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martes, marzo 24, 2009

Ficción feminista y ficciones necesarias

Entre los logros indiscutibles del feminismo hay uno que no se ha ponderado lo suficiente, pese a ser una de las causas determinantes de su éxito: su capacidad de fabulación. El feminismo, y en especial el feminismo radical, ha conseguido crear a partir de una aspiración incuestionable –la equiparación efectiva de las mujeres a los hombres-, una más que discutible constelación de conceptos y juicios sumarios que amenazan con sepultar cualquier valoración sosegada y ecuánime de la realidad. Para muestra basta con pasear por cualquiera de los medios de comunicación y descodificar mínimamente los mensajes que acompañaron la jornada del 8 de marzo: “8 de marzo crisis mortal para el sistema patriarcal” (“este sistema patriarcal pretende mantener el acoso al cuerpo, alma, trabajos y deseos de las mujeres”); “8 de marzo: mujeres en lucha contra el capitalismo patriarcal, el racismo y la guerra”; “Ni dios, ni patrón, ni marido”; “8 de marzo crisis mortal para el sistema patriarcal que pretende mantener el acoso al cuerpo, alma, trabajos y deseos de las mujeres”; 8 de marzo...en lucha contra el feminicidio, la violencia machista, contra la explotación doméstica; contra el amor romántico; contra la feminización de la pobreza; contra los techos de cristal; contra los que cuestionan la exacerbación de la noción de género; contra "los nuevos machistas que se presentan como feministas"; contra los masculinistas que reclaman la custodia compartida; contra los energúmenos que critican el derechos al aborto de las adolescentes sin el consentimiento de sus padres; contra los que osan mentar el “invento” del síndrome de alineación parental; etc. etc.

El caso es que esta visión simplificadora y airada ha penetrado con una eficacia pasmosa en el imaginario colectivo y a golpe de campañas gubernamental, leyes discriminadoras y explotación mediática de la violencia sufrida por mujeres ha conseguido arrasar cualquier resistencia crítica y convertir en lógica la prevención y desconfianza sobre la condición masculina. Según el nuevo orden doctrinal, todo hombre ha de asumir la necesidad de leyes específicas que le limiten en sus derechos y que protejan a las mujeres y a la sociedad de las abusivas inercias que ha heredado de sus antepasados, del mismo modo que los hijos de Adán son herederos del pecado original.

¿Pueden los hombres redimirse de esta “mancha original”?. Ya he citado en este blog la airada protesta de una feminista durante unas jornadas sobre coeducación ante la propuesta -para ella inútil- de invertir recursos en la promoción de nuevas masculinidades. Desde luego, analizando el discurso feminista imperante, lo que se desprende es una desconfianza absoluta sobre las posibilidades de reforma de los hombres. Es más, la mayoría de las feministas sospechan que tras la pretensión de aunar feminismo y condición masculina se esconde una estrategia fraudulenta para enmascarar el machismo. Basta frecuentar mínimamente los entornos feministas, para detectar en el ambiente el “sólo para mujeres”. Digamos que la doctrina feminista, que tiene mucho de religión naturalizada, ha asumido muy poco del optimismo católico sobre las posibilidades de redención y simpatiza más con el sesgo característico del maniqueísmo. Según la nueva fe, la gracia siempre es femenina y sólo mujeres son las elegidas. El mal habita en los hombres.

Y, a poco que se profundice, pronto se descubre que en el discurso feminista un eje argumental subyacente que pasa por socavar la condición masculina para después superarla definitivamente, porque en ella reside la fuente del mal. Aunque este planteamiento no se explicite, resuena en la mayoría de las formulaciones feministas habituales.

Pero, a pesar de ello, el feminismo menos visceral y pragmático ha entendido que es más útil crear expectativas de redención en los hombres, que negarlas. Una vez asumida socialmente la mancha de la masculinidad, esa estrategia permite al feminismo convertirse en la instancia legítima que establece el itinerario de conversión de los hombres, evalúa sus logros y reconoce sus progresos.

Según el guión establecido, para intentar redimirse de los pecados de su género y sus malévolos efectos, los hombres han de convertirse al feminismo radical y abominar constantemente de su condición corrupta en señal de pública penitencia. A partir de este rito iniciático, y sólo si se ajustan fielmente al guión que le ha preparado el feminismo radical esos hombres se harán acreedores de cierta indulgencia, porque se habrán convertido en hombres desactivados, a la espera de una completa superación de la masculinidad, todavía en perspectiva.

De hecho, no es necesario bucear demasiado en los textos feministas que alientan el cambio masculino para constatar que no se reconoce ninguna especificidad masculina que merezca ser preservada. No olvidemos que los estudios de género definieron la masculinidad sólo como una enfermiza negación de la feminidad. La empresa masculina así presentada no es más que un empeño absurdo y obsesivo en imponer su negatividad, en imponer su ideología de dominio y violentar el orden deseable. [1] La única vía para alcanzar la vida saludable es la afirmación de las mujeres y la negación de la masculinidad. Una formulación en términos de lucha entre el bien y el mal con obvios resabios religiosos.

En este sentido, resulta de una inocencia suicida el afán de tantos hombres en ganar legitimidad y reconocimiento desde el feminismo, en especial si lo hacen desde el feminismo radical, que de hecho es el inspirador de los movimientos de hombres proclamados feministas. La fábula feminista es una ficción que ofrece muy poco espacio a una reconstrucción de las masculinidades que tenga en cuenta las especifidades masculinas. Esta tarea sólo podrá abordarse desde esquemas conceptuales incluyentes, no excluyentes.

Se trata de una cuestión de extraordinaria importancia porque ha tenido consecuencias jurídicas inasumibles. No olvidemos que el Tribunal Constitucional ha avalado que se sancione más al varón que a la mujer por amenazar a su pareja (si esta es femenina, se entiende) y ningún movimiento masculino por la equidad de género ha protestado. El carácter excluyente de las medidas adoptadas para combatir la violencia “de género” han permitido aberraciones como la de que el profesor Neira no pudiera beneficiarse de las medidas de excepción previstas para proteger a quien sufre violencia machista –él la sufrió por defender a una mujer- porque era hombre.[2]

Pero las derivaciones de la ficción feminista para los hombres son incesantes. Sin ir más lejos, la semana pasada el Ministerio de “Igualdad” anunció la creación del Consejo de Participación de las Mujeres en el que las organizaciones feministas tendrán una abrumadora presencia. El futuro Consejo de Participación del que la óptica masculina estará ausente emitirá informes y dictámenes sobre leyes que tengan que ver con temas de “igualdad”, analizará los Presupuestos Generales del Estado desde una perspectiva de género y propondrá al Gobierno iniciativas legislativas, entre otras funciones.

