Reproduzco el artículo de Gustavo Martín Gazo en EL PAÍS del domingo pasado sobre los excesos psicologistas reinantes y la cultura terapeútica, que no he léido hasta hoy. Reproduzco a continuación el artículo de Luis Rojas Marcos a que se alude en el texto.
Nuestra pequeña mano
¿Qué hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de nuestros sueños hoy día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parecen haber quedado la insondable obra de Freud y su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos, las divagaciones de C. G. Jung sobre el poder liberador de los símbolos, las delicadas fantasías de Melanie Klein sobre el mundo de los niños, o las reflexiones de Lacan sobre el poder creador del lenguaje. La psicología ya no trata de responder a la pregunta eterna de quién somos, sino de encontrar fórmulas que nos permitan lograr mejor nuestros objetivos de acomodación a lo que hay. Pero ¿el mundo tiene que ser necesariamente como es? Aun más ¿no radica en esa necesidad de preguntarnos si podría ser de otra forma una parte esencial de nuestra humanidad? Perceval visitó un extraño reino donde todo estaba muerto, y contempló a su rey herido y el lúgubre cortejo de la copa de oro y, al evitar preguntar por lo que pasaba, los condenó sin saberlo a que continuaran eternamente igual. El tema de las preguntas que por no plantearse conducen a la esterilidad y a la muerte del pensamiento es un tema muy repetido en el folklore, y me temo que algo así está empezando a pasar entre nosotros, y tal vez por eso, porque no pensamos, dimanamos autosatisfacción. Pero ¿de verdad tenemos motivos para estar tan contentos? Es cierto que el mundo que nos ofrecen las oficinas de viaje y las promociones de la banca poco o nada tiene que ver con el mudo oscuro de los cuentos de hadas, pero a cambio, como diría Chesterton, es mucho menos interesante. Un mundo sin sentimientos ni memoria, un mundo sin desatinos ni sueños puede que fuera menos perturbador que el nuestro, pero ¿de verdad merecería la pena vivir en él?
Pero la pregunta acerca de quiénes somos sólo puede formularse a través de la contemplación del mundo en que nos ha tocado vivir. La realidad es nuestra máxima construcción colectiva: el terreno de lo común, de las percepciones y normas compartidas, el gran escenario de un juego en el que todos participamos, y cuyas reglas revelan lo que estamos dispuestos a hacer con la vida. Numerosas voces claman por el trato que damos a la naturaleza, o llaman la atención sobre ese espectáculo grotesco en que hemos transformado la política. Ambas, naturaleza y política, han estado en el corazón de las aspiraciones humanas a lo largo de la historia, pues el mundo es, ante todo, "un lugar para vivir". Pero el hombre posee una asombrosa capacidad para observar el complejo discurrir de sus pensamientos, sentimientos, intuiciones, fantasías, recuerdos y deseos. Todos ellos constituyen un prodigioso mundo interior, sobre el que no hemos dejado de interrogarnos desde los albores de la humanidad, gracias al fabuloso misterio de la conciencia. Y desde hace más o menos dos siglos ha sido la psicología la ciencia encargada de llevar a cabo esa apasionante tarea.
Y puede que en ningún otro momento de la historia esta joven disciplina haya estado tan presente en nuestras vidas. Las Facultades rebosan de estudiantes, equipos de profesionales intervienen en las tragedias colectivas, seleccionan personal en las empresas o participan en "reality shows" televisivos, y muchos psicólogos y psiquiatras expresan sus opiniones y consejos en los medios de comunicación o escriben libros con indicaciones terapéuticas o de auto-ayuda. A pesar de que el acceso a la psicología en la Sanidad Pública sigue siendo precario, proliferan los artículos y revistas que divulgan un supuesto saber científico en torno a las profundidades de la mente humana. Uno de ellos, titulado "Autoestima española", de un prestigioso psiquiatra, ha llamado poderosamente mi atención por la manera en que ejemplifica el trato que suele darse a estas cuestiones en los medios de comunicación.
