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domingo, septiembre 30, 2007

EL YO-MARCA

Me parece un magnífico hallazgo la expresión "yo-marca" (¿debida a López Petit o a Renata Saleci -"ego S.A."-?) que utilizaba Amador Fernández Savater en su articulo Instrumentalización de lo íntimo en el nuevo periódico Público para denunciar una nueva forma de alienación, que consiste en presionarnos desde todas las instancias (moda, trabajo, medios de comunicación, publicidad, etc) para rediseñar nuestra psique íntima conforme a los dictados de otros que establecen lo que hemos de sentir y ser. "¿Cómo se interrumpe esa producción? ¿Cómo hace uno huelga de sí mismo, de su Yo-marca? ¿Y cómo se vinculan y se organizan las intimidades heridas?"

Lucía trabaja en un teléfono erótico, maneja muchas veces con sus clientes las mismas palabras que usa en la intimidad con su pareja y se sorprende bajoneada cuando no consigue calentarles. Daniel trabaja como teleoperador y está obligado a mentir a quienes llaman protestando por alguna incidencia: su ‘sonrisa telefónica’ se agrieta cada día que pasa, no sabe cuánto más podrá aguantar. Fátima es arquitecta, sufre terriblemente poniendo sus conocimientos al servicio de una construcción de ciudad sometida a la lógica del beneficio, pero adora su vocación y no quiere dedicarse a otra cosa. Julia trabaja en una galería de arte: su contrato fija 40 horas semanales, pero nunca debe de haber trabajado menos de 60. Nadie se lo ordena, simplemente es el tiempo que exigen los proyectos que gestiona, en los que se siente personalmente implicada. Martina vive de su imagen: no considera su belleza un don, sino el producto de un trabajo que exige mucha disciplina.

Todos esos ejemplos nos hablan de un nuevo tipo de alienación: la instrumentalización de lo íntimo; es decir, de nuestras inclinaciones más profundas, de lo que confiere sentido a nuestra vida.

¿Nueva alienación? ¿Acaso no siempre ha sido así desde que el capitalismo es mundo?
La alienación significó antaño la negación pura, simple y brutal de nuestra humanidad. “El trabajador debe ser una mezcla de orangután y robot”, decía Taylor, el inventor de la organización del trabajo que Charles Chaplin caricaturizara en Tiempos modernos. La humanidad se recuperaba fuera del trabajo, en la comunidad obrera, en la lucha política o en los espacios domésticos.


Hacia finales de los años 20, promover el consumo se volvió estratégico para atajar las crisis económicas y el avance del socialismo. El capitalismo empezó entonces a apoderarse de todo aquello que quedaba precisamente fuera del trabajo: cultura, espacios públicos, costumbres, sentimientos. Marcuse fue uno de los teóricos que radiografió más nítidamente la “integración generalizada en un sistema de necesidades dirigidas”. El hombre unidimensional que describió es un sujeto pasivo en el trabajo, pasivo en el tiempo libre (televisión, cine, turismo), convertido en cosa. La revolución mundial del 68 hizo saltar todo esto por los aires.

Hoy, cuando la cultura, la información, los servicios y la creación de ambientes son un motor económico absolutamente clave, ¿cómo se ha redefinido la alienación? El colectivo Tiqqun lo resume en una sola frase: ya no se nos dice “harás lo que quiero que hagas”, sino “serás lo que quiero que seas”. El trabajo ya no es un intercambio de tiempo por dinero, sino más bien de alma por dinero, cada uno convertido en “empresario de sí mismo, gestionando su Yo-marca” (Santiago López Petit). Un baile de máscaras en condiciones de precariedad, competencia de todos contra todos, inseguridad, invisibilidad, infantilización, jerarquía, control… El consumo ya no es un sistema de necesidades dirigidas autoritariamente desde arriba, sino la sofisticada construcción de personalidad que cualquiera puede contemplar en la publicidad. Lo que se nos oferta ya no es tanto un objeto, como una experiencia, un estilo de vida, una autenticidad. Ya lo decía The Clash: “I’m all lost in the supermarket/I can no longer shop happily/ I came in here for that special offer/ A guaranteed personality”. El supermercado abarca ahora la realidad entera.

Las máscaras que llevamos cambian velozmente, pero estamos obligados a llevarlas con el mismo ánimo: optimismo, positividad, felicidad, espíritu de equipo, disponibilidad al contacto instrumental, a la ruptura de todas las fidelidades y los lazos previos, permanente sexualidad sin sensualidad, etc.

El acicate es el miedo. Miedo a quedar fuera, a la desconexión, al agujero negro de la soledad y la miseria. Miedo, lo que es más grave, a regresar a nuestra propia piel porque eso nos exigiría ver el mundo desde un lugar demasiado vacilante para el Yo-marca. Así sentimos “la presión de la vida de ocupante en esta tierra extraña”, como canta La Polla Records.

La proliferación incontrolada de enfermedades del alma es a la vez síntoma y límite de esta instrumentalización que penetra todo mi ser: pánico, depresión, fobias, anorexia, ansiedad, etc. Todos estamos al borde de la catástrofe y del colapso, ricos y pobres. Podemos escuchar las grietas que se nos abren en la gestión del Yo-marca o acallarlas repitiéndonos, como el personaje de Annette Bening en American Beauty, que “para tener éxito, hay que proyectar una imagen de éxito…”, mientras te deshaces poco a poco por dentro.

Pero cuando el capitalismo instrumentaliza la intimidad, la intimidad se vuelve también el principio de la resistencia. Ya no la conciencia o la ideología, sino la intimidad que no se oculta sus grietas. La máscara se convierte entonces en un disfraz estratégico, la intimidad explotada se desdobla.

¿Y cómo se expresa políticamente el malestar ante la instrumentalización de lo íntimo? Olvidémonos de las respuestas-zombi en términos de izquierda o derecha, de progresistas o reaccionarios, de partidos o sindicatos. La lucha se vuelve más difícil porque el enemigo está en mi casa y yo estoy en la suya. Cuando trabajar quería decir “harás lo que yo quiero que hagas”, la huelga general respondía “no lo haré” deteniendo la producción. Pero cuando trabajar significa “serás lo que yo quiero que seas”, ¿cómo se interrumpe esa producción? ¿Cómo hace uno huelga de sí mismo, de su Yo-marca? ¿Y cómo se vinculan y se organizan las intimidades heridas? La única certeza que tenemos es que todo ello requiere otros lenguajes, otros tiempos, otras estéticas que no son las de la política (pero sí las de lo político).

Amador Fernández-Savater es co-director de la revista Archipiélago y de la editorial Acuarela.

jueves, agosto 30, 2007

Miedos hipotéticos de unos jóvenes aparentemente maduros.

La noche del lunes 16 de agosto la dediqué a pasear por Gracia. Pude disfrutar de algunos conciertos de jazz y de un ambiente festivo y sosegado. Me pareció incluso demasiado sosegado. Pero, cuando ya me retiraba, oí a lo lejos una música más animada. Provenía del tramo de la calle Córcega colindante con el Paseo de Gracia. Allí se habían congregado una multitud de jóvenes con edades que podían oscilar entre los 15 y los 25 para hablar, beber y moverse cobijados por ritmos electrónicos de intensidad variable. Una ocasión -me dije- de conocer de cerca la multiplicidad juvenil en un medio diferente al habitual.

