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domingo, junio 03, 2007

Alargamiento de penes, falos y masculinidades

El viernes 25 de mayo, apareció en El Periódico una noticia soprendente: Mick Jagger se había sometido a un tratamniento brutal para alargar su pene:

"Jagger se alargó el pene con picaduras de abeja"

No contento con el tamaño de su pene, Mick Jagger decidió alargárselo. Para ello recurrió a un método natural y doloroso que consiste en cubrir el pene con una caña de bambú e insertar abejas que ataquen al miembro y lo hagan crecer con la inflamación, un rito amazónico al que el cantante de los Rolling Stones se sometió en 1981, cuando pasó varios meses en la selva de Perú.

www.elperiodico.com, 25/05/2007

Ese mismo día comenzaba en la Cuatro una serie titulada La trilogía del pene: El pene más grande del mundo (vídeo: http://www.cuatro.com/multimedia/video.html?xref=20070524ctoultpro_14.Ves&view=baja). La información promocional lo anuncia así:

Llega a Cuatro uno de los últimos éxitos televisivos en el Reino Unido: 'La trilogía del pene', tres documentales que analizan los mitos, realidades e historias que hay detrás del miembro viril masculino desde un punto de vista científico.

El miembro del que los hombres se sienten más orgullosos, del que están más acomplejados o del que siempre piden más, será ampliamente analizado en 3 entregas: "El pene perfecto", donde sabremos qué es el ideal para hombres y mujeres, "El pene más grande del mundo" en el que podremos averiguar si el tamaño importa y "El hombre que perdió su pene", centrado en el caso de John Wayne Bobbitt, un ex marine al que su mujer le seccionó el pene en un arrebato de celos. Los tres documentales han sido emitidos en la televisión británica Channel 4 consiguiendo unos magníficos datos de audiencia. La emisión de "El pene más grande del mundo" obtuvo un 21% de share, alcanzando los 2,2 millones de espectadores. Por su parte, el protagonista de "El pene perfecto" ha creado una página web que ya cuenta con más de 50.000 suscriptores.

Episodio 1: El pene más grande del mundo

El tamaño importa, lo queramos o no, la sociedad premia a los hombres mejor dotados

Viernes 25 de junio a las 00.50h

El tamaño importa, lo queramos o no, la sociedad premia a los hombres mejor dotados. Visto como un signo de suficiencia, virilidad y masculinidad, aquellos afortunados de estar bien dotados son reconocidos por ambos sexos.

Pero a veces tener un pene grande puede suponer un problema. El documental recoge el testimonio de un hombre que dice tener el pene más grande del mundo, y que afirma que este regalo de la naturaleza tiene también su lado agridulce, y expone los problemas, ya que tener dicha longitud no es algo tan deseable como parece.

Vídeo:http://www.cuatro.com/multimedia/video.html?xref=20070524ctoultpro_12.Ves&view=baja

Episodio 2: El pene perfecto

En la actualidad el pene simboliza para muchos hombres tanto el poder sexual como social

Viernes 1 de junio a las 00:10h

En la actualidad el pene simboliza para muchos hombres tanto el poder sexual como social, convirtiéndolo en muchas ocasiones en el centro de su ser. Pero el deseo por conseguir el pene perfecto, puede convertirse en obsesión.

Este documental, producido por Channel 4, muestra cómo muchos hombres, en la búsqueda de la perfección, se han alargado su miembro de manera artificial con novedosos artilugios o con operaciones quirúrgicas. El programa recoge algunos de estos casos, como el de un joven acomplejado por tener un pene muy pequeño, el de otro cuyo trabajo depende de su físico o el caso del hombre que piensa que cuanto más grande, mejor.

Episodio 3: El hombre que perdió su pene

En 1993 un acto brutal garantizó a John Wayne Bobbitt una notoriedad que nunca se habría imaginado

Viernes 8 de junio

En 1993 un acto brutal garantizó a John Wayne Bobbitt una notoriedad que nunca se habría imaginado. Después de que agrediera sexualmente a su esposa Lorena, ésta le cortó el pene con un cuchillo de cocina. Esto convertiría al antiguo marine John Bobbitt en una celebridad. El caso de John dio la vuelta al mundo, lo que le llevó a desarrollar una breve carrera como actor porno, conductor de limusina para un burdel e incluso a pasar un periodo en la cárcel, siendo su juicio uno de los que ha despertado mayor expectación televisiva de la historia.

Doce años más tarde del brutal suceso, la directora Vicky Hamburger ha realizado este reportaje para mostrar lo que le pasó al hombre con el pene más famoso del mundo. El programa cuenta con el testimonio de la autora del suceso, su ex mujer Lorena Gallo, de los abogados de ambos y del propio John Bobbitt entre otros. Además cuenta con extractos del famoso juicio, y secuencias de algunas de sus películas.

Todo ello me ha hecho pensar en Eugene Monick y su teoría sobre el falo. En su obra Phallos-símbolo sagrado de la masculinidad (Paidós, 1994), el falo es concebido como “una fuerza originadora y como elemento primordial de la psiquis masculina” (entendiendo la psiquis al modo jungiano, es decir, en el sentido griego de alma, de parte de la experiencia humana que alcanza uno desde adentro y que interactúa con el mundo exterior, sin ser en ningún caso epifenómeno de este).

Los hombres son o han de ser “falos -dice Monick- , erección, nunca penes flácidos”. La masculinidad se constituye a partir de esta experiencia primigenia, fuente de un mundo interior esencial, que no guarda relación con el mundo externo ni es un producto social. Se trata de un mundo esencial sin historia, común a todos los hombres, pero que los trasciende. Este mundo transpersonal es la fuente de la cual emana la identidad masculina.

Monick comenta que este mundo no le era completamente ignorado antes de contemplar el falo paterno, pero que fue esa experiencia la que verdaderamente se lo reveló:

“Era un mundo que de alguna manera yo sabía que existía, pero hasta esa revelación no tenía ninguna imagen tangible que encarnara mi incipiente sentido interior (...) El y yo estábamos unidos dentro de una identidad masculina que tenía sus raíces más allá de ambos”.

Monick ha atribuido al falo una “naturaleza sagrada”, porque para un hombre “el falo porta la imagen divina interior de lo masculino”. De ahí que, según este autor, se pueda explicar que la disminución de nuestra masculinidad se iguale a la pérdida del órgano sexual masculino, mientras que la consecución de la virilidad se iguale a su uso activo.


Convertido en un “símbolo religioso y psicológico”, el falo “decide por su propia cuenta cuándo y con quién entrar en acción, independientemente de las decisiones del ego de su propietario-” Presentado como uno “arquetipo en su esencia”, los “hombres no pueden –por más que deseen lo contrario- hacer que el falo obedezca al ego. El falo tiene su propia mente”.

Así, este ente divinizado y autónomo, “gobernado por su propia ley o naturaleza interior” coloca el tema del origen de la identidad masculina fuera de cualquier explicación de origen cultural y lo ubica en este mundo-interior-transpersonal. Sin embargo, si la cultura juega un papel, en la perspectiva de Monick, se trata de un papel represivo y no genético: la cultura inhibe la “conducta fálica”.

Basado en su propia experiencia señala que antes de su “revelación” en la casa paterna: “El falo estaba reprimido en las estructuras culturales de mi socialización: educación, civismo, profesión. En este mundo no hay lugar para el falo como imagen divina; no le estaba permitido participar en la vida cotidiana”.

Según él, al igual que se evade culturalmente al falo “como imagen divina”, los hombres estarían ocultando “su látigo de autoridad y poder no exponiendo su sexualidad, sus genitales”.

Aun así, existiría un deseo masculino de participar en la cofradía masculina que venera esta imagen de dios. Eso se concretaría en rituales de pasaje como los existentes en Uganda, donde: “...la circuncisión masculina era motivo de una gran celebración tribal. La circuncisión ritual era la forma en que un niño se convertía en hombre, y convenía que el joven pasase la severa prueba sin retroceder ni acobardarse”. De manera consecuente con su postura esencialista , Monick parece encontrar en estos rituales no un procedimiento social para construir la masculinidad –como muchos proponen-, sino la manifestación inequívoca de que el mundo interno necesita salir de su letargo. Otros autores, también de inspiración jungüeana, comparten la idea que existen “estructuras profundas de la psique masculina” que tienen que ser desbloqueadas por rituales tribales homosocializadores.