Las consideraciones que se vierten en ese artículo en torno a la autoestima nada aportan de original y adolecen de la misma formulación autosuficiente que suele imperar en los actuales escritos sobre psicología: son la expresión de la obviedad elevada al rango de ciencia. Las hipótesis (en este caso, que los españoles gozamos de una excelente autoestima) no necesitan ser demostradas a través de la reflexión o la argumentación, sino de numerosas encuestas en las que se ha preguntado directamente a miles de personas sobre su nivel de satisfacción consigo mismas. A partir de aquí, cualquier cuestionamiento sobra: también cualquier explicación. La estadística por sí sola ha comprobado lo que, a los ojos de cualquier simple mortal, sería imposible de medir: el nivel de satisfacción subjetiva de un pueblo. El propio autor reconoce la dificultad y afirma que la autoestima "no podemos medirla como el pulso o la temperatura del cuerpo. El único método para estudiarla es preguntar". Todo se juega, pues, en las preguntas. La calidad de las respuestas depende de ellas: por eso los grandes filósofos se han distinguido siempre por la manera singular en que interrogan a la realidad.
La psicología hegemónica actual, en su empeño por alcanzar el estatus de una ciencia empírica (cuando su objeto de estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de mediciones estadísticas), ha hecho un tristísimo uso de las preguntas: planteando sólo las más previsibles, limitando al máximo las respuestas, eliminando por completo todo género de matices y detalles. Los resultados obtenidos son tan pobres como la herramienta utilizada, pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las matemáticas y la estadística. Nuestro psiquiatra acaba su artículo sugiriendo que quizá los españoles tengan una percepción equivocada de sí mismos. Aún no nos hemos dado cuenta de la magnífica verdad que describen por nosotros las encuestas: "los pensamientos automáticos derrotistas nos roban continuamente la conciencia de nuestro alto y saludable bienestar emocional".
Este mismo esquema se aplica a diario en el terreno de la psicología clínica. Muchas terapias se basan en el aprendizaje de técnicas y ejercicios conducentes al control de los síntomas, renunciando a plantear los interrogantes básicos acerca de su origen o sentido. Y tales métodos se presentan como científicamente probados a través de experimentos empíricos, basados, en su inicio, en la comparación de la conducta humana con la que se puede observar en los ratones. El mensaje surge con claridad: "la psique es mucho más simple de lo que se ha podido pensar o intuir, responde a sencillos mecanismos de estímulo-respuesta, el hombre es un animal previsible".
La psicología, como disciplina dedicada al estudio de la mente humana, y en su vertiente terapéutica, da cuenta de la manera en que nos vemos a nosotros mismos, del modo en que nos acercamos a los demás y de la idea de bienestar y curación que proyectamos en quienes sufren. Su estado no hace más que demostrarnos la pobreza de nuestras aspiraciones, la poca importancia acordada a la creatividad y al juego, la profunda limitación de nuestra concepción del ser humano. Las llamadas estrategias de distracción proponen desviar la atención de la angustia para centrarla en banalidades cotidianas: el número de personas que llevan una prenda roja en un vagón de metro o la suma de las matrículas de los coches. ¿Por qué aspirar a que una persona disfrute del arte o encuentre un refugio en su imaginación? ¿Por qué tratar de ahondar en sus desdichas y reflexionar sobre ellas? ¿Por qué escuchar, con el compromiso que exige la verdadera escucha, sus sueños, temores y esperanzas: adentrarse en el terreno de lo no vivido? Es más sencillo y eficaz hacer un vacío en el pensamiento, desconfiar del poder de la palabra. Las terapias, lejos de tratar de conducir a las personas a la máxima realización de sus posibilidades, se convierten en la negación de lo específicamente humano: renuncia al vuelo del pensamiento y a la radical función del lenguaje. Como si a un pájaro atemorizado se le convenciera de que la vida es hermosa sobre una rama y no es conveniente que se lance a volar. A pesar de haber nacido con alas, se le recomienda que no las utilice, pues entrañan peligros. ¿Para qué arriesgarse? Uno puede perderse o caerse en las alturas, errar el camino de vuelta, ser atacado o sentirse inseguro. Nada le garantiza el bienestar. Del mismo modo la psicología, en su progresivo empobrecimiento, