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martes, mayo 10, 2011

Misandria y neurociencia

En estos momentos de agotamiento e impotencia en el terreno de las ideas, una de las pocas áreas del saber que suscita entusiasmo es la de las neurociencias, quizás porque de la mano de la genética, la etología y la psicología evolutiva, está barriendo los últimos grandes mitos culturales que han nutrido nuestros imaginarios más recientes, pero sin dejar por ello de alimentar la esperanza de nuevas síntesis totalizadoras que nos sirvan de referente. Poco a poco van quedando reducidas a cenizas ficciones como la de la tabula rasa y sus pertinaces secuelas educativas, las sugestivas explicaciones del psicoanálisis [1] y sus ocurrentes derivados psicoterapéuticos, o el mismísimo dogma del patriarcado como causante de las diferencias entre hombres y mujeres, y este proceso avanza inexorable a pesar de la resistencia de los grupos que las alientan.

Los neurocientíficos se han puesto de moda y ahora el peligro ahora es que esta sobreexposición repentina lleve a más de uno a caer en la tentación de aparentar más músculo del que hay. Como ya indiqué en otro post, desde hace tiempo se está utilizando cualquier nuevo dato para “refundar” abusivamente antiguos saberes –a menudo con el prefijo “neuro”-, reciclando viejas doctrinas desde perspectivas cientifistas pero también las últimas modas culturales de consumo mayoritario.

Me temo que lo que explica Gerald Hüther en Hombres. El sexo débil y su cerebro (Plataforma Editorial, Barcelona, 2011) sobre la condición masculina se mueve en esta línea de oportunismo mediático y de intrusismo gratuito, porque no añade nada a lo que ya sabemos, pero consigue formularlo en términos complacientes con la misandria cultural y el paradigma terapeútico, ingredientes ineludibles de la época en que vivimos.

Nos dice este neurólogo desde la autoridad de su saber científico que a los varones su debilidad biológica les llevó a asumir los roles que les proporcionaban fuerza y poder pero que, desde que seguir un rol ya no garantiza el éxito, se sienten más inseguros y están comenzando a descubrir el valor de la donación, de la empatía y de la autenticidad para hacerse fuertes interiormente.
Se trata de una visión acorde con la tradición de los estudios de género y de los grupos terapéuticos de hombres, aunque es evidente que desde los datos aportados por la neurociencia no pueden justificarse afirmaciones semejantes. Hubiese sido más prudente no sobrepasar los límites descriptivos que se impuso Louise Brizandine en su estudio sobre el cerebro masculino, sin dejarse contaminar por los análisis de moda. Resulta muy osado desde las neurociencias defender la visión psicologista según la cual la condición masculina se caracterizaría por su lucha denodada por compensar su debilidad mediante la renuncia a su interioridad y la entrega enajenante a roles de dominio basados en el uso de la fuerza. Semejante caricatura del sustrato biológico masculino quizás pueda animar a leerle a algún seguidor de los Men’s Studies enemistado con los neurocientíficos, pero no creo que despierte demasiadas adhesiones entre los propios neurocientíficos.

Me gustaría comprobar que pasaría si en lugar de caracterizar a los hombres como seres proclives a convertirse en huecos y abusivos energúmenos, Gerald Hüther hubiese osado decir exquisiteces equivalentes de las mujeres, porque los ejercicios de etiquetado peyorativo pueden hacerse tanto de las tendencias naturales de los hombres como de las de las mujeres.
Parece que ahora lo único que se admite es exaltar los beneficios de la empatía y de la sociabilidad y emotividad femeninas y presentar a los hombres como seres disfuncionales que frenan el progreso a un mundo más satisfactorio y armonioso, porque siguen prisioneros de la agresividad, la competitividad y la temeridad propias de aquellos simios machos que durante milenios se especializaron en la caza y rivalizaron entre ellos para mejorar su posición jerárquica o hacer valer sus derechos territoriales.

Nos olvidamos de que con la misma legitimidad filogenética podrían haberse enfatizado las destrezas de los hombres en el terreno de la innovación, de la asertividad y de la toma decisiones; o su predisposición a asumir riesgos en beneficio del grupo y a responsabilizarse de su provisión y protección. Y, para ser justos, también se podría haber compensado la idealización del universo femenino con referencias al posible uso abusivo por parte de la mujeres de su mayor conocimiento de las emociones ajenas y de su superioridad verbal para zaherir y manipular a los que le rodean o de sus capacidad acreditada para ejercer con eficacia las diversas variantes de la combatividad verbal y/o gestual propias de la agresividad indirecta[2].

Escuchando según discursos daría la impresión de que la testosterona haya dejado de ser funcional en el mundo actual y que fuera mejor eliminarla para sumergirnos en un baño de oxitocina. Sin embargo, no creo que nadie sensato estuviese dispuesto a prescindir de los beneficios sociales que se derivan del papel de esta hormona en la conformación de la arquitectura cerebral masculina. Seamos serios, ¿estamos dispuestos a privarnos de los ventajosos rendimientos que propicia en el ámbito del pensamiento lógico-matemático y en el del razonamiento abstracto, en el de la pericia espacial o en el de la competitividad y la persecución tenaz de objetivos, por citar sólo algunos de los terrenos en los que se ha demostrado que la testosterona demuestra una mejora de la eficacia? Quizás no se trate tanto de luchar contra la testosterona como de “educarla”, de favorecer sus efectos más beneficiosos y de reducir los negativos. Y eso, desde luego, no lo vamos a conseguir criminalizando la condición masculina en su conjunto, como se acostumbra a hacer actualmente, lo que equivale a abandonarla a sus inercias naturales sin recursos que permitan reelaborarla. De hecho, si en algo ha destacado nuestra especie hasta ahora ha sido en su capacidad para corregir los dictados de sus tendencias naturales aprovechando sus potencialidades. La biología no es el destino, pero sí el punto de partida. Si queremos reformular la condición masculina y educar en consonancia, no podemos plantearnos el hacerlo desde la hostilidad a su substrato biológico sino contando con él. Por otra parte, es harto discutible que un substrato haya dejado de ser funcional y el otro no. Tan disfuncionales son las tendencias que llevan a algunos hombres a extraviarse en una lucha incesante por reafirmarse en el mundo exterior, como las que conducen a algunas mujeres a no ceder espacios y tiempos en la atención y cuidado de la prole. La reformulación de las identidades masculina y femenina tiene que ser paralela y constante porque, como siempre ha ocurrido, ambas necesitan reajustarse permanentemente para adaptarse de modo satisfactorio a su entorno cambiante.

Evitemos, por tanto, las simplificaciones interesadas. A lo largo de la historia, han ido emergiendo referentes poderosísimos y muy influyentes que han construido su masculinidad trascendiendo los imperativos más rudimentarios de la biología. ¿Por qué obviarlo? La referencia a la figura de Jesucristo que realiza Gerald Hüther, pero podrían añadirse muchísimas más referencias.

Y, finalmente, no olvidemos que a la luz de las neurociencias, de la genética, la etología y de la psicología evolutiva, si algo ha ido quedando patente sobre la configuración de la condición masculina es su enorme grado de complejidad en función y su diferenciado despliegue vital a través de fases muy marcadas, que no permite hacer esquematizaciones demasiado simplistas. Poco tienen que ver el bebé varón inundado de testosterona (la llamada pubertad infantil); el niño en paréntesis hormonal posterior predispuesto al aprendizaje mediante el juego y la broma; el adolescente en plena ebullición hormonal que experimenta la urgencia del deseo sexual y la predisposición a asumir riesgos y competir; el varón maduro con los niveles de testosterona estabilizados que le predisponen a asumir serenamente compromisos de provisión y protección sobre los que les rodean; el nuevo padre que vive un aumento de los niveles de prolactina y desea implicarse en el cuidado de la prole; o el hombre que ya ha alcanzado la fase de la andropausia y que siente una especial inclinación a ejercer de abuelo, de consejero desinteresado, de refuerzo emocional permanente, de colaborador discreto y de interlocutor sereno.


VÉASE:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-la-2-gerald-huther-neurocientifico/1052881/

El cerebro masculino, entre la debilidad y la fuerza bruta

El ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro", del neurobiólogo alemán Gerald Hüther, justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres

LA VANGUARDIA 26/03/2011

Barcelona. (EFE).- El neurobiólogo alemán Gerald Hüther asegura que solo hay un aspecto en el que los niños tienen una considerable ventaja sobre las niñas y es en el empleo de la fuerza bruta, durante una entrevista con Efe sobre su ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro".

A su juicio, ni la disposición genética ni el entorno justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres, "sino una diferente concentración hormonal desde antes del nacimiento, en la que prima la testosterona en el varón, y los estrógenos y la progesterona en las féminas".

"La progesterona hace que los recién nacidos del sexo masculino sean más impulsivos, más excitables emocionalmente y más difíciles de tranquilizar que las niñas y que, desde su niñez, los hombres emprendan un camino ligeramente distinto al de las niñas, con más impulso", enfatiza Hüther.

Lo que es bien cierto para un simple observador es que el hombre medio está más capacitado que las mujeres para la síntesis, para la orientación espacial, para las capacidades fino-motoras, como la puntería, o para establecer relaciones jerárquicas de dominación, asegura el científico alemán en este ensayo, de Plataforma Editorial.

Por el contrario, ellas acopian más empatía y saben ponerse mejor en el lugar de los demás, poseen una mayor capacidad de comunicación verbal y entran en contacto visual con su interlocutor más abiertamente.

En la búsqueda del porqué de esta diferencia, Hüther llega a la conclusión de que "la estructura y organización de nuestro cerebro se adapta con especial facilidad cuando lo que hacemos nos resulta placentero, cuando ese 'algo' nos llega al alma", tras sus hallazgos como director del Centro de Investigación de Medicina Preventiva y Neurobiología de dos universidades alemanas.

"Cuando hacemos, aprendemos o vivimos algo con entusiasmo, las vías nerviosas que se activan en el cerebro, inicialmente frágiles, se convierten en carreteras cerebrales cada vez más preparadas para ser activadas y utilizadas y cuando estas actividades se prolongan en el tiempo, las vías cerebrales acaban convirtiéndose en algo semejante a autopistas" subraya el experto.

En ese momento es cuando tenemos un cerebro diferente al que teníamos antes, "aunque el responsable de todo esto no sea el entorno, sino el entusiasmo con el que un niño se relaciona, percibe, elabora y moldea su entorno, ya sea en su hogar, en la guardería, el colegio o en cualquier otro lugar".

Así, la causa por la que los hombres posean un cerebro diferente al de las mujeres se basa, por una parte, en que "desde pequeños se interesan por cosas diferentes, les importan y se entusiasman por otras materias, debido a que se orientan más hacia aquello que otros niños y otros hombres acogen con entusiasmo", subraya Hüther.

Este profesor universitario indica que el efecto del cóctel hormonal masculino sobre el niño cuando está en el cuerpo de la madre no se limita al cerebro, sino que abarca multitud de características corporales, como la forma del rostro.

"Cuanta mayor testosterona haya en la fase prenatal, tanto más 'masculino' y 'robusto' resultará el niño, incluso en la longitud de sus dedos, ya que la formación de un anular más largo se ve favorecida por esta hormona", nos explica el experto.

"Las hormonas, pues, desencadenan y regulan las diferencias corporales entre ambos sexos no porque los hombres desarrollan un cuerpo diferente al de las mujeres porque tengan otros genes y otro cerebro, sino porque sus glándulas sexuales producen y vierten en el sistema circulatorio otras hormonas", aporta Gerald Hüther como resultados de sus investigaciones.

Este especialista constata que comadronas, tocólogos y pediatras saben por experiencia que los niños recién nacidos presentan generalmente una constitución algo más débil y vulnerable que las niñas, especialmente cuando nacen prematuramente.

Gerald Hüther,doctor en Ciencias Naturales y Medicina; ha estudiado al hombre y su cerebro

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

"El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica"

LA VANGUARDIA 26/04/2011 - 00:03

Ima Sanchís

Biólogo y neurocientífico, lleva años estudiando por qué los hombres son como son, el resultado es Hombres, el sexo débil y su cerebro (Plataforma), en el que explica en qué consiste la masculinidad y qué transformaciones experimenta en el proceso de hacerse hombre. Sorprende con afirmaciones como “el hombre es el sexo menos estable y más dependiente de apoyo exterior” o “no es el miembro viril el que lo convierte en y lo distingue como hombre”. Tiene una red de trabajo permanente relacionado con la educación de los niños y el crecimiento: “Los niños nacen con un cerebro muy potente que hay que estimular a través del juego, que es más importante que la educación”.

¿Para qué sirven los hombres?

Biológicamente servimos para ser exploradores, pero no somos importantes para la reproducción.

¿Ah, no?

Estamos diseñados para abrir nuevos caminos y las ideologías también son cosa nuestra; pero con la eyaculación de un solo hombre se podría reproducir a la población de Norteamérica dos veces. Nacemos con una dificultad biológica.

¿Dificultad biológica?

Sólo tenemos un cromosoma X y eso nos hace más débiles. Las mujeres tenéis una fortaleza que el hombre no tiene. El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica, de cómo funciona y está organizado el cuerpo.

Entonces, ¿por qué mandan tanto?

Precisamente porque somos débiles necesitamos coger de fuera. Los que tienen el poder son los hombres más débiles. El primer hombre moderno, el primer hombre fuerte, fue Jesucristo, porque no se dedicó a apropiarse cosas de fuera, sino a dar.

Cuanto más débil eres más necesitas tomar el poder de fuera, ¿es eso?

Sí, y ya se nota desde la infancia: los bebés varones tienen una tendencia mucho mayor que las niñas a mirar alrededor en lugar de mirar directamente a los ojos, buscan todo tipo de anclajes en el exterior, y para jugar escogen objetos resistentes y fuertes.

Pues van cargaditos de testosterona.

La generamos para fortalecer nuestro cerebro, nos da el empuje que necesitamos para que determinados procesos se den con mayor impulso, pero se dan desconectados. Y es la responsable del aspecto físico masculino.

¿Y si castramos al niño?

Cambiará su cuerpo, pero no su cerebro, porque está determinado desde lo prenatal.

¿Hay algo que determine la formación de un macho o una hembra?

Los machos son producto del azar, de las circunstancias o de la decisión de la madre.

¿Decisión de la madre?

Existen las tres posibilidades. En algunos casos las condiciones medioambientales determinan la producción de machos o hembras. En el caso de los cocodrilos, nacen machos sólo si la temperatura es óptima. En el caso de las pulgas de agua, las madres determinan qué sexo tendrá la prole.

¿...?

Por regla general se reproducen asexualmente: hembras que engendran hembras, pero cuando la charca empieza a secarse engendran machos que se aparean con las hembras para producir los huevos de invierno, que sobreviven si la charca se seca.

Pero los hombres no son caracoles, ni cocodrilos, ni pulgas de agua.

Si atendemos a las estadísticas, aristócratas y burguesas acaudaladas traen al mundo con sorprendente regularidad más hijos que hijas, igual que las zarigüeyas, los hámsters, los monos araña de rango alto y las nutrias cuando están bien alimentados.

¿Las hembras dominantes suelen tener más hijos varones?

Sí, y bajo determinadas condiciones en las que las mujeres no se sienten bien, están estresadas y las condiciones del embarazo son peores, nacen menos niños. Y todo esto ocurre en los primeros dos meses del embarazo. Los embriones masculinos mueren si el futuro es incierto.

¿Dónde hallan ustedes su fortaleza?

Una fuente importante es pertenecer a grupos de chicos y jugar determinados roles que marca la sociedad según necesidades.

¿Modelos culturales?

Sí, cuando hacen falta soldados se favorecen, cuando hacen falta empresarios o inventores se favorecen. La debilidad biológica de los varones provoca que ellos acepten desarrollar ese tipo de roles que les prometen el poder y la fuerza y que se favorecen desde el hogar, el colegio, la televisión...

La exigencia es social, no biológica.

Sí, pero afecta a la estructura cerebral. Es como los chavales viciados con los videojuegos: han desarrollado una parte de su cerebro para ser hábiles en esos juegos, y les impide ser buenos en otros campos.

¿En qué punto está el cerebro del hombre moderno?

No tiene claro qué tipo de rol debe interpretar para poder llegar a ser importante. Pero su cerebro ya no es tan lineal, se desarrolla de forma mucho más abierta, y por eso hay tanto hombre que se comporta de manera insegura. Algunos debido a esa inseguridad buscan la fortaleza y otros la autenticidad.

¿Qué tenemos que saber las mujeres sobre el cerebro masculino?

Que los hombres siempre están intentando jugar un rol determinado –frecuentemente ni siquiera son conscientes de ello– y que detrás de esa fachada hay un hombre que tiene posibilidades de desarrollar su propia autenticidad.

Eso suena bien.

En el pasado, para convertirse en machos alfa necesitaban coger el poder de los otros (naturaleza, animales, mujeres, hombres); ahora por primera vez (ya que seguir un rol no garantiza el éxito) se sienten atraídos por la idea de dar, por la empatía y la autenticidad. Quizá están encontrando su propia fortaleza interior que les hace capaces de dar. Se trata del hombre que transforma.

Qué bien.

... Pero necesitamos la ayuda de las mujeres. Las madres tienen un gran poder para generar o no la práctica de roles; un gran poder en la programación del cerebro del hijo.



[1] Ningún científico serio puede defender hoy invenciones freudianas como el instinto de muerte, el complejo de Edipo o la envidia del pene, aunque no faltan los que evitan desacreditar integralmente al maestro del inconsciente y le conceden la genialidad de algunas de sus intuiciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208), aún a pesar de que sólo lejanamente resultan conciliables con los nuevos descubrimientos tras infinitas correcciones y matizaciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208). Como muy bien explica Jesús Mosterín, Freud concibió sus conceptos clave a partir de un modelo hidrodinámico del cerebro humano que resultaba ya inasumible en su época (tuvo la oportunidad de estudiar la obra de Cajal) y que se basaba en la “comparación metafórica de la psique con una máquina de vapor, lo que explica el uso de nociones como la represión (la presión del gas que sale por las junturas).” “Según Freud, los sentidos recogen energía del entorno y la trasmiten al cerebro. Además, en el propio cuerpo, las gónadas y los órganos genitales producen energía psíquica o libido, que envían al cerebro. El cerebro está sometido a presión por toda esta energía que le llega y que le resulta desagradable. Trata de librarse de ese exceso de energía, dándole salida mediante acciones que la gastan, consumen y disipan. …Nosotros sabemos ahora que el cerebro no recibe ni almacena ni envía energía, sino señales, información. El cerebro envía a los músculos la orden (la información) de contraerse, pero no les envía energía.” Véase http://www.institucional.us.es/revistas/revistas/themata/pdf/39/art2.pdf. Desde otra perspectiva, Michael Onfray se ha aplicado a la demolición de la figura de Freud en El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana (Taurus, Madrid, 2011).

jueves, noviembre 27, 2008

Campañas sobre la violencia de género masculino y apuntes para la deconstrucción del discurso dominante.



Me preocupa el sesgo de las campañas sobre la violencia de género masculino. Su tono se radicaliza año tras año y su mensaje tiende a simplificarse cada vez más. En mi población se han organizado cursos de defensa personal para mujeres con apoyo institucional y las calles se han llenado de carteles en los que las expresiones violencia machista o patriarcado se repiten hasta el infinito.


Sinceramente, no creo que este sea el camino. Se me dirá que es una estrategia preventiva, una estrategia de choque, una apuesta por el empoderamiento de la mujeres.. Desde luego no podemos mantenernos impasibles, pero el problema es demasiado grave y complejo como para abordarlo con campañas que caricaturizan la realidad y destilan rabia.


Quizás estas explosiones misándricas queden bien de cara a la galería, pero no resuelven nada, porque dibujan un monstruo masculino que está ya en vías de extinción y eso lo sabemos todos. Sería mejor hablar del mundo en el que vivimos ahora y no del de nuestros abuelos, porque de seguir insistiendo en esta última vía, lo que se va a conseguir es que nadie se sienta interpelado. No niego que siga habiendo machistas recalcitrantes, ni infelices que tengan ensueños patriarcales, pero el perfil de los agresores potenciales que nos ha de preocupar más es otro mucho más común. Me refiero al hombre que se desconoce su específica condición masculina, al que niega su agresividad, al que cree que por defender el respeto y la igualdad y repudiar el machismo nunca va a incurrir en esas conductas. A ese perfil masculino, que es el dominante, es al que hay que dirigirse y hay que hacerlo desde bien temprano. No podemos caer en la paradoja de señalar al colectivo masculino como causa problema y después no prestar ninguna atención a los hombres reales. Hay que centrarse en el hombres corrientes, en sus perplejidades, en los chicos que están conquistando su masculinidad en medio de mensajes desarticulados y contradictorios. Y hay que proporcionar herramientas para desplegar de manera positiva la condición masculina, desde su particular peculiaridad.


Pero eso no va a hacerse hasta que superemos la perspectiva radicalizada de género en la vivimos inmersos. Como institucionalmente se parte del presupuesto de que la masculinidad o la feminidad son exclusivamente construcciones culturales, sólo se admite una explicación culturalista de la violencia (el problema es la ideología machista dominante) y una solución de la misma índole (hay que combatir el machismo desde todos los frentes).


¿Qué no se obtienen resultados? Pues se considera que hay insistir con más energía en la misma dirección, sin cuestionar los irrenunciables principios de los que se parten. La explicación se sitúa en el machismo opaco y subrepticio, un enemigo invisible que agazapa hábilmente en cualquier rincón, un virus letal que puede malograr en cualquier momento los esfuerzos realizados. Machismo, masculinidad, condición masculina son cada vez más equivalentes, las expresiones de una ideología patriarcal subyacente y remisa a desaparecer. La guerra se intensifica: hay que recelar de todo, hay que denunciarlo todo, hay que castigarlo todo. Debe pasarse al ataque preventivo y castigar incluso al sospechoso antes de que se demuestre su culpabilidad.


Cabe sin embargo, otra posibilidad: dudar los presupuestos de la perspectiva de género más radicalizada. En una reciente conferencia Teresa Forcades comentaba que en Estados Unidos sólo una de cada cuatro mujeres se identificaba con los postulados feministas, a pesar de que es el país en el que el enfoque de género ha tenido más largo recorrido en todos los ámbitos. ¿Machismo reticente al cambio?. No, cansancio ante unos análisis que no se ajustan al mundo real. ¿No sería más fácil asumir que el género tiene un substrato biológico, que somos híbridos de naturaleza y cultura y que hombres y mujeres tenemos que aprender de manera diferenciada nuestras especificidades de manera diferenciada para construirnos como personas plenas?. Esa era su propuesta, que ya comentaré más detalladamente en otro post.


Hoy he hablado con algunas alumnas de bachillerato sobre estos temas. Ha sido interesante. Ninguna se imaginaba haciendo el papel de chica sumisa. Eso -me han dicho- puede ocurrirle a alguna catorceañera o muy inmadura, pero a sus edad (17-18) es improbable. Tampoco temían caer en las garras de un machito, porque esa máscara repele y se detecta a la legua. Les preocupaba más el buen chico dependiente, que se cuelga de la chica y es incapaz de aceptar que una relación se ha acabado y se vuelve agresivo.



martes, septiembre 11, 2007

Otra defensa de la familia, hombres incluidos

Llevo días mirando a ratos los ejemplares de "Educación para la ciudadanía" que han llegado al instituto, y no salgo de mi asombro al comprobar el poco aprecio hacia la condición masculina que se detecta en estos textos. Es curioso que la "perspectiva de género" tan invocada por unos y tan satanizada por otros produzca tan pocos frutos.

Según los más radicales ideólogos del género, tanto nuestra identidad sexual como el papel social que se le atribuye son construcciones que sirven para apuntalar a los que ostentan el poder, es decir a los hombres, y mantener en una posición subordinada a las mujeres. Se trata, por tanto, de desenmascarar las artimañas de las que se vale el poder masculino para colonizar el imaginario de los jóvenes con "ficciones" como la de otorgar importancia a la diferencia sexual, tan útil para sus intereses.

El problema es que los jóvenes se muestran obstinadamente refractarios a estos mensajes, y siguen escenificando el juego de la polaridad sexual y la seducción como siempre, contando ahora además con la ayuda de un mercado dispuesto a espectacularizar la diferencia como nunca antes ocurrió. Por otra parte, las investigaciones neurológicas han demostrado hace ya tiempo que la diferencia sexual es más que una construcción social, aunque todos los seres humanos manifestemos una plasticidad enorme.

En el otro extremo, se sitúan los que ven en la ideología de género el virus más disolvente y letal que imaginarse pueda contra la legitimidad de sus mensajes. Y, seguramente no se equivocan. Es algo que afecta especialmente al cristianismo cuyo universo simbólico otorga constantemente primacía al género masculino. Si algo acabó por mermar definitivamente mi antigua fe católica fueron las lecturas de algunas teólogas feministas.

Como ya no es socialmente aceptable sostener esa primacía masculina, ahora se obvia el asunto –como si la cuestión no tuviera mayor trascendencia-, y se insiste en machaconamente en un único gran argumento: la evidencia de que existen hombres y mujeres, seres de igual dignidad pero diferentes cuya complementariedad es necesaria para crear una estructura familiar natural y psicológicamente sana. Los apologistas de este modelo, una vez aclarada su posición, no dudan en conceder que la feminidad –el eterno femenino- posee una excelencia amorosa superior que se encarna de modo inequívoco en la figura de la madre...

"La tarea de la madre y del padre

Cada miembro de la pareja conyugal tiene una cierta delimitación de sus funciones, aunque los campos del uno y el otro se cruzan, se entremezclan, se superponen y complementan.

La mujer ha sido siempre la que ha transmitido los sentimientos, el mundo de la afectividad, por eso no hay amor como el de una madre. El amor materno se un icono de generosidad, espejo donde se tienen que mirar otros amores: es un amor de donación, que no pide nada a cambio, que busca el bien del hijo por encima de todo y que está lleno de comprensión, disculpa, soporte, perdón."


Fuente: Anexo de Enrique Rojas en Educación para la ciudadanía de editorial Casals, Barcelona, 2007.

Ante excelsa referencia, al hombre, aunque haya cambiado mucho la realidad sociolaboral, sólo le queda seguir trabajando fuera de casa, ponerse a disposición de su esposa en las tareas domésticas, contar cuentos antes de dormir a los niños e incluso educarles, y procurar no ser un rígido y estirado que frena la labor humanizadora y cimentadora de la familia, encarnada por la madre.

El hombre ha sido quién, tradicionalmente, ha transmitido el sentido del trabajo, la responsabilidad económica y el pilar material de la familia. Hoy, en llena entrada del siglo XXI, eso sigue vigente, aunque con muchos matices. En muchos ambientes, la mujer y el marido trabajan fuera de casa y ambos llevan una nómina profesional.

En algunas parejas, la mujer gana mes dinero que el hombre y los papeles clásicos se han invertido o mezclado, cosa que mujer una vitalidad y un dinamismo muy positivo a la familia: el padre tiene que ayudar en las tareas domesticas, sabe la importancia de explicar cuentos a los hijos por la noche (lo que en inglés se llama el "bed time": este tiempo en qué el niño se a la cama y el padre, sentado a la cabecera le explica uno contiene, y el sumerge en un mundo agradable y mágico, donde la fantasía se abre paso), y que con el paso de los años estas cosas dejan una marca imborrable.

También el padre transmite sentimientos, y se aleja de esas sentencies machistas que hemos oído tan a menudo y que dicen que «los hombres no lloran» o que «los hombres no expresan sus sentimientos, los guardan».

¡Qué error! Esta forma de entender las cosas ha llevado muchos golpes en fabricar un tipo de hombre seco, distante, frío, inexpresivo de afecto... que le vuelve incapaz para la vida conyugal.

El hombre también tiene que empeñarse en la educación de los hijos: ayudarlos a encontrarse a sí mismos, que saquen lo mejor de su persona, en pulimentar y en limar las aristas de su personalidad.
La madre humaniza la familia. Ella se el cemento de unió de los unos y los otros. La ternura es el ungüento del amor; la manera fina de ir dejando caer el afecto, el hecho de ponerse en el lugar del otro y saber que la generosidad es darse, pensar más en los otros que en un mismo.

Fuente: Anexo de Enrique Rojas en Educación para la ciudadanía de editorial Casals, Barcelona, 2007.

Es frecuente que en estos medios se señale la fuga de las responsabilidades familiares por parte de muchos hombres y que se denuncie la figura del "padre ausente". De la "madre sobreprotectora" o de la "madre omnipresente e invasiva", por citar otras figuras frecuentes, no se acostumbra a decir nada.

El padre ausente

Es preciso mencionar el llamado padre ausente en las familias estables: es aquel padre que existe, pero que no aparece, no cuenta, no es capaz de transmitir amor, afectividad, conocimiento... que se ha ido convirtiendo en una figura vacía, sin relieve, porque no se implica a fondo con el resto de la familia.

Es frecuente que pase en padres que sólo tienen tiempo para trabajar, a los que su afán profesional los ha devorado. Muchos hiles dicen: «padre, vuelve pronto en casa, no queremos que ganes más dinero ni nos compres nada más, te queremos a nuestro lado».

Fuente: Anexo de Enrique Rojas en Educación para la ciudadanía de editorial Casals, Barcelona, 2007.

De este modo, salvo contadas excepciones –el texto de José Antonio Marina es muy equilibrado-, la mayoría de los libros de educación para la ciudadanía acaban resultando todos misándricos, a pesar de sus muy diferentes orientaciones. A nivel popular ha calado esta misandria ambiental, que unida al inculpación difusa que deriva de la lacra de la violencia doméstica –expresión terrible de la crisis de la identidad masculina- tiene el negativo efecto de hacer creer que no se puede esperar nada bueno ni respetable de la condición masculina. Las series de televisión hace tiempo que lo entendieron y por eso insisten tanto en apuntalar el estereotipo del padre estúpido (www.elpais.com/diario/radioytv/?d_date=20070404).

Si entendemos la perspectiva de género como una herramienta destinada no a denunciar la opresión masculina o a negar la diferencia sexual, sino a estudiar cómo se construyen y vehiculan las identidades asociadas a la diferencia sexual, y cómo se transforman y modulan según las circunstancias, entenderemos mucho mejor las relaciones entre hombres y mujeres y podremos contribuir a que sean más gratas.

Hace ya tiempo que en el seno del feminismo se alzaron voces que reclamaron más atención hacia la condición masculina, porque se entendió que sobre la base de su vituperio permanente y sin una identidad masculina sólida sería imposible construir relaciones equilibradas y satisfactorias, sobretodo el horizonte de unas transformaciones sociolaborales profundas y desestabilizadoras. Se equivocan quienes insisten en poner la identidad masculina bajo sospecha permanente y convierten su adquisición en una misión imposible. También se equivocan los que se empecinan en negar el carácter relativo y transformable del género y se encallan en mistificaciones de la feminidad sin saber dónde colocar una masculinidad desplazada.

Por eso me ha encantado el texto del suplemento dominical de EL PAÍS, dónde desde una óptica no confesional se hacía una de la mejores defensas de la familia que cabe hacer hoy por hoy. Y el hombre salía bien parado.

Diario de un padre del siglo XXI

Se acabó salir y viajar. Toca dar biberones, jugar al escondite y elegir el color de los leotardos. El periodista y escritor Antonio Jiménez Barca relata la absorbente y emocionante labor de criar a dos hijos.
Pongamos que me llamo Ernesto. Tengo dos hijos: Julia, de cinco años, y Luis, de uno. Ahora mismo los dos miran por encima del hombro lo que escribo. Paula, con mala cara.
-Papá, ¿jugamos?
-Ahora no puedo. Además, hay que ir al colé. Luego, ¿a qué quieres jugar?
-Al escondite, a las mini-pets, a saltar a la comba. A todo.
-Después, ¿vale?
-Vale.
Luisito tiene más carácter: de un manotazo limpio al grito de "tala-tala" manda el texto (y casi el ordenador) a hacer puñetas. Así que hay que empezar otra vez. Diario de un padre del siglo XXI. Me llamo Ernesto. Tengo dos hijos. Una de cinco años, y otro, de uno recién cumplido. Para el que no se acuerde o no lo sepa, a los cinco años un niño quema al día la misma energía que Rafa Nadal en un partido; a los 12 meses está aprendiendo a andar, a meterse los enchufes en la boca o a ensayar el salto en caída libre desde las sillas. Es decir, cuando un padre de dos niños de estas características asegura que no tiene tiempo para esto o lo otro, créanle: no es una frase hecha. Y esto y lo otro tienen su importancia. Eran su vida anterior, su vida sin niños: salir, entrar, quedar, viajar, leer, o bajar a la playa sin planificar cada movimiento como si se tratara del desembarco de Normandía. En eso (Normandía) ha consistido nuestro fin de semana. Todos los fines de semana desde hace unos años. Por eso no les niego que experimento un maligno bienestar al pensar que hoy, por fin, es lunes y hay colegio.
Pero me enrollo y no hay tiempo. Miro el reloj: las nueve menos diez. Manuela, la chica que se encarga de Luisito, está al venir. Somos padres del siglo XXI, así que mi mujer, Carmen, también trabaja y viaja, y hoy no estará en casa en todo el día. Además, no nos queda otra que contar con dos sueldos: hemos contraído hace poco una hipoteca del siglo XXI, esto es, que durará casi todo el siglo XXI.
Julia me observa y yo la observo a ella. Otra vez lo hemos conseguido. En una hora está despierta, vestida, desayunada, peinada, lista para salir hacia el colegio. No ha sido fácil. Al principio no sabía cómo vestirse. Ni yo tampoco cómo vestirla. Con el tiempo hemos aprendido juntos. Ella, a abrocharse las cremalleras y a pasar los botones. Yo, a que, a veces, tratándose de una chica, hay que conjugar el color de las pinzas del pelo con los leotardos. El colegio está cerca de casa. Vamos andando. Por el camino me encuentro con el papá de Carlitos, que invita a Julia el sábado a un macrocumpleaños que Carlitos celebrará en un local de esos de bolas, con payasos y con cuentacuentos. Digo que sí, que Julia acepta. En el paso de cebra se me acerca la madre de Elisita, que hará una fiesta el viernes en su casa, con payasos y cuentacuentos (espero que distintos). Digo que sí, que gracias. Al entrar en el colegio, la madre de Ricardito, de la APA (Asociación de Padres), me recuerda que el viernes es la fiesta que los padres organizamos por el principio del trimestre, que los padres que quieran harán de payasos y de cuentacuentos. Respondo que no me olvido, dejo a Julia en el colegio, me voy para la oficina y pienso: a) que mi hija tiene más vida social que mi hermana soltera (yo ni me comparo, claro), y b) que los pa dres de ahora nos hemos convertido un poco en parques temáticos de nuestros propios hijos. Tememos que se aburran. Recuerdo los cumpleaños de mi infancia, a los que venían los cuatro amiguitos del portal y un batallón de primos, sin payasos ni cuentacuentos. Y pienso también en las tardes de aburrimiento de los eternos veranos de la EGB. Mi madre, que creció en la posguerra, se preocupaba mucho de que mis hermanos y yo comiéramos, de que no pilláramos una infección, pero le resultaba indiferente que nos aburriéramos.
-Mamá, me aburro.
-Pues cómprate un mono, y quítate de ahí, que tengo que tender.
El que nos aburriéramos lo consideraba casi inevitable y hasta provechoso, porque pensaba que eran los propios niños los encargados de buscarse entretenimiento. No sé quién tiene razón, pero, por si acaso, apunto las citas de mi hija en mi agenda. Es difícil ser padre en cualquier siglo.
Carmen vuelve antes de lo previsto: recogerá a Julia, se encargará de Luisito por la tarde. Yo aprovecho para adelantar cosas en la oficina y como en una cafetería con otros compañeros. Me dan ideas para el diario: la falta de guarderías públicas, la falta de empresas con verdadero afán de conciliación. Uno, de más edad, nos recuerda otra característica de los padres
Nos hemos convertido en parques temáticos de nuestros hijos. Mi madre se preocupaba de que comiéramos, pero le resultaba más o menos indiferente que nos aburriéramos
del siglo XXI. Los hijos no se irán de casa hasta mucho después de que sus padres se jubilen. Además, dado el régimen algo dictatorial que los hijos ejercen sobre los padres, la casa acaba perteneciéndoles. El compañero acabó relatando la bronca que mantuvo con sus hijos este fin de semana porque decidió a última hora no irse a la casa de la sierra, chafándoles los planes de fiesta a los adolescentes.
Volvemos a la oficina. Trabajo unas horas. Intento regresar a casa antes de las siete y media, la hora crítica. Carmen me recibe con Luisito en la bañera, berreando, con el baño encharcado. Julia se ha escaqueado y, disfrazada de princesa, juega en el salón, ella sola, con un disco de cuentos a todo trapo. Dan ganas de darse la vuelta.
-¿Jugamos a príncipes, papá?
-Ahora no. A bañarse. A cenar. A dormir.
-Jo.
Conseguimos que en menos de 40 minutos la casa se serene. Cada tarde es así: a un caos aparentemente ingobernable le sucede una calma milagrosa. Mientras doy el biberón a Luisito. que ya cierra losojos, pienso en eso, en el milagro que ocurre cada tarde en mi casa y en algo que oí en la radio hace meses y que me impresionó: los niños son pequeñas máquinas de generar sentimientos: amor, pánico, euforia, dicha, calma... Es cierto. Lo he experimentado. Porque los padres del siglo XXI, y ahora me refiero sólo a los hombres, tenemos menos horas para nosotros, ocupados en la crianza y en la atención de los hijos. Mi padre se ocupaba sólo de tomar las grandes decisiones sobre los hijos. Nosotros, además, nos ocupamos de las pequeñas: el color de la gomita del pelo, por ejemplo. Y el caudal de sentimientos que arrastra cada minúsculo acto conjunto compensa. Es algo que las madres han sabido desde siempre. Pero me enrollo. Y Luisito se ha quedado frito con el biberón en la boca. Les miro mientras se van durmiendo. Se acurrucan en sus camas. Imagino que piensan que nada malo va a pasarles jamás. Pero yo soy el que me siento protegido al verles. No me pidan que lo explique. Aunque Julia abre a última hora un ojo Rafael-Nadal y pregunta:
-¿Jugamos de una vez?
-Claro, reina. Ahora sí. Un poquito, antes de dormir. Pero espera, que me quedan aún cuatro frases.
Me acerco a ella. Le pregunto.
-¿A qué quieres jugar?
-A todo.

martes, junio 26, 2007

La infidelidad, el síndrome de Medea y la alineación parental




MEDEA. Una mujer suele estar llena de temor y es cobarde para contemplar la lucha y el hierro, pero cuando ve lesionados los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina.(263-266)

MEDEA. Ahora, sin embargo, cambio mis palabras y rompo en sollozos ante la acción que he de llevar a cabo a continuación, pues pienso matar a mis hijos; nadie me los podrá arrebatar y, después de haber hundido toda la casa de Jasón, me iré de esta tierra. (790-795)

CORIFEO. ¿Te atreverías a matar a tu simiente, mujer?
MEDEA. Así quedará desgarrado con más fuerza mi esposo. (816-817)

MEDEA. Es de todo punto necesario que mueran y, puesto que lo es, los mataré yo que les he dado el ser. (1062-1063 y 1240-1241)

JASÓN. ¡Tú que sobre tus propios hijos te atreviste a lanzar la espada, a pesar de haberlos
engendrado, y, al dejarme sin ellos, me destruiste! (1325-1326)

MEDEA. Tú, como es natural, morirás de mala manera, golpeado en la cabeza por un despojo de la Argo. (1386-1387)

JASÓN. Entro, privado de mis dos hijos.
MEDEA. Aún no es nada tu llanto; aguarda a la vejez. (1395-1396)

Medea de Eurípides.

Citas de MUJERES MÍTICAS: LA MEDEA INFANTICIDA Rosa Sala Rose, http://www.gipuzkoakultura.net/ediciones/antiqua/sala.pdf

En una película reciente, El infierno, no muy bien valorada por la crítica, a pesar de partir de un guión del desaparecido Kielowsky, se actualiza eficazmente el mito de Medea, hija del rey Eetes, sobrina de la hechicera Circe y mujer fatalmente enamorada de Jasón desde el primer instante en que lo vio.

Jasón que había acudido al reino de Eetes, la Cólquide, en el remoto Mar Negro, a la búsqueda del vellocino de oro, pudo concluir la empresa que tenía que llevarle al trono de la ciudad de Yolco, gracias a los embrujos, maleficios y maldades de Medea. La alianza entre ambos se demostró indestructible, porque el valor de Jasón unido a los poderes y a la falta de escrúpulos de Medea vencía todos los obstáculos.

Hasta tal punto, llevó Medea su celo por Jasón, que para favorecer su huida en el navío “Argo”, no tuvo reparos en tomar como rehén a su propio hermano y después deshacerse de él, descuartizándolo y lanzándolo por la borda, para que su padre interrumpiera la persecución y recogiera los restos del hijo fallecido.

