Tu cuerpo robusto y vencido retiene en cada repliegue la tersura de la vida y la memoria de sus gestos generosos.
Y ahora me lo confías sin remilgos, sin resistencia, abandonándolo dócilmente al quehacer de mis manos.
Noto el amor de tu piel en cada surco, en cada intersticio, en cada poro.
Me impresiona, mamá, la dignidad con que rindes las armas y dejas hacer al dolor.
Lo asumes y vives sin estridencia, sin combates inútiles, como parte de la vida.
Sólo vestida de ternura, veo en tus ojos que sabes, que das, que aceptas, que agradeces y perdonas.
Te lavo. Paso la esponja por todo tu cuerpo, por el vientre que me gestó y alumbró, por los pechos que me amamantaron.
En la galería, junto a la nevera de hielo, conseguías haces hablar a una pinza entre tus labios para animarme a comer la papilla.
Ahora sigues ahí, sentada en el pequeño sillón, inerme y silenciosa, regalando incondicionalmente toda la vida que te queda. Libando el néctar hasta dar la última gota de miel.
La pinza a veces vuelve a hablarme tiernamente y me dice cosas tremendas. La última me alcanzó especialmente: “procura no resultar odioso”.
Te dejas hacer y te regalas sin pedir nada a cambio. Parece que ya lo tienes todo.
¡Qué sensación tan extraña! Nunca imaginé que iba a cuidarte y que cuidándote, me seguirías cuidando.
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viernes, agosto 24, 2007
Te preguntas por el Amor
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lunes, junio 11, 2007
Morir rabiando, preparación postcristiana para la muerte
Morir rabiando
¿Por qué tengo que aceptar el dolor, la enfermedad, la muerte?
¿Quizás porque resistirse acrecienta el dolor ajeno y propio?
¿En eso ha quedado tanto confrontarme valientemente con la verdad...
en legitimar las virtudes de una anestesia oportuna?
¿No es más coherente protestar y rebelarse contra un destino odioso?
¿No es más auténtico morir rabiando cuando se nos arranca cruelmente la vida?
Dejadme mostrar mi desconsuelo cerval por la pérdida del bien más inequívoco.
Prefiero trasmitir a mis hijos el apego a la vida, antes que la conformidad con la muerte.
No me vengáis con chupinadas consoladoras.
¿Cómo queréis que me congratule con la disolución de mi ser en el cosmos?
¿En qué se queda mi conciencia personal, mi deteriorado yo egótico y narcisista?
¿Cómo pretendeéis que me desapegue de mi vida personal
y me suma sin resistencias en el cosmos infinito?
“Vive el presente”, me dices.
Pero, yo ni quiero, ni puedo vivir el presente negando el futuro.
El premio del ahora no me libra de la angustia de la muerte futura.
Sólo me consolaría otra vida en un más allá, en el que ya no confío.
¡Oh Creador? ¿Qué quieres de mí que ya ni siquiera me permites creer?
¿Por qué finalmente esta broma cruel, este abandono?
Sí, protestaré, sollozaré, rabiaré, aunque no me escuchéis
Y no será para haceros sufrir,
sino para honrar la vida y celebrar vuestra existencia.
Descargada la ira, exhalado el último gemido,
seguramente me desplomaré
y la muerte se apoderará de mí.
