ahí no pasa.

Deberá esperar que ella se defina otra vez para volver a definirse y encontrará, al cabo, su definición en ser aceptado como un elemento sin cabeza. Los hombres feministas se amoldan y las mujeres, con razón, recelan de ellos. Porque aunque no les venga mal de vez en cuando su apoyo, sólo les sirven como medios y nunca como sujetos enteros. De esa manera es fácil que se valgan de ellos en cuanto instrumentos, abusen de su obsequiosa disposición y terminen repudiándolos a causa de su blandura.

En resumidas cuentas, este hombre feminista podría ser mejor que la mujer barbuda puesto que, debido a su falsificación, le sería posible arrancarse el postizo en cualquier momento, pero es peor que la mujer barbuda en atención a su falsificación odiosa. Creen que seducirán a las mujeres mediante este cariño ideológico y que aparecerán ante ellas como "nuevos hombres" que abrazan el alma femenina. Pero no entienden nada.

Toda esperanza en esta dirección quedará frustrada y sus tropiezos con las modelos (o patronas) serán todavía más ingratos. En muchos aspectos, la directiva mundial que invita a acentuar la feminidad de los varones para ponerse al día y ganar amigas es entendida por los hombres feministas al revés. Porque no se trata de ser más deseable a las mujeres militando a su sombra en el campo de batalla, sino en hacerse más deseable, en general, abriendo la luz y diversidad del campo.

De esa manera habrá sitio para todos y no ofuscación de cuerpos e ideas. Es decir: confusión de la justicia con el agasajo o de la equidad con la etiqueta. Los reveses sirven para aprender y, especialmente, cuando el ridículo que se hace en el envite brinda gratuitamente el antídoto natural contra la tentación de prorrogar la tontería.

Los Antifeministas. Por Luís Bonino. Lunes 28 junio 2004

Existen hombres misóginos y antifeministas que aparecen siempre que se discute alguna ley favorable a las mujeres. Aquí y en todas partes. Hombres resentidos y reaccionarios que obstaculizan enormemente el camino hacia la igualdad real entre los géneros.

Algunos, con protagonismo mediático van de progres y se cuidan de oponerse muy abiertamente al discurso igualitario ofreciendo para ello una fachada "pro-feminidad". Sin embargo no pueden ocultar su indignación y resentimiento, que depositan ya no sólo en las mujeres feministas, sino también en otros hombres -los pro-feministas- , a quienes descalifican globalmente.

El artículo de contraportada de EL PAÍS del 26-6 parece mostrar esa estrategia. El mensaje que V. Verdú lanza desde un lugar destacado del periódico es simple y nada innovador, no obstante puede convencer a hombres -y mujeres- no sensibilizados a la problemática de la igualdad y la diversidad. Según Verdú los feministas no piensan por sí mismos, sino se transforman en una copia ridícula y falsificada de la mujer, en meros ecos de las "barbudas" feministas, y sobre todo, no entienden nada. ¿Quién lo dice: él?. De lo que se deduciría que para no dejar de ser hombres con ideas propias, mejor alejarse de las feministas (y del feminismo). Pues no. El feminismo es un movimiento que busca la igualdad y la equivalencia entre mujeres y hombres, y muchos hombres que nos nutrimos de él, hace tiempo que detectamos a los antifeministas que pretendiendo superioridad moral lanzan sus "verdades" que no son otra cosa que ecos de su intocada tradición machista.

¿Pensarán este tipo de hombres que puede ser una estrategia exitosa asustar al resto, con el falso argumento de que quien se acerca al feminismo y a las feministas terminará sin pensamiento propio a la sombra de las mujeres ?. Se equivocan. Y aunque ellos sean causa perdida para el pensamiento igualitario, por suerte el numero de hombres feministas están aumentando, con voz propia, en varios lugares de España y del resto del mundo. Y esto es así le pese a quien le pese.

Fuente: http://www.mujeresenred.net/news/article.php3?id_article=38

jueves, abril 19, 2007

Contra las formas de enajenación parental

Con motivo de la celebración del "Día de la Enajenación Parental" el próximo 25 de abril, me hago eco de algunos textos y vídeos recopilados en distintos medios:

  • Elisabeth Badinter, una de las principales estudiosas del movimiento feminista, analizaba en XY. La identidad masculina, publicado en Alianza Editorial, la situación del hombre de hoy. Nos contaba cómo en las tres últimas décadas el hombre actual ha visto tambalearse su identidad secular ante la presión de una revolución femenina que reclamaba una sociedad más justa e igualitaria. Badinter apostaba por un futuro más armónico entre hombres y mujeres. Pero la propia Badinter denuncia en su obra Por mal camino esta armonía corre el peligro de naufragar por radicalización oportunista de muchas feministas quen han dejado de defender el valor universal de la igualdad en la diferencia entre sexos para encastillarse en una postura victimista. Una desviación que ha llevado al feminismo por la vía tiránica de un enfrentamiento absurdo entre mujeres y hombres, convirtiéndolos en enemigos irreductibles al partir del prejuicio dogmático de que ella es la víctima por naturaleza y él, un verdugo por definición. Un mal camino que sólo lleva al caos, al descrédito del feminismo y a perder la batalla por la igualdad entre los sexos.Elisabeth Badinter resalta la complejidad de la relación entre hombres y mujeres frente a las simplificaciones al uso que conducen a veces a resucitar viejos estereotipos y a la implantación de un nuevo «puritanismo» feminista. Aboga por una vuelta a la discusión de ideas entre concepciones opuestas y por hacer avanzar la igualdad entre los sexos sin amenazar las relaciones entre mujeres y hombres. Fuente: http://www.custodiacompartida.org/component/option,com_frontpage/Itemid,1/

  • Nada ha cambiado, dicen unas. Incluso es peor, dicen las otras. Jamás se puso tan claramente en el banquillo de los acusados a la violencia masculina. Violencia social y violencia sexual son la misma cosa. El culpable es señalado con el dedo: el hombre, sin importar su condición. Numerosos sociólogos y antropólogos repiten sin cesar esa
    constatación desesperante: natural o cultural, la supremacía masculina es universal. Sin olvidar su corolario: las mujeres están en todo tiempo y lugar en posición de inferioridad, luego, son víctimas reales o potenciales.

    Esta perspectiva “victimista” no carece de ventajas. En principio, una se siente, sin más, del lado correcto de la barricada. No sólo porque la víctima siempre tiene razón sino también porque provoca una conmiseración simétrica al odio sin piedad que una dispensa a su verdugo. Los penalistas lo saben bien: raras veces el público se identifica con el criminal que está en el banquillo. Por ende, la victimización del género femenino permite unificar la condición de las mujeres con el discurso feminista bajo una bandera común. Así, el rompecabezas de las diferencias culturales, sociales o económicas se
    desvanece con un toque de varita mágica. Incluso se puede comparar, sin sentir pudor, la condición de las “europeas” con la de las “orientales” y afirmar que “en todas partes las mujeres, por ser mujeres, son víctimas del odio y la violencia”

    Sin embargo, al confundir a las víctimas verdaderas con las falsas, se corre el riesgo de malinterpretar la urgencia de los combates a emprender. Al insistir constantemente acerca de la imagen de la mujer oprimida e indefensa contra el opresor hereditario, se pierde toda credibilidad ante las generaciones jóvenes que no escuchan con ese
    oído. Por otra parte, ¿qué se les propone, si no cada vez más victimización y penalización? Nada muy estimulante. Nada que pueda cambiar su vida cotidiana. Por el contrario, obsesionado por el proceso del sexo masculino y la problemática identitaria, el feminismo de los últimos años dejó de lado los combates que fueron su razón de ser.

    Hombres/mujeres. Cómo salir del camino equivocado Élisabeth Badinter (FCE, 2003)
    www.fondodeculturaeconomica.com/subdirectorios_site/Prensa/historico/20050202.pdf
    http://www.fce.com.ar/fsfce.asp?p=http://www.fce.com.ar/detalleslibro.asp?IDL=3077

  • ¿Cómo es posible que en Italia el movimiento feminista apoye la Custodia Compartida o que en Francia esta haya sido promulgada por una ministra feminista y en España, salvo excepciones, el movimiento feminista en gran medida se haya decantado por el mantenimiento de la custodia monoparental para la mujer? ¿No estamos reproduciendo así el modelo de familia tradicional?Al adoptar esta postura ideológica un sector mayoritario del feminismo español contradice líneas de pensamiento básicas tanto de las Organizaciones Internacionales, como de la Historia del Feminismo uno de cuyos hilos conductores ha sido la defensa de la capacidad de la mujer para desarrollarse fuera del hogar, como de la Ideología de Género, la cual propone como fórmula para la liberación de la mujer la asunción de nuevos roles sociales. Así la Declaración Universal de Derechos Humanos dice en su artículo 16 "1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio". La Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Población y el Desarrollo de 1994 menciona: "El empoderamiento y la autonomía de la mujer y el mejoramiento de su condición política, social, económica y sanitaria constituyen en sí un fin de la mayor importancia. Además, son indispensables para lograr el desarrollo sostenible. Es preciso que mujeres y hombres participen e intervengan por igual en la vida productiva y reproductiva, incluida la división de responsabilidades en cuanto a la crianza de los hijos y al mantenimiento del hogar"... El movimiento por la Custodia Compartida, al igual que un importante sector del feminismo, defiende la igualdad real entre hombres y mujeres a través del cuidado de los hijos.Pero una parte sustancial del movimiento feminista defiende el mantenimiento de la situación en la que la mujer ha de hacerse cargo de la custodia de los hijos y el hombre aportar los medios económicos ¿Quién propone una visión progresista y quién una visión tradicional de la paternidad? Luis Martínez,Presidente de la Asociación de Padres de Familia Separados de Asturias (APFS)

  • ...En el último año he recibido varias cartas de lectores desesperados porque se sienten desprotegidos ante la ley. Hombres separados que no consiguen ver a sus hijos, o que dicen haber sido acusados de violencia falsamente. Lo cierto es que entre los abogados y los jueces se sabe que en algunas demandas de divorcio la esposa denuncia automáticamente por maltrato para estrujar al cónyuge. Y sin duda se sigue priorizando en exceso a la mujer a la hora de quedarse con los niños. Hace poco se le quitó la custodia de sus dos hijos a una madre que los explotaba como actores. La demanda la presentó una abogada y la sentencia la dictó una juez, y probablemente gracias a que el caso lo llevaron dos mujeres se consiguió salvar a los niños de ese abuso. Porque si hubieran sido hombres tal vez no se hubieran atrevido, o no hubieran querido abandonar la hipervaloración del derecho materno, que no es más que machismo, y que en vez de protegernos nos encadena al papel tradicional de mujer-madre. Sé bien que el horror constante de la violencia sexista, y el dolor atronador de tantísimas víctimas apaleadas, apuñaladas o quemadas vivas, nos obliga a exigir una respuesta social urgente. Pero no creo que discriminar a los hombres sea el camino.ROSA MONTERO Nosotras, El País 20/03/2007


  • ...son demasiadas, y muy serias, las voces que denuncian el abuso contra los hombres, que la nueva ley contra el maltrato puede representar. De entre todas, la juez decana de Barcelona, Maria Sanahuja, ha sido la más combativa. El tema no es menor, y desde el rotundo compromiso con los derechos de la mujer, desde la convicción que es necesaria una ley integral contra la violencia de género, y desde la concienciación con una problemática que cada año mata a decenas de mujeres, desde todo ello, o precisamente por todo ello, los sectores más activos tenemos que hacernos algunas preguntas. ¿Es una ley completamente justa? Si lo es, ¿se aplica con inteligencia?; ¿ha servido para frenar el maltrato a la mujer?; ¿hay mujeres que usan ese drama social para actuar malvadamente contra sus maridos? Y la pregunta del millón: ¿la ley ha abierto la puerta al maltrato contra los hombres? Es decir, ¿en la lucha por aplicar la justicia, hemos inventado otra forma de injusticia?Si ser preciso es necesario en todo cuadro argumental, serlo en este caso me parece una exigencia moral. No hablamos de una cuestión menor. La lacra social del maltrato a la mujer, derivada del paradigma cultural del dominio de la mujer, en la estructura patriarcal, ha dejado un lastre de dolor, humillación y violencia que ha arrastrado a centenares de mujeres al pozo negro de la desesperación. No hace aún tanto tiempo, el maltrato podía formar parte de la lógica familiar, era considerada una cuestión íntima, y todas las mujeres golpeadas se habían caído por la escalera. Los abogados que luchaban contra la violencia de género se encontraban con policías, comisarías, leyes y tribunales que no entendían, no podían o no sabían combatirla. No olvidemos que no estábamos ante un delito, sino ante una falta.Árdua y difícil fue la lucha, desde la mítica denuncia de Ana Orantes en televisión, para conseguir leyes contundentes, sensibilidad social y un compromiso colectivo que situara al maltratador en el lugar delictivo que le correspondía. Pero, en el necesario camino hacia la plena garantía de los derechos de la mujer, ¿no habremos perdido algo por el camino? Quizá ecuanimidad, quizá prudencia. Sea como fuere, si es cierto que la ley permite la trampa malvada de castigar a un ex marido con falsas denuncias de maltrato, si lo es que las denunciantes no reciben castigo por la falsedad y si muchos hombres están sufriendo un nuevo tipo de acoso y ven sus derechos lesionados, entonces tenemos un serio problema. La cuestión del maltrato es tan profunda, relevante y comprometida, que no puede ser, de ninguna manera, la puerta de entrada de otra forma de maltrato. Y si la ley no está bien ajustada, habrá que ajustarla, para que sea justa la ley.Creo, además, que esta sensibilidad, también a favor de los hombres maltratados -y una falsa denuncia es un serio maltrato-, tiene que partir de los sectores más sensibles y comprometidos con la mujer, precisamente porque su sensibilidad es mayor. Nosotras, que sabemos por propia piel histórica lo que significa la discriminación legal, no podemos ser la excusa para discriminarlos a ellos. Es tan simple y... tan complejo como esto: si el feminismo crítico, inteligente y comprometido no lidera la lucha contra el abuso de la ley, todos los pata negra machistas, misóginos e irreductibles que quedan por las cavernas del país utilizarán dichos abusos para defender postulados de dominio. Para muestra, el botón del libro El varón castrado, auténtico panegírico misógino, con la excusa de defender a los hombres falsamente acusados. Pero es que, además, la sensibilidad para con la mujer maltratada, necesariamente tiene que venir acompañada de una sensibilidad global, que incluye rechazo a la mentira, repudio al abuso y castigo para aquellos que lastiman a sus ex, lanzándoles tamaña falsedad. Sí. Soy favorable a la ley. Pero soy igualmente favorable al castigo severo contra las denuncias falsas, porque hacen tanto daño a la pedagogía de la igualdad como el propio paradigma de dominio. No pueden quedar impunes.Soy una luchadora de los derechos de la mujer. Como tantas. Como miles. Precisamente por eso, me indigna y me duele que, en nombre de esa lucha, hoy existan hombres que sufren severamente. La ley no se hizo para dirimir peleas de pareja, ni para castigar los amores fallidos, ni como ariete de venganza. La ley castiga un delito serio que mata decenas de mujeres. El resto pertenece al ámbito de la pelea civil, quizá de la miseria cotidiana, de los restos de los amores mal acabados. Usar el maltrato para venganza, abuso o presión económica es otro acto de maltrato. Y contra ese maltrato, tampoco podemos ser insensibles. Pilar Rahola. Fuente:http://www.amnistia-infantil.org/Pilarraholayelmaltratoaloshombres.mht