Como no domino demasiado el catálogo de modas y tribus juveniles, me resulta difícil adscribir a corrientes o grupos específicos a los chicos y chicas que tuve entonces ante mis ojos. En general dominaba un eclecticismo mestizo de amplio espectro, aunque todos parecían participar de un estilo indolente y desinhibido, con toques de desdén y trascendentalismo. Desde luego no había ni skins, ni góticos, ni okupas, ni hiphoperos ni quillos, ni lolailos, ni garrulos, ni punks, ni tampoco pijos (casualmente una pareja pijilla cruzó por aquel enclave –él con camisa llamativa y ella con vestido largo y zapatos de aguja- y huyó despavorida). Pocos piercings y tatuajes. No olí ni a hachís, ni a marihuana. ¿Solidarios, indies, emos?. ¿Identidades palimpsesto?. Me pierdo.

Flotaba, eso sí, un halo posthippie de inconformismo forzado y hedonismo fatalista. Allí nadie reía, ni se permitía excesos disonantes, ni alardes de desmesura. Si alguno se decidía a exhibir su energía, lo hacía con precisión gimnástica. Aunque estuvieran muy cerca unos de otros, conseguían moverse sin rozarse, siguiendo órbitas independientes. Algunos, situados en la periferia, con su cerveza en la mano parecían indiferentes al resto y sólo alteraban ocasionalmente su estatismo con leves movimientos del tronco. Las miradas mezclaban desdén por el mundo y una lubricidad arrogante. Parecían marineros que han navegado por mil mares y que ya están de vuelta de todo.

Me costó detectar diferencias de género destacables. Entre los chicos, primaba el cuerpo moderadamente musculado y la desenvoltura artificiosa. Algunos exhibían ademanes de desidia y abandono que parecían muy estudiados. Era evidente que la puesta en escena estaba muy calculada. Entre las chicas me sorprendió la abundancia de rostros que exhibían muecas de acritud y sufrimiento aparente. Ignoraba que semejantes poses pudiesen resultar seductoras, pero así debía ser porque –cómo corresponde- el juego mutuo de seducción era obvio.

Me pregunto hasta qué punto lo que vi es representativo de un sector de la juventud actual. En cualquier caso, aquellos jóvenes eran reales y no respondían al patrón de conducta tópico.

Estos día estos leyendo simultáneamente Anatomia del miedo de J. A. Marina e Identidades inciertas: Zygmunt Bauman de Helena Béjar, Y no pude evitar formularme una pregunta: ¿a qué tendrán miedo estos jóvenes? . Aplicando el viejo principio contrafóbico y nada científico del “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, propongo como hipótesis los siguientes miedos:

1. Miedo a no ser nadie

Da la impresión de que la construcción de la propia identidad ha pasado a ser la empresa más absorbente de los adolescentes y jóvenes actuales. Es lógico porque si el hambre de identidad se ha convertido en un componente permanente de la vida de los adultos, que aparentemente ya la han conquistado, entre quienes aún pugnan por alcanzarla, el desasosiego por conseguirlo adquiera ahora tintes más dramáticos que nunca.

Con una estructura familiar más sólida, un entorno con rostros en los que encontrar reconocimiento, un futuro laboral plausible –además vinculable a las aspiraciones personales- y unos referentes conductuales más definidos, conquistar la propia identidad era una tarea asequible y requería menos esfuerzo, incluso aunque fuera por la vía de la rebeldía, ya que al menos el marco de referencia al menos no era confuso. Pero, el joven actual se encuentra con estructuras familiares debilitadas; un entorno que en lugar de sentimiento comunitario, destila indiferencia; un futuro que se augura caprichoso y mudable más allá de los propios esfuerzos y decisiones; y un presente sin contornos, absolutizador y omnirelativizante que alimenta sin cesar la ilusión de deseo e intensidad y el consumo ciego de instantes.

Navegar por este mar proceloso sin quedar ser absorbido y disuelto exige dotarse cuanto antes de una identidad. Pero es difícil construir una identidad sin una comunidad y un proyecto de futuro reconocibles, precisamente dos de las carencias que caracterizan nuestro presente. Además de ser posible actuar así supondría comprometerse, algo que choca abiertamente con principios y mandatos como los del relativismo y de la autonomía que los jóvenes la mayoría de nuestros jóvenes ya han introyectado.