No deberían confundirse los feministas promotores de nuevas masculinidades esperando demasiadas deferencias de quienes gestionan la fábula feminista. El delegado del Gobierno para la Violencia de Género, el Sr. Miguel Lorente, ha sido taxativo al respecto: "los nuevos machistas se presentan como feministas". En su libro Los nuevos hombres nuevos refleja muy bien la profunda ira que provoca en el feminismo radical cualquier otra postura masculina que no sea la de autoflagelarse. Los hombres según Lorente sólo deben invocar la igualdad y cuestionar los roles tradicionales en beneficio de las mujeres y en perjuicio de ellos, nunca para justificar reivindicaciones específicas. Para Lorente, y para los/las feministas radicales, hacerlo equivale a disfrazar el machismo con nuevos ropajes como hacen los que reclaman el derecho a la custodia compartida (en realidad afirma lo hacen para “contrarrestar y cuestionar el hecho de que las mujeres sean consideradas como las idóneas para ejercer la custodia de los hijos”) o crean “el neomito” del Síndrome de Alienación Parental (“es imposible alinear a un menor contra un padre al que está unido afectivamente...” –dice Lorente con insuperable cinismo-)[3].

No sé que epítetos nos dedicará Lorente a los que además nos atrevemos a hablar de “denuncias falsas”: ¿machistas recalcitrantes? No lo sé. Lo que si sé es la opinión que merecemos a Paloma Marín López, jefa de la Sección del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género: “¡calumniadores!”. Aplicando una peculiar lógica invertida y maniquea sostiene que el hecho de que en 43.048 juicios por violencia de género sólo se hayan producido 28.364 sentencias condenatorias no supone que la se hayan producido denuncias falsas sino solamente que no se ha podido demostrar la culpabilidad de los hombres, ergo hablar de denuncias falsas es una grave calumnia contra las mujeres. El título del artículo es concluyente Las mujeres no denuncian en falso. Le falta añadir: toda denuncia femenina es verdadera y toda protesta masculina delirio, calumnia y mala fe. El artículo no tiene desperdicio e ilustra muy bien lo que pretendo explicar... “La mera difusión de insidias o sospechas no contrastadas lo único que revela –dice la autora- es un proyecto ideológico de perpetuar la discriminación contra las mujeres” [4]. ¿A la Sra. Marín se le ha ocurrido pensar en el escándalo que producirán sus palabras en los hombres que han sido víctimas no de “insidias y sospechas” ventiladas en artículos de opinión, sino de denuncias falsas realizadas en una comisaría? ¿Prefiere ignorar que muchas mujeres con afán de dañar y obtener ventajas en los litigios de separación y divorcio, utilizan las posibilidades que les brinda la ley de calumniar impunemente a un hombre y llevarlo un tribunal? Aunque lo absuelvan, nadie le librará de profundo maltrato psíquico que comporta una denuncia falsa, ni del oprobio de la duda, que la Sra. Martín insiste en apuntalar como un argumento a su favor.

En su última obra La pasión del poder (2008), José Antonio Marina habla de las ficciones necesarias, es decir de aquellas creaciones de la inteligencia humana que nos permiten sustentar nuestros sistemas éticos, jurídicos y políticos y sin las cuales sería imposible construir un proyecto de vida satisfactorio. Deberíamos preguntarnos si la ficción feminista que está calando hondo y dejando una huella profunda es la que necesitamos para promover una vida mejor. La plena equiparación de hombres y mujeres es irrenunciable y la regeneración de nuestras ficciones de género constituyentes[5] inaplazable, pero para que resulten viables y satisfactorias deberán ser incluyentes y superar el carácter excluyente del feminismo. Por ello, es muy importante que los hombres desde su especificidad se hagan oír, en lugar de inhibirse y renunciar a tener voz propia para hacerse perdonar.

Aunque Lorente ponga el grito en el cielo, ha llegado también el momento de hablar de la negación e invisibilización de los hombres. Joana Bonet lo hacía el miércoles pasado en un bello artículo con motivo del día del padre (“Papitos”, La Vanguardia, 19-3-2009), refiriéndose a una revolución silenciosa de la que se habla poco: la de la paternidad...

Liberados del manual de atributos que definía al "hombre de verdad", hoy son conscientes de que no hay una construcción de la identidad del hijo sin una construcción paralela de la identidad del padre. Pero la geometría identitaria tiene aristas y nuestra sociedad se topa con el lugar común del padre desentendido, o del que se entera de que tiene hijos cuando se separa.

La custodia compartida, las pensiones impagadas o las divorciadas que utilizan a sus hijos como seguros de vida protagonizan uno de los debates más tensos de la actualidad, larvas que envenenan el tejido social y que avivan la guerra entre sexos.


Lamentablemente el viernes en La Vanguardia se volvía a insistir en esos lugares comunes de los que habla Joana Bonet, redibujando con sarcasmo amargo la figura del hombre como insufrible egoísta, cínico manipulador y desvergonzado explotador...