Ya en Yolco, Medea también consiguió deshacerse del usurpador Pelias, a cuyas hijas embaucó para que lo despedazasen y lo hirvieran en un caldero con tal de devolverle la juventud. Ante el horror de los habitantes de Yolco, ambos tuvieron que abandonar la ciudad y el sueño de Jasón terminó frustrándose. Sin embargo, Medea sí consiguió parcialmente el suyo: vivir felizmente con Jasón. Pero, fue un sueño efímero, porque al cabo diez años, Jasón se enamoró de otra mujer, Glauce –hija del rey corintio Creonte-, y decidió repudiar a la letal Medea.

Medea que, como hemos visto, ya apuntaba maneras, decidió vengarse de la manera más dolorosa y terrible que ningún ser humano pueda concebir: matando a sus hijos habidos con Jasón. También mató a Glauce y a su padre Creonte.

El antes imbatible Jasón acusó severamente el golpe y malvivió el resto de sus días, hasta morir aplastado un día por la proa carcomida de su antes glorioso barco Argos.

En Medea, pues, cristaliza una conducta femenina arquetípica: matar a los hijos para vengar la herida narcisista que le ha provocado la infidelidad del marido.

Desde entonces, el drama se sigue repitiendo inexorablemente, porque muchos hombres siguen siendo infieles y muchas mujeres siguen utilizando los privilegios maternos para su castigo, no ya con el asesinato físico de los hijos, sino con otro lacerante “asesinato” mucho más sutil que consiste en indisponerles hacia el padre (alineación parental), en desprestigiarle, depreciarle y disminuirle, en impedir o dificultar el contacto, en privarle de sus bienes. Es una venganza fría e inexorable que se aplica con lentitud litúrgica por Medeas rigidificadas, fatalmente enquistadas en el consuelo morboso que les produce su desquite cruel. La película El infierno lo cuenta muy bien, críticos aparte.

Por cierto, estos días se está hablando mucho del síndrome de alineación parental a raíz de una sentencia que, por primera vez, invoca esta patología, cuestionada -¡cómo no!- por muchas abogadas –y abogados- feministas, cómplices de abusos misándricos. Me deja perplejo ver en televisión el nerviosismo con que rebaten la existencia de este síndrome. En sus caras se lee el “NOS HAN PILLADO”.

En los últimos debates que he visto, empiezan a cambiar de posición y optan por decir que este tipo de abusos pueden atribuirse también al padre, no solo a la madre. En abstracto parece evidente. Pero, resulta que actualmente el 90 % de los hijos de parejas separadas o divorciadas están bajo la custodia de la madre, no del padre. Con la custodia compartida las cosas indudablemente serían diferentes: los hijos disfrutarían de sus dos progenitores y el riesgo de abuso sería mucho más improbable.

La siguiente entrevista de La Contra de La Vanguardia abunda en el tema.

La Vanguardia, miércoles, 20 de junio de 2007

La Contra página nº 76

"Madre alienadora, padre excluido" VÍCTOR-M. AMELA

O D I O

Estremece oír los casos que me relata Arantxa Coca en su consulta, analizados también en su manual ´Hijos manipulados tras la separación´ (Oxigen Viena), coescrito con Domènec Luengo y subtitulado ´Cómo detectar y tratar la alienación parental´. Algunas madres llegan a ´encargarle´ informes psicológicos que perjudiquen al padre, para que el juez le paralice las visitas a los hijos, y así tener vía libre en su proceso de ´alienación parental´. Arantxa Coca las rechaza: "Sólo trabajo con menores si tengo el consentimiento de ambos progenitores" (cosa que no todos los psicólogos hacen). "Mi ex me ha destrozado la vida, ¡y ahora se va a enterar!", se dice una parte. Y vaya si se entera... a costa de inmolar a los hijos, a los que ama menos que a ese odio que la abrasa.


ARANTXA COCA, PSICOPEDAGOGA FAMILIAR. Tengo 31 años. Nací y vivo en Barcelona. Soy psicopedagoga familiar. Vivo en pareja y tengo un bebé de seis meses, Dominic. Soy librepensadora. No comento mis creencias religiosas. Constato hoy un incremento del síndrome de alienación parental: uno de los progenitores intenta extirpar al otro de la esfera afectiva de su hijo


-Las familias necesitan psicólogo?

- Sobre todo en defensa de los menores.

- ¿Estamos dañándoles?

- A mí ahora me inquieta mucho el incremento del síndrome de alienación parental.

- ¿Qué es eso?

- Es un atentado al derecho del menor de disfrutar de dos progenitores, a tener dos referentes, a tenerlos integrados dentro de sí.

- A contar con un padre y una madre, ¿no?


- Tanto si están vivos como si están muertos, el menor tiene derecho a integrarlos afectivamente a ambos desde el bienestar.

- ¿Y quién perturba ese derecho del menor?

- El alienador parental.

- ¿Quién es ese tipo?

- Uno de los dos progenitores.

- Pues empezamos mal...

- Sí. Un progenitor se convierte en alienador cuando actúa de modo que logra indisponer al menor con su otro progenitor.

- Ah, ya voy entendiendo...

- Sucede en muchas separaciones de pareja: un progenitor programa mentalmente al menor para que identifique al otro progenitor como una amenaza, como al enemigo.

- ¿De verdad podemos "programar mentalmente" a un menor?

- ¡Claro! Es una auténtica programación mental con fines perversos. ¡Un lavado de cerebro como el de una secta!

- Un ejemplo.

- Imagine a una madre separada que le dice a su hijo, antes de librarlo al padre en su fin de semana: "No tienes por que hacer nada que no te apetezca...".

- Ah, qué sutil...

- Instila en el menor una actitud refractaria hacia el padre, ¡la actitud de defenderse de él! Y, claro, aquí me llegan padres desesperados porque su hijo de diez años les ha espetado: "¡Tú a mí no me mandas!".

- Tristísimo: así es imposible ser padre...

- El padre, loco de dolor, ve como pierde el afecto de su hijo. ¡Y al hijo le roban al padre!: el alienador (la madre, en este caso) inflige un gravísimo maltrato psicológico al hijo, pues le extirpa al padre de su esfera afectiva, de su psique. ¡Una mutilación emocional!

- En este caso que me cuenta, ¿el menor está metabolizando el odio de la madre?

- El padre se retrasa diez minutos en recoger al menor, y la madre comenta: "Ay, otra vez nos ha fallado tu padre". ¡"Nos", dice!: fusiona al menor a ella. Y el menor se identifica, y se desvivirá por no "traicionarla".

- ¿Y con qué consecuencias?

- Interiorizará el abandono (y eso derivará en tristezas, depresiones...), se sentirá culpable de lo que sucedió, ¡y no soportará separarse de su madre! Y pronto será el menor quien actuará por ella: se negará a ver al padre.

- ¡Parece un ejercicio de vudú, de posesión!

- No es mal modo de verlo.

- Me ha hablado de una madre alienadora: ¿es el esquema habitual, o hay otros?

- Por desgracia, es el más frecuente. Es un triángulo: madre alienadora, padre excluido, menor alienado. ¡Psíquicamente mutilado!

- El padre es el que más sufre, en principio.

- "Este niño me adoraba, y ahora... ¡no le reconozco!", me dicen padres entre sollozos. Es la señal: el niño ha sido alienado. Es decir, ha mutado su identidad afectiva: ¡al igual que una anoréxica se ve gorda, ahora este niño ve en su padre a un enemigo!