¿Cómo adquirir entonces una identidad? La solución más rápida y socorrida es simularla. A falta de una comunidad real o de un proyecto verdaderamente compartido, existe una opción más asequible: disfrazarse, fingir y escenificar tener una identidad. No requiere siquiera la presencia de una comunidad tangible, basta que los demás la reconozcan, aunque sólo sea como una referencia virtual. Una identidad así no exige ni compromiso, ni exclusividad, y tolera fácilmente la sustitución, la mezcla, la superposición, la creación y la recreación identitaria.

Disponer de una “identidad de préstamo” o crear “identidades palimpsesto resulta fácil. Además permite resolver el problema cómodamente en el mercado, donde las identidades de catálogo cuentan con un abundante merchandising. “La identidad la podemos adquirir comprándola en el mercado como cualquier otro producto. No nos viene dada, como antes, por la familia, por la clase social… Construimos una identidad por aquello que consumimos, por aquello que vestimos…” comenta Joan Carrera Identidades para el siglo XXI, p. 11).

Pero estas identidades simulacro prefabricadas obviamente son débiles. Cómo señalaba Baudrillard, “…cada cual busca su look. Como ya no es posible definirse por la propia existencia, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen - ¡look, look! -. Ni siquiera es narcisismo sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la que cada cual se convierte en empresario de su propia apariencia.” “Ya no tenemos tiempo de buscarnos una identidad en los archivos, en una memoria, ni en un proyecto o un futuro. Necesitamos una memoria instantánea, una conexión inmediata, una especie de- identidad publicitaria que pueda comprobarse al momento. Así, lo que hoy se busca ya no es tanto la salud, que es un estado de equilibrio orgánico, como una expansión efímera, higiénica y publicitaria del cuerpo -mucho más una performance que un estado ideal-. En términos de moda y de apariencias, lo que se busca ya no es tanto la belleza o la seducción como el look.”
http://caosmosis.acracia.net/?p=668

El éxito de la identidad prefabricada radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa…Lo peligroso de todo disfraz es que es posible acabar por encontrarse en la complicada y ambigua posición del travestido. La metamorfosis en un ser del sexo contrario –o su imitación– es una de las más extendidas en la historia de la humanidad (la más básica pareja de opuestos). Se trata de esas mujeres con tacones altos y maquillajes exagerados, esos hombres con barbas y brazos inundados de tatuajes –sin duda calcomanías socorridas que mañana desaparecerán con agua –. Son las Marylyn’s y los marineros; no son hombres ni son mujeres, son la esencia de lo masculino y lo femenino, son lo narrativo del estereotipo. Sin embargo, el estereotipo es una categorización reducida a sus rasgos más grotescos, esto es, a una caricatura. De modo que ser estereotipado es vivir una “identidad” clausurada por la mirada generalizadora y etiquetadora del otro. Como dirá Sartre “el otro es una mirada de la cual soy objeto” y a través de ella logro mi objetividad. Nos vestimos al caer en la cuenta de que estamos presentes ante otros, que son ajenos a nuestra (propia) interioridad. Ante esa mirada del otro configuro mi exterioridad como expresión de lo que soy. Esto nos enriquece, porque añade a nuestro ser corporal nuevos significados que expresan la riqueza interior, dándole así a nuestra apariencia (externa) una gran profundidad. La constitución de nuestra identidad, como intento mostrar, tiene lugar desde la alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva –que otorga consistencia a mi ser –, que me convierte en espectáculo. Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas exigencias de la teatralidad de la vida social. Lo característico de la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad, y por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia…El éxito de la identidad prefabricada radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa –los valores en alza–. La moda, pues, no es sino un diseño utilitarista de la propia personalidad, sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia.

http://www.ucm.es/info/nomadas/11/avrocca2.htm

Desde el simulacro es difícil construir una identidad. Sólo la interiorización de la experiencia personal en interacción con los demás permite alumbrar auténticas identidades que hagan posible establecer relaciones verdaderas. Y como cita Marina: “un hombre vale lo que valen sus relaciones” (Maurice Merlau-Ponty).