"Amo", Clara Sanchis Mira

Si el mundo sigue girando y girando, y se da la vuelta como un calcetín, me voy a pedir un amo de casa. Un hombre que me limpie los baños por amor. Un hombre que sea capaz de encauzar su vida, su talento y su capacidad, a través del planchado de mis braguitas o los movimientos del aspirador. Que con eso le baste. Que se sienta realizado contemplando el hervor de unas patatas o de una simple coliflor. Un amo de casa que se ocupe de mis asuntos domésticos para que nada me perturbe y yo pueda expandirme, alcanzar mi pleno desarrollo profesional y concentrar todas mis energías en mí misma. Un amo de casa que me proporcione, además, el calor de una impagable vida familiar. Impagable, digo, porque no le pienso pagar. Vamos, mujer, esto está inventado desde la noche de los tiempos, es un asunto tradicional, y no seré yo quien le quite el encanto y la gracia, mezclando el dinero con un intercambio tan entrañable, exclusivamente sentimental. Porque mi hombre me hará el desayuno mientras me ducho, se ocupará de que no me falte nunca el desodorante, planchará mis camisas, bregará con las criaturas, fregará los suelos y cocinará a mi gusto porque es el dueño de mi corazón. Y a mí no se me ocurriría ofender su sensibilidad pagando sus servicios de alguna forma material, por Dios, como si él fuera un empleado de limpieza, un camarero, un niñero a sueldo o un freganchín. Nosotros dormimos en la misma cama, es muy distinto. Así que no le hablaré del uso de su tiempo, ni de trabajo remunerado y ni nada parecido, no habrá ningún tipo de planteamiento contractual entre nosotros, válgame el cielo, entre otras cosas porque sus atenciones no tendrán limitaciones de horarios, el amor verdadero, como las labores del hogar, dura 24 horas, y dura sólo 24 porque el día no tiene más. Eso no tiene precio. Y si yo pusiera dinero en sus manos, le estaría entregando la llave obscena de su libertad. Y mi amo, entonces, podría pensar que no le amo suficientemente, y una lágrima resbalaría por su barba. Nuestro amor será como el pegamento Imedio, esto lo sabremos muy bien los dos. Sobre todo él, que ya no sabrá qué hacer en su vida sin mí.Yes que las grandes responsabilidades, correrán de mi parte. Del verdadero trabajo que se hace fuera de casa y proporciona la subsistencia, será mejor que me ocupe yo. Y en el caso remoto de que su intelecto desentrenado sea consciente de esta diferencia entre nosotros, para no dañar su autoestima, no fuera que eso nos complique la vida y la cama, le haré creer que en el fondo manda mucho. Le diré que es el amo de nuestra casa, como su propio nombre indica, porque las palabras ayudan a laquear la realidad. Permitiré que tome sus propias decisiones con la temperatura de la lavadora, que escoja a su aire entre comprar melones o un kilo de melocotones, que sólo él sepa la mejor manera de freír un huevo, anudar bien la bolsa de la basura o doblar un pantalón. Me declararé una inútil en esas manualidades y le dejaré que se dé importancia. Que se erija a voces una autoridad en el arte de sofreír tomates y les grite a los niños como un loco si traen barro en los zapatos. Y si una noche llego muy cansada, con alguna cerveza de más, y me pone nerviosa que no pare de hablarme dando vueltas alrededor de mi sofá como un obseso, Dios no lo quiera, a lo mejor se me va la mano y le arreo un bofetón. Entonces me mirará tembloroso. Pero enjugará con el delantal la lágrima que descenderá por su barba, y sabrá perdonarme. Porque entenderá que vengo agotada de trabajar para mantenerlo, mientras él se ha pasado la tarde planchando la ropa delante de la televisión o relajándose con el aspirador. Y así la suave rutina renacerá en seguida de nuestro amor sin fin, y mi amo de casa planchará otra vez mis braguitas mientras yo compongo sinfonías, escribo libros, planto un árbol y hasta invento la electricidad.

20-III-09, Clara Sanchis Mira, La Vanguardia


Lo que decía, ¡urge hacerse oir! En el próximo post prometo un texto alternativo al de Clara Sanchis, que incluya la mirada masculina.

[1] La denuncia del carácter negador de la masculinidad se salda tautológicamente negando la masculinidad.

[2] Rosa Montero comentaba al respecto (“Hoministas”, El País, 03/03/2009): “El Constitucional acaba de avalar que se castigue más al varón por amenazar a su pareja (femenina) que al contrario. Bueno, si un tío con más fuerza que su mujer y con un perfil violento le dice a la esposa “te voy a matar”, como que da mucho más miedo que si es al revés, ¿no es verdad? Pero, aun así, esta discriminación legal por sexos me pone nerviosa. ¿Y si un energúmeno parecido amenaza a su pareja masculina? ¿Y si la señora que grita a su marido "te voy a matar" le envenena el café (también ha ocurrido)? ¿Y qué pasa con la mujer que amenaza a su novia y luego la aporrea? No confío en estas bienintencionadas leyes discriminatorias; temo que aumenten la inquina misógina y el ponzoñoso sentimiento victimista de esa horda de canallas que se dedica a torturar mujeres. Y, de hecho, la ley actual, que penaliza más a los hombres, no ha mejorado la situación del maltrato en nuestro país.”

[3] http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090202/53631806359/los-nuevos-machistas-se-presentan-como-feministas.html

[4] Desde la entrada en vigor de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género se han alzado voces de distintos sectores que, reubicando el discurso ancestralmente construido para perpetuar la subordinación de las mujeres, pretenden descalificar la labor legislativa.

Esas voces incluso admiten de entrada lo inaceptable de la violencia machista, para pasar a elaborar seguidamente nuevas formulaciones al servicio de mantener la discriminación peyorativa contra las mujeres en sus distintas manifestaciones, una de las cuales, la más brutal, es la violencia. En este contexto, una de las principales ideas fuerza de esta estrategia es la de que las mujeres denuncian en falso ser víctimas de violencia machista. Para ello pretenden hacer equivalente libertad de expresión a derecho a publicitar sospechas, rumores y dudas -en ningún caso contrastadas-, cuando no meramente prejuicios, como es atribuir de forma generalizada a las mujeres la realización de actos delictivos mediante la presentación de denuncias falsas.

Es cierto que el Tribunal Constitucional ha incluido dentro de la libertad de expresión -diferenciando su contenido del de la libertad de información, sujeta al límite de la veracidad- las invenciones, los rumores o las meras insidias. Pero de ello no cabe derivar que estas expresiones contribuyan a la construcción de una sociedad más democrática o a la investigación de un fenómeno considerado como el crimen encubierto más extendido del mundo.