El niño ateo
CLARA SANCHIS MIRA
La Vanguardia, 25 de mayo de 2007
El niño de padres ateos no puede dormir porque ha empezado a pensar en la muerte. Aferrado a su oso, pide una explicación. En su ca-becita de siete años, la idea de su muerte y la de los suyos resulta inabarcable. El padre le acaricia el pelo, recoloca las sábanas, echa mano de argumentos vagos, uy, no pienses en eso, ha dicho; el niño llora. Si falta muchísimo, tesoro, eso está muy lejos. El niño no es tonto, ¿y eso cómo lo sabes? (no, no lo sabe). Porque sí, porque lo sé (al menos darle seguridad). ¿Y entonces yo ya no estaré más, nunca más? (no hay palabras). ¿Ni tú? ¿Ni mamá? Hijo, no sirve de nada que pensemos en eso. ¿Ni esta casa; ni este oso? Zarandea al oso. ¿Dónde estará este oso cuando yo no esté? El padre ye como el niño corre desconsolado hasta su estantería y coge todas las cosas que puede. ¿Y ya no veré más a este pato picudo? Cariño, es un hecho natural, dice, y le parece que ese pato le clava la mirada. ¿Y este boli de tinta invisible? ¿Dónde estará? ¿Dónde estaré yo? En el cielo, está a punto de decir de pronto, al borde de renunciar a sus principios educativos y laicos. En el cielo conmigo y con mamá y santas pascuas, tiene en el borde de la lengua, y siente envidia de los que son capaces de creer. Piensa en las veces que ha bromeado con su hijo sobre el cielo y los ángeles, y si no tenía que haber dejado una puerta abierta en su cabecita hacia alguna posibilidad menos racional. Pero se contiene, lo abraza y se decide a echar mano de algo así como la teoría de la reencarnación, que al menos le parece inofensivo, más poético y nada católico. Cuando nos morimos, bueno, a lo mejor seguimos estando por ahí, a lo mejor nos transformamos en otro ser, ¿entiendes?, en un pajarito, o en un árbol. ¡¿En un árbol?! , grita el niño con los ojos muy abiertos, ¡pero yo no quiero ser un árbol, yo quiero ser siempre yo, papá! Y llora mucho más. El niño tiene razón. Al padre le están entrando ganas de llorar y de que el niño lo consuele. El padre tampoco puede ahora mismo con la idea de la muerte, y mucho menos con la de su hijo, y hace rato que se le pasan por la cabeza certezas atroces que trata de apartar. Pero el niño le está arañando el hombro; ¿y de qué me sirve que tú seas un pajarito? ¿De qué me sirve que tú seas tú, si no eres tú? Hijo, es que pensar en la muerte sólo nos hace sufrir. Y una inmensa nada se le aparece delante. Pero yo no me quiero morir nunca, papá. El padre está hecho polvo. Y empieza a hablar de física cuántica, aunque no tenga ni idea de física cuántica. Verás, hijo, hay una cosa que es la física cuántica, que dice que a lo mejor, ahora, tú y yo, estamos aquí y en millones de sitios a la vez, y que este segundo que está pasando, en realidad no está pasando, o está pasando infinitas veces, en el universo, o algo así, ¿entiendes? ¿Eso es científico?, pregunta el niño (al niño siempre le ha interesado lo científico). Bueno, sí, y viene a decir algo así como que esto es real sólo porque a nosotros nos lo parece, y entonces podemos pensar que también la muerte sólo es real porque a nosotros nos da esa sensación, o algo así. El niño se acurruca entre las sábanas. Vete a saber qué somos en el universo. El niño respira y se va durmiendo, con esa facilidad que tiene él para pasar de una cosa a otra. El padre le quita de la mano el boli de tinta invisible y vuelve a su habitación con su inmensa nada delante de los ojos. Poniéndose el pijama, trata de imaginarse a sí mismo como una nube de partículas elementales. O como un grumo incierto. Eso le alivia. Lo que el niño aún no sabe, piensa, es que todo es incompleto.»
¿Por qué tengo que aceptar el dolor, la enfermedad, la muerte?
¿Quizás porque resistirse acrecienta el dolor ajeno y propio?
¿En eso ha quedado tanto confrontarme valientemente con la verdad...
en legitimar las virtudes de una anestesia oportuna?
¿No es más coherente protestar y rebelarse contra un destino odioso?
¿No es más auténtico morir rabiando cuando se nos arranca cruelmente la vida?
Dejadme mostrar mi desconsuelo cerval por la pérdida del bien más inequívoco.
Prefiero trasmitir a mis hijos el apego a la vida, antes que la conformidad con la muerte.
No me vengáis con chupinadas consoladoras.
¿Cómo queréis que me congratule con la disolución de mi ser en el cosmos?
¿En qué se queda mi conciencia personal, mi deteriorado yo egótico y narcisista?
¿Cómo pretendeéis que me desapegue de mi vida personal
y me suma sin resistencias en el cosmos infinito?
“Vive el presente”, me dices.
Pero, yo ni quiero, ni puedo vivir el presente negando el futuro.
El premio del ahora no me libra de la angustia de la muerte futura.
Sólo me consolaría otra vida en un más allá, en el que ya no confío.
¡Oh Creador? ¿Qué quieres de mí que ya ni siquiera me permites creer?
¿Por qué finalmente esta broma cruel, este abandono?
Sí, protestaré, sollozaré, rabiaré, aunque no me escuchéis
Y no será para haceros sufrir,
sino para honrar la vida y celebrar vuestra existencia.