2. Miedo a no resultar interesante

Asumiendo lo discutible de mis apreciaciones, esa noche creí detectar en aquellos jóvenes una verdadera obsesión por parecer interesantes.

Es lógica la preocupación por atraer y gustar entre los adolescentes que se inician en la seducción, pero el “parecer interesante” introduce un plus especial de sofisticación en ese juego. Se trata de despertar el interés del otro dejando apenas entrever cualidades ocultas, que el otro sólo podrá descubrir si se aproxima.

Y, ¿qué cualidades? En este punto, sí creí detectar estrategias de género diferentes.

Entre los chicos, sin duda, era importante aparentar sobre todo seguridad. Una seguridad que pareciese fruto de las destrezas desarrolladas tras una vida densa e intensa, más que de un fortalecimiento físico conseguido en el gimnasio.

Seidler (Masculinidades. Culturas globales y vidas íntimas, Montesinos, 2006, p. ) habla de la tendencia masculina actual a fortalecer el cuerpo cómo compensación a la inseguridad reinante y sin duda muchos chicos la secundan. Sin embargo, el trabajo que habían realizado aquellos muchachos era más sutil: habían logrado invisibilizar su vulnerabilidad interna y parecían creer sinceramente que disfrutaban de la autosuficiencia soñada. En el fondo, se trata de una opción parecida –aunque el autoengaño y fingimiento es mayor-, que implica también enajenarse de la fragilidad íntima, con el coste de "dejar de sentir lo que se siente" y de no concebir siquiera la posibilidad de pedir ayuda (y lógicamente también de ofrecerla). De este modo, aunque con máscaras renovadas, la masculinidad tradicional se perpetúa. Hoy como ayer, “los hombres aprenden a ocultar su vulnerabilidad, incluso a sí mismos. Pero si no pueden permitirse ser vulnerables, -pregunta Seidelr- ¿cómo pueden permitirse amar?.” (Seidler, p. 79).

Entre las chicas, como ya he dicho, dominaba un look sufriente que no parecía de origen reactivo inmediato, sino más bien derivado de una especie de toma de conciencia trascendental del mal del mundo. Quizás es lo que más me chocó, pero tiene sentido. De hecho, entre muchos colectivos juveniles parece bien visto que el disgusto con el presente impida sentirse y mostrarse feliz.

Pero, ¿porqué han de monopolizar las chicas la expresión emocional de esta desazón?. ¿Quizás porque sigue aún vigente el principio de género según el cual las mujeres para seducir han de mostrarse emocionales? Si es así, no cabe duda que mostrarse desdichado es una estrategia eficaz, porque invita a los chicos a romper el hielo e interesarse por ellas, máxime si ese sufrimiento retenido y macerado tiene raíces tan hondas. ¿Un modo más aceptable de legitimarse como objeto del deseo masculino?.


3. Miedo a mostrarse excesivamente interesado por nadie (o por nada)

Tuve la sensación de que todos -chicos y chicas- se miraban con frialdad calculada y siempre de soslayo, exhibiendo independencia y suficiencia. Una actitud –me dije- muy representativa de la “cultura de la evitación” (Gauchet, citado por Béjar) de nuestro momento histórico. ...Te necesito pero poco, por eso al mismo tiempo te evito. No quiero crearte expectativas excesivas, porque no quiero establecer contigo vínculos dependencia que acaben restringiendo mi autonomía. Pero te miro de reojo, porque si lo comprendes, quizás podamos entendernos y negociar nuestros intereses coyunturales.