  • Igualdad.ROSA REGÀS.Hay en este mundo tanta desigualdad entre hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y pobres, que a veces nos quedamos atónitos al ver cómo, intentando arreglar una brutal desigualdad, nos abocamos a otra igualmente injusta. Hablo de los matrimonios separados y con hijos.Cuando yo era joven, una mujer por el mero hecho de pedir la separación, incluso de conseguirla su cónyuge sin su consentimiento, se veía privada de los hijos a los que tenía que ver en el Tribunal Tutelar de Menores frente a una señorita que vigilaba que la mala reputación y las malas influencias de la madre no llegaran a los inocentes niños, víctimas de su desamor. Porque desamor era no haber sabido conservar el marido y prueba más que fehaciente de que una mujer así no merecía de ningún modo la custodia de los hijos. Que el marido la hubiera engañado, pegado, maltratado, apenas importaba. Su deber era 'aguantar'. Si no lo hacía era una mujer separada y como tal, culpable.Con la democracia las leyes han cambiado, y hoy la mujer separada ha dejado de ser culpable. Es más, en el 98% de los casos consigue la custodia de los hijos.Ahora, pues, son los padres los que han sido marginados, los que tienen que atenerse a lo que la madre diga y haga, los que apenas pueden decidir el presente y el futuro de los hijos. La igualdad no está contemplada y cuando los padres piden que si no hay elementos en contra, como pueden ser malos tratos o delincuencia, el juez conceda a la pareja la custodia compartida, a ello se niegan tanto las mujeres como las abogadas de las mujeres con argumentos que van desde la irresponsabilidad general de los hombres hasta acusaciones de las mujeres, muchas veces ni siquiera probadas.Los hombres aducen que muy a menudo las mujeres utilizan a los hijos como arma arrojadiza contra ellos, negándoles las visitas o haciéndoselas muy difíciles, y mucho más a menudo aún poniendo a los hijos en su contra y en la de sus nuevas parejas, ésas que tanto ofenden, al parecer, a las madres.El hecho que la totalidad de las mujeres fuera vilipendiada y humillada en una época ya pasada no quiere decir que todas ellas sean justas a la hora de compartir la vida de los hijos. Y creo que una ley más igualitaria sería necesaria para cubrir los casos de tantísimos padres y sus nuevas familias que se ven apartados del amor y del cuidado de los hijos de antiguos matrimonios.Son los hijos los que sufren los odios y frustraciones de los padres. Si los amamos, deberíamos tenerlo en cuenta. Rosa Regás. 1 d'abril de 2006, El Correo DigitalFuente: http://colometa.blogspot.com/2006_10_01_archive.html