jueves, noviembre 27, 2008

Campañas sobre la violencia de género masculino y apuntes para la deconstrucción del discurso dominante.



Me preocupa el sesgo de las campañas sobre la violencia de género masculino. Su tono se radicaliza año tras año y su mensaje tiende a simplificarse cada vez más. En mi población se han organizado cursos de defensa personal para mujeres con apoyo institucional y las calles se han llenado de carteles en los que las expresiones violencia machista o patriarcado se repiten hasta el infinito.


Sinceramente, no creo que este sea el camino. Se me dirá que es una estrategia preventiva, una estrategia de choque, una apuesta por el empoderamiento de la mujeres.. Desde luego no podemos mantenernos impasibles, pero el problema es demasiado grave y complejo como para abordarlo con campañas que caricaturizan la realidad y destilan rabia.


Quizás estas explosiones misándricas queden bien de cara a la galería, pero no resuelven nada, porque dibujan un monstruo masculino que está ya en vías de extinción y eso lo sabemos todos. Sería mejor hablar del mundo en el que vivimos ahora y no del de nuestros abuelos, porque de seguir insistiendo en esta última vía, lo que se va a conseguir es que nadie se sienta interpelado. No niego que siga habiendo machistas recalcitrantes, ni infelices que tengan ensueños patriarcales, pero el perfil de los agresores potenciales que nos ha de preocupar más es otro mucho más común. Me refiero al hombre que se desconoce su específica condición masculina, al que niega su agresividad, al que cree que por defender el respeto y la igualdad y repudiar el machismo nunca va a incurrir en esas conductas. A ese perfil masculino, que es el dominante, es al que hay que dirigirse y hay que hacerlo desde bien temprano. No podemos caer en la paradoja de señalar al colectivo masculino como causa problema y después no prestar ninguna atención a los hombres reales. Hay que centrarse en el hombres corrientes, en sus perplejidades, en los chicos que están conquistando su masculinidad en medio de mensajes desarticulados y contradictorios. Y hay que proporcionar herramientas para desplegar de manera positiva la condición masculina, desde su particular peculiaridad.


Pero eso no va a hacerse hasta que superemos la perspectiva radicalizada de género en la vivimos inmersos. Como institucionalmente se parte del presupuesto de que la masculinidad o la feminidad son exclusivamente construcciones culturales, sólo se admite una explicación culturalista de la violencia (el problema es la ideología machista dominante) y una solución de la misma índole (hay que combatir el machismo desde todos los frentes).


¿Qué no se obtienen resultados? Pues se considera que hay insistir con más energía en la misma dirección, sin cuestionar los irrenunciables principios de los que se parten. La explicación se sitúa en el machismo opaco y subrepticio, un enemigo invisible que agazapa hábilmente en cualquier rincón, un virus letal que puede malograr en cualquier momento los esfuerzos realizados. Machismo, masculinidad, condición masculina son cada vez más equivalentes, las expresiones de una ideología patriarcal subyacente y remisa a desaparecer. La guerra se intensifica: hay que recelar de todo, hay que denunciarlo todo, hay que castigarlo todo. Debe pasarse al ataque preventivo y castigar incluso al sospechoso antes de que se demuestre su culpabilidad.


Cabe sin embargo, otra posibilidad: dudar los presupuestos de la perspectiva de género más radicalizada. En una reciente conferencia Teresa Forcades comentaba que en Estados Unidos sólo una de cada cuatro mujeres se identificaba con los postulados feministas, a pesar de que es el país en el que el enfoque de género ha tenido más largo recorrido en todos los ámbitos. ¿Machismo reticente al cambio?. No, cansancio ante unos análisis que no se ajustan al mundo real. ¿No sería más fácil asumir que el género tiene un substrato biológico, que somos híbridos de naturaleza y cultura y que hombres y mujeres tenemos que aprender de manera diferenciada nuestras especificidades de manera diferenciada para construirnos como personas plenas?. Esa era su propuesta, que ya comentaré más detalladamente en otro post.


Hoy he hablado con algunas alumnas de bachillerato sobre estos temas. Ha sido interesante. Ninguna se imaginaba haciendo el papel de chica sumisa. Eso -me han dicho- puede ocurrirle a alguna catorceañera o muy inmadura, pero a sus edad (17-18) es improbable. Tampoco temían caer en las garras de un machito, porque esa máscara repele y se detecta a la legua. Les preocupaba más el buen chico dependiente, que se cuelga de la chica y es incapaz de aceptar que una relación se ha acabado y se vuelve agresivo.



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