- Todo un drama..., ¿irreversible?


- Habría que retirarle el hijo alienado (maltratado) al alienador (maltratador): retirarle la custodia, apartarle una temporada.

- Hágase, pues.

- Hay un problema: los jueces. Los jueces no quieren mojarse: la custodia, para la madre. ¡No quieren complicarse! No contemplan el síndrome de alienación parental como maltrato psicológico. ¡Y se consuma!

- Pues vaya con nuestros jueces...

- Los jueces optan por preguntar al niño. Y, claro, el niño alienado habla por boca del alienador... Y el juez no profundiza más.

- ¿Qué puede hacerse?

- A la sociedad, que ya se ha concienciado acerca de maltratos como el mobbing y el bullying,le toca ahora concienciarse de este maltrato de alienación parental.

- ¿Qué aconseja a un progenitor que empiece a detectar este síndrome en su hijo?

- Pese a todo, comunicárselo al juez. Insistir. Luchar por el menor. Por su bien. A un padre excluido le he dicho: "Lucha por tu hijo, ¡para que un día comprenda que tú quisiste tenerle a tu lado!". La madurez del hijo, un día, podría devolvérselo...

- Magro consuelo.

- Lo peor, lo más duro para el padre excluido, es verse insultado, ¡insultado!, por su hijo. Se registran muchas depresiones, claro...


- ¿Qué síntomas en un niño deberían alertar al progenitor?

- Si el niño viene con una lista de normas del otro progenitor: "Que haga o no haga esto", que si la ropa, que si los deberes... O cuando el niño le suelta al padre: "¿Por qué no nos das más dinero?" O cuando el padre le riñe y el niño replica: "¡No me hables así o irás al juez!". O le dice: "¡No me toques!".

- ¿Alguna pista más?

- El niño puede somatizar su caso en alteraciones digestivas. Y empeorar en la escuela, por una merma de atención y memoria.

- ¿Todos somos alienadores en potencia?

- Sí. Sobre todo si eres una persona susceptible, tajante, monolítica, exagerada, y si sueles pensar que todo el mal está en el otro.

- ¿A qué extremo puede llegar el alienador?

- Una acusó con falsedad a su ex de acoso sexual sobre sus hijos, para que el juez los apartase cautelarmente del padre... ¡y así culminar sin trabas la alienación del menor!









miércoles, febrero 28, 2007

Sobre los hombres... (1993)



Con esta canción Eva Santamaría quedó en 11ª posición en el Festival de Eurovisión de 1993. Impagable.

Todos los hombres son tan egoístas
Que han confundido macho con machista
Todos los hombres son tan presumidos
Que han olvidado ser agradecidos

Ellos son así, por naturaleza
Viven dominados por su vanidad
Corren impulsados por sus ansias de ganar
Y nada más
Ponen el cerebro, nunca el corazón
Vuelan como cuervos, a tu alrededor
Y al sexo llaman amor

Ellos son así, desde la prehistoria
Siguen los caprichos, de su voluntad
Cuando tienen todo, siempre quieren mucho más
Es lo normal
Digan lo que digan, tienen la razón
Hagan lo que hagan, te lo digo yo
No saben pedir perdón

Todos los hombres son desordenados
Y siguen siendo niños malcriados
Todos los hombres son tan especiales
Que han conseguido ser todos iguales

Pero si no están, nos sentimos solas
Dicen palabritas con sabor a miel
Cosas tan bonitas, que nos hacen suspirar
Y enloquecer
Hombres y mujeres, en la intimidad
Son como dos faros, en la oscuridad
Como dos misterios parar desvelar
Son complementarios como guerra y paz
Como sol y luna, como tierra y mar
Son irresistibles, son como un imán
Que al mundo hace girar

Digan lo que digan, tienen la razón
Hagan lo que hagan, te lo digo yo
No saben pedir perdón

Hombres y mujeres, en la intimidad
Son como dos faros, en la oscuridad
Como dos misterios parar desvelar
Son complementarios como guerra y paz
Como sol y luna, como tierra y mar
Son irresistibles, son como un imán
Que al mundo hace girar

martes, febrero 20, 2007

NUEVOS PAPÁS

¿Saben que hay legiones de hombres que militan en la paternidad responsable con pleno convencimiento?. Yo, que trabajo en la enseñanza, diría que ese es el perfil masculino dominante en mi medio. Hombres, que después de ejercitarse maternopaternalmente con sus alumnos y alumnas durante todo el día, anhelan regresar al hogar para ejercer como papás a pleno rendimiento y ocuparse de las tareas domésticas como el que más. Quizás el medio escolar, fuertemente feminizado, es especialmente propicio a la superación de los estereotipos de género, aunque desde siempre el arquetipo del “maestr@” ha incluido valores como la ejemplaridad, la honestidad, la sinceridad, el respeto, la empatía o la compasión que trascienden cualquier esquema de género y favorecen extraordinariamente el cultivo de la paternalidad.

De todos modos, los padres comprometidos abundan en todos los entornos. Se los ve llevando y recogiendo a los niños de la escuela; haciendo con ellos la compra; acompañándoles al médico; jugando en el parque; asistiendo con ellos a deportes y actividades mil, etc.

Todavía la desproporción en el reparto de roles es patente, pero ya son muchos los que han descubierto las mieles del feedback paterno-filial o los poderes terapéuticos de cultivar los tiempos y espacios hogareños, algo a lo que generalmente las mujeres no quieren renunciar.

En momentos de crisis de sentido como los actuales, el hogar puede ser un tesoro más codiciado de lo que se dice, y muchos conflictos no derivan tanto de la desimplicación de los hombres, como de disputar “sus dominios” a las mujeres. Muchas protegen con una barrera invisible lo que consideran su patrimonio natural –hijos, relaciones familiares, ritmos domésticos, gestión del hogar, etc- y no permiten el acceso del hombre sino es con su mediación autorizada. Algunos han necesitado separarse para liberarse de la tutela femenina y descubrir plenamente su condición paternal. He oído a alguna feminista comentar maliciosamente que los hombres sólo descubren que son padres cuando se separan y tiene más razón de la que seguramente ella misma imagina. El problema es que llegado ese momento, la mayoría de las mujeres se aferran a su victimizado rol tradicional y fijan al hombre en su posición de proveedor invisible.

Lo cierto es que, frente al prototipo de chulito, promiscuo y desalmado que se nos vende como estándar de masculinidad dominante (un abuso que habría que denunciar constantemente desde un observatorio contra la misandria -
http://es.wikipedia.org/wiki/Misandria-), hay multitudes de padres discretos y amorosos que han optado por compartir el máximo de horas con sus retoños. Hasta tal punto es así, que ya se habla del “síndrome de Atlas” ( http://www.bebesymas.com/2006/04/10-el-sindrome-de-atlas-los-nuevos-padres), caracterizado por el estrés que en muchos hombres produce la sobreexigencia parental unida a su papel de proveedores tradicionales del hogar.