Los juristas conocemos bien las reglas que regulan el proceso penal, el sistema de valoración de las pruebas practicadas en juicio oral y el sistema de garantías construido en el Estado social de derecho a favor del acusado. También sabemos de la extraordinaria lentitud con que las víctimas de violencia de género van desechando temores y prejuicios que dificultan la decisión de romper el círculo de esa violencia y, con ello, el silencio que lo perpetúa. O las barreras que tienen que superar para poner en conocimiento de la Administración de justicia hechos que ahora constituyen delitos. Conocemos igualmente la escasa colaboración de las propias denunciantes en el proceso, vinculada en muchos casos con dependencias de distinto tipo (sentimental, económica...) del presunto agresor, ya que ello supone romper con el modelo de socialización que sitúa a la mujer en posición subordinada en la relación de pareja. Esta escasa colaboración incluso puede deberse a la falta de correspondencia entre las expectativas que tienen respecto a la denuncia -tantas veces formulada con la única pretensión de que cese la violencia- y las consecuencias de poner en marcha el proceso penal, que ha de acabar, si se prueban los hechos, con una sentencia de condena que, normalmente, impondrá pena privativa de libertad y, en todo caso, pena de alejamiento al agresor. Sabemos asimismo de la dificultad de prueba de unos hechos que se cometen en tantas ocasiones en la intimidad o sin dejar rastros físicos apreciables.

En este contexto, el sobreseimiento provisional de las actuaciones o el dictado de una sentencia absolutoria no implica que la denuncia sea falsa. La sentencia absolutoria impide considerar culpable al que venía acusado hasta el juicio oral, pero ello no equivale a inexistencia de la violencia. Significa que la acusación no ha introducido pruebas bastantes de cargo, con la consecuencia de motivar la absolución del acusado. Un buen número de sentencias absolutorias justifican la absolución precisamente en ello.

Esto impide, naturalmente, categorizar como culpables a los acusados absueltos. Pero no permite, ni mucho menos, hablar de abuso del proceso o de denuncias falsas. Sólo podrán considerarse tales las que así sean valoradas en sentencias condenatorias firmes contra mujeres por esos delitos, y ello exclusivamente respecto de las que en concreto resultaran condenadas. Las mujeres también son titulares del derecho a la presunción de inocencia.

La última Memoria de la Fiscalía General del Estado, correspondiente a 2007, refiere 18 casos en toda España en los que se ha deducido testimonio contra mujeres para la investigación de hechos que podrían revestir los caracteres de acusación o de denuncia falsa, que también podrían ser de falso testimonio, toda vez que en ocasiones las denunciantes se retractan de su denuncia, por una errónea concepción del perdón al acusado o por el deseo de evitar su condena. No consta, sin embargo, ni siquiera el resultado final de estas actuaciones, que bien pudieron ser sobreseídas o acabar en sentencia absolutoria. Y ello, según la estadística judicial, frente a 43.048 juicios celebrados en ese año por violencia machista, que han terminado en 28.364 sentencias condenatorias.

Sobre quienes afirman que las mujeres interponen denuncias falsas recae la carga de probar su existencia. La mera difusión de insidias o sospechas no contrastadas lo único que revela es un proyecto ideológico de perpetuar la discriminación contra las mujeres así como un escaso rigor en las afirmaciones que se dicen efectuar en el ejercicio de la libertad de expresión. Permite, en todo caso, identificar el propósito que guía tales aseveraciones y valorar su papel en la construcción de la sociedad democrática. EL PAÍS 09/03/2009

[5] “Entiendo por ficción constituyente aquella sobre la que se puede construir un proyecto real, de tal manera que si desaparece la ficción, lo construido se desploma”. MARINA, J.A.: La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación, ed. Anagrama , Barcelona, 2008, p.210.

domingo, enero 27, 2008

Conquistando la paternidad (nuevas masculinidades)




Antes de ayer, al entrar en el lavabo de un centro público, me encontré con un joven papá cambiando los pañales a su bebé[1]. No es nada excepcional, ni debería serlo. Pero, confieso que me sorprendió la competencia y la ternura con que lo hacía. Era evidente que ejercitaba su condición de padre con un elevado nivel de autoconciencia.

Ese mismo día, un buen amigo me anunció el nacimiento de su primer hijo. Durante meses ha estado asistiendo a las sesiones de preparación al parto con su pareja, lo que le ha permitido vivir su paternidad con especial implicación. Me comentó que el impacto que le ha dejado todo el proceso sobrepasa cualquier experiencia previa. A ello, ha contribuido además el hecho de elegir el parto natural, una opción cada más factible, porque ya existen centros sanitarios públicos que tutorizan y atienden esta modalidad de alumbramiento. Me decía que, pese a sus suspicacias iniciales, aquellas sesiones preparatorias le redescubrieron una dimensión de la vida con la que tenía la sensación de haber ido perdiendo contacto desde la infancia. Ahora, tenía la convicción de que esta tendencia a acortar y simplificar los grandes hitos vitales, tecnologizándolos gratuitamente, nos priva de vivencias determinantes para construir nuestra existencia. Y recalcaba: “No quiero liquidar de cualquier modo estos momentos preciosos. Andamos todo el día entre máquinas y maquinitas, metidos en una espiral de trabajo, consumo y ocio evasivo que nos desconecta cada vez más de lo verdaderamente importante. Yo he optado conscientemente por sustraerme a esa inercia.”



Me acosté pensando que los hombres por fin hemos empezado a liberarnos de ese corsé de la masculinidad tradicional, que ha estado a punto de anquilosarnos definitivamente, privándonos de emociones esenciales y alejándonos de los bienes más valiosos.

Quizás vean tras esta defensa de la paternidad afectiva a hombres desconcertados y sin energía, que esconden su confusión tras un sentimentalismo sensiblero de nuevo cuño. Yo, sin embargo, llevo tiempo descubriendo a hombres sólidos, lúcidamente determinados a romper con dinámicas que les estaban empobreciendo. Hace falta mucha fortaleza para comprometerse con la paternidad y defenderla de otras "exigencias".

