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martes, noviembre 25, 2008

Motivos para la esperanza: presentación de “L’escola contra el món” de Gregorio Luri


Desde hace días hago pesquisas para encontrar el nuevo libro de Gregorio Luri: L’escola contra el món, pero todavía no lo he conseguido. El viernes pasado lo intenté de nuevo en Laie sin éxito, pero a cambio acabé llevándome otro libro suyo, la Guía para no entender a Sócrates (2004), en el que sigo enfrascado, y en perspectiva tengo su obra anterior El Proceso de Sócrates (1998). Pero creo que voy a interrumpir estas lecturas para dar prioridad a su ensayo sobre la educación, que por fin ya ha sido presentado, según refiere con unánime aplauso la prensa de hoy.


Inicio por tanto un “período Luri”, que a tenor de lo hasta ahora leído y escuchado, espero que dure. Mi primer contacto con el autor fueron sus artículos en LA VANGUARDIA (enlace artículos), que me sorprendieron por la contundencia y libertad con la que abordaba temas tabú en el ámbito educativo como son la autoridad, la disciplina o las prácticas educativas buenistas y pseudoprogres. Una visita suya a este blog me permitió descubrir El café de Ocata, el más activo lugar de encuentro e intercambio de opiniones que conozco en la red, gestionado en tiempo real por el titular de una bitácora. Siempre me ha asombrado la calidad de sus contenidos y la educada y obsequiosa deferencia que emplea con todos sus visitantes.


Y ahora llega este libro, que viene precedido de un tsunami mediático sorprendente(radio televisión, prensa diaria, revistas, bitácoras, etc), máxime si reparamos en su contenido, que -según lo anunciado- no es nada complaciente con las inercias de nuestro sistema educativo, ni con las políticas hasta ahora seguidas, por más que su tono sea amable y positivo.


Pero ahí no acaba la cosa. El libro se adelanta a la presentación de un manifiesto impulsado por Esade-URL y la sociedad civil catalana, en el que Gregorio Luri ha participado decisivamente y que postula “valores como la calidad, la exigencia, el esfuerzo, el rigor o la equidad”.


¡Gracias a Gregorio por su acierto y empeño, y mi apoyo desde ya a ese manifiesto!. Espero estar en su presentación el próximo día 4 de diciembre y reiterar mi respaldo.


En cuanto al libro, confío en que este alegato en favor de “otra pedagogía” tenga el máximo eco y haga audible e inteligible el clamor de muchos que postulamos otro modo de entender la enseñanza, y queremos recuperar algunos de los viejos tesoros que se han tirado por la borda.


No se trata de volver al pasado, ni de menospreciar ninguna innovación valiosa. No se trata de eludir ningún reto. No se trata de defensas corporativas. De lo que se trata es de situar la mirada en algo que casi todos eluden: los principios pedagógicos vigentes, los que cimientan nuestra práctica educativa cotidiana. Son raros los pedagogos que los cuestionan sin tapujos y Gregorio Luri es uno de ellos. Quizás sea tarde ya, pero estaría bien que nuestros máximos responsables educativos se permitieran revisarlos, leyendo y releyendo a Luri. Sería un medida prudente antes de concluir la última aventura legislativa en el terreno educativo, porque... ¿cabe hablar de evaluar el sistema educativo si sus principios pedagógicos son intocables?.


Pensando en la futura LEC, me pregunto: ¿con qué ánimos se espera que la asumamos los profesionales de la educación, si vamos a ser evaluados según principios pedagógicos que muchos consideramos inadecuados?. Si el sistema falla de manera alarmante, habría que empezar evaluando los principios que lo sustentan y no a los profesionales que los siguen. A mi juicio, esta es la razón más poderosa del malestar docente que ha suscitado la LEC.


Pero, todavía hay motivos de esperanza. Gregorio Luri ha sabido vehicular su mensaje y confío en que se trate sólo del inicio de una poderosa onda expansiva.


Con sorpresa leo que a la presentación acudió el conseller Maragall -todo un gesto- y que, además, se mostró encantado con el libro. Quizás si el conseller insistiera en esa línea, algunos reduciríamos nuestra desconfianza hacia la LEC.


Espero ansioso leer esta obra y de momento abro boca con algunos aperitivos:





Radio:

En El Cafè de la República, amb Joan Barril




“L’escola contra el món”

Fuente: REVISTA DE LETRAS

Por Diego Giménez | Entrevistas | 17.11.08

Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona y Premio Extraordinario de Doctorado, fue profesor de Filosofía en la UNED de Barcelona y en la Escuela Superior de Diseño de Sabadell. Coordinador del volumen La razón del mito (2000), es autor entre otros textos de El proceso de Sócrates (1998), Prometeos. Biografías de un mito (2001) y Guía para no entender a Sócrates (2004). El próximo lunes presenta L’escola contra el món, un libro en que Gregorio Luri se desmarca de los tópicos que alrededor del mundo de la educación.

¿Cómo emerge “L’escola contra el món”?

Me tuve que jubilar, por cuestiones de salud, el 1 de septiembre del curso pasado. Pocos días después recibí una carta del “conseller d’Educació” en la que me manifestaba su agradecimiento “por toda una vida profesional dedicada a hacer crecer a nuestros chicos y chicas en el pensamiento, en la reflexión, en el espíritu crítico y en la creatividad”. Al leerla me pregunté cómo sabía el Señor “Conseller” que yo no había sido un inepto. ¿Cómo podía saber si compartía su visión sobre mi trabajo? La carta me anunciaba también un regalo que recogí enseguida. Resultó ser un libro, titulado La educación en Cataluña. Salvador Cardús firmaba el último artículo afirmando que, respecto la escuela, “El malestar se va extendiendo”. ¿Hacía falta tomarse esto como una imputación? Reflexionando sobre estos temas tomó cuerpo el libro.

¿En qué momento se encuentra la educación hoy?

La carta del “Conseller” nos orienta. Me agradece que haya estimulado el crecimiento del pensamiento crítico, la reflexión y la creatividad de los jóvenes catalanes, pero no me explica por qué estos valores son más importantes que, por ejemplo, la lealtad, la disciplina y la responsabilidad, ni tampoco porqué no parece conceder ninguna importancia a los contenidos que haya podido impartir a lo largo de mi vida profesional. No parece importar si los alumnos que han estado bajo mi responsabilidad, cuando acaban la enseñanza obligatoria, son capaces de situar el Danubio o Moldavia en un mapa de Europa, si están capacitados para hacer cálculos mentales mínimamente complejos o si dominan algo más que un vocabulario de estricta subsistencia. Este desequilibrio define el estado actual de nuestra educación con precisión.

¿Cómo ha vivido el paso de la escuela moderna a la posmoderna?

En la escuela tradicional, con todos sus defectos, había una cosa clara: que “enseñar” era un verbo Transitivo. En la escuela posmoderna, lo realmente importante no parece ser que hay que saber, sino como fomentar la reflexión, el espíritu crítico y la creatividad del alumno, con lo cual la autonomía del aprendizaje se ha impuesto a la heteronomía de la enseñanza. Pero no está nada claro que la autonomía sin orientación pueda conducir a la adquisición de los conocimientos que un joven necesita para poder cursar sus estudios universitarios con una base de competencias lo suficientemente sólida. La confluencia de una concepción pedagógica basada en la centralidad de la autonomía del niño con las ideologías individualistas modernas y el fomento creciente del consumo ha propiciado la aparición de un “clientelismo” pedagógico por parte de unas familias que entienden que su relación con la escuela es similar a la que mantienen como clientes con las empresas de administración de servicios.

¿Estamos en tiempos de relativismo y escepticismo moral?

Sí, y por lo tanto, de desorientación. Para ser más libres hemos creído posible renunciar a la dictadura de los criterios orientadores. Incluso se alaba la liquidez como un principio positivo y se sospecha del arraigo (y de las convicciones) como una rémora que nos incapacita para la constante adaptación a no se sabe bien qué.

¿Se ha perdido la autoridad del maestro o profesor?

Se ha convertido en uno de los dogmas de la pedagogía (post) moderna la tesis de que el alumno debe ser el centro de la actividad pedagógica. Es una tesis discutible. En una auténtica relación pedagógica el centro nunca está ocupado por el alumno, sino por la autoridad del maestro, capaz de ganarse la atención de la clase y de organizar la relación del alumno con los contenidos de aprendizaje. Tal es así que si el maestro no tiene autoridad, difícilmente hay aprendizaje. Evidentemente estoy hablando de autoridad, no de arbitrariedad o de fuerza. La autoridad docente es la capacidad del maestro para hacer presente el conocimiento relevante y facilitar su asimilación por parte del alumno. Si la escuela tiene convicciones sobre lo bueno y lo malo, por muy partidario que sea dejar que el niño se exprese, no valorará de la misma manera todas las manifestaciones de su espontaneidad. Estimulará algunas y en reprimirá otros. Ningún maestro digno de este nombre permitiría la libre expresión de las capacidades del niño para la mentira, la hipocresía o la violencia. La autoridad del maestro se encuentra en el centro siempre que el maestro tenga convicciones. Donde no hay autoridad, normalmente lo que falta son convicciones.

¿Qué es la educación de la responsabilidad y de la frustración?

Dice Homer Simpson que “si cuesta mucho hacer algo es que no vale la pena hacerlo”. Reconozco que soy un ferviente seguidor de los “Simpson”, pero no me gustaría mucho que Homer fuera el maestro de mis hijos. Educar a un niño cuesta mucho, y a veces nos sentimos desorientados, pero los padres que quieren a su hijo no lo abandonan a su propia impulsividad, porque en este caso sería incapaz de conquistar la postura vertical o de hablar una lengua. Tal vez una cultura a gatas que se exprese a gritos sería una cultura magnífica, pero por ahora no me veo capaz de renunciar a mis prejuicios a favor de la verticalidad y del lenguaje articulado. Reprimir los caprichos injustificados de los niños no les hace más infelices. Y en cambio la falta de normas y de límites infranqueables los empuja a ser caprichosos e intratables. La incapacidad para hacer frente a pequeños conflictos anuncia la incapacidad para hacer frente a conflictos graves, por la misma razón que aplaudir la “trastada” de un hijo mal educado significa reforzar su falta de urbanidad. Tampoco podemos pretender argumentar siempre nuestras decisiones o poner a votación todas las normas de la casa. No todo se puede argumentar. Los argumentos no les hacen ni frío ni calor a los chantajistas emocionales y dictadores con pantalones cortos. La norma estricta e incuestionable también tiene mucho sentido, especialmente cuando es respetada de forma ejemplar por los mismos padres. Convencer a un adolescente pletórico de energía que no siempre sabe lo que es mejor para él, y que a veces tiene que reprimir sus impulsos y sacrificar su satisfacción inmediata en interés de su futuro, no es fácil. Pero pretender hacer crecer los hijos en un mundo ficticio sin conflictos donde su ingenuidad no se vea expuesta a la complejidad de la vida no es una prueba del amor de los padres, sino de sus miedos. Me parece que fue Beckett quien se propuso como ideal de vida “fracasar, volver a fracasar y, después, fracasar mejor”. Yo no formularía mi ideal de esta manera, pero reconozco mi simpatía por el filósofo Diógenes, que a veces se pasaba largos ratos discurseando con las estatuas de Atenas para “ejercitarse en fracasar”. No es que el fracaso me parezca especialmente atractivo, pero, ya que es un compañero de viaje, vale más aprender a tener allí tratos sin muchas gesticulaciones. Los méritos de una persona no se miden únicamente por sus éxitos, sino también por su capacidad de levantarse cuando cae. A esto me refiero cuando defiendo la necesidad de educar en la frustración.

¿Cuál es el papel de las nuevas tecnologías en la educación?

Lo primero que hay que tener claro es que la escuela ya no está en condiciones de decidir si acoge o no las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías forman parte de nuestra vida cotidiana y han venido para quedarse. La escuela debe aprender, en todo caso, mantener una relación natural con ellas, lo que no es fácil, por diferentes razones. En primer lugar porque ponen herramientas de un potencial extraordinario en manos de personas muy diversas. El profesor creativo hace maravillas, mientras que el falto de creatividad se siente cada vez más medido por el potencial tecnológico. En segundo lugar porque los adultos hemos tenido que emigrar a un mundo digital habitado por unos nativos que son nuestros hijos. Esto implica que a veces un alumno está más capacitado que su maestro para hacer uso de las nuevas tecnologías. En tercer lugar porque la inmensa (y creciente) cantidad de información que las tecnologías de la información nos hacen accesible, nos sitúa ante la imposibilidad de la selección crítica de los contenidos, por lo que o bien nos dedicamos a movernos al azar (que es lo que hacen muchos internautas) o confiamos en filtros, es decir, en instituciones serias que me puedan orientar. En un futuro próximo el ignorante será aquel que no pueda confiar en ningún experto que le pueda filtrar la información relevante. Aquí se encuentra un reto inmenso para la escuela. En cuarto lugar aparece un elemento psicológico muy importante. Parece que los jóvenes que han crecido con las nuevas tecnologías (los nativos del mundo digital) han desarrollado un tipo de atención específica, muy abierta, que es capaz de atender a diferentes experiencias hora (ver la tele, hablar por el móvil, Jugar con la consola, escuchar música, etc), pero tienen muchas dificultades para mantener la concentración sostenida en una única actividad. Como la herramienta fundamento de la educación de la atención sostenida es la lectura, el texto se presenta cada vez más como un complemento imprescindible del hipertexto.

¿Qué se debe pedir a los alumnos?

Confianza en los padres y los maestros

¿Qué se debe pedir a los padres?

Confianza en ellos mismos

¿Qué se debe pedir a los profesores?

Exactamente lo mismo que a los padres.

¿Qué encontrará el lector en “L’escola contra el món”?

La preposición «contra» del título puede tener diferentes sentidos, que son los que intento poner de manifiesto en el libro. La escuela puede posicionarse contra el mundo cuando ignora la realidad y se muestra incapaz de proporcionar las herramientas indispensables para la competición social que hay en la calle; cuando educa a los alumnos en unos valores que ponen en cuestión tanto el esfuerzo como la jerarquía y la selección, cuando hay un desacuerdo grave entre lo que se enseña en las aulas y lo que la sociedad pide. Se sitúa contra el mundo cuando no se atreve a aspirar de verdad a la excelencia y desconfía de la meritocracia; cuando vive pendiente de unos discursos que hace tiempo que han dejado de tener eco social o cuando confunde la pedagogía con una terapia contra los males de la vida humana, sin darse cuenta que una vida sin frustraciones va en contra de ella misma. La escuela se posiciona también contra su comunidad cuando confunde al alumno con un cliente y el conocimiento con el entretenimiento. Para cumplir fielmente su misión, es posible que la escuela tenga que navegar a menudo contracorriente. No hay que dejarse arrastrar por aquellas psicologías y filosofías que hacen de la frivolidad un principio y menospreciar el rigor, el esfuerzo y la educación del carácter.



En El senyor Boix http://blogs.ccrtvi.com/elsenyorboix

...I ja que avui és dilluns, per superar aquest xic de mandra que sempre dóna tornar a l'escola, fixeu-vos com ataca l'escola i l'ensenyament actual el professor de filosofia Gregorio Luri a aquesta recent entrevista, donada amb motiu de l'edició del seu nou llibre L'escola contra el món (La Campana, 2008).



Ahir diumenge, Gregorio Luri també va participar al debat titulat Què li cal a l'educació? que publicava el suplement «A més a més», del diari Avui, i el qual jo volia enllaçar aquí; però el suplement d'ahir no es trobarà disponible al web del diari fins d'aquí a uns dies.
Al seu llibre, Gregorio Luri anuncia «la fi del projecte pedagògic de l'escola republicana francesa i del model de societat que aquesta volia contribuir a crear (en la que la instrucció pública, la ciutadania i la república formaven un tot)», i denuncia que la decadència de l'ensenyament i de l'escola ha estat provocada, entre altres coses, per «la desaparició de l'esforç personal de l'alumne i la seva substitució per didàctiques de l'interès» i per «la renúncia progressiva a la redacció de textos complexos i a la seva exposició oral, la progressiva introducció de pràctiques de "debat", que reforcen el costum de l'alumne de blindar-se darrere de la seva opinió; o el dogma que el paper fonamental de l'escola és el foment de l'autonomia de l'individu». Així que bon dilluns també de col·legi, amigues i amics!




El filòsof Gregorio Luri fa una demolidora revisió crítica dels pilars ideològics i les bones intencions en què se sosté l'escola catalana
Fuente: http://paper.avui.cat/article//cultura//146634/sense/formules.html

Sense fórmules

Ignasi Aragay
A l'assaig 'L'escola contra el món' el mestre Gregorio Luri advoca per recuperar l'autoritat dels mestres i el valor de la feina de l'alumne

A l'assaig 'L'escola contra el món' el mestre Gregorio Luri advoca per recuperar l'autoritat dels mestres i el valor de la feina de l'alumne
CRISTINA FORÉS

Ni pública ni privada, ni laica ni religiosa, ni elitista ni popular, sinó tot el contrari. Un altre assaig -sí, un més, però no un qualsevol- busca sortides per a l'atzucac educatiu català. Les busca sense fórmules màgiques. És obra del navarrès establert a Catalunya Gregorio Luri, filòsof i professor jubilat. Als 40 anys Luri es va fer un regal: no pensar amb fórmules, i d'aquell magnífic present en surt ara el llibre L'escola contra el món (La Campana), un text on proclama que "l'optimisme és possible" sense renunciar a la crítica dels pilars ideològics i les bones intencions que encara avui sostenen i condicionen l'escola catalana.

El llibre va ser presentat ahir a la premsa en un acte al qual, per sorpresa, s'hi va presentar el conseller d'Ensenyament, Ernest Maragall, que es va mostrar entusiasmat amb les tesis de Luri, tot i que aquest últim no deixa d'ironitzar sobre la carta de serveis prestats que el conseller li va enviar per la seva jubilació: "M'agraeix que hagi estimulat el creixement del pensament crític, la reflexió i la creativitat dels nois catalans, però no m'explica per què aquests valors són més importants que, per exemple, la lleialtat, la disciplina i la responsabilitat; ni tampoc per què no sembla concedir cap importància als continguts que hagi pogut impartir al llarg de la meva vida professional".

Bé, en tot cas, Maragall ahir combregava amb la minirevolució que proposa Luri. I en la mateixa línia va situar-se el sociòleg Salvador Cardús, director de la col·lecció d'assaig Obertures que acull l'obra, i el filòsof Xavier Antich, per qui es tracta d'un assaig "imprescindible".

L'escola contra el món parteix de la idea que en lloc de seguir parlant de creativitat, llibertat, espontaneïtat, plaer, igualtat, multiculturalisme, innovació i laïcitat s'ha de fer de coneixements, autoritat, silenci, esforç, elitisme democràtic, identitat, tradició i, si es vol un autèntic pluralisme, també de religió -"Caldria explicar amb arguments per què algunes idees, per exemple el laïcisme, són més públiques que les creences religioses"-. El canvi de paradigma, doncs, és més que notable.

D'un extrem a l'altre

Si històricament l'escola autoritària i memorialística va donar com a reacció un ensenyament per a la felicitat, amb la utopia del Maig del 68 com a música de fons i el nen al centre de totes les mirades, Luri proposa ara fer autocrítica i una certa marxa enrere que permeti a l'escola exercir amb garanties el seu rol de mitjancera entre la família i la societat, cosa que vol dir, al seu parer, anar a la contra de moltes coses: de l'acceleració, del consumisme, de l'opinionitis, del candor moral, del peterpanisme, de la sobreprotecció...

Segons Luri, si una cosa tenen en comú tots els sistemes que funcionen, de Finlàndia a Singapur, passant per Corea del sud, Flandes i Baviera, és haver recuperat la confiança en el mestre i haver triat els millors com a mestres. I a partir d'aquí, crear un cercle social virtuós.


Un alegato en favor de la pedagogía

Gregorio Luri combate la visión negativa de la educación en ´L´escola contra el món´ | "Ni el sarcasmo ni el catastrofismo conducen a ninguna parte", señaló el filósofo Xavier Antich

M. Beltran LA VANGUARDIA 25/11/2008

El optimismo no sólo es posible, sino que es el primer deber moral de un educador". Esta es una de las muchas conclusiones a las que se llega con la lectura de L´escola contra el món (Ed. La Campana), del filósofo y profesor Gregorio Luri, donde de forma amena desmenuza los problemas de la escuela para concluir que "los milagros, en pedagogía, existen".



Luri conoce el terreno y con el profundo saber que le da su condición de profesor recién jubilado - desde el curso pasado-desmenuza con inteligencia, no exenta de sentido del humor, la evolución del sistema educativo y la situación de la escuela. Con un lenguaje sencillo desenmascara tópicos; como dijo Cardús, "serena los ánimos y predispone a la acción", siempre lejos del catastrofismo. Y es que "ni el sarcasmo ni el catastrofismo conducen a ninguna parte", señaló Antich, a la vez que propuso que, en contra del cinismo que inunda buena parte de los libros que se escriben sobre educación, "hay que tomar nota y ver qué podemos hacer, cada uno desde su responsabilidad", para que las cosas en la escuela sean diferentes de lo que son.

Todo el texto de Luri rezuma amor a la escuela, y es, por tanto, un libro que la defiende, así como la profesión de docente. Muestra una "confianza en la escuela", aseveró Antich. El autor demuestra ser buen conocedor del funcionamiento del sistema educativo de otros países, aquellos que suelen aparecer en los informes como los mejor situados en cuanto a los resultados académicos del alumnado. La revisión le sirve para romper algunos tópicos, como el hecho de que cuanta más inversión, mejor educación, y también para ratificar aspectos conocidos pero no suficientemente valorados como el papel central del profesorado.

En sus inicios, según confesó el autor, el libro tenía un tono crítico hacia la Administración, pero a medida que el autor fue escribiéndolo - proceso que le costó lo suyo porque utilizaba un estilo excesivamente filosófico-comprobó que "en Catalunya se da una nueva situación que permite criticar determinados dogmas y tratar ciertas cuestiones con normalidad, sin tener que justificar la bondad de nuestro discurso", explicó Luri. El miedo a criticar las "buenas intenciones", que se supone que han guiado gran parte de las decisiones de la Administración en el ámbito educativo, desaparece, porque "ahora sabemos que una buena intención sin sentido común puede hacer mucho daño".

El autor quiso dejar claro que antes de criticar a la escuela catalana "debemos ser conscientes de hasta qué punto está sometida a unas urgencias muy distintas de las de otros países, y que nuestra realidad es muy compleja". En su opinión, y así concluye el libro; "El optimismo es posible; es factible recuperar la confianza de la escuela en ella misma, lo cual es indisociable de la recuperación de la confianza de la sociedad en sí misma".

MÁS INFORMACIÓN
Luri, uno de los expertos que han trabajado en la elaboración de los documentos previos al manifiesto que lidera Esade, presentó ayer el libro junto a otro de los especialistas que han estado en la cocina del manifiesto de la sociedad civil en favor de la educación, el también filósofo Xavier Antich. La editora Isabel Martí y el sociólogo Salvador Cardús, director de la colección Obertures 23, de la que forma parte el libro de Luri, desbrozaron el camino del presentador y del autor con un optimismo digno del libro. No en vano, La Campana celebra sus 300 títulos con L´escola contra el món.


Los male/os de la enseñanza -

19/03/2007 La-Vanguardia.-GREGORIO-LURI-


Teníamos un problema: el sistema educativo estaba haciendo aguas. Ahora tenemos un diagnóstico: la culpa es de los profesores, que no están bien formados. La terapia no puede estar más clara: formación para los formadores.

Quien diga que el profesorado no ha cambiado, o habla con mala fe o es un completo ignorante

Si Victor Hugo levantara la cabeza, no hay duda de que lo haría para asentir. Nadie ha tenido más confianza que él en los poderes taumatúrgicos de la escuela. Sus fórmulas forman parte del subconsciente colectivo de muchas personas bien intencionadas: "Una escuela que se abre es una cárcel que se cierra", decía, o, con otras palabras, "cuando el pueblo sepa leer, entonces será honrado".

Pero la verdad es que el pueblo ha alcanzado la plena escolarización hasta los 16 años y no sólo seguimos abriendo cárceles sino que seguimos lamentándonos de que sigan existiendo los matones de patio de escuela. Pero los dogmas son dogmas porque son intocables y el de la confianza en la enseñanza como terapia para los males del hombre es el dogma por excelencia de la Ilustración. ¡Y a ver quién no va a querer ser ilustrado!

El razonamiento, por tanto, no puede ser más sencillo: (1) Si la cultura nos hace sujetos libres, responsables, educados, participativos, etcétera, y (2) si los resultados escolares no se corresponden con nuestras buenas intenciones, (3) la culpa no puede ser de nuestras buenas intenciones. Así que (4) la responsabilidad hay que buscarla en los gestores de las buenas intenciones de la sociedad ilustrada. Y es aquí donde nos encontramos con la perplejidad docente.

El resto de variables es intocable. El elector, ni tocarlo; los programas están libres de culpa, porque si con algo hemos experimentado es con ellos; la Administración demuestra su inocencia con sus gráficos de incremento del esfuerzo inversor. Así que sólo queda una alternativa: el profesorado es responsable (por acción o por omisión) de su perplejidad postilustrada, por no haber sabido readaptarse a las nuevas demandas sociales renovando su "formación en habilidades sociales y psicología". Así que reformemos la formación del profesorado, y todo solucionado. Claro que, por otra parte, todo puede mejorarse si los implicados en su gestión mejoran: la sanidad, la judicatura, los servicios de recogida de basuras, etcétera. Hasta el amor sería más seguro si nos amásemos con más fidelidad y el trabajo sería más alegre si trabajásemos con más alegría. El que no es utópico es porque no quiere, porque la Ilustración está al alcance de todos.

Pero quien diga que el profesorado no ha cambiado en los últimos años o habla con mala fe o es un completo ignorante. La verdad constatable es que nunca se han dedicado más horas en los centros a las reuniones, a las evaluaciones e incluso a las preevaluaciones. La escuela es un hervidero de programaciones (horizontales, verticales y transversales), de proyectos (estratégicos, tutoriales, docentes), reglamentos, etcétera, etcétera. Nunca han hablado más los docentes entre sí sobre la acción docente. Ni nunca han hablado más con los padres, con los alumnos, con los ayuntamientos. Nunca ha habido más psicólogos, más pedagogos, más mediadores, más asistentes sociales en los centros. Nunca se ha dedicado más atención a la diversidad, a la integración, a la mediación. Nunca ha habido tampoco más incentivos para la formación continua del profesorado.

En la escuela se hacen tantas cosas que hasta parece legítimo dudar de que la instrucción continúe siendo su razón de ser. El riesgo no es que falten profesores bien formados, sino que falten, simple y llanamente, profesores.

G. LURI, filósofo y pedagogo

¿El juego es el destino?. ¿Hay que entronizar la ludopedagogía electrónica en la escuela?



Dibujo de LUIS F. SANZ
Dibujo de LUIS F. SANZ

El jueves pasado se publicó en el EL PAÍS un documentado reportaje titulado El videojuego es parte de mi escuela en el que se abogaba por entronizar en las aulas el ocio electrónico con todos los honores y de una vez por todas.


Por unos instantes recordé aquel instituto en el que los alumnos ocupaban sus horas de refuerzo escolar jugando a los marcianitos de la página de “minijuegos”. Me habían destinado allí y me correspondía “acompañar” al profesor responsable de aquella hora “lectiva”, que aún no había llegado. Escandalizado les dije que quitaran esa página y que no les dejaba consultar más que el “edu3.com” o similares. Se quedaron perplejos porque esa hora siempre la dedicaban a jugar con consentimiento de los demás profesores, extremo que según pude comprobar ¡era cierto! Cuando llegó finalmente el profesor titular deduje (mi compañero era buena persona pero hablaba poco) que el rol que se esperaba de mi era equivalente al de un segurata de salón recreativo: mi papel parecía limitarse a evitar que no entrara nadie indeseable y a mitigar los conflictos entre los alumnos mientras jugaban. Aunque mi formación incluía el CAP, infinidad de cursillos e incluso bastantes años en la dirección de centros, debo confesar que me sentí poco competente en aquel cometido. Pero, en fin, un ambicioso plan de autonomía de centro, bendecido por la administración, les había llevado alumbrar esta innovadora estrategia y yo tenía que adaptarme al rol asignado.


Al parecer, la propuesta de EL PAÍS es de momento más clásica, porque sigue anclada en la idea de que aún hay contenidos que enseñar. La novedad estaría en el nuevo lenguaje con el se vehiculan los contenidos de siempre (por ejemplo la historia de Roma o los enigmas de la sexualidad) y en los valores específicos que según la Fundación MacArthur, esta metodología comporta y que se podrían sintetizar en la expresión “colaboración y mezcla”, aunque por su importancia merezcan un análisis más detallado. Véase para ello el siguiente cuadro:


El alumno del siglo XXI

- La Fundación MacArthur encargó un estudio sobre cómo debería ser la educación en el siglo XXI. Son valores que el actual sistema no puede dar sin los medios digitales.

1. Jugar: experimentar con lo que nos circunda.

2. Actuar: adoptar identidades diferentes.

3. Simulación: interpretar y construir modelos dinámicos del mundo real.

4. Apropiación: asumir una idea y reconvertirla en material multimedia.

5. Multitarea: rastrear el entorno y cambiar de objetivo si se necesita.

6. Conocimiento distributivo: interactuar con herramientas para distribuir nuestro saber.

7. Inteligencia colectiva: reunir información y compararla con otros para un objetivo común.

8. Sentido común: evaluar la credibilidad de las diferentes fuentes.

9. Transmediática: seguir las corrientes de historias e informaciones a través de múltiples modalidades.

10. Conexión: buscar, sintetizar y distribuir.

11.Negociación: moverse entre la diversidad de grupos, respetando perspectivas múltiples.


En mi antiguo instituto (no conseguí “adaptarme”), sin embargo, ya hacía tiempo que habían iniciado estas estrategias y consiguieron superar esta etapa. Conscientes de que los juegos con contenidos específicamente educativos no funcionan porque "cuanto más nos centramos en el elemento educativo del juego, más disminuye la motivación del alumnado (lo dice el danés Egenfeldt, según explica el reportaje de EL PAÍS), allí decidieron optar sin complejos por fomentar los juegos a la carta de la página de minijuegos, y no amargar así a los alumnos con cargantes mensajes educativos. Al fin y al cabo y como dice Egenfeldt, “un buen juego siempre es un buen juego educativo", y quién va decidir mejor que es un buen juego sino el propio alumno, máxime si como todos sabemos “el profesorado no se acaba de reciclar, ni adaptar a las nuevas tecnologías". Además quién puede negar que en un aula en la que los alumnos se organizan espontáneamente sin las intereferencias autoritarias, están ejercitando los 11 valores postulados por la Fundación MacArthur.


Sin embargo, el reportaje de EL PAÍS, incapaz de llegar hasta el final de la apuesta pedagógica que defiende, se enreda con consideraciones arcaizantes y sigue citando a quienes hablan de la importancia de no dejar solo al alumno, “porque necesita el feed back constante del profesor” (Egenfeldt) . Mi antiguo instituto era más coherente y supo entrever que el mejor profesor es el que se invisibiliza y evapora, porque su presencia por definición siempre está asociada a la obediencia, a la jerarquía y a la disciplina... y obstaculiza por tanto el cambio.


De hecho, según Henry Jenkins, encargado por la Fundación MacArthur de realizar el retrato-robot del alumno del siglo XXI, afirma que “las mayores oportunidades para este cambio en el aprendizaje no se encuentran actualmente en el sistema educativo, sino fuera de él, en programas extraescolares y en las comunidades de aprendizaje informal.” En las escuelas, quizás lo que deberíamos hacer –esto lo añado yo- es enseñarles cuanto antes a dominar la oferta de ocio electrónico ofertada por el mercado para que puedan desarrollar esas competencias compendiadas por la Fundación MacArthur…

"Las escuelas –afirma Jenkins- deben dedicar más atención a fomentar lo que nosotros llamamos la alfabetización digital: un grupo de habilidades que los jóvenes necesitan en el horizonte multimedia que les rodea".


Hay que dejar atrás ese prejuicio tan profesoral de utilizar los juegos como “medio para” captar la atención del alumno y llevarlos a nuestro terreno. No hay destino al que conducirlos: el juego es el destino. No hemos de pervertir las potencialidades del juego subordinándolas a un propósito espurio como es embutir contenidos y calificarlos. “Para eso, ya sirve el sistema tradicional”, dice Aranda, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.


Si queremos que nuestro alumnado se adapte al mundo en el que vivimos le conviene el nuevo perfil siglo XXI de la Fundación MacArthur, y para ello nada mejor que los videojuegos. “Son insustituibles, imprescindibles” afirma rotundo Aranda, porque nos enseñan “dónde encontrar el material, cómo distribuirlo, discutir en grupo, simular, negociar, resolver problemas sobre la marcha…”. E incluso nos permiten recuperar una cultura de la autoevaluación -menos humillante e invasiva que la evaluación jerárquica-, basada en una constante acción-reacción, en una sucesión permanente de premios-castigos que actúa como estimulo para el autoaprendizaje (de nuevo Egenfeldt).


Por tanto, si hay un analfabetismo que urge combatir es el audiovisual, como afirma la AUC (Asociación de Usuarios de la Comunicación), que reclama ya la asignatura de “cultura audiovisual” en la ESO y el Bachillerato para iniciar esta revolución.


Huelga decir cuán poco entusiasmo me suscitan estos cantos a la ludopedagogía electrónica, que a mi juicio no hacen más que acercarnos al abismo, porque invitan a añadir a la escuela otra nueva práctica que la contradice y difumina y ya hay muchas de este tipo (la capacidad de carga hace tiempo que se superó). Como se sugiere en el mismo reportaje, el final lógico de esta deriva sería promover definitivamente la extinción de la escuela y sustituirla por el aprendizaje informal y autogestionado, o lo que es lo mismo dejar que sea el mercado quien eduque sin cortapisas a nuestros hijos. Sin embargo, hay poderosas razones para defender la institución escolar si seguimos creyendo que todavía hay un legado que preservar y ciertas actitudes y capacidades que los juegos electrónicos no ayudan a desarrollar (ya saben: la herencia valiosa del pasado, la capacidad de aplazar las recompensas, el cultivo de la memoria, la capacidad de abstracción, cálculo, lectoescritura, valores densos, aprendizajes profundos, etc.)


De hecho, sabemos ya que los jóvenes que han crecido haciendo uso habitual de los juegos y dispositivos electrónicos, bautizados como multitask generation (generación multitarea) aunque parecen mejorar capacidad de aprendizaje con las nuevas tecnologías, lo cierto es que éste se revela genralemnte como muy superficial (Mara Dierssen del Centre de Regulació Genòmica (CRG) de Barcelona). Russell Poldrack en la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA) mostró como los cambios en los mecanismos de aprendizaje “alteran el funcionamiento normal del cerebro y pueden hacer perder eficacia a largo plazo, aunque en un principio se tenga la sensación de ser más productivos en nuestra capacidad de trabajo”. En la misma línea se pronuncia un estudio del británico Joint Information Systems Committee (JISC), elaborado por un equipo de la University College London, que concluye que mientras que estos jóvenes son capaces de localizar información, pero no de analizarla de forma crítica. Algunos la llaman también generación Google, pero la podríamos denominar igualmente generación play sation,o messenger, o youtube. "Es cierto que los jóvenes han mejorado su capacidad de procesamiento secuencial. Tardan menos en concentrarse cuando cambian de tarea. Pero también se ha reducido su capacidad de adquirir conocimiento", admite Dierssen sobre los cambios que son palpables en esta generación y que apuntan la futura evolución del cerebro en esa dirección. El clamor de muchos docentes es que estos jóvenes ludopedagogizados son más dispersos y menos eficientes. “Están como narcotizados por la tecnología: la play sation, el messenger, youtube..”


(ver http://chicosymasculinidades.blogspot.com/2008/08/generacin-multitarea-ms-dispersos-menos.html)


Quizás convenga recordar lo que nos contaba Zygmunt Bauman en los Debats d’Educació también las semana pasada. Decía Bauman que si hay una brecha que separa a las nuevas generaciones de las anteriores es la que ha introducido la red, porque marca el final de un mundo en el que todavía tenían sentido la tradición, la autoridad, los viejos de la tribu, los vínculos, el compromiso a largo plazo, y en definitiva, un modelo de humanidad que las personas desarrollaban formándose y cultivándose con tesón y esfuerzo.


En cambio, el recién nacido mundo online en el que se han criado ya nuestros retoños ha arrasado esos esquemas y principios y ha dejado “fuera de línea” el mundo anterior. Siempre ha habido malos entendidos intergeneracionales pero esta vez el salto ha sido tan descomunal y las experiencias vividas por jóvenes y adultos tan diferentes, que resulta muy difícil tender puentes. En el nuevo mundo online, en lugar de personas a las que formar y cultivar, lo que hay son clientes a los que seducir; en lugar de un modelo sólido de ser humano lo que hay es una oferta inacabable de nuevas vivencias e identidades con las que experimentar; en lugar de una biografía coherente, lo que se vislumbra es un itinerario cambiante con breves anclajes en infinidad de puertos y una sucesión apresurada y extenuante de nuevos comienzos.


En este nuevo mundo en el que la gratificación precede al esfuerzo, el planteamiento opuesto parece haber quedado obsoleto. En este nuevo mundo, manda la tecla “delete” del ordenador que te permite borrar de forma mágica aquello que te ha dejado de gustar –una tarea, una relación, un compromiso-, convertida así en la gran metáfora de nuestra nueva condición, propensa a volatilizar cualquier vínculo estable, cualquier forma de permanencia. En este nuevo mundo sin vínculos sólidos, ni vida verdaderamente comunitaria, el individuo acumula relaciones pero sabe que ninguna es duradera y se siente sólo con la carga de su existencia, interiorizando la idea de que los conflictos que padece son sólo su problema personal.


Sí, es verdad, este nuevo mundo disgregado es muy difícil de asumir por los educadores, pero la solución no pasa por abandonarnos a su inercia y diluirnos en el magma de la red o en los catálogos de videojuegos, sino, bien al contrario, en defender nuestros cometidos y nuestros territorios específicos y saberlos proteger de intromisiones desnaturalizadoras. Si hay una vida decente que promover, la escuela sigue teniendo sentido.



lunes, octubre 20, 2008

Victoria Camps y la "consistencia" en educación

La funcionaria Victoria Camps (de la Universidad Autónoma de Barcelona) acaba de publicar un valioso opúsculo titulado Creer en la educación, donde tiene el valor de decir de forma amena, concisa y desacomplejada las obviedades mil veces repetidas por los objetores de nuestro régimen educativo, que tantas energías nos consume. Es algo que puede permitirse sin irritar ni causar escándalo por su incuestionable condición de socialista, feminista y de brillante defensora de las virtudes públicas. Una buena noticia, sin duda, porque parece que eso de hablar “sin complejos” en educación se había convertido en seña de identidad de los neocon, mientras la izquierda oficial había quedado fijada en el angelismo pedagógico y en las demagogias de la corrección política.


Pues bien, Victoria Camps se despacha a gusto desmontando con una solvencia y agilidad sorprendente los mitos y tópicos “progresistas” que han empantanado el mundo de la educación en las últimas décadas.


Para empezar arremete nada menos que contra la permisividad parental, el oscurecimiento de la figura del padre y la matriarcalización de la familia que ha conducido al binomio “padre confuso y madre segura” (“sin la autoridad del padre, que ha dejado de existir como tal, y sin la madre que la pueda suplir, el resultado es que los hijos están condenados a permanecer en el útero el máximo tiempo posible” p. 38).


Frente a la sesentayochista “obsesión por romper barreras y eliminar prohibiciones” y defender el espontaneísmo, reivindica los buenos modales y el gobierno de la emociones, algo inviable sin represión, normas y sanciones.


Siguiendo a Burjau y su Elogio de la cortesía abomina del compadreo y postula aprender a mantener las distancias, respetar el espacio del prójimo y permitir reconducir las emociones y los sentimientos.Frente a los malestares de la cultura, reivindica la cortesía y la buena educación que nos permite superar la animalidad.


Critica la confusión creada por haber abierto de par en par las puertas de la escuela a un batiburrillo de abstrusas teorías pedagógicas acompañadas de sus correspondientes órdenes y preceptos administrativos, que nos han llevado a olvidar que “la formación de la persona siempre ha sido un asunto más práctico que teórico” (p. 56), y que han extendido la sensación de que la educación es una responsabilidad y asunto de expertos, cuando “la responsabilidad primaria y fundamental es de los padres”, que nunca pueden abdicar, porque son insustituibles.


Pero Victoria Camps también se rebela contra la tentación del fatalismo y la impotencia. Frente a los que como Sánchez Ferlosio consideran imposible luchar contra la fuerza del grupo de edad o “el imponente poder determinante del mercado”, defiende la posibilidad de los educadores de actuar e ir a la contra, porque eso es lo que ha hecho siempre la verdadera educación: “actuar contra corriente, contra una corriente dominante siempre propicia a corromper y a desviar definitivamente la condición humana” (p. 62). “Es absurdo –y sobre todo cómodo- demonizar el mercado, la publicidad, la televisión, internet o los videojuegos y dejar de actuar” (p.63).


Para empezar, reclama volver a convertir la “formación del carácter y del gusto” en uno de los pilares de la tarea educativa (p.66): “creo que el problema de la televisión y de la adicción a las pantallas … es el hecho de que naturalizan lo que no es natural, sino una construcción cultural y humana. Naturalizan la violencia, el sexo, el lenguaje obsceno, la perversidad humana y el consumo excesivo y descontrolado. … Los niños no saben distinguir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto y lo que es peligros de lo que no lo es.. (66-67).


Hemos fomentado la liberación de la presión social y lo normativo sin reparar en que sin nada que ponga freno a los impulsos lo que sale a la luz es la violencia trivial, gratuita (“naturalizada”). Por eso más que nunca conviene subrayar la responsabilidad de la familia y de la escuela son en el ámbito de la formación del carácter y del gusto. Los regalos desmesurados, el consumo descontrolado de televisión e internet, repletos de contenidos de mala calidad, reflejan una abdicación que explica el perfil de esta generación zapping: la inconstancia, la escasa capacidad de sorpren­derse, la exigencia de resultados rápidos, la incapaci­dad para involucrarse en actividades largas, la faci­lidad para aburrirse y cansarse de cualquier ego (p. 73).


Si se abdica de esta responsabilidad, quien educa es la mano invisible del mercado cuyo único interés es crear consumidores. Las ofertas del mercado para incentivar continuamente el deseo y alentar el “fascismo de la posesión inmediata” (Rafael Argullol), la pasión por tenerlo todo aquí y ahora, el comprar cosas sin descanso, que se impone como la única estrategia visible de aplacar el tedio vital. Frente a esa deriva, Camps invoca la contención y el autodominio, únicas bases posibles de la buena educación y del anhelo de felicidad duradera. Frente a la satisfacción pasiva de caprichos –sepulcro del deseo- los adultos deberían enseñar a los jóvenes a obtener lo que anhelan con su esfuerzo y a disfrutar de lo conseguido (la felicidad de los estoicos).


Pero la pedagogía "progre" ha sustituido el esfuerzo por la motivación (“motivar, finalmente, no quiere decir nada más que facilitar el trabajo o reducirlo, condescender a la falta de estímulo y sucumbir a la mediocridad”, p 100) favoreciendo un individuo que tiende a “inhibirse de si mismo” (presentismo, velocidad, drogas, alcohol, distanciamiento, discontinuidad, olvido... según Bauman). Se ha puesto demasiado énfasis en los valores finalistas (pacifismo, tolerancia ecología, salud, lealtad...) olvidando que si se prescinde de los valores instrumentales que los hacen posibles, (esfuerzo, constancia, responsabilidad, compromiso, participación, abnegación, aceptación del límite, autodominio, trabajo bien hecho...) aquellos se quedan en mera retórica vacía (Javier Elzo, p.103).


Frente a los estilos parentales sobreproteccionistas o meramente coexistencialistas, caracterizados por su alergia a decir “no” y por el abandono de los niños a sus inercias espontáneas, se ha practicar una educación basada en el sentido del límite, el ejemplo y los modelos de comportamiento y, en definitiva, en la creación de esos valores instrumentales o, dicho de otro modo, de esas actitudes y disposiciones que desde Aristóteles llamamos virtudes y que contituyen el eje del comportamiento moral y de la formación del carácter de la persona.