Descargada la ira, exhalado el último gemido,
seguramente me desplomaré
y la muerte se apoderará de mí.
El niño ateo
CLARA SANCHIS MIRA
La Vanguardia, 25 de mayo de 2007
El niño de padres ateos no puede dormir porque ha empezado a pensar en la muerte. Aferrado a su oso, pide una explicación. En su ca-becita de siete años, la idea de su muerte y la de los suyos resulta inabarcable. El padre le acaricia el pelo, recoloca las sábanas, echa mano de argumentos vagos, uy, no pienses en eso, ha dicho; el niño llora. Si falta muchísimo, tesoro, eso está muy lejos. El niño no es tonto, ¿y eso cómo lo sabes? (no, no lo sabe). Porque sí, porque lo sé (al menos darle seguridad). ¿Y entonces yo ya no estaré más, nunca más? (no hay palabras). ¿Ni tú? ¿Ni mamá? Hijo, no sirve de nada que pensemos en eso. ¿Ni esta casa; ni este oso? Zarandea al oso. ¿Dónde estará este oso cuando yo no esté? El padre ye como el niño corre desconsolado hasta su estantería y coge todas las cosas que puede. ¿Y ya no veré más a este pato picudo? Cariño, es un hecho natural, dice, y le parece que ese pato le clava la mirada. ¿Y este boli de tinta invisible? ¿Dónde estará? ¿Dónde estaré yo? En el cielo, está a punto de decir de pronto, al borde de renunciar a sus principios educativos y laicos. En el cielo conmigo y con mamá y santas pascuas, tiene en el borde de la lengua, y siente envidia de los que son capaces de creer. Piensa en las veces que ha bromeado con su hijo sobre el cielo y los ángeles, y si no tenía que haber dejado una puerta abierta en su cabecita hacia alguna posibilidad menos racional. Pero se contiene, lo abraza y se decide a echar mano de algo así como la teoría de la reencarnación, que al menos le parece inofensivo, más poético y nada católico. Cuando nos morimos, bueno, a lo mejor seguimos estando por ahí, a lo mejor nos transformamos en otro ser, ¿entiendes?, en un pajarito, o en un árbol. ¡¿En un árbol?! , grita el niño con los ojos muy abiertos, ¡pero yo no quiero ser un árbol, yo quiero ser siempre yo, papá! Y llora mucho más. El niño tiene razón. Al padre le están entrando ganas de llorar y de que el niño lo consuele. El padre tampoco puede ahora mismo con la idea de la muerte, y mucho menos con la de su hijo, y hace rato que se le pasan por la cabeza certezas atroces que trata de apartar. Pero el niño le está arañando el hombro; ¿y de qué me sirve que tú seas un pajarito? ¿De qué me sirve que tú seas tú, si no eres tú? Hijo, es que pensar en la muerte sólo nos hace sufrir. Y una inmensa nada se le aparece delante. Pero yo no me quiero morir nunca, papá. El padre está hecho polvo. Y empieza a hablar de física cuántica, aunque no tenga ni idea de física cuántica. Verás, hijo, hay una cosa que es la física cuántica, que dice que a lo mejor, ahora, tú y yo, estamos aquí y en millones de sitios a la vez, y que este segundo que está pasando, en realidad no está pasando, o está pasando infinitas veces, en el universo, o algo así, ¿entiendes? ¿Eso es científico?, pregunta el niño (al niño siempre le ha interesado lo científico). Bueno, sí, y viene a decir algo así como que esto es real sólo porque a nosotros nos lo parece, y entonces podemos pensar que también la muerte sólo es real porque a nosotros nos da esa sensación, o algo así. El niño se acurruca entre las sábanas. Vete a saber qué somos en el universo. El niño respira y se va durmiendo, con esa facilidad que tiene él para pasar de una cosa a otra. El padre le quita de la mano el boli de tinta invisible y vuelve a su habitación con su inmensa nada delante de los ojos. Poniéndose el pijama, trata de imaginarse a sí mismo como una nube de partículas elementales. O como un grumo incierto. Eso le alivia. Lo que el niño aún no sabe, piensa, es que todo es incompleto.»
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muerte,
postcristianismo
Cuerpos fortificados, mortalidad inmortal
También buscan este cuerpo divino
nuestros hombres y, más aún, nuestras mujeres,
nuestras nuevas santas,
pero un cuerpo divino sin Dios,
un cuerpo glorioso sin gloria y sin gracia,
sin el orden de la gracia que presagiaban
como promesa final de las antiguas beatas.
Ahora no hay encuentro, sino soledad
después de este vacío e inútil sacrificio,
sólo la lúgubre soledad del féretro.
(...)
Un corpus interruptus es lo que quieren,
una mortalidad inmortal, un cuerpo eterno
sin dormitar en la antesala de la Resurrección,
escamoteándose de la humedad del nicho
a la espera del Juicio Final,
quieren un cuerpo-reliquia
como el de los santos elegidos,
un cuerpo fortificado, invulnerable
a las arremetidas de la podredumbre,
un cuerpo inmutable (noli me tangere)
como relatan fue el de Teresa de Ávila
cuando exhumaron en Alba su cadáver,
tras varios años oculto en la tierra
y lo hallaron con la carne fresca y enteriza,
con el color y la dulzura del dátil
y con un olor de azahar que inundó varios días
todos los rincones del convento.
Eso quieren los bárbaros sempiternamente jóvenes,
las eternas adolescentes que desvisten su inedia
del hermoso ropaje dorado de lo divino
para devenir en una abstinencia vana y estéril,
en una anorexia profana y escuálida,
sin futuro y sin trascendencia.¿Por qué, entonces, el ayuno,
esta perpetua cuaresma,
esta obsesión de hacer del propio cuerpo
una materia inmaterial, una materia prima,
un recinto vacío?
¿Es tan estrecha ahora la vida
que sólo necesita una talla S?
¿Tal vez buscan estas jóvenes
la levedad del aire, la libertad del vuelo,
el éxtasis místico de fundirse en la nada,
el ansia pánica y divina de ser nada
para ser siempre y serlo todo?
¡Ay, las nuevas santas anoréxicas!
De Los nuevos bárbaros
Poema de Mercedes Gómez Blesa.
nuestros hombres y, más aún, nuestras mujeres,
nuestras nuevas santas,
pero un cuerpo divino sin Dios,
un cuerpo glorioso sin gloria y sin gracia,
sin el orden de la gracia que presagiaban
como promesa final de las antiguas beatas.
Ahora no hay encuentro, sino soledad
después de este vacío e inútil sacrificio,
sólo la lúgubre soledad del féretro.
(...)
Un corpus interruptus es lo que quieren,
una mortalidad inmortal, un cuerpo eterno
sin dormitar en la antesala de la Resurrección,
escamoteándose de la humedad del nicho
a la espera del Juicio Final,
quieren un cuerpo-reliquia
como el de los santos elegidos,
un cuerpo fortificado, invulnerable
a las arremetidas de la podredumbre,
un cuerpo inmutable (noli me tangere)
como relatan fue el de Teresa de Ávila
cuando exhumaron en Alba su cadáver,
tras varios años oculto en la tierra
y lo hallaron con la carne fresca y enteriza,
con el color y la dulzura del dátil
y con un olor de azahar que inundó varios días
todos los rincones del convento.
Eso quieren los bárbaros sempiternamente jóvenes,
las eternas adolescentes que desvisten su inedia
del hermoso ropaje dorado de lo divino
para devenir en una abstinencia vana y estéril,
en una anorexia profana y escuálida,
sin futuro y sin trascendencia.¿Por qué, entonces, el ayuno,
esta perpetua cuaresma,
esta obsesión de hacer del propio cuerpo
una materia inmaterial, una materia prima,
un recinto vacío?
¿Es tan estrecha ahora la vida
que sólo necesita una talla S?
¿Tal vez buscan estas jóvenes
la levedad del aire, la libertad del vuelo,
el éxtasis místico de fundirse en la nada,
el ansia pánica y divina de ser nada
para ser siempre y serlo todo?
¡Ay, las nuevas santas anoréxicas!
De Los nuevos bárbaros
Poema de Mercedes Gómez Blesa.
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lunes, febrero 12, 2007
Léxicos obvios
Amo de casa: yo
Amurallada: persona prisionera de sus inhibiciones invencibles que acostumbra a rigidificar la vida y a descargar su frustración en forma de descalificaciones
Autoestima: murga psicopseudopedagógica que, aunque lo nieguen, contribuye a ahogar la sana conciencia del mal y el sentido del límite en un baboso océano de benevolente autoindulgencia y complicidades cobardes. Amigo, afronta la causa de tu aflicción, asume tus errores sin desánimo y empieza a corregirte. Afírmate en el bien una vez y empezarás a quererte. Haz algo inequívocamente bueno y sentirás la fruición del bien. Repítelo y te querrás aún más. Y si caes, vuelta a empezar.
Biblioteca: lo más parecido a una sociedad exquisitamente paradisiaca
Bobo: en el paraíso
Bueno: es tenaz en alegrar al prójimo y regalar buen humor
Ciudad: la gran metáfora del ego o al revés: se corresponden.
Corregir: hazlo si es posible sin herir, ni herirte.
Ego exacerbado: el que se empeña en actuar consigo mismo como si fuese Dios
El trabajo diario: ordenar y reordenar el mundo
Esclavo: preso de su inercia pulsional, grita las palabras de otros y reproduce su gestos, sin tener siquiera conciencia de ello.
Esperanza: tú
Feliz: sabe vivir en armonía con ficciones plausibles, cuidar los bienes esenciales y atrapar los momentos mágicos.
Heridas: Cúralas. Corrígete si es menester y olvídate.
Hijos: La gran responsabilidad
Hogar: útero virtual de cálidos y reparadores fluidos amnióticos que se materializa en distintos ámbitos y estados espaciotemporales, donde estáis siempre vosotros, mis amados.
Honesto: asume sus errores y pide perdón
Idiota: se empecina en obrar mal a pesar de perjudicar sus propios intereses.
Ingenuo: no distingue a los manipuladores
Intelectual: alguien que cuando experimenta la frustración o el desengaño escribe un ensayo sobre el tema
Inteligente: transita raudo a través de las ficciones propias y ajenas sin perderse, ni confundirse.
La pregunta: ¿Qué te atormenta?
Lúcido: sabe cuando puede ser engañado o engañarse.
Malo: obra y argumenta desde la impaciencia de su corazón y el olvido de su ser
Manipulador: te halaga, te culpa y te exprime.
Miedo: el mejor test para conocer verdaderamente a las personas
Muerte: vive dignamente y no te preocupes tanto: morirás dignamente.
Muy Malo: malo que se cree buono y no se reconoce maldades
Olvido del yo: estado evasivo en el que cayó María Antonieta, entregada a acciones que no merecían loa, ni aprecio.
Paz interior: el bien más preciado
Palabra: tenía templo en las escuelas y ahora vive exiliada en los papeles y la red.
Perdón: y mil veces ¡perdón!. Estuvo mal, y mil veces perdono los desvaríos que mi falta en ti provocó. No me libres con tu ira de mi culpa. Ni squiera eso sucede: sólo añades más confusión al dolor que yo he provocado.
Put@: de ti sólo le interesa el dinero que pueda sacarte.
Responsabilidad: el sentido. Dejadles que se sientan responsables de sus actos, que se enfrenten a sus errores, que se hagan cargo de tareas exigentes.
Sabio: sabe defender su alegría y equilibrio a pesar de cualquier adversidad, incluidas las ficciones falaces y el hostigamiento de los buenos.
Sereno: sabio
Silencio: Sólo para iniciados. ¡Qué placer!. Niños: vosotros os lo perdéis.
Tirano: quien se empeña en actuar con los demás como si fuese Dios
"Todavía más": No, está bien así.
Tonto: se deja esclavizar por ficciones ajenas
Víctimas: las mías, las nuestras. Os imploro perdón. Siempre me acompañáis.
Violento: sabe cómo hacer daño y ejerce
Vivo: en tus labios y en tu piel.
Besos
Sólo eres tú, continua,
graciosa, quien se entrega,
quien hoy me llama. Toma,
toma el calor, la dicha,
la cerrazón de bocas
selladas. Dulcemente
vivimos. Muere, ríndete.
Sólo los besos reinan:
sol tibio y amarillo,
riente, delicado,
que aquí muere, en las bocas
felices, entre nubes
rompientes, entre azules
dichosos, donde brillan
los besos, las delicias
de la tarde, la cima
de este poniente loco,
quietisimo, que vibra
y muere. -Muere, sorbe
la vida. -Besa. -Beso.
¡Oh mundo así dorado!
Vicente Aleixandre
De Sombra del paraíso.
Editorial Castalia, Colección Clásicos Castalia, núm. 71.
Amurallada: persona prisionera de sus inhibiciones invencibles que acostumbra a rigidificar la vida y a descargar su frustración en forma de descalificaciones
Autoestima: murga psicopseudopedagógica que, aunque lo nieguen, contribuye a ahogar la sana conciencia del mal y el sentido del límite en un baboso océano de benevolente autoindulgencia y complicidades cobardes. Amigo, afronta la causa de tu aflicción, asume tus errores sin desánimo y empieza a corregirte. Afírmate en el bien una vez y empezarás a quererte. Haz algo inequívocamente bueno y sentirás la fruición del bien. Repítelo y te querrás aún más. Y si caes, vuelta a empezar.
Biblioteca: lo más parecido a una sociedad exquisitamente paradisiaca
Bobo: en el paraíso
Bueno: es tenaz en alegrar al prójimo y regalar buen humor
Ciudad: la gran metáfora del ego o al revés: se corresponden.
Corregir: hazlo si es posible sin herir, ni herirte.
Ego exacerbado: el que se empeña en actuar consigo mismo como si fuese Dios
El trabajo diario: ordenar y reordenar el mundo
Esclavo: preso de su inercia pulsional, grita las palabras de otros y reproduce su gestos, sin tener siquiera conciencia de ello.
Esperanza: tú
Feliz: sabe vivir en armonía con ficciones plausibles, cuidar los bienes esenciales y atrapar los momentos mágicos.
Heridas: Cúralas. Corrígete si es menester y olvídate.
Hijos: La gran responsabilidad
Hogar: útero virtual de cálidos y reparadores fluidos amnióticos que se materializa en distintos ámbitos y estados espaciotemporales, donde estáis siempre vosotros, mis amados.
Honesto: asume sus errores y pide perdón
Idiota: se empecina en obrar mal a pesar de perjudicar sus propios intereses.
Ingenuo: no distingue a los manipuladores
Intelectual: alguien que cuando experimenta la frustración o el desengaño escribe un ensayo sobre el tema
Inteligente: transita raudo a través de las ficciones propias y ajenas sin perderse, ni confundirse.
La pregunta: ¿Qué te atormenta?
Lúcido: sabe cuando puede ser engañado o engañarse.
Malo: obra y argumenta desde la impaciencia de su corazón y el olvido de su ser
Manipulador: te halaga, te culpa y te exprime.
Miedo: el mejor test para conocer verdaderamente a las personas
Muerte: vive dignamente y no te preocupes tanto: morirás dignamente.
Muy Malo: malo que se cree buono y no se reconoce maldades
Olvido del yo: estado evasivo en el que cayó María Antonieta, entregada a acciones que no merecían loa, ni aprecio.
Paz interior: el bien más preciado
Palabra: tenía templo en las escuelas y ahora vive exiliada en los papeles y la red.
Perdón: y mil veces ¡perdón!. Estuvo mal, y mil veces perdono los desvaríos que mi falta en ti provocó. No me libres con tu ira de mi culpa. Ni squiera eso sucede: sólo añades más confusión al dolor que yo he provocado.
Put@: de ti sólo le interesa el dinero que pueda sacarte.
Responsabilidad: el sentido. Dejadles que se sientan responsables de sus actos, que se enfrenten a sus errores, que se hagan cargo de tareas exigentes.
Sabio: sabe defender su alegría y equilibrio a pesar de cualquier adversidad, incluidas las ficciones falaces y el hostigamiento de los buenos.
Sereno: sabio
Silencio: Sólo para iniciados. ¡Qué placer!. Niños: vosotros os lo perdéis.
Tirano: quien se empeña en actuar con los demás como si fuese Dios
"Todavía más": No, está bien así.
Tonto: se deja esclavizar por ficciones ajenas
Víctimas: las mías, las nuestras. Os imploro perdón. Siempre me acompañáis.
Violento: sabe cómo hacer daño y ejerce
Vivo: en tus labios y en tu piel.
Besos
Sólo eres tú, continua,
graciosa, quien se entrega,
quien hoy me llama. Toma,
toma el calor, la dicha,
la cerrazón de bocas
selladas. Dulcemente
vivimos. Muere, ríndete.
Sólo los besos reinan:
sol tibio y amarillo,
riente, delicado,
que aquí muere, en las bocas
felices, entre nubes
rompientes, entre azules
dichosos, donde brillan
los besos, las delicias
de la tarde, la cima
de este poniente loco,
quietisimo, que vibra
y muere. -Muere, sorbe
la vida. -Besa. -Beso.
¡Oh mundo así dorado!
Vicente Aleixandre
De Sombra del paraíso.
Editorial Castalia, Colección Clásicos Castalia, núm. 71.
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