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martes, mayo 10, 2011

Misandria y neurociencia

En estos momentos de agotamiento e impotencia en el terreno de las ideas, una de las pocas áreas del saber que suscita entusiasmo es la de las neurociencias, quizás porque de la mano de la genética, la etología y la psicología evolutiva, está barriendo los últimos grandes mitos culturales que han nutrido nuestros imaginarios más recientes, pero sin dejar por ello de alimentar la esperanza de nuevas síntesis totalizadoras que nos sirvan de referente. Poco a poco van quedando reducidas a cenizas ficciones como la de la tabula rasa y sus pertinaces secuelas educativas, las sugestivas explicaciones del psicoanálisis [1] y sus ocurrentes derivados psicoterapéuticos, o el mismísimo dogma del patriarcado como causante de las diferencias entre hombres y mujeres, y este proceso avanza inexorable a pesar de la resistencia de los grupos que las alientan.

Los neurocientíficos se han puesto de moda y ahora el peligro ahora es que esta sobreexposición repentina lleve a más de uno a caer en la tentación de aparentar más músculo del que hay. Como ya indiqué en otro post, desde hace tiempo se está utilizando cualquier nuevo dato para “refundar” abusivamente antiguos saberes –a menudo con el prefijo “neuro”-, reciclando viejas doctrinas desde perspectivas cientifistas pero también las últimas modas culturales de consumo mayoritario.

Me temo que lo que explica Gerald Hüther en Hombres. El sexo débil y su cerebro (Plataforma Editorial, Barcelona, 2011) sobre la condición masculina se mueve en esta línea de oportunismo mediático y de intrusismo gratuito, porque no añade nada a lo que ya sabemos, pero consigue formularlo en términos complacientes con la misandria cultural y el paradigma terapeútico, ingredientes ineludibles de la época en que vivimos.

Nos dice este neurólogo desde la autoridad de su saber científico que a los varones su debilidad biológica les llevó a asumir los roles que les proporcionaban fuerza y poder pero que, desde que seguir un rol ya no garantiza el éxito, se sienten más inseguros y están comenzando a descubrir el valor de la donación, de la empatía y de la autenticidad para hacerse fuertes interiormente.
Se trata de una visión acorde con la tradición de los estudios de género y de los grupos terapéuticos de hombres, aunque es evidente que desde los datos aportados por la neurociencia no pueden justificarse afirmaciones semejantes. Hubiese sido más prudente no sobrepasar los límites descriptivos que se impuso Louise Brizandine en su estudio sobre el cerebro masculino, sin dejarse contaminar por los análisis de moda. Resulta muy osado desde las neurociencias defender la visión psicologista según la cual la condición masculina se caracterizaría por su lucha denodada por compensar su debilidad mediante la renuncia a su interioridad y la entrega enajenante a roles de dominio basados en el uso de la fuerza. Semejante caricatura del sustrato biológico masculino quizás pueda animar a leerle a algún seguidor de los Men’s Studies enemistado con los neurocientíficos, pero no creo que despierte demasiadas adhesiones entre los propios neurocientíficos.

Me gustaría comprobar que pasaría si en lugar de caracterizar a los hombres como seres proclives a convertirse en huecos y abusivos energúmenos, Gerald Hüther hubiese osado decir exquisiteces equivalentes de las mujeres, porque los ejercicios de etiquetado peyorativo pueden hacerse tanto de las tendencias naturales de los hombres como de las de las mujeres.
Parece que ahora lo único que se admite es exaltar los beneficios de la empatía y de la sociabilidad y emotividad femeninas y presentar a los hombres como seres disfuncionales que frenan el progreso a un mundo más satisfactorio y armonioso, porque siguen prisioneros de la agresividad, la competitividad y la temeridad propias de aquellos simios machos que durante milenios se especializaron en la caza y rivalizaron entre ellos para mejorar su posición jerárquica o hacer valer sus derechos territoriales.

Nos olvidamos de que con la misma legitimidad filogenética podrían haberse enfatizado las destrezas de los hombres en el terreno de la innovación, de la asertividad y de la toma decisiones; o su predisposición a asumir riesgos en beneficio del grupo y a responsabilizarse de su provisión y protección. Y, para ser justos, también se podría haber compensado la idealización del universo femenino con referencias al posible uso abusivo por parte de la mujeres de su mayor conocimiento de las emociones ajenas y de su superioridad verbal para zaherir y manipular a los que le rodean o de sus capacidad acreditada para ejercer con eficacia las diversas variantes de la combatividad verbal y/o gestual propias de la agresividad indirecta[2].

Escuchando según discursos daría la impresión de que la testosterona haya dejado de ser funcional en el mundo actual y que fuera mejor eliminarla para sumergirnos en un baño de oxitocina. Sin embargo, no creo que nadie sensato estuviese dispuesto a prescindir de los beneficios sociales que se derivan del papel de esta hormona en la conformación de la arquitectura cerebral masculina. Seamos serios, ¿estamos dispuestos a privarnos de los ventajosos rendimientos que propicia en el ámbito del pensamiento lógico-matemático y en el del razonamiento abstracto, en el de la pericia espacial o en el de la competitividad y la persecución tenaz de objetivos, por citar sólo algunos de los terrenos en los que se ha demostrado que la testosterona demuestra una mejora de la eficacia? Quizás no se trate tanto de luchar contra la testosterona como de “educarla”, de favorecer sus efectos más beneficiosos y de reducir los negativos. Y eso, desde luego, no lo vamos a conseguir criminalizando la condición masculina en su conjunto, como se acostumbra a hacer actualmente, lo que equivale a abandonarla a sus inercias naturales sin recursos que permitan reelaborarla. De hecho, si en algo ha destacado nuestra especie hasta ahora ha sido en su capacidad para corregir los dictados de sus tendencias naturales aprovechando sus potencialidades. La biología no es el destino, pero sí el punto de partida. Si queremos reformular la condición masculina y educar en consonancia, no podemos plantearnos el hacerlo desde la hostilidad a su substrato biológico sino contando con él. Por otra parte, es harto discutible que un substrato haya dejado de ser funcional y el otro no. Tan disfuncionales son las tendencias que llevan a algunos hombres a extraviarse en una lucha incesante por reafirmarse en el mundo exterior, como las que conducen a algunas mujeres a no ceder espacios y tiempos en la atención y cuidado de la prole. La reformulación de las identidades masculina y femenina tiene que ser paralela y constante porque, como siempre ha ocurrido, ambas necesitan reajustarse permanentemente para adaptarse de modo satisfactorio a su entorno cambiante.