Para reforzar su argumentación, Victoria Camps cita con frecuencia a Neil Postman y su libro La desaparición de la niñez, donde se afirma que la imprenta comportó la alfabetización progresiva de la población y creó la noción de infancia como etapa asociada desde entonces al aprendizaje de la lectura, vía por la que el niño conquistaba la condición de adulto. Ser un buen lector implicaba “un fuerte sentido de la individualidad, la capacidad de pensar lógica y secuencialmente, la capacidad de distanciarse de los símbolos, la de manipular métodos de abstracción eminentes, la de postergar la satisfacción” (Postman), “leer implica silencio, regulación, contemplación, es decir, disciplina y vencer los impulsos más espontáneos” (p. 107). Pero el imperio de la televisión (la sustitución del homo sapiens por el homo videns, en palabras de Sartori) ha sustituido ese universo reflexivo por imágenes y anécdotas de accesibilidad universal, arruinando la distinción entre adultos y niños.


“Con la televisión todo está a la vista, los filtros no existen, ...la vergüenza se diluye y desmitifica, el sentido del pudor desaparece”, ... la “vergüenza de ir desnudo, de la sexualidad, de la violencia, de la poca decencia” (p. 108).


Pero, perdido aquel orden intelectual jerárquico entre los que saben y los que no saben, entre los buenos y los malos modales, entre adultos y niños, nada avala el ejercicio de la autoridad. Inmersos en este desconcierto, la solución no pasa por rodearnos de expertos y especialistas para ocultar nuestras negligencias, sino en educar de verdad en los valores más básicos y necesarios.


Sin embargo, la tendencia a evadir las responsabilidades educativas se impone en las familias: “las reglas están mal vistas, al igual que los castigos... todo se negocia”, “una tarea inagotable que agota al más paciente”. Y “la educación subrogada” es lo más común: se abandona todo en manos de la escuela, de canguros, de tutores, profesores particulares... Aunque lo peor no eso, sino que no se trata de una auténtica subrogación: los padres, que han convertido a sus hijos en reyes y ahora etán más formados, no dejan a sus hijos en manos de los prefesores confiadamente, sino con recelo, cuestionándolos si no obtienen los resultados apetecidos.



El problema se ha agravado, porque la propia escuela tampoco ha sabido preservar su especifica misión, diferente y distanciada de la familia. “Ha habido demasiada condescendencia hacia la camaradería, la tendencia a gustar y a ser simpático, cuando de lo que se trataba es de enseñar: enseñar nuevos conocimientos y enseñar a convivir. Lo único que ha conseguido la nueva educación ha sido acortar la distancia imprescindible entre educador y educando, entre el profesor y el alumno, una distancia mayor por descontado, que la que debe darse entre padres e hijos” (p. 120) .


Ir a la escuela -afirma Victoria Camps. debería significar dejar atrás el ambiente familiar y entrar en un ambiente diferente donde el objetivo no es entretener, ni jugar, sino adquirir habilidades y conocimientos, además de aprender a convivir. Eso significa ejercitar la memoria, el esfuerzo individual, hábitos de estudio, y la represión sin paliativos de los comportamientos violentos, y contrarestar la cultura del fast-thinking (espectáculo y diversión constante, información superficial y fragmentada, etc.) con auténticos conocimientos.


Al fin y la cabo -y cómo recordó Hannah Arendt en su lúcido texto “La crisis de la educación”-, la verdadera educación debe servir para “conservar los valores y las costumbres que no querríamos que desapareciesen de nuestro mundo” (p. 121). Y semejante cometido sólo podrá llevarse a término si se asume que la escuela es un espacio más impersonal que el de la familia, donde podrá haber un contacto personal parecido pero no igual al familiar, porque “precisamente porque la escuela es un ámbito más anónimo, tiene más fácil poder introducir un orden, unos hábitos y unas reglas más inflexibles que las familiares” (p. 125). Es interesante la clara toma de posición de Victoria Camps en este extremo tan poco acorde con los vientos que soplan: “conviene que los padres acepten la impersonalidad de la escuela, que no se entrometan en exceso y donde no deben y dejen la iniciativa a los que sabe, que son los profesores” (p. 125).


Se trata, en definitiva, de enseñar a ser libre, autónomo, a pensar y decidir por uno mismo y con buen criterio. Y conquistar esa libertad significa aprender a sujetarse a reglas (el propio lenguaje humano –nuestra característica humana más específica es un comportamiento sujeto a reglas, como señaló Wittgenstein), desarrollar una conciencia moral (Piaget, Kohlberg) que nos sensibilice ante la posibilidad de dañar con nuestras acciones al prójimo y que nos guíe en la elección de la mejor manera de vivir.


De hecho, educar significa “inculcar criterios para saber escoger”, pero nuestra sociedad “se ha preocupado más de crecer económicamente que de orientar a la juventud y dar pautas de conducta y finalidades constructivas y duraderas, no efímeras” (p. 140). No nos debe extrañar por tanto la proliferación de hijos “tiranos” (“el síndrome del emperador” según expresión de Vicente Garrido) caracterizados por su insensibilidad emocional, ausencia de miedo al castigo, y por la aspiración permanente a conseguir todo lo que desean de forma inmediata. Es el resultado de la renuncia a la formación del carácter, una carencia que no puede suplirse con las farmacopeas de urgencia de los libros de autoayuda y que se traduce en incapacidad para otorgar reconocimiento al que actúa de un modo valioso u ocupa una posición de autoridad, e incluso para algo tan básico como “tratar al otro como te gustaría ser tratado”, con independencia de su mérito o posición (respeto de reciprocidad).


“Ha disminuido considerablemente el sentimiento de que las reglas deben cumplirse, gusten o no. Cuando no se aprende a respetar al superior que impone las reglas es lógico que tampoco estas merezcan ningún tipo de consideración y se piense que es normal y lógico, incluso y divertido y gracioso, transgredirlas”. (p.153).


El proceso de igualación y la ausencia de restricciones ha llegado tan lejos que los padres han acabado convertidos en esclavos de sus hijos. Y “si no nos es posible mantener a cada cual en su sitio ¿Cuál será la base del respeto? Si les otorgamos a todos el mismo estatus y el mismo prestigio ¿por qué vamos a tener que respetar a nadie?.” (p. 151).


No nos extrañe que en semejante contexto, el educador haya dejado de tener autoridad para convertirse en un asesor. El problema es que asesorar no es la función primordial que debe asumir un docente. “El niño necesita el referente de quien posee la autoridad y, cuando esta falla, se queda sin criterio para escoger los modelos adecuados”. Urge reintroducir la pedagogía del respeto y “enseñar a respetar es enseñar a no hacer todo aquello que significa menospercio o indiferencia hacia los otros” (p. 156). “No es aceptable que todo lo que está relacionado con la disciplina, el esfuerzo personal y la obediencia al educador sea una cuestión discrecional sobre a la que nadie le apetece pronunciarse claramente” (p. 171).



Esta situación se ha visto agravada por la errónea interpretación de lo que significa equidad en educación por parte del progresismo y que ha llevado a obligar a estudiar a todos lo mismo hasta los 16 años, tanto a los que quieren estudiar como a los que no, llevados del falso prejuicio de que una educación más “diversificada” sería contraria a la igualdad de oportunidades (p. 167). Camps es contundente: “es más discriminatorio obligar a un alumno que suspende curso tras curso a continuar yendo a unas clases por las que no tiene ningún tipo de interés, que dejarle iniciar una formación diferente que le permita después incorporarse la mercado laboral como carpintero o como informático y no como mano de obra barata porque le faltará la formación requerida (p. 169). Camps añade citando a Lacroix: “se ha abandonado el ritual de distribución de premios. En las aulas reina un clima tiránicamente igualitario. La excelencia, el esfuerzo y el talento ya no son demasiado apreciados” (p. 179).