Pero, el escenario es nuevo y los conflictos se van a multiplicar. Y no tanto a consecuencia de las masculinidades tradicionales, que a pesar de su resistencia más o menos virulenta serán cada vez más residuales, sino sobre todo por la dificultad de reinventar un hogar en el que los hombres compartan en condiciones de igualdad la gestión de los afectos, los espacios y los tiempos. Ese ámbito era exclusivo de las mujeres hasta hace muy poco tiempo.





[1] Escribo “su” y yo mismo siento la presión de ese vetusto mandato de género que sólo autoriza a utlizar este posesivo en relación a las madres, si hablamos de un bebé.

lunes, julio 16, 2007

Paternidad de verano

El verano os ofrece a muchos papás una de las pocas oportunidades de ejercer plenamente la paternidad que tenéis. Para los separados o divorciados que no habéis conseguido la custodia compartida, constituye de hecho el único periodo mínimamente prolongado de convivencia con vuestros hijos e hijas que os ha otorgado una legislación mezquina y reaccionaria. Para otros, que habéis asumido la carga de ser los proveedores principales del hogar queriéndolo o no, ocurre algo parecido, sin que ninguna ley de conciliación laboral presente o venidera parezca contemplaros. No os desaniméis y aprovechad estas semanas para que vuestros hijos e hijas descubran la vida doméstica con su padre y a través de él (gestión de los horarios y ritos cotidianos: desayunos, comidas, cenas, compras, parque, juegos compartidos, cuadernos escolares de verano, etc.; vivencia de los espacios y rutinas del hogar: cocinar, lavar la ropa, planchar, lavar los platos, limpiar la casa; seguimiento médico; ir de compras –ropa, complementos.. ; red social: invitar a la familia, a sus amigos, a los papás de sus amigos; actividades favorecedoras de las confidencias: ver y comentar películas juntos, leer libros en voz alta; etc.). En las familias tradicionales, en las que la madre asume las principales responsabilidades del hogar, sería muy aconsejable proponer una inversión de roles durante este período, que podría constituir el primer paso para un reparto de tareas y funciones más equitativo.

Vuestros hijos e hijas necesitan ver que la paternidad también se ejerce de ese modo. La semana pasada se dio a conocer un estudio de la profesora Enriqueta Díaz (www.elbaixllobregat.net/conselldones/pdf/premsa/72.pdf) donde revelaba que los adolescentes perciben la vida de hogar todavía organizada según los estereotipos y patrones de conducta tradicionales, a pesar de que son a todas luces disfuncionales e insatisfactorios.

Os equivocáis si persistís en eludir vuestras responsabilidades domésticas, autoexcluyéndoos y enajenándoos de un ámbito donde tanto os precisan, y se equivocan las mujeres que contribuyen a perpetuar ese modelo, porque les reporta beneficios secundarios. Urge asumir que la igualdad de género en el ámbito laboral conlleva indefectiblemente que hombres y mujeres también tiendan a equiparar su peso y presencia en el hogar, incluyendo todas los ámbitos la vida doméstica, desde los más impersonales (ámbito material: compras, comidas, limpieza, mantenimiento; ámbito político: toma de decisiones, establecimiento y aplicación de normas, distribución de tareas, gestión económica, gestión horaria, planificación general: eventos familiares, vacaciones, ocio, etc.), hasta los más íntimos y personalizados (cuidados y salud física; escucha, orientación, apoyo emocional y salud psíquica).

Este imperativo de nuestro tiempo histórico constituye un reto difícil –nada más peligroso que menospreciarlo- y nos está exigiendo a todos -hombres y mujeres- mucha clarividencia y capacidad de negociación. Pero, resistirse al cambio al amparo de los estereotipos tradicionales incapacita a nuestros hijos para el futuro y produce muchas disfunciones y sufrimiento. Nos jugamos mucho. Posiblemente, muchos fracasos matrimoniales tienen que ver con los problemas que se gestan en este terreno.

martes, mayo 08, 2007

Hombres paternales y masculinos

En una interesante entrevista publicada ayer en El Periódico, Inés Alberdi anuncia la emergencia de una nueva masculinidad, caracterizada por unir la emotividad paternal a una afirmación inequívoca de su virilidad. A mí el descubrimiento no me parece tan asombroso, porque en mi entorno siempre vi hombres implicados emocionalmente en el ejercicio de la paternidad y solidarios a nivel doméstico, pero admito que quizás viví una situación algo excepcional.

En cualquier caso, sí parece indudable que el hogar y los niños se han convertido en espacio de realización también de la masculinidad, y eso sí que es nuevo. Como comentan Ulrich Bech y Elisabeth Beck-Gernseheim en El normal caos del amor (Paidós,2001, p. 148) los hijos han pasado de ser una carga a convertirse en “una experiencia de sentido” a la que se asigna una función de beneficio psicológico (sensación de tener una responsabilidad, de ser competente, de ser emocionalmente necesario; satisfacción del deseo de arraigo, de proyección en el futuro, de donación; satisfacción de la necesidad de romper con la lógica técnico-científica del espacio público y de cultivar el lado natural; satisfacción de necesidad de cariño, sinceridad y cercanía). Los hijos y el hogar se han convertido en una de las últimas utopias a la que humanos dedican sus anhelos y desvelos. Se trata, sí, de un horizonte modesto para hablar de utopía, pero no tanto si atendemos a las expectativas que se han depositado en ella o la ansiedad con que se intenta hacer realidad (es una utopia plausible en tiempo real):

Las madres y los padres no dan desinteresadamente: quieren que los hi­jos les devuelvan mucho... Quieren ser educados por sus hijos. Los hijos y las hijas deben ayudar a los padres para que éstos puedan alcanzar su propio ideal del Yo de la esponta­neidad, sensualidad, naturalidad y creatividad. Aquí los padres no educan a los hijos, sino que los hijos educan a sus padres. Los hijos y las hijas encar­nan, en el más verdadero sentido de la palabra, el ideal del Yo de sus padres. (Weymann, citado por Beck)

En un mundo en el que se experimenta un especial desamparo, donde desaparece la fe en un más allá y las esperanzas del aquí se han revelado a menudo como pasajeras, el hijo anuncia también la posibilidad de dar sentido, contenido y arraigo a la propia vida. Se trata de una aspiración compartida por todos –y especialmente intensa en los sectores en los que la sensación de desarraigo es mayor- y no debería sorprendernos, por tanto, que los hombres quieran ocupar este espacio. Pero no nos engañemos, a los hombres les está costando mucho ocupar la esfera del hogar y no sólo por las inercias históricas que ha interiorizado (dependencia afectiva de la mujer, bloqueo emocional en la relaciones, inhibición doméstica, adicciones escapistas –trabajo, deportes, ordenador, etc.-), sino porque muchas mujeres no saben o no quieren ceder terreno en este ámbito. Los espacios íntimos viven una guerra de géneros, a veces sorda, a veces sonora, que no siempre se salda con negociaciones y acuerdos. Basta contemplar cómo aumentan los divorcios y con qué intransigencia muchas mujeres defienden las posiciones de privilegio sobre los hijos que la ley y los jueces les conceden.

