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martes, noviembre 04, 2008

Tele-identidad. "Si todo es posible, nada es real".

Inmersos en el proceso que describía en el anterior post y agotado el repertorio lúdico que nos ofrece el mundo real, los juegos liberadores de la tele-identidad se centran en la exploración límite de las identidades ficticias (frikismo, cutrismo, patetismo, feísmo...) . Al "cambiemos el mundo" del 68 sucede el "juguemos con su representación" de la posmodernidad. Lo cuenta Gérard Gimebernat en EL PAÍS (1-11-2008)...

Bienvenidos al desierto de lo hiperreal.

Dentro del proceso de espectacularización que padece la cultura mediática, la televisión, hoy, ha dejado de ser "ventana al mundo", fiel reproducción de la realidad objetiva, para convertirse en espacio de proyección, espejo del sujeto. Se privilegia lo inmediato, la relación afectiva, proyectada en relatos, lúdicos unos, ficticios otros. Éstos se desenvuelven a la vez en lo verbal (importancia de la oralidad, de la confesión en este nuevo dispositivo) y al mismo tiempo en lo no-verbal, el mundo de lo emotivo en el que el sentido es secundario en relación con el sentir, privilegiando un régimen conversacional (Bettetini).

En los 'reality shows' actuales, los concursantes se inventan una nueva identidad

En la televisión está de moda lo 'friki', la atracción hacia lo cutre y deforme

Con la postelevisión, como la he llamado, la que emerge en la década de los 90, se da un paso más. Vinculada a la aparición de la telerrealidad, se plasma en la creación de "mundos posibles", pero ya no regidos por la imaginación como en la ficción, sino por la invención de universos imaginarios engendrados por y desde el medio, que ya no escenifican contenidos narrativos estructurados sino, simplemente (y eso constituye una nueva forma de narratividad), la relación misma, el contacto entre protagonistas de estos nuevos juegos televisivos. Han nacido los reality shows.

Después de la espectacularización del mundo, viene la espectacularización del individuo, de lo vivencial en sus aspectos positivos y negativos. Los realities de segunda generación, tipo Gran Hermano, instauran lo relacional como nueva categoría referencial: lo que interesa no es lo que pasa -en términos de acción narrativa- sino las relaciones internas que establecen los concursantes, sus constantes estrategias de interacción y negociación, la permanente construcción / deconstrucción de su identidad.

La neo-televisión se recreaba en un juego con la realidad: la creación de una realidad sui generis, ni auténticamente documental ni del todo ficticia, pero simulando, mediante el directo, la realidad vivencial. Se sacralizaba así una nueva forma de cotidianidad (al margen de las comunidades existentes) donde el principal envite era revelar su identidad "verdadera", realizarse como sujeto, en este caso sujeto televisivo, y desvelar su intimidad.

Representarse a sí mismo, "jugar a ser sí mismo" -es decir, en términos semióticos, construirse un personaje-, jugar a estar juntos, tal podría ser la finalidad de estos programas, dentro de una total redundancia identitaria. Este proceso no es ajeno a la carencia comunicativa de la sociedad moderna, a la ausencia o difuminación del otro, a los propios déficit de identidad del sujeto.

Hoy, la televisión ha dado un paso más; con la renovación de los juegos-concursos y programas de entretenimiento se acentúa el cariz lúdico de la comunicación televisiva: después de latelerrealidad viene la tele-identidad, del juego con la realidad al juego con la identidad. Es patente en programas como Black / White, un programa de Estados Unidos de 2006, en el que los participantes negros se "disfrazan" de blancos y viceversa, para ver qué pasa; Le château de mes rêves, en Francia, donde jóvenes de las barriadas conflictivas se inician a los buenos modales aristocráticos; Préstame tu vida, con su intercambio de papeles (un gay vive la vida de un bombero, y viceversa; una soltera se hace con el mando de una familia numerosa, etcétera) o Cambio radical, donde la cirugía plástica permite cambiar de personalidad, amén de diversos programas de coaching (asesoría) que cambian la vida de los participantes.

Con esto la televisión cumple cada vez menos una función referencial y crea mundos virtuales (en los juegos, en los realities, en las series), deviene cámara de eco del imaginario colectivo. Esta evolución no es baladí, entronca con las mutaciones que se están operando en los imaginarios y en la relación con la realidad, la tendencia a jugar con la realidad y con la identidad, la maleabilidad mayor del concepto mismo de realidad, erosionado por los avances de la ciencia y el desgaste del discurso público y de las prácticas políticas.