Estaríamos en la línea de las “relaciones puras” invocadas por Giddens y que condenan la dependencia como una enfermedad. Béjar las glosa así: “En el universo de las relaciones puras, hay que se “flexible”, es decir aprender a independizarse, a desasirse del otro, tanto del amor que siento hacia él como – y sobretodo- del que él siente hacía mí, que se torna enseguida en una carga”.

El individuo necesita del otro para construir su identidad –experimento siempre inconcluso que requiere mantener siempre abiertas todas las opciones- , pero el otro es simultáneamente la máxima amenaza con sus probables expectativas de fidelidad y compromiso. Se instila la ilusión de que los otros pueden vivir en función de la propia autorrealización personal, que es lo que realmente importa.

Por eso, Esther Iborra tituló La generación del imposible Del porqué entablar y mantener relaciones resulta hoy tan complicado ( Ed. Espejo de Tinta, 2006, bitacora homónima http://lageneraciondelimposible.blogspot.com/) su estudio sobre las relaciones amorosas de nuestros jóvenes actuales. Al respecto comenta Béjar: “El resultado de esta ambivalencia entre la búsqueda permanente y el deseo de encuentro lleva a una identidad incompleta, caracterizada por la indefinición y la no-finalidad. Es más, la conciencia de esta ambivalencia es enervante y genera una angustia sin fin… Todo ello se traduce no en un crecimiento de la capacidad amatoria –de la inteligencia emocional , que se hace pasar, bastardamente, por la moderna virtú maquiaveliana- sino de la pérdida en las capacidades de socializad, de empatía, del sentimiento de solidaridad y, por supuesto, de la responsabilidad(p. 158-159).


4. Miedo a no parecer progre y liberado

Es difícil explicitar qué puede significar parecer progre entre los jóvenes actuales, pero voy a arriesgarme. Diría que parecer progre es mostrarse internamente libre de cualquier limitación y dependencia que coarte la afirmación libérrima de uno mismo y de cualquiera, y al mismo tiempo predispuesto a simpatizar con la causa de quienes denuncian la opresión o la discriminación. El correlato de tal postura es la exhibición de autenticidad, no en el sentido de La ética de la autenticidad de Taylor que implicaría la confrontación heterorreferencial, sino de espontáneo, de conectado al yo íntimo que se expresa sin restricciones, cargas, ni ataduras, conociéndose y siendo sincero con uno mismo. Se trata de aparentar una psique sanada y liberada. ¿Cabe pensar en mayor cadena?.

5. Miedo al ridículo

Ajustados a los patrones de conducta que he esbozado, nadie parecía salirse del guión, nadie se permitía ni ligerezas ni torpezas, nadie parecía inadecuado. El problema es que actuando lo único que se consigue es que –como señala Marina- el «yo social» -la imagen que los otros nos devuelven- usurpe el terreno del «yo íntimo».

Para superar los miedos, Marina propone los siguientes consejos:

1. Distingue los miedos amigos de los enemigos
2. Tu no eres tu miedo
3. Declara la guerra a los miedos enemigos que invaden tu intimidad
4. Conoce a las estrategias de tus enemigos y cuáles son tus aliados
5. No puedes colaborar con el enemigo
6. Fortalécete
7. Háblate como si fueses tu entrenador
8. debilita a tu enemigo
9. Busca buenos aliados


sábado, diciembre 23, 2006

Identidades de préstamo


Cuanto mayor es la ausencia de referentes significativos que ayuden a vertebrar y enriquecer la personalidad en el entorno inmediato, mayor es la dependencia de las identidades de diseño. Las hay de todo tipo. Pero, se suelen escoger las que más fácilmente permiten dar rienda suelta a la frustración y a la rabia acumuladas. Por eso, tienden a arraigar especialmente en entornos anémicos de afecto y de cultura. Los estereotipos de género, las neotribus, la moda o las neoreligiones ofrecen una amplio abánico de identidades de préstamo para esta formas de pobreza.