La ensoñación doméstica posiblemente tenga algo de oscuro paliativo a la frustración de los sueños rotos y a la frialdad del individualismo consumista al que nos vemos abocados –ya hablaremos de ello y de sus consecuencias sobre la educación-, pero merece ser explorada por hombres y mujeres.

Para acabar, me choca la insistencia en que ese nuevo hombre es muy "masculino". ¿Qué significa ese rasgo de masculinidad?. ¿Alguien creyó que la naturaleza masculina podía volatizarse para dar lugar a una nueva categoría de género, a un ser quizás más andrógino, que se redimiese de su masculinidad feminizándose? Al parecer, sí. De ahí la sorpresa...



"Surge un hombre muy paternal y masculino"
El Periódico 7/5/. Entrevista con Inés Alberdi, catedrática de sociología de la Universidad Complutense.
"Surge un hombre muy paternal y masculino"
MARGARITA SÁENZ-DIEZ TRIAS

Los nuevos padres, esos jóvenes que deciden compartir a partes iguales con la madre la tarea progenitora, son el referente en Los hombres jóvenes y la paternidad, que ha editado la Fundación BBVA. Sus autoras, la socióloga Inés Alberdi y la psicóloga Pilar Escario, analizan esa tendencia, que es especialmente vigorosa en Catalunya, donde se registra el mayor número de padres que se han acogido al permiso de paternidad. El estudio parte de un nutrido grupo de varones que están abriendo caminos enriquecedores en la socialización del niño. "Están decididos a innovar", señala Alberdi.

¿Vuelven los hombres al hogar?

--Unos pocos. Empieza a ser más atractiva la relación con los hijos. Son una minoría de vanguardia.La competencia profesional, los horarios... No es fácil.--El problema es que el mundo laboral exige mucho, pero, como empieza a exigir igualmente a las mujeres, se abre una oportunidad para que la situación se flexibilice y sean los hombres los que estén más cerca de los hijos y del hogar.

Dice uno de sus interlocutores: "Tener un hijo impone un cambio de hábitos radical".

--Empiezan a haber bastantes hombres y mujeres que tienen sus razones para no tener hijos voluntariamente. Y eso me parece interesante. Un avance fantástico.

¿Instinto maternal, paternal?

--Creo que ninguno de los dos existe. En nuestra cultura hemos creído firmemente que existe el instinto maternal. Pero era para empujar a las mujeres; para que ni se atrevieran a decir que no iban a ser buenas madres. Lo interesante de ahora es que puede disfrutar de la paternidad o de la maternidad el que quiera.

¿Una imposición?

--Creo que el instinto maternal es una manera de hacer de la necesidad virtud. Estábamos abocadas a la reproducción, y cuanto más se valorara esa mística, mejor. Siempre ha habido mujeres con ganas de tener hijos y otras sin ganas. La diferencia es que hoy las que no quieren tener hijos o no quieren alumbrar más, lo hacen tranquilamente. De ese modo es más interesante, más rica, más satisfactoria, la maternidad.

Otro comentario: "Lo que sí envidio es que otros padres puedan ir a buscar a sus hijos a la escuela".

--Eso se está extendiendo entre los hombres jóvenes. Todavía son pocos, pero empiezan a pensar como tradicionalmente han pensado las mujeres.

Que es bonito, que quieren tener más tiempo para estar con ellos.¿Les da apuro expresar esos sentimientos?

--Hemos encontrado hombres muy cercanos a sus hijos, pero que tienen reparo en enseñar sus fotos en la oficina, por ejemplo, cuando a sus compañeras se les tolera sin problema. Por eso hemos tratado el tema en relación con la masculinidad. Cada vez surge con más fuerza un tipo de hombre que es a la vez muy masculino y muy paternal. A menudo, se ha confundido desapego afectivo y emocional con masculinidad.

Rescatan una imagen entrañable que estaba desdibujada.

--Y es que a veces no se les permite mostrar esa imagen. Ha habido protestas por parte de algún sector del empresariado, felizmente no todos, cuando hemos aceptado una nueva ley de igualdad en la que se instaura un permiso para todos los hombres que tengan un hijo. Es su derecho y su responsabilidad.

¿Está escrito el papel del padre en el desarrollo afectivo del niño?

--Nunca decimos "pobrecito" de un niño que no tiene el padre cerca. Y como se empiezan a ver niños que tienen a los padres cerca, su desarrollo afectivo, la seguridad en sí mismos, seguro que aumenta. Ese niño se consolida. Pero tenemos la costumbre de mirar solo el rol de las madres, de lo que enriquecen al niño, por supuesto. En el Norte de Europa hay algunos estudios del rol del padre en el ámbito emocional, del cuidado, de la cercanía. Eso acabará incidiendo en el criterio de los jueces de familia.--Cuando se rompe una pareja, si ambos quieren estar con los hijos, habrá que ir a la custodia conjunta y buscar soluciones nunca satisfactorias para los dos, pero mejores para el niño. Estoy convencida de que no podemos preferir siempre a las mujeres frente a los hombres para cuidar a los niños. Puede haber padres que estén más cerca de sus hijos.

¿Cómo asume la mujer la pérdida del protagonismo?

--Depende. A muchas mujeres les parece un enriquecimiento que el padre de sus hijos esté cerca, que comparta, que tenga cercanía emocional con el niño. Pero hay mujeres que seguramente pueden tener miedo a perder la prioridad en el único campo en el que han disfrutado del conocimiento, la tradición y el total apoyo social.