En este caso serían el “patriarcado” y el “feminismo”, quienes habrían contribuido a generar este bloqueo o, en otros términos, en impedir una “conexión adecuada con las energías masculinas profundas e instintivas, con los potenciales de la masculinidad madura”.

Más información en “De ritos, fugas, corazas y otros artilugios:Teorías sobre el origen del hombre o de cómo se explica la génesis de la masculinidad” de Mauricio Menjívar Ochoa, www.ts.ucr.ac.cr/~historia/cuadernos/c-25his.htm

miércoles, marzo 28, 2007

Género y autoridad



No sé si se ha descrito ya en una Historia del Género la etapa 1945-1968 -pido perdón por esta laguna-, pero, aunque sólo sea basándome en mis recuerdos, me atrevo a afirmar que constituyó el último periodo de la historia de Occidente en que las categorías de género estuvieron establemente definidas y fueron compartidas e interiorizadas sin apenas contestación.



Durante esta etapa, la vida de las clases medias occidentales se articuló una vez más siguiendo un esquema dicotómico “masculino / femenino” que no ofrecía demasiadas fisuras y que se podía extrapolar a todos los ámbitos. El espacio público y el espacio privado constituían su correlato más evidente. La esfera masculina era el reino del trabajo remunerado, de la razón, de la ley, de la ciencia, de la política y, en definitiva, del espacio público. La esfera femenina era el reino de los sentimientos, de las tareas y cuidados domésticos no remunerados, de la excusa y la mediación, de las relaciones familiares e íntimas y, en definitiva del espacio público. Dios Padre y la Virgen María. La autoridad y la intercesión. La fuerza del intelecto frente al dictado de la emoción.


El rito de paso a la vida adulta estaba bien establecido: conseguir un trabajo y cobrar un primer sueldo. Con ese dinero se empezaba aliviando los gastos familiares y más tarde se conquistaba la deseada autonomía que permitía reproducir el modelo. Para los chicos, su padre constituía el referente clave. Era él quien presidía todo el proceso desde la distancia emocional que su posición de autoridad exigía. Papá era querido y temido. Representaba la norma, el camino recto, y su benevolencia no consistía tanto en excusarte como en darte una nueva oportunidad si te habías equivocado. El niño era contemplado como una mezcla inestable de impulsos desordenados y grandes potenciales, que sólo darían fruto si se le sabía hacer entrar en vereda. En eso consistía la educación, en no malograr a los niños permitiéndoles hacer lo que quisieran y caer presas de su descontrol. Por eso, a los niños consentidos se les llamaba maleducados. La escuela partía de los mismos presupuestos y se ajustaba al mismo modelo.



Papá podría estar más o menos tiempo en casa, pero su autoridad se mantenía incólume. Bastaba con que mamá amenazara con un “¡Ojo o se lo diré a papá!". Papá castigaba y hacía cumplir los castigos sin demasiadas contemplaciones. El vínculo padre-hijo no se fundaba tanto en el número de horas compartidas como en la nitidez con que ejercía su función. El padre era proveedor, legislador, juez y gobernante.


Sin embargo, este esquema dicotómico de relaciones empieza a tambalearse a partir de los 60. Analizar este cambio sería muy complejo y ahora sólo pretendo esbozar el proceso. Para ello seguiré a Ulric Beck (La sociedad del riesgo, 1986, Paidós, 2007).