Evitemos, por tanto, las simplificaciones interesadas. A lo largo de la historia, han ido emergiendo referentes poderosísimos y muy influyentes que han construido su masculinidad trascendiendo los imperativos más rudimentarios de la biología. ¿Por qué obviarlo? La referencia a la figura de Jesucristo que realiza Gerald Hüther, pero podrían añadirse muchísimas más referencias.

Y, finalmente, no olvidemos que a la luz de las neurociencias, de la genética, la etología y de la psicología evolutiva, si algo ha ido quedando patente sobre la configuración de la condición masculina es su enorme grado de complejidad en función y su diferenciado despliegue vital a través de fases muy marcadas, que no permite hacer esquematizaciones demasiado simplistas. Poco tienen que ver el bebé varón inundado de testosterona (la llamada pubertad infantil); el niño en paréntesis hormonal posterior predispuesto al aprendizaje mediante el juego y la broma; el adolescente en plena ebullición hormonal que experimenta la urgencia del deseo sexual y la predisposición a asumir riesgos y competir; el varón maduro con los niveles de testosterona estabilizados que le predisponen a asumir serenamente compromisos de provisión y protección sobre los que les rodean; el nuevo padre que vive un aumento de los niveles de prolactina y desea implicarse en el cuidado de la prole; o el hombre que ya ha alcanzado la fase de la andropausia y que siente una especial inclinación a ejercer de abuelo, de consejero desinteresado, de refuerzo emocional permanente, de colaborador discreto y de interlocutor sereno.


VÉASE:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-la-2-gerald-huther-neurocientifico/1052881/

El cerebro masculino, entre la debilidad y la fuerza bruta

El ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro", del neurobiólogo alemán Gerald Hüther, justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres

LA VANGUARDIA 26/03/2011

Barcelona. (EFE).- El neurobiólogo alemán Gerald Hüther asegura que solo hay un aspecto en el que los niños tienen una considerable ventaja sobre las niñas y es en el empleo de la fuerza bruta, durante una entrevista con Efe sobre su ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro".

A su juicio, ni la disposición genética ni el entorno justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres, "sino una diferente concentración hormonal desde antes del nacimiento, en la que prima la testosterona en el varón, y los estrógenos y la progesterona en las féminas".

"La progesterona hace que los recién nacidos del sexo masculino sean más impulsivos, más excitables emocionalmente y más difíciles de tranquilizar que las niñas y que, desde su niñez, los hombres emprendan un camino ligeramente distinto al de las niñas, con más impulso", enfatiza Hüther.

Lo que es bien cierto para un simple observador es que el hombre medio está más capacitado que las mujeres para la síntesis, para la orientación espacial, para las capacidades fino-motoras, como la puntería, o para establecer relaciones jerárquicas de dominación, asegura el científico alemán en este ensayo, de Plataforma Editorial.

Por el contrario, ellas acopian más empatía y saben ponerse mejor en el lugar de los demás, poseen una mayor capacidad de comunicación verbal y entran en contacto visual con su interlocutor más abiertamente.

En la búsqueda del porqué de esta diferencia, Hüther llega a la conclusión de que "la estructura y organización de nuestro cerebro se adapta con especial facilidad cuando lo que hacemos nos resulta placentero, cuando ese 'algo' nos llega al alma", tras sus hallazgos como director del Centro de Investigación de Medicina Preventiva y Neurobiología de dos universidades alemanas.

"Cuando hacemos, aprendemos o vivimos algo con entusiasmo, las vías nerviosas que se activan en el cerebro, inicialmente frágiles, se convierten en carreteras cerebrales cada vez más preparadas para ser activadas y utilizadas y cuando estas actividades se prolongan en el tiempo, las vías cerebrales acaban convirtiéndose en algo semejante a autopistas" subraya el experto.

En ese momento es cuando tenemos un cerebro diferente al que teníamos antes, "aunque el responsable de todo esto no sea el entorno, sino el entusiasmo con el que un niño se relaciona, percibe, elabora y moldea su entorno, ya sea en su hogar, en la guardería, el colegio o en cualquier otro lugar".

Así, la causa por la que los hombres posean un cerebro diferente al de las mujeres se basa, por una parte, en que "desde pequeños se interesan por cosas diferentes, les importan y se entusiasman por otras materias, debido a que se orientan más hacia aquello que otros niños y otros hombres acogen con entusiasmo", subraya Hüther.

Este profesor universitario indica que el efecto del cóctel hormonal masculino sobre el niño cuando está en el cuerpo de la madre no se limita al cerebro, sino que abarca multitud de características corporales, como la forma del rostro.

"Cuanta mayor testosterona haya en la fase prenatal, tanto más 'masculino' y 'robusto' resultará el niño, incluso en la longitud de sus dedos, ya que la formación de un anular más largo se ve favorecida por esta hormona", nos explica el experto.

"Las hormonas, pues, desencadenan y regulan las diferencias corporales entre ambos sexos no porque los hombres desarrollan un cuerpo diferente al de las mujeres porque tengan otros genes y otro cerebro, sino porque sus glándulas sexuales producen y vierten en el sistema circulatorio otras hormonas", aporta Gerald Hüther como resultados de sus investigaciones.

Este especialista constata que comadronas, tocólogos y pediatras saben por experiencia que los niños recién nacidos presentan generalmente una constitución algo más débil y vulnerable que las niñas, especialmente cuando nacen prematuramente.