Se abre otro camino.

--Esos hombres jóvenes están innovando. Están abriendo un camino que a mí me parece muy enriquecedor. Y, como es nuevo, hay que ir inventando las propias normas, tanteando nuevas fórmulas.

miércoles, febrero 28, 2007

Primera sentencia de custodia compartida sin acuerdo de los padres

Si realmente queremos construir una sociedad con relaciones equilibradas, la custodia compartida debería ser la fórmula de partida cuando una pareja con hijos se separa -ya ocurre en otros países de nuestro entorno-, pero sigue siendo algo excepcional y prácticamente imposible si la mujer se niega. Esperemos que esta sentencia contribuya a cambiar las cosas:

Primera sentencia de custodia compartida sin acuerdo de los padres.Dos menores pasarán media semana con cada progenitor por la custodia compartida

La Audiencia de Barcelona ha dictado la primera sentencia de custodia compartida sin acuerdo de los padres, según una modificación introducida en el Código Civil en julio de 2005 que establece que se podrá acordar la custodia compartida de los menores a petición únicamente de uno de los progenitores si se considera que así se protege el «interés del menor».

EUROPA PRESS/BARCELONA

La sentencia tiene en cuenta la voluntad de entendimiento entre los progenitores, y que el hijo mayor de ambos dejó claro su deseo de compartir su tiempo con los dos por igual, para llegar a la conclusión de que se trata del contexto adecuado para aplicar el artículo modificado del Código Civil.

Días alternos

La opinión del hijo mayor de la pareja también se tiene en cuenta a la hora de establecer el reparto del tiempo que pasarán los niños con cada uno de los padres, que no se dividirá por semanas alternas, sino por días, de modo que los menores pasarán lunes y martes con su madre, miércoles y jueves con su padre y los fines de semana serán alternos, mientras que las vacaciones se repartirán a partes iguales, para «asegurar una regularidad en la vida de los niños», que así «se crearán referencias fijas».

La Audiencia estima así el recurso de apelación interpuesto por el padre, Jordi S.T., contra la sentencia de separación, que concedía la custodia a la madre y permitía que el padre se quedara con sus hijos todos los miércoles y uno de cada dos fines de semana.


Fuente: http://www.larioja.com/prensa/20070228/sociedad/menores-pasaran-media-semana_20070228.html

martes, febrero 20, 2007

NUEVOS PAPÁS

¿Saben que hay legiones de hombres que militan en la paternidad responsable con pleno convencimiento?. Yo, que trabajo en la enseñanza, diría que ese es el perfil masculino dominante en mi medio. Hombres, que después de ejercitarse maternopaternalmente con sus alumnos y alumnas durante todo el día, anhelan regresar al hogar para ejercer como papás a pleno rendimiento y ocuparse de las tareas domésticas como el que más. Quizás el medio escolar, fuertemente feminizado, es especialmente propicio a la superación de los estereotipos de género, aunque desde siempre el arquetipo del “maestr@” ha incluido valores como la ejemplaridad, la honestidad, la sinceridad, el respeto, la empatía o la compasión que trascienden cualquier esquema de género y favorecen extraordinariamente el cultivo de la paternalidad.

De todos modos, los padres comprometidos abundan en todos los entornos. Se los ve llevando y recogiendo a los niños de la escuela; haciendo con ellos la compra; acompañándoles al médico; jugando en el parque; asistiendo con ellos a deportes y actividades mil, etc.

Todavía la desproporción en el reparto de roles es patente, pero ya son muchos los que han descubierto las mieles del feedback paterno-filial o los poderes terapéuticos de cultivar los tiempos y espacios hogareños, algo a lo que generalmente las mujeres no quieren renunciar.

En momentos de crisis de sentido como los actuales, el hogar puede ser un tesoro más codiciado de lo que se dice, y muchos conflictos no derivan tanto de la desimplicación de los hombres, como de disputar “sus dominios” a las mujeres. Muchas protegen con una barrera invisible lo que consideran su patrimonio natural –hijos, relaciones familiares, ritmos domésticos, gestión del hogar, etc- y no permiten el acceso del hombre sino es con su mediación autorizada. Algunos han necesitado separarse para liberarse de la tutela femenina y descubrir plenamente su condición paternal. He oído a alguna feminista comentar maliciosamente que los hombres sólo descubren que son padres cuando se separan y tiene más razón de la que seguramente ella misma imagina. El problema es que llegado ese momento, la mayoría de las mujeres se aferran a su victimizado rol tradicional y fijan al hombre en su posición de proveedor invisible.

Lo cierto es que, frente al prototipo de chulito, promiscuo y desalmado que se nos vende como estándar de masculinidad dominante (un abuso que habría que denunciar constantemente desde un observatorio contra la misandria -
http://es.wikipedia.org/wiki/Misandria-), hay multitudes de padres discretos y amorosos que han optado por compartir el máximo de horas con sus retoños. Hasta tal punto es así, que ya se habla del “síndrome de Atlas” ( http://www.bebesymas.com/2006/04/10-el-sindrome-de-atlas-los-nuevos-padres), caracterizado por el estrés que en muchos hombres produce la sobreexigencia parental unida a su papel de proveedores tradicionales del hogar.



miércoles, febrero 14, 2007

Reapropiarse de la condición masculina

El feminismo del siglo pasado descubrió las claves del discurso masculino y aprendió a desconfiar de sus argumentaciones, pero se le fue la mano porque acabó por demonizar al hombre, exceso por otra parte muy rentable que permite a muchas mujeres –y hombres- instalarse en la posición de víctimas o protectoras de las víctimas y disfrutar de los beneficios secundarios de tal opción. Los medios invertidos en crear un imaginario en consonancia son colosales y están resultando efectivos.