La autora lanza también una dura carga de profundidad contra otro de los fetiches de la cultura dominante: el culto de las emociones. La obsesión por lo sentimientos -de regusto romántico- lo ha invadido todo en detrimento de la objetividad y de la inteligencia racional y reflexiva, que exigen esfuerzo, constancia y, por tanto, control de la emotividad. Ahora consideramos desaconsejable el control de las emociones y optamos por que la persona “aprenda a conocerse y a sacar el máximo partido de su afectividad en lugar de dominarla”. Se trata de una manifestación más del apogeo del culto al yo, del individualismo irrestricto que bajo el grito de “¡liberad vuestras emociones!” nos ha acabado conduciendo a la búsqueda incesante de las emociones intensas (emociones-choque): miedo, cólera, asco, agitación, excitación, furor (exhibiciones de violencia, sangre a borbotones, sexo degradante, conductas repulsivas, abolición de cualquier límite y prohibición) en lugar de las emociones contemplativas (el recogimiento y la admiración por las cosas nobles y valiosas) asociadas a la razón.


Esta explosión de irracionalismo arranca de Nietzsche y de Freud, que dedicaron todo su esfuerzo a desacreditar a la razón moderna e ilustrada. Contaminados por su influencia se ha asumido sin crítica que el pensamiento occidental se forjó a favor de la razón y en contra del sentimiento. Pero no es cierto: “ no hay ningún filósofo de la moral que no haya tenido en cuenta que el ser humano es sentimiento y no sólo razón”. Camps invoca a los estoicos, a Spinoza, a Adam Smith, a Hume, a Tocqueville, etc, pero sobre todo recurre a Aristóteles y a su teoría de las pasiones (Retórica), que nos invita a conocerlas, entenderlas, y a emplear recetas para usarlas correctamente bajo el criterio del “término medio” (lo que implica autocontrol de los propios sentimientos) y la guía de la razón. Por cierto, señala Camps, si aplicamos esos criterios descubriremos el déficit actual de “emociones positivas” como la vergüenza constructiva (turbación por un fallo cometido), la indignación (desagrado por lo que no está bien), el miedo justificado (causado por la presencia o inminencia de un mal) y la compasión (“sentirse responsable frente a otro que lo pasa mal” en palabras de Levinas). Convendría –añade Camps- recuperar también un término que parece desfasado: la disciplina: “ser disciplinado significa haber asumido una cierta austeridad con uno mismo y los demás. Quiere decir estar emocionalmente educado” (p. 190).



Y para concluir, Camps nos habla del valor del ejemplo. Dar buen ejemplo y dedicar tiempo a la educación son las dos únicas receta para afrontar una educación responsable. Eso implica saber qué es lo mejor y lo peor y cooperar entre todos. Sin embargo, eso no ocurre: “es flagrante la incoherencia que existe entre demanda que la sociedad hace los padres de que sean guía de una moralidad y corrección para sus hijos y el bombardeo de mensajes que llegan a los hogares en sentido contrario” (p. 201)


Recordando a Richard Rorty (y su obra La educación entre la socialización y la individualización), Camps sintetiza en una frase una de las principales líneas argumentales de este libro: “educar es socializar con el fin de que una persona acabe siendo un individuo autónomo y factor de su propia vida” (p.201). Una idea que los conservadores no entienden, aferrados a verdades del pasado que no pueden ser cuestionadas; pero tampoco los progresistas, que no creen en verdades y entienden la educación sólo como la realización del yo auténtico –encarnación de la libertad para ellos-, contemplando cualquier contenido como una imposición que constriñe el yo.

Su "educación en la nada" olvida que la socialización debe preceder a la individualización y que sin constricciones no es posible educar para la libertad.


Camps concluye apelando a recuperar la fe en la educación. Si abdicamos, nuestros hijos quedarán atrapados por la tiranía del mercado y las inercias de la pensamiento postmoderno dominante: débil, relativista, destructor inmisericorde con el pasado, pero incapaz de arriesgar ideas constructivas de futuro. La solución pasa por un cambio de perspectiva y de interpretación de lo que sucede. Educar siempre es enseñar alguna cosa como dijo Hannah Arendt y, en ese sentido, el escepticismo y el relativismo son malos aliados.


Entre esos contenidos urge enseñar a superar el consumismo para el que nos socializa el mercado, haciendo ver que la alegría y el bienestar pueden venir de uno mismo y no de las cosas externas. Urge enseñar el valor del respeto, que exige el gobierno de las emociones, y mostrar que libertad no se ha de confundir con “sálvese quien pueda” o “cada cual a lo suyo” sino como la posibilidad de caminar hacia el bien (dejemos de aplaudir a los transgresores, frecuentes estrellas de los dibujos animados y de tantas series). Y urge cultivar el valor de la igualdad que pasa por inculcar sentimientos solidarios y de buena convivencia y por evitar los sistemas educativos duales.

Hasta aquí mi compactado y prolijo resumen de esta obra de la que, en coherencia con lo que he escrito en este blog hasta ahora, sólo me cabe declararme un adepto entusiasta. La claridad de ideas de que hace gala Victoria Camps espero que actúe como revulsivo de quienes siguen atenazados por las ortodoxias progresistas y ayude a transitar por otros senderos menos tortuosos que los actuales.

Si se sige convertiendo la educación en una misión extenuante y casi imposible, como está ocurriendo ahora, difícilmente los educadores podremos ilusionarnos con nuestro trabajo. La educación ha perdido consistencia (solidez, estabilidad, trabazón entre sus elementos) y para recuperarla deberíamos seguir el camino sugerido por Victoria Camps . Pero no nos engañemos, eso implica un poderoso golpe de timón al rumbo de la educación actual, algo que no es previsible que se produzca hasta que el deterioro sea mucho mayor. Nuestras administraciones educativas siguen prisioneras de la pedagogía progresista y creen que el fracaso de los resultados que obtienen se deben a la incompetencia de los profesores, que se resisten a ajustarse a los principios de su fe pedagógica. La nueva ley de Educación catalana va en esa dirección. Quizás con un profesorado más precarizado –“menos” funcionario- y doblegado a las direcciones piensan que se resolverá el problema. Ya hay experiencias: la semana pasada me hablaban de un centro del Vallès que consigue ¡un 99% de graduados en secundaria!, hoy por hoy el único referente de excelencia educativa que realmente importa a las administraciones públicas (la administración catalana condiciona las ayudas para los proyectos de autonomía de centros al porcentaje de graduados). Ignoro qué conoce sobre estos pormenores Victoria Camps, pero me temo que poco, porque para sorpresa mía la he visto muy predispuesta a apoyar la futura Llei d'Educació y a cuestionar el papel de los funcionarios ("L'educació no necessita funcionaris"entrevista de Avui). Debería saber la Sra. Camps que si la debacle de la educación no ha siso mayor es gracias a la abnegación de muchos funcionarios resistentes que todavía creen en la educación que ella preconiza. Veremos que pasará cuando los políticos de turno puedan hacer y deshacer aún más en este terreno (la Llei d'Educació lo permitirá).


Pero yo, Sra. Camps –compañera en la función pública-, no abdico. Mientras el marco educativo siga mayoritariamente por los derroteros actuales, yo seguiré buscando espacios en las aulas para aplicar sus subversivas ideas e impulsando medidas posibilistas que permitan superar el régimen educativo actual. Espero su ayuda. Por favor, sea coherente y al menos no colabore con “el enemigo”. Le recuerdo que el Departament d’Educació no recomienda precisamente su libro, sino otro de la cuerda opuesta: el lacrimógeno Mal de escuela de Daniel Pennac.