Gerald Hüther,doctor en Ciencias Naturales y Medicina; ha estudiado al hombre y su cerebro

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

"El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica"

LA VANGUARDIA 26/04/2011 - 00:03

Ima Sanchís

Biólogo y neurocientífico, lleva años estudiando por qué los hombres son como son, el resultado es Hombres, el sexo débil y su cerebro (Plataforma), en el que explica en qué consiste la masculinidad y qué transformaciones experimenta en el proceso de hacerse hombre. Sorprende con afirmaciones como “el hombre es el sexo menos estable y más dependiente de apoyo exterior” o “no es el miembro viril el que lo convierte en y lo distingue como hombre”. Tiene una red de trabajo permanente relacionado con la educación de los niños y el crecimiento: “Los niños nacen con un cerebro muy potente que hay que estimular a través del juego, que es más importante que la educación”.

¿Para qué sirven los hombres?

Biológicamente servimos para ser exploradores, pero no somos importantes para la reproducción.

¿Ah, no?

Estamos diseñados para abrir nuevos caminos y las ideologías también son cosa nuestra; pero con la eyaculación de un solo hombre se podría reproducir a la población de Norteamérica dos veces. Nacemos con una dificultad biológica.

¿Dificultad biológica?

Sólo tenemos un cromosoma X y eso nos hace más débiles. Las mujeres tenéis una fortaleza que el hombre no tiene. El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica, de cómo funciona y está organizado el cuerpo.

Entonces, ¿por qué mandan tanto?

Precisamente porque somos débiles necesitamos coger de fuera. Los que tienen el poder son los hombres más débiles. El primer hombre moderno, el primer hombre fuerte, fue Jesucristo, porque no se dedicó a apropiarse cosas de fuera, sino a dar.

Cuanto más débil eres más necesitas tomar el poder de fuera, ¿es eso?

Sí, y ya se nota desde la infancia: los bebés varones tienen una tendencia mucho mayor que las niñas a mirar alrededor en lugar de mirar directamente a los ojos, buscan todo tipo de anclajes en el exterior, y para jugar escogen objetos resistentes y fuertes.

Pues van cargaditos de testosterona.

La generamos para fortalecer nuestro cerebro, nos da el empuje que necesitamos para que determinados procesos se den con mayor impulso, pero se dan desconectados. Y es la responsable del aspecto físico masculino.

¿Y si castramos al niño?

Cambiará su cuerpo, pero no su cerebro, porque está determinado desde lo prenatal.

¿Hay algo que determine la formación de un macho o una hembra?

Los machos son producto del azar, de las circunstancias o de la decisión de la madre.

¿Decisión de la madre?

Existen las tres posibilidades. En algunos casos las condiciones medioambientales determinan la producción de machos o hembras. En el caso de los cocodrilos, nacen machos sólo si la temperatura es óptima. En el caso de las pulgas de agua, las madres determinan qué sexo tendrá la prole.

¿...?

Por regla general se reproducen asexualmente: hembras que engendran hembras, pero cuando la charca empieza a secarse engendran machos que se aparean con las hembras para producir los huevos de invierno, que sobreviven si la charca se seca.

Pero los hombres no son caracoles, ni cocodrilos, ni pulgas de agua.

Si atendemos a las estadísticas, aristócratas y burguesas acaudaladas traen al mundo con sorprendente regularidad más hijos que hijas, igual que las zarigüeyas, los hámsters, los monos araña de rango alto y las nutrias cuando están bien alimentados.

¿Las hembras dominantes suelen tener más hijos varones?

Sí, y bajo determinadas condiciones en las que las mujeres no se sienten bien, están estresadas y las condiciones del embarazo son peores, nacen menos niños. Y todo esto ocurre en los primeros dos meses del embarazo. Los embriones masculinos mueren si el futuro es incierto.

¿Dónde hallan ustedes su fortaleza?

Una fuente importante es pertenecer a grupos de chicos y jugar determinados roles que marca la sociedad según necesidades.

¿Modelos culturales?

Sí, cuando hacen falta soldados se favorecen, cuando hacen falta empresarios o inventores se favorecen. La debilidad biológica de los varones provoca que ellos acepten desarrollar ese tipo de roles que les prometen el poder y la fuerza y que se favorecen desde el hogar, el colegio, la televisión...

La exigencia es social, no biológica.

Sí, pero afecta a la estructura cerebral. Es como los chavales viciados con los videojuegos: han desarrollado una parte de su cerebro para ser hábiles en esos juegos, y les impide ser buenos en otros campos.

¿En qué punto está el cerebro del hombre moderno?

No tiene claro qué tipo de rol debe interpretar para poder llegar a ser importante. Pero su cerebro ya no es tan lineal, se desarrolla de forma mucho más abierta, y por eso hay tanto hombre que se comporta de manera insegura. Algunos debido a esa inseguridad buscan la fortaleza y otros la autenticidad.

¿Qué tenemos que saber las mujeres sobre el cerebro masculino?

Que los hombres siempre están intentando jugar un rol determinado –frecuentemente ni siquiera son conscientes de ello– y que detrás de esa fachada hay un hombre que tiene posibilidades de desarrollar su propia autenticidad.

Eso suena bien.

En el pasado, para convertirse en machos alfa necesitaban coger el poder de los otros (naturaleza, animales, mujeres, hombres); ahora por primera vez (ya que seguir un rol no garantiza el éxito) se sienten atraídos por la idea de dar, por la empatía y la autenticidad. Quizá están encontrando su propia fortaleza interior que les hace capaces de dar. Se trata del hombre que transforma.

Qué bien.

... Pero necesitamos la ayuda de las mujeres. Las madres tienen un gran poder para generar o no la práctica de roles; un gran poder en la programación del cerebro del hijo.



[1] Ningún científico serio puede defender hoy invenciones freudianas como el instinto de muerte, el complejo de Edipo o la envidia del pene, aunque no faltan los que evitan desacreditar integralmente al maestro del inconsciente y le conceden la genialidad de algunas de sus intuiciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208), aún a pesar de que sólo lejanamente resultan conciliables con los nuevos descubrimientos tras infinitas correcciones y matizaciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208). Como muy bien explica Jesús Mosterín, Freud concibió sus conceptos clave a partir de un modelo hidrodinámico del cerebro humano que resultaba ya inasumible en su época (tuvo la oportunidad de estudiar la obra de Cajal) y que se basaba en la “comparación metafórica de la psique con una máquina de vapor, lo que explica el uso de nociones como la represión (la presión del gas que sale por las junturas).” “Según Freud, los sentidos recogen energía del entorno y la trasmiten al cerebro. Además, en el propio cuerpo, las gónadas y los órganos genitales producen energía psíquica o libido, que envían al cerebro. El cerebro está sometido a presión por toda esta energía que le llega y que le resulta desagradable. Trata de librarse de ese exceso de energía, dándole salida mediante acciones que la gastan, consumen y disipan. …Nosotros sabemos ahora que el cerebro no recibe ni almacena ni envía energía, sino señales, información. El cerebro envía a los músculos la orden (la información) de contraerse, pero no les envía energía.” Véase http://www.institucional.us.es/revistas/revistas/themata/pdf/39/art2.pdf. Desde otra perspectiva, Michael Onfray se ha aplicado a la demolición de la figura de Freud en El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana (Taurus, Madrid, 2011).

jueves, noviembre 08, 2007

Máximas feministas de Teresa Forcades

En un post reciente hablaba de Teresa Forcades, médica, monja y teóloga feminista, llamada a convertirse en fenómeno mediático y si no, al tiempo. Hasta ahora, todos sus escritos me han parecido lúcidos y matizados. Sin embargo, me han defraudado sus repuestas a Lluís Amiguet en una reciente entrevista de “La Contra” (La Vanguardia, 17 de octubre de 2007). Descubro a una Teresa Forcades que olvida los matices y que, fiel a la ortodoxia feminista, pontifica –actitud muy criticada a los hombres- repitiendo tópicos ya gastados sobre el poder patriarcal y la condición masculina. ¿Será culpa del entrevistador o del género de la entrevista? ¿Le habrá reversionado Lluis Miguet al transcribir la entrevista? ¿Quizás es que yo me había confundido con Teresa Forcades?. Estas son las "máximas" feministas de Teresa Forcades


1. EL PERVERSO Y CAMALEÓNICO PODER PATRIARCAL.

“El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la subordinación de la mujer”.

Esta invocación de un poder maléfico, que realiza su trabajo gracias a que ignoramos su presencia, sin duda, es uno de los grandes logros del feminismo. El patriarcado es para los y las feministas la encarnación del supremo mal que todo lo contamina y todo lo pervierte, la quintaesencia de la masculinidad tóxica. No hay atenuantes para el patriarcado. Con él no caben concesiones, ni transacciones y nunca se pondrá suficiente celo en perseguirlo y amordazarlo, porque los hombres instilan su veneno rápidamente en cualquiera de los espacios por los que transitan.

Basta asistir a una reunión feminista para saturarse de alusiones rituales al terrible poder patriarcal, causa de todos los males de la condición femenina. Lamentablemente, desde el feminismo no se dan cuenta del halo irracional que a veces llegan a alcanzar estas prácticas exorcizadoras contra esta cristalización maligna de la masculinidad a la que ha quedado reducido el patriarcado, quizás el mejor trasunto contemporáneo de la figura del Demonio bíblico, ser oscuro y siniestro que lo promete todo, no da nada y te lo quita todo. Esta simplificación reduccionista ha derivado en una suerte de religión misándrica bastante absurda, que en estos momentos, más que contribuir a superar los estereotipos de género y favorecer relaciones satisfactorias, sólo contribuye a maliciar la condición masculina (vean http://www.antipatriarcat.org/).

Quizás haya llegado la hora de compensar tales excesos, hablando de la carga que la institución del patriarcado ha supuesto para los hombres, que durante milenios han visto recaer sobre sus hombres la responsabilidad máxima de garantizar al núcleo familiar alimentos, bienes y seguridad. De lo contrario, podría entenderse que el patriarcado se ha reducido sólo a una estrategia para gozar de derechos y privilegios sin contraprestación alguna, a una estructura invisible de nuestras sociedades que permite a los hombres explotar a las mujeres con total impunidad (y no niego que muchas veces se ha pervertido de este modo).

También convendría recordar que todavía no se ha conseguido demostrar la existencia de verdaderos matriarcados en ninguna época, ni lugar (aunque sí ha habido muchos intentos desde el feminismo, pero ninguno concluyente). Más bien todo parece apuntar a una temprana división sexual del trabajo (hombres cazadores, proveedores y protectores; mujeres criadoras y cuidadoras) en consonancia con las aptitudes que el estudio del cerebro masculino y femenino revelan (con disimilitudes evidentes derivadas de las hormonas –andrógenos y estrógenos- y que predisponen a los hombres a desarrollar las destrezas visuoespaciales y el pensamiento sistémico y a las mujeres, a desarrollar especialmente sus recursos verbales y a desplegar la capacidad de empatía) y que estaría en la base de la diversidad de las estructuras patriarcales que conocemos. Aunque semejante explicación siempre será tachada por el feminismo de androcentrismo cientifista, de acuerdo con su tendencia recurrente a menospreciar los factores biológicos. Incluso en el caso de que admitiéramos que fue a partir del neolítico cuando aparecieron las relaciones de sometimiento de las mujeres a los hombres –esta es la explicación oficial- , beneficiados por el mayor margen de autonomía que les dio la aparición de asentamientos estables y deseosos de controlar la reproducción[1], la nueva realidad social no deja de ser una extrapolación de tendencias naturales que ya existían y que tienen relación con la estructura cerebral y las hormonas.[2]

2. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA ESPECÍFICA CAPACIDAD DE AMAR DE LA MUJER Y SU MIEDO A LA SOLEDAD.

“Ahora se dice que la mujer es superior - por causas biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.”

Estoy de acuerdo con Teresa Forcades en denunciar el empalagamiento sospechoso con que se ha idealizado el amor materno, tan bien deconstruido por Elizabeth Badinter en su obra sobre el instinto maternal. Parece evidente que existe una tendencia natural –ya lo hemos dicho- en las mujeres a garantizar el bienestar material y emocional de sus hijos e hijas, y a buscar la estabilidad de una pareja que la proteja y que garantice el desarrollo satisfactorio de esa descendencia en la que ellas invierten tanto, pero esa predisposición no debe confundirse con ese máximo convivencial y ético que llamamos amor, que no es privativo de ningún género.