Ahora "toca" enseñar a los hombres a reapropiarse de su condición masculina desde los desvelamientos del feminismo. De hecho, un sector del feminismo más lúcido y "sensible", consciente de la inevitabilidad del ser masculino, prepara incesantemente guiones para redimirlo y convertirlo a un nuevo estado, aunque a costa de negar más que de afirmar su naturaleza. Mal camino. Esa necesaria transformación –abandono de los estereotipos tradicionales, alumbramiento de un nuevo imaginario, etc.- sólo podrá conseguirse si los hombres aprenden a desconfiar sanamente del discurso feminista y parten de la afirmación desacomplejada de su condición masculina. El primer paso quizás sea el de crear un nuevo imaginario y divulgarlo insistentemente a través de los medios de comunicación. Al futuro de nuestra especie le conviene. Podría empezarse por “los nuevos papás”, un hito reciente en la historia de la humanidad.

domingo, enero 14, 2007

LOS DIEZ RETOS DE LAS NUEVAS MASCULINIDADES


1.
Asumir plenamente la crisis de la masculinidad tradicional que se deriva de la incorporación plena de las mujeres al trabajo asalariado y estable. Revisar críticamente los símbolos y las estructuras patriarcales que han articulado la vida social hasta ahora, pero sin caer en demonizaciones simplistas, que lleven a menospreciar o ignorar el complejo entramado de funciones, contraprestaciones y deberes que comportaba el modelo tradicional en sus formulaciones más equitativas. Promover nuevas pautas de conducta que desde la afirmación desacomplejada de la condición masculina permita construir relaciones equilibradas y satisfactorias. Desprenderse y liberarse de los aspectos insatisfactorios de los modelos hasta ahora dominantes.

2. Descubrir la importancia de nuestra presencia activa en el ámbito del hogar. Corresponsabilización total por parte del hombres de les tareas domésticas, de la atención de los hijos y del cuidado de los mayores y enfermos. Aprender a negociar el reparto de responsabilidades, reclamando a las mujeres que cedan poder en los espacios domésticos. Saber cuidar de uno mismo y de los que nos rodean.

3. Aprender a resolver los conflictos de pareja dentro del marco relaciones surgido de estos cambios –más dinámico e inestable que nunca-, desarrollando especialmente las habilidades comunicativas y la capacidad de negociación. Los hombres han de saber gestionar su específico lado oscuro y conseguir interactuar correctamente con el lado oscuro femenino, en un entorno frágil, sometido a fuertes tensiones –armonización compleja de los proyectos de realización personal, presión laboral, cargas familiares, etc,-. El reto exige competencias emocionales hasta ahora descuidadas: capacidad de identificar los estados emocionales y de expresar necesidades personales, asunción desproblematizada de la propia vulnerabilidad, predisposición al diálogo franco y constructivo sin pudores absurdos, dominio del tempo comunicativo, etc.

4. Construir o reconstruir creativamente las estructuras familiares a partir de las cenizas del modelo anterior, conjugando el refuerzo emocional mutuo y el respeto a la autonomía personal. Conseguir crear un entramado afectivo eficaz que favorezca el crecimiento y la maduración saludable de todos sus integrantes.

5. Contribuir a redefinir la maternidad desde la afirmación plena de la paternidad.

6.
Reivindicar la paternidad afectiva no sólo como un proyecto deseable, sino como un derecho al que ningún hombre ha de renunciar y que, por tanto, debe estar plenamente reconocido a nivel jurídico. Luchar sin complejos contra las injusticias y vejaciones que se sufren en este ámbito.

7. Denunciar la criminalización de la condición masculina bajo cualquiera de sus formas. Combatir el recurso gratuito al binomio “hombre agresor-mujer víctima” en la articulación de los discursos.

8. Criticar las formas de construcción de la polaridad sexual que consagran hipócritamente la mirada masculina más rancia y obsoleta (música, moda, pornografía...).

9. Aprender a crear y mantener redes de relaciones y de apoyo.

10. Asumir plenamente la complejidad y diversidad de las identidades masculinas, huyendo de las identidades artificiosas, diseñadas para favorecer el consumo.

sábado, diciembre 23, 2006

Ségolène Royal y los "padres desposeídos de sus hijos"

Entrevista a Ségolène Royal realizada por Anne Rapin y Stéphane Louhaur. Label France

FUENTE: http://www.diplomatie.gouv.fr/label_france/ESPANOL/DOSSIER/enfance/14.html


¿Qué puede hacerse para fomentar un verdadero reparto de responsabilidades entre hombres y mujeres de cara a los niños y para implicar más a los padres?


Me parece fundamental reforzar el lugar y el papel del padre. Estoy contemplando varias medidas para favorecer esta implicación de los padres desde el nacimiento del niño. Por otra parte, la reducción del tiempo de trabajo ha permitido disponer de más tiempo para las relaciones familiares.


Hoy en día, numerosos padres se sienten desposeídos de sus hijos, sobre todo en los casos de parejas separadas cuyos hijos están a cargo de la madre. Demasiado a menudo, se confunde la patria potestad, que pertenece a ambos padres, incluso en caso de separación, con la custodia de los hijos, en la mayoría de los casos otorgada a la madre. Cuando estaba en la Educación Nacional, pedí que los libros de escolaridad ya no se mandaran sólo a las madres sino también a los padres, para no excluirlos de sus responsabilidades educativas.


Por último, en el marco de la reforma del derecho de la familia, estamos contemplando promover un sistema de custodia que alterne entre los padres para reconocer mejor los derechos de los padres e implicarlos más en su relación paterna. Desde un punto de vista práctico, la organización de esta custodia alternativa se hará, evidentemente, en función del interés de los niños.


¿Le parece satisfactoria la duración de la baja por maternidad, que actualmente es de diez semanas?


Para empezar, me parece que la estancia en la maternidad de las mujeres que acaban de dar a luz es, a veces, demasiado breve. Al volver a casa, en pleno periodo de baby blues, las madres suelen encontrarse aisladas y solas con el recién nacido. De forma general, pienso que los poderes públicos deberían ayudar más a los padres y madres durante los primeros meses después del nacimiento de un niño. Sabemos que el primer año es especialmente difícil para la pareja, sobre todo al nacer el primer hijo. Ya que ser padre no es algo innato, se aprende y requiere apoyo. Desde esta perspectiva, pronto daré a los nuevos padres una pequeña guía para ayudarles en sus nuevas responsabilidades. “Ser padre es algo que se aprende”