Comenta Beck que la realización de la sociedad industrial del mercado comportó la supresión de su moral de familia, de sus destinos sexuales, de sus tabúes de matrimonio, paternidad y sexualidad, e incluso la reunificación del trabajo doméstico y del trabajo retribuido, arrollados por un proceso de individualización irrefrenable. En el modelo de mercado de la modernidad se supone la sociedad sin familias, ni matrimonios. Cada cual ha de ser autónomo, libre para las exigencias del mercado, con el objetivo de asegurar su existencia económica. El sujeto del mercado es en último término el individuo que está solo, no obstaculizado por la pareja, el matrimonio o la familia…Esta contradicción entre las exigencias de la relación de pareja y las exigencias del mercado laboral pudo permanecer oculta mientras se pensó que el matrimonio significa para la mujer la exclusión del trabajo, la responsabiliad sobre la familia y la “co-movilidad” bajo el destino profesional del marido. La contradicción surgió cuando ambos cónyugues quisieron ser libres para asegurar su existencia mediante la trabajo asalriado. Desde entonces los matrimonios han de buscar soluciones privadas, han de repartirse internamente los riesgos, han de renegociar constantemente horarios, funciones y responsabilidades, etc. …revientan las relaciones entre los sexos , que están soldadas con la separación de producción y reproducción y son mantenidas juntas en la tradición compacta de la familia nuclear con todo lo que esta contiene en comunidad, asignación y emocionalidad. De repente todo se vuelve inseguro:

  • la forma de convivencia


  • quién hace el trabajo


  • las nociones de sexualidad y amor y su inclusión en el matrimonio y en la familia


  • la institución de la paternidad se disgrega en padre y madre


  • los hijos, con la intensidad de la vinculación que contienen y que ahora se está quedando anacrónica, se convierten en los únicos compañeros que no marchan


  • comienza una lucha y una experimentación generales con “formas de reunificación” de trabajo y de vida, trabajo doméstico y trabajo retribuido, etc. En estas circunstancias el matrimonio se convierte en un proyecto especialmente vulnerable, porque nada está dado de antemano.


La pareja se convierte en el lugar donde las contradicciones institucionales culturales económicas etc. son revertidas al plano de lo personal; el último territorio donde se espera resolver “el fatum secular de la desigualdad entre los sexos”; el ámbito donde se intenta resolver la tensión entre, por una parte, la necesidad de afecto y de seguridad y, por otro, la aspiración a la autorrealización, a la búsqueda de la identidad, al desarrollo de las capacidades personales, a la necesidad de “seguir en movimiento”. La pareja, el hogar, se convierten en el último refugio donde anegar la frustración asociada a la soledad, al aislamiento aniquilador al que conduce el individualismo contemporáneo y sus dictados.

Se busca en la pareja, todo lo que se ha ido perdiendo en los demás entornos. Pero sometida a tan desmesuradas exigencias, la pareja quiebra con frecuencia. La familia unitaria para toda la vida que recoge en sí las las biografías paternas de hombres y mujeres se convierte en el caso límite, y la regla es una oscilación (específica de las fases de la vida) entre diversas familias de duración limitada o entre formas no familiares de la convivencia (Beck, 192).

Las consecuencias de este modelo intrafamiliar de individualización también repercuten en las relaciones con los hijos y en el ejercicio de la autoridad en el proceso educativo. Según Beck, en el marco de unas relaciones de pareja fragilizadas, el hijo se convierte en la última relación primaria que queda, irrevisable, inintercambiable. La pareja viene y va, el hijo permanece… Al volverse quebradizas las relaciones entre los sexos, el hijo consigue el monopolio sobre la relación de la pareja vivible, sobre una satisfacción de los sentimientos, que en otros ámbitos es cada vez más rara e incierta. En el hijo se cultiva y celebra una experiencia social anacrónica, que con el proceso único. El hijo se convierte en el último recurso contra la soledad que los seres humanos pueden emplear frente a las posibilidades amorosas que se les escapan. Es la manera privada de reencantamiento…(Beck, 197)





El problema es qué ocurre cuando el hijo es visto más como una fuente de gratificaciones emocionales que como un ser que precisa ser formado, corregido, educado. Seguimos necesitando contener y redirigir la impulsividad de los niños. ¿Quién ejerce ahora la función de limitación, de defensa de la norma, de estímulo para asumir responsabilidades? Sin duda, hay que recuperar esa perspectiva y, si estamos transitando a un mundo de progenitores indiferenciados –ni “padres”, ni “madres”-, habría que reintegrar las funciones antes ejercidas por los padres en la nueva figura del progenitor masculino o femenino. Algunos dicen que los nuevos papás están haciendo sobretodo de mamás –al modo del antiguo reparto de roles- y que los niños han pasado a tener dos mamás. En la escuela ocurre algo parecido. Incluso hay quien vislumbra una inversión de roles. Continuará…