De hecho, el tan denostado discurso patriarcal nunca ha visto contradicción entre el compromiso afectivo de sus patriarcas y el ejercicio de sus responsabilidades. La posición del patriarca ejemplar siempre ha estado cargada de expectativas en todos los terrenos, incluidos los del afecto y el amor, no lo olvidemos (el problema es que eso de la “lógica patriarcal” cuando es invocada por el feminismo pasa a convertirse en un espantajo repulsivo, sin otro contenido que el de victimizar a la mujer y desvelar así la lógica feminista). Pero más allá de esta aclaración, repito si lo que quiere señalar Teresa Forcades es que no hay que confundir el instinto maternal de protección y cuidado con el amor parental, que no tiene género, mi acuerdo con ella es pleno.

“La niña al separarse de la madre… se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama. …La mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad.” “La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este vínculo.”

¿Siguiendo a Forcades debemos pensar que ese veneno letal para la identidad femenina que es el miedo a la soledad es una pieza más de ese diseño maquiavélico que han orquestado los hombres para someter a las mujeres?. ¿La lógica patriarcal lleva a los hombres (y a las mujeres sometidas a esta) a favorecer la identificación de las hijas con las madres y a volverlas dependientes y vulnerables afectivamente?. ¿Este proceder es el que ha instalado el miedo a la soledad en el corazón de las mujeres, predisponiéndolas a la sumisión y a la pérdida de autonomía?.

¡Caramba! No sé a ustedes, pero a mí este tipo de explicaciones me suenan a desbordamiento ideológico que no explica nada, más allá de lo peligrosos que pueden llegar a ser los hombres y su sibilina lógica patriarcal. Yo, la verdad, esperaba algo diferente de Teresa Forcades. Por ejemplo, que culturalmente se han instaurado como naturales patrones de conducta con raíces en el diferente sustrato neurológico femenino y masculino (“el punto de partida antropológico”), pero que no tenemos obligación de fijar indefinidamente, si somos capaces de concebir formas de convivencia e interacción más satisfactorias (“el punto de llegada utópico” del que habla Forcades en otros lugares). Ese enfoque me resulta más compartible, siempre y cuando no se menosprecie la carga biológica masculina o femenina que sigue condicionando a cada persona (el feminismo debe rendirse a esta evidencia; las cosas no son a veces como nos gustaría que fuesen, el suatrato biológico sigue ahí) y que merece ser tenida muy en cuenta a la hora de promover nuevos patrones de conducta[3].


Por otra parte, ¿hasta que punto Forcades habla del mundo en el que vivimos actualmente? ¿Vale para la sociedad catalana y española del 2007?. Lo digo, porque en mi entorno veo a multitud de mujeres solas –o con relaciones que no merman su autonomía- que se desenvuelven con notable soltura y sin traumas aparentes (¿no estará hablando Forcades del contexto eclesiástico?). Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los hombres solos que conozco –solteros, divorciados, etc.- : todos están muy preocupados por encontrar pareja. La fragilidad y dependencia emocional del hombre actual me parece mucho más preocupante y, sin duda, se encuentra[4] en la base de los brotes de violencia contra la pareja, seguramente en mayor medida que el sexismo.

Y llegados a este punto, déjenme mostrar otro motivo de perplejidad. ¿Por qué las organizaciones feministas identificadas con el feminismo de la igualdad –del que Forcades se declara seguidora- ponen todas las trabas posibles a que los padres divorciados puedan compartir la custodia de sus hijos con las madres?. ¿Por qué esas organizaciones feministas que en teoría promueven relaciones de género equilibradas no favorecen que los niños y niñas dejen de ser sólo asunto de las madres?. ¿Saben que en el 99% de las separaciones la custodia es para las madres gracias a la labor de las feministas supuestamente opuestas la lógica patriarcal? A mí que me lo expliquen.


3. EL LASTRE DE LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO DERIVADOS DE LA LÓGICA PATRIARCAL: EL ÉNFASIS EN LA AUTONOMÍA Y EL MIEDO AL AMOR, AL COMPROMISO Y A LA DEPENDENCIA.

"El niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos."

De nuevo, es de suponer que –según Forcades- a la lógica patriarcal le interesa que los niños crean que la conquista de su identidad masculina pasa por no depender de nadie y por distinguirse lo más posible de las personas que aman. Se supone que esos fantasmas siguen condicionando actualmente la vida de los hombres y de las mujeres que sin duda están sometidas a ellos. Ahí debe estar el problema.

Pero, reitero, en mi entorno lo que veo es a muchos hombres sometidos a sus parejas con un miedo horrible a quedarse y sentirse solos. Por otra parte... ¿ganar en autonomía no es acaso una obsesión que lacera tanto a las mujeres como a los hombres actuales, escindidos entre el miedo a la soledad y el miedo a la dependencia?.



ENTREVISTA

La Vanguardia, Lluis Amiguet, 17/10/2007,

"La mujer teme a la soledad; el hombre, a la dependencia"

TERESA FORCADES: Tengo 41 años. Soy benedictina y doctora en Medicina por la UB y la Universidad Estatal de Nueva York; me gradué en Teología en Harvard y en la Facultat de Teologia. Nací en Gràcia. "No se trata de lograr la etiqueta correcta, sino de respetar la identidad única de cada persona." "La era premoderna era teocéntrica: la religiosidad y la relación con Dios dirimía la jerarquía, por eso el poder patriarcal consideraba a las mujeres seres con menos espíritu.

Sólo los hombres hablaban con Dios.

Enla modernidad - de la imprenta a la Revolución Francesa- a las mujeres se nos reconoce esa capacidad espiritual, pero sólo porque ya no es importante, puesto que es el uso de la razón el que decide el reparto de poder, por eso, el poder patriarcal dice entonces de las mujeres... ¡que somos más religiosas porque carecemos de raciocinio!

Se trata siempre de ponerlas en su sitio.

Con el romanticismo, la libertad sustituye en jerarquía a la razón y el poder patriarcal dice entonces que la mujer es más dependiente y menos capaz de decidir por sí misma.

¿Y ahora?

Y ya en la posmodernidad, desde Mayo del 68, el valor más importante es la
diversidad y el policentrismo. Ahora el discurso patriarcal ya acepta que la
mujer es tan espiritual, tan racional y tan libre como el hombre...

Pero...

El pensamiento patriarcal se va enmascarando siempre para justificar la
subordinación de la mujer. Ahora dice que la mujer es superior - por causas
biológicas- al varón en amor, lo cual es la manera políticamente correcta de
decir hoy que su lugar natural es el hogar, con niños, ancianos y enfermos.

¿Y no es así?

Nuestra individuación infantil se produce en relación con la figura materna: la
niña al separarse de la madre también se da cuenta de que es como ella. Por eso, la mujer siempre creerá que es más ella misma cuanto más se asemeje a las personas que ama.

¿Y el nene?

En cambio, el niño se va separando de la madre dándose cuenta de que no es como ella, por eso creerá que es más él mismo cuanto más se distinga de las personas que ama. Y luchará siempre por su autonomía también respecto a sus seres queridos.

Entonces...

Por eso la mujer, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la soledad, y el
hombre, cuanto más infantil, más actúa por miedo a la dependencia.

Por ejemplo.

La mujer femenina quiere lo que quieren los que ella quiere: si todos quieren ir
al mar, no irá a la montaña, aunque a ella le apetecía, porque los quiere a
ellos antes que a ella. La mujer aprecia más el vínculo afectivo que su propia
autonomía. Y si se ve obligada a elegir, sacrificará su autonomía por este
vínculo.

Veo que domina usted esas diferencias. Los hombres se quejan de que las mujeres en una relación de pareja se lo guardan todo en una lista mental y un día se lo sueltan a ellos en una retahíla de agravios y sacrificios: ¿eso es amor? No: es miedo a la soledad. El amor se justifica a sí mismo en cada momento sin esperar ninguna compensación. ¿Hace falta que le hable ahora sobre el miedo del hombre al compromiso y la dependencia?

¡Qué me va a contar!

Ni la feminidad de la mujer es amor ni la masculinidad del hombre es libertad.
Yo me inscribo en la tradición de teólogas feministas, que no femeninas, que ha desenmascarado ese discurso patriarcal desde sus inicios.

Lo he leído en su Teología feminista en la historia (Fragmenta).

Allí verá que ha habido otras teólogas que han ayudado a que el hombre supere su miedo a la dependencia y la mujer su miedo a la soledad y que han abierto el camino para que trabajemos juntos en ser mejores personas.

¿No debemos adaptarnos unos a otros?

Para convivir hombres y mujeres, extranjeros y locales, jóvenes y mayores, no se trata de que diluyamos nuestras diferencias en una mediocre sopa común, sino que aprendamos a convivir sin dejar de ser diferentes cada uno con su cultura, lengua, sexo o edad.

¿No es mejor ser de aquí que de allá?


No debemos ni clonarnos ni hay que tener la etiqueta correcta en cada momento y país, sino que debemos aprender juntos a saber gozarlas todas.

Entonces: ¿Dios es hombre, mujer o gay?


Dios está más allá de cualquier sexo, pero su imagen ha sufrido la proyección de los prejuicios de sexo del poder patriarcal.

Pero la mujer y la persona gay están subordinadas o incluso negadas en la Iglesia.

Hay decisiones morales que son absolutamente personales y por las que
se pedirán cuentas a cada persona.

¿Por qué no se ordenan mujeres?

No tendría mucho sentido conseguir que se ordenaran también mujeres sin cambiar las estructuras patriarcales de la Iglesia.

Usted era una brillante médica formada en EE. UU. ¿Por qué se metió a monja?

Vine aquí a Montserrat buscando tranquilidad para preparar el examen de Medicina Interna y descubrí y sentí que éste era mi sitio.

¿Tuvo usted un momento epifánico?

Las hermanas me pidieron , a mí, como médico una charla sobre el sida. Temí la ocasión.

¿Qué temía?

Que tuvieran reacciones excluyentes respecto a la homosexualidad, pero las
hermanas me preguntaron con infinito respeto y amor por los enfermos y por los homosexuales, que la Iglesia condenaba. Sentí que quería ser una de ellas.


[1] La discutible explicación oficial desde la óptica feminista es la siguiente: “Con el establecimiento de la agricultura y la ganadería surgió la necesidad de controlar los medios de reproducción. Se inició el control de la mujer por parte del hombre y se establecieron las relaciones de parentesco. El hombre se vinculó a la mujer y empezó a preocuparse de su manutención y de la de sus hijos. Posteriormente se instauró el matrimonio y el hombre liberó a la mujer del trabajo de búsqueda de alimentos para posibilitar un aumento del número de nacimientos. Así se inició la gran expansión demográfica y la dependencia femenina. El hombre tomó las riendas del poder y la mujer perdió sus derechos. Como consecuencia de la revolución patriarcal, se instituyó el matrimonio y la familia patriarcal. Surgió la división desigual entre los sexos, que relegó a la mujer al papel de procreadora, al tiempo que el hombre se responsabilizó de la búsqueda de alimentos.” Exposición “Dona, un cos, una vida” Barcelona, 2007, Fundació Santiago Dexeus, Comisaria: Isabel Cordero http://www.fundaciondexeus.org/cat/mujer1.html

[2] En su empeño por corregir esos excesos androcéntricos se ha sostenido que esas diferencias cognitivas y actitudinales –si existen- se reducirán a medida que la sociedad sea cada vez más igualitaria, restando así relevancia a las explicaciones biologistas (M. J. Barral e I. Delgado, 1998: “...las diferencias entre mujeres y hombres en ciertas capacidades cognitivas específicas han ido reduciéndose a lo largo de los últimos cincuenta años. Esta disminución de las diferencias estaría relacionada con una situación más igualitaria entre mujeres y hombres en el acceso a estudios, actividades laborales y actitudes sociales.”)
[3] Por ejemplo, si la neurología nos revela que el “cableado” del cerebro adolescente masculino se activa con las actvidades competitivas... ¿hemos de rechazar la competitividad en el aprendizaje y sustituirlo por el aprendizaje cooperativo, alegando que parece moralmente superior?. No sería más pertinente recuperar la competitividad entre los chicos y compensar sus excesos promoviendo la cultura del “fair play” (http://www.sportmagister.com/noticia.asp?id_rep=734).
[4] Junto a otros factores como su mayor fuerza física o su desesperación, a veces acompañada de brotes de agresividad descontrolados, sobre todo cuando siente desamparo y ve hundirse su limitado anclaje emocional, verdadero talón de Aquiles del hombre actual y que exige urgentemente un programa de reeducación.