Parece como si en la postelevisión ya no interese tanto la realidad. Al "cambiemos el mundo" del 68 sucede el "juguemos con su representación" de la posmodernidad.

La televisión de hoy fomenta todas las transformaciones posibles. Por eso he calificado la postelevisión, jugando con las palabras, de transformista. Transformista en el sentido cabaretero del término: el gusto por el disfraz, la parodia, los dobles, el juego con el rol (incluso el sexual). Transformista, también, por esa capacidad que tiene el medio de deformar la realidad hasta llegar a lo grotesco y llevarla hacia los límites de lo fantástico.

¿Es ésta una nueva versión de "lo real maravilloso", una visión que, partiendo de la realidad, la amplifica, manipula, transforma en su doble? Con ello se diluyen las fronteras entre lo informativo y lo ficcional. Más que nunca, la televisión está dividida entre la necesidad de informar y el deseo de espectáculo fomentado por la cultura de masas.

Si todo es posible, nada es real. Todo es posible en televisión -en cuanto construcción de la realidad- porque, en el fondo, nada es real, porque lo que ahí se representa no deja huella, no tiene pregnancia. El imperialismo del directo funda una realidad que se legitima por su propia enunciación.

Sin huella no hay ética de la responsabilidad, porque si la acción no trae consecuencia, invalida cualquier idea de compromiso de cara al futuro. Lo que hago en televisión es del orden de la exhibición: sólo vale en el marco del medio, se sitúa al margen del mercado social del valor. Entonces ya no operan los valores sociales. No compromete, me exime de responsabilidad y me saca de toda lógica de la acción. No imperan los valores al uso y ya no choca el escándalo (lo que es de cariz accidental): ya no hay ni valores estéticos (bello versusfreak) ni éticos (bueno versus malo, suplantados por lo performativo, feo, desbancados por lo la capacidad de crearse una imagen por los medios que sea), ni siquiera morales (dignidad, recato, honor, integridad se borran y dejan paso a códigos de sustitución: la competencia práctica, el valor de uso del medio, la capacidad de desenvolverse en él), ni tampoco valores simbólicos (en cuanto al estatus de veracidad de la realidad), lo que rompe con el pacto de verosimilitud que une espectador y realidad representada.

El simulacro impera y también lo que podríamos llamar lo increíble. ¿La televisión como nueva expresión de lo virtual? La televisión, en todo caso, como huida hacia adelante, que a menudo deja la realidad atrás...

La televisión ha llegado a ser un mundo de relaciones "líquidas" (Bauman) donde se diluyen las categorías, en particular las que fundan la representación moderna -realidad versusfriki como estética de la deformación, atracción hacia lo cutre, lo estrafalario, fascinación por lo monstruoso (freak en inglés). ficción- con inquietantes derivas hacia lo grotesco. De ahí la moda de lo

¿Habrá que concluir que se ha salido de la realidad? Y que, frente a la carencia de lo real, a su dilución, fabrica su propio antídoto, una realidad ex profeso, que se complace en lo especular y lo hiperrreal y procede mediante una licuefacción de las identidades.

"Bienvenido al desierto de lo real", decía Morfeo en Matrix, frase premonitoria que podríamos adaptar así a la postelevisión: Bienvenido al desierto de lo hiperreal...

Gérard Imbert es catedrático de Comunicación audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid, y acaba de publicar El transformismo televisivo (Cátedra).

lunes, noviembre 03, 2008

¿Es posible la retroprogresión?


Como explica Javier Gomá en ¿Existe el progreso moral?, uno de los procesos más relevantes del siglo XX, ha sido el de “radicalizar el subjetivismo romántico y antisocial hasta el paroxismo”. Liberarse de toda coacción ha sido la máxima que ha guiado la construcción de las subjetividades contemporáneas. La "filosofía de la sospecha" nos acostumbró a recelar de la cultura en general y a ver en ella un instrumento de dominación que enajena al hombre nacido ingenuo, libre y bueno en beneficio de un poder opresor que acaba por cristalizar en autocoacción represiva (Freud y Elias), como ilustran todos los procesos civilizatorios .


Pero, esta condena fatal era inevitable e indisociable de nuestra condición cultural. Sin embargo, en 1955, Marcuse auguró y propugnó en su Eros y civilización, la llegada de una nueva época en que la que la reducción del trabajo enajenante conseguida con los avances tecnológicos, cada vez sería menos necesario reprimir las energías instintivas y estos “serían liberados hasta un grado sin precedentes". En lugar de anular nuestra libertad bajo la tiranía de los objetivos y las funciones del mundo del trabajo, podríamos entregarnos al juego, liberar nuestros deseos, activar productivamente nuestras facultades y reconciliarnos con nuestro eros. Como resultado de esta activación del eros, Marcuse lúcidamente pronosticaba “una reactivación de la sexualidad polimorfa pregenital y narcisista”; "la conversión del cuerpo así sexualizado en puro instrumento de placer"; y, como consecuencia, la “desintegración de las instituciones en las que las relaciones privadas interpersonales han sido organizadas, particularmente la familia monogámica y patriarcal”. El fruto "feliz" de esta transformación sería una sociedad compuesta por “subjetividades narcisistas, lúdicas, altamente sexualizadas, descomprometidas éticamente y capaces de reducir al mínimo sus obligaciones laborales”.


Nadie le puede negar a Marcuse su formidable clarividencia, porque consiguió desentrañar como nadie el currículum oculto que sigue guiando el despliegue de nuestras subjetividades. Más discutible fue, sin embargo, su entusiasmo ante esta transformación que él y la contracultura sesantoyochista intentaron acelerar y que ha terminado por definir nuestra cultura tardo moderna actual, aunque sea justo señalar que Marcuse también denunció con pesimismo algunas de sus previsibles derivas[1]. A estas alturas, sabemos que en lugar de una condición humana reconciliada y “sin angustia”, esa apuesta comportó pérdidas importantes. El desprestigio de toda autoridad y de toda coacción represora, la exaltación de la autenticidad y la espontaneidad ética y estética, la exaltación de los “valores típicos de una adolescencia detenida en el estadio estético” han terminado por hacer inviables “las instituciones de la eticidad —amor ético, trabajo productivo— que han perdido su sacralidad y su aura”. Bajo el reino de unas subjetividades convencidas de su soberano derecho a desplegarse sin limitaciones, dispuestas a recelar de cualquier autoridad y reacias a dejase intimidar, resulta muy difícil construir lo colectivo y lo político, y despegar del escepticismo y del nihilismo que nos consume.


¿Es este proceso irreversible? Muchos así lo creen y lo aplauden. Pero, si es así, la causa de la escuela está definitivamente perdida y propuestas como la de Victoria Camps carecen de plausibilidad. Si es así, no habrá recomposición que salve la institución familiar. Si es así, pronto no tendrá sentido hablar ni de género, ni de diferencia sexual: el feminismo, las nuevas masculinidades y la pareja estable serán mera antigualla, porque Butler tendrá razón. Si es así, ni siquiera los tatuajes y los piercings nos librarán de los “desfallecimientos de la identidad” y no habrá simulacro que nos consuele. Si es así, ya no cabrá apelar a refundaciones del capitalismo, y no nos quedará más que consumirnos angustiosamente en una tediosa sobreexcitación de los deseos. Si es así pronto pasaremos de la modernidad líquida (o “gaseosa” como la llama alguno) a ...


Pero yo no me resigno. Ahora que ya vemos a dónde nos conduce esa deriva, nos toca ser retroprogresivos (feliz término acuñado por Salvador Pániker, aunque él parece seguir en el frente sesantoyochista) y rescatar aquello que merece ser conservado y trasmitido y que hemos olvidado o extraviado. Ahora hay que recuperar el sentido del límite, el valor de la autoridad, del autodominio, del esfuerzo, de la trascendencia. Ya hemos aprendido que sin disciplina, ni autodisciplina no conquistamos más que humo. Cualquier propuesta educativa que siga insistiendo en el anterior programa difícilmente nos sacará del atasco.


Pero, Javier Gomá sostiene que en nuestra época de “libertad consumada” la tarea es hallar a la polis “unos fundamentos morales nuevos, exentos de coacción, represión y autoritarismo”[2]. Vano angelismo. Es cierto que ya no podemos volver atrás, pero sí ser retroinnovadores y reformular los principios antes mencionados desde la experiencia de nuestros errores.



[1] ...alienación, productivismo, consumismo, medios masivos alienadores, publicidad estudipizante... que convertirían al hombre potencialmente libre en un “hombre unidimensional” incapaz de pensamiento crítico y de actitudes contestatarias.

[2] Es curioso pero ya no conseguimos disociar autoridad de autoritarismo.