miércoles, enero 31, 2007

Cerebro de mujer, cerebro de hombre

Frente al empeño en negar el peso de la determinaciones biológicas ascociadas al sexo, se impone la evidencia: el cerebro de la mujer y el del hombre procesan la información de forma significativamente diferente, aunque no sepamos todavía calibrar con precisión el alcance de esa diferencia. Parece que hombres y mujeres tienen aptitudes especificas y rasgos conductuales diferenciados, sin que ello implique diferencias en los niveles de inteligencia global. En cualquier caso, la diferencia sexual parece algo menos construida y construible culturalmente de lo que se nos tiende a explicar. La plasticidad está más limitada de lo que se creía. Un tema, sin duda, molesto que se trataba con reservas y suma cautela en el EPS de El País...


Cerebro de mujer

¿Hay diferencias relevantes entre el cerebro de hombres y de mujeres? Y si las hay, ¿son las responsables de la menor promoción de las mujeres en el ámbito laboral o científico? El libro de una prestigiosa neuropsiquiatra norteamericana reabre el debate http://www.elpais.com/articulo/portada/Cerebro/mujer/elpepusoceps/20070128elpepspor_3/Tes
MÓNICA SALOMONE 28/01/2007 ELPAIS.com EPS

¿Hablar de diferencias entre los cerebros masculino y femenino? "¡Huy! Es un jardín muy complicado, te las dan de todas partes", advirtió un científico consultado para este texto. Así que mejor empezar con un chiste. Un señor con una esposa muy habladora lee en el periódico un estudio científico que asegura que las mujeres usan cada día unas 20.000 palabras, mientras que a ellos les bastan 7.000; el hombre enseña la noticia, feliz de poder demostrar que ella es un loro. "¿Lo ves?"."¿Y no será porque tenemos que repetir mucho lo que decimos?", dice ella. "¿Cómo?", responde él.

Las discusiones sobre los cerebros de ellos y ellas son tan viejas como el propio objeto del debate. Y es probable que un ingrediente clave haya sido la ciencia; no sólo para tratar de averiguar la verdad, sino como herramienta moldeada –a propósito o por error– para apuntalar posturas. La cita que sigue es de un trabajo de Gustave Le Bon publicado en 1879 en una prestigiosa revista antropológica francesa: "En las razas más inteligentes, como entre los parisienses, existe un gran número de mujeres cuyos cerebros son de un tamaño más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más desarrollados de los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede discutirla (…). Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres (…) reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana (…)".

La más reciente reedición del debate tuvo lugar en 2006 en Estados Unidos. Y probablemente está a punto de llegar a España con la publicación del libro El cerebro femenino. En Estados Unidos, esta obra de la neuropsiquiatra Louann Brizendine ha alimentado los últimos coletazos de una polémica iniciada meses atrás. Llegó en terreno abonado; su autora ha pasado por las más prestigiosas universidades, y está escrito para el público general para explicar "la nueva ciencia del cerebro que ha transformado el concepto sobre las diferencias básicas neurológicas entre hombres y mujeres", según Brizendine.

¿Prenderá la mecha en España? Bastaría con que algún académico de prestigio recogiera el testigo de Larry Summers, hoy ex rector de la Universidad de Harvard. Fueron las declaraciones de este economista en enero de 2005 las que iniciaron la tormenta. Summers sugirió que la causa de que haya muchos más hombres que mujeres en puestos científicos de primera fila se debía más a una menor aptitud innata femenina que a la discriminación.

"Al parecer, en una gran variedad de características humanas –altura, peso, tendencia a la criminalidad, coeficiente intelectual global, aptitudes matemáticas, aptitudes científicas– hay indicios relativamente claros (…) de que hay diferencias en la desviación estándar y la variabilidad entre la población masculina y femenina. Y esto es cierto para cualidades que es improbable que estén determinadas por la cultura". Según Summers, habría más hombres que mujeres excepcionalmente brillantes.

La discusión se ha estructurado en dos macrotemas.

  • Uno: ¿hay diferencias en el cerebro de hombres y mujeres?
  • Y dos: ¿tienen estas diferencias la culpa, al menos en parte, de que pocas mujeres ocupen puestos altos en la ciencia?

Hay muchas subpreguntas.

  • De haber diferencias, ¿son innatas?,
  • ¿son ellos mejores en matemáticas y ellas en lengua?,
  • ¿prefieren ellos los camiones y ellas las muñecas?,
  • ¿se dejan ellas llevar más por las emociones y ellos por la razón?
En algunas respuestas hay consenso.

Hoy nadie niega las diferencias. Un cambio importante respecto a décadas atrás, cuando el paradigma era el cerebro unisex. Son, además, diferencias que se traducen en comportamiento.

En un trabajo de 2002, Melissa Hines mide las preferencias de machos y hembras por los juguetes masculinos (balón y coche), los femeninos (muñeca y sartén) y los neutros (perro de peluche y libro de colores).

Ellos pasan casi el doble de tiempo que ellas con el coche y la pelota, y viceversa (apenas hay diferencias en los juguetes neutros). ¿Será por la socialización? Imposible: quienes juegan son monos.

Ahora bien, admitir que hay diferencias no significa que éstas afecten a todas las aptitudes humanas, que sean enormes ni que puedan aplicarse a alguien en concreto. Hasta los pro-Summers admiten que son muy pequeñas, en áreas específicas y siempre estadísticas; es decir, que no permiten sacar conclusiones sobre Juan o María. A pesar de Summers –que no es neurocientífico–, hoy está claro que no hay diferencias en la inteligencia general.

En cambio, sobre las demás cuestiones sí hay científicos dispuestos a discutir. ¿Por qué no se hacen estudios imparciales que zanjen esto de una vez? Uno de los motivos es que, como explica Alberto Ferrús, codirector del Instituto Cajal de neurociencias, del CSIC, "no es algo en que se puede investigar fácilmente, por motivos obvios". La investigación ha avanzado mucho, pero sigue siendo imposible administrar hormonas –es un decir– a una persona para ver cómo le cambia el cerebro.

Tampoco es fácil estudiar su producto, esto es, la psicología y el comportamiento. Hines afirma en su libro Brain gender: "Medir las diferencias entre sexos en características psicológicas es más difícil que medir diferencias de altura entre sexos (…). Muchas características psicológicas no pueden ser vistas directamente. Además, todos usamos la misma regla para medir la altura, pero a veces no hay acuerdo general sobre los instrumentos (…) para medir diferencias psicológicas o de comportamiento entre sexos".

Para rizar el rizo, entran en juego los estereotipos: en esta área "los individuos tienen sus propias opiniones acerca de las diferencias entre sexos", prosigue Hines. Casi nadie opina vehementemente sobre el papel de una proteína, pero casi nadie deja de opinar –vehementemente– sobre los roles de hombres y mujeres. Otro error frecuente es la tendencia a publicar estudios que revelan diferencias, pero no los que muestran semejanzas.
Pero volvamos al huracán Summers.

Tras sus declaraciones se formaron bandos, con fichajes estrella. Steven Pinker, psicólogo de la Universidad de Harvard, defendió en un debate con su colega Elisabeth Spelke la misma tesis de su entonces rector: "Creo que [las diferencias entre sexos] son relevantes para el desequilibrio entre géneros en los departamentos de élite de ciencia dura. Hay diferencias sólidas en las medias de cada sexo en lo que se refiere a prioridades en la vida, en mostrar interés por las personas en vez de por las cosas, en la búsqueda del riesgo. Y [hay evidencias] de que estas diferencias no se deben del todo a la socialización". Spelke replicó: "Las principales fuerzas [tras el desequilibrio entre sexos en la ciencia] son factores sociales. No digo que hombres y mujeres seamos iguales en todo, ni siquiera que tenemos idénticos perfiles cognitivos. Digo que si sumas aquello en lo que mujeres y hombres somos buenos, no hay ventaja a favor de ellos".

Afirma Spelke que no es posible hoy saber si las diferencias innatas desempeñan un papel: los efectos sociales tapan cualquier otro factor. Y explica un experimento. Se envía a un grupo de profesores dos currículos de candidatos a plazas vacantes. Uno es brillante; el otro, también, pero no tanto. Para la mitad de los evaluadores, ambos aspirantes son chicas; para la otra mitad, chicos. ¿Qué pasa? Al primer individuo le cogen enseguida, da igual si es Pepe o Marisa. Pero ¿y el segundo currículo? El 70% de quienes evaluaban al chico le contrataban; el porcentaje bajaba al 45% cuando el nombre era de chica. Con currículos idénticos, Pepe hubiera entrado; Marisa, no.

Es un tipo de discriminación que conoce bien Ben A. Barres, neurobiólogo en Stanford y autor de una durísima crítica a Summers, Pinker y otros de su bando en la revista Nature. Antes de cambiar su género, hace 10 años, Ben Barres era Barbara. "Poco después de cambiar de sexo, a un miembro de la Facultad se le oyó decir: ‘Ben Barres ha dado un seminario estupendo; claro, su trabajo es mejor que el de su hermana". Y eso que Barres asegura ser muy consciente de las diferencias entre sexos: cuando empezó a tomar testosterona, sus habilidades espaciales mejoraron y dejó de poder llorar fácilmente. Él también cita trabajos que muestran que "las mujeres que optan a proyectos de investigación necesitan ser 2,5 veces más productivas que los hombres para ser consideradas igual de competentes".

A Barres y Spelke no les faltan pruebas. La bióloga Nancy Hopkins, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), descubrió que en su propio centro había discriminación de género en cuanto a la asignación de espacio para investigar –el MIT reconoció el problema oficialmente–. En un trabajo con 220 mujeres publicado en Science se demuestra que los resultados de ellas en matemáticas empeoran si se les recuerda la idea "las mujeres son peores en matemáticas". Los autores dijeron a los medios: "A menudo se ven artículos con simplificaciones burdas, especialmente sobre explicaciones genéticas (…). Estos artículos tienen el potencial de minar la motivación de las personas. Si creo que mis genes determinan mi peso, ¿me esforzaré por mantener mi dieta y hacer ejercicio?".

En éstas estábamos cuando apareció el libro de Brizendine. La autora, directora de una clínica especializada en hormonas femeninas, defiende una tesis central: ellas están especialmente preparadas para

  • la comunicación,
  • la empatía,
  • la percepción de las emociones;

ellos, en cambio, lo están para

  • la acción –las emociones "disparan en ellos menos sensaciones viscerales y más pensamiento racional", escribe–.

Sobre Summers afirma que "tenía y no tenía razón. Sabemos hoy que cuando los chicos y las chicas llegan a la adolescencia no hay diferencia en sus aptitudes matemáticas y científicas. En este punto [Summers] se equivocaba. Pero en cuanto el estrógeno inunda el cerebro femenino, las mujeres empiezan a concentrarse en sus emociones y en la comunicación: hablar y citarse con sus amigas (…)". Ellos, en la adolescencia "se vuelven menos comunicativos y se obsesionan por lograr hazañas".

La obra ha sido superventas en Estados Unidos, pero varios científicos han puesto serias pegas. La autora ha tenido que admitir que algunos datos de la primera edición de El cerebro femenino no son correctos. En concreto, los relativos al lenguaje. Según Brizendine, ellas usan al día unas 20.000 palabras (y hablan el doble de rápido), y ellos, 7.000. Mark Liberman, especialista en fonética en la Universidad de Pensilvania, buscó las fuentes de tal afirmación "y simplemente no las encontré". Sí halló, en cambio, varios trabajos que muestran que no hay diferencia alguna en aptitud lingüística. Brizendine aceptó la crítica y eliminó las cifras de ediciones posteriores. No obstante, Liberman –autor de un blog donde aparece el chiste del principio– teme que acabe siendo otro caso de desequilibrio informativo que ayuda a fortalecer un tópico: decenas de titulares han recogido el 20.000 vs 7.000 de Brizendine, pero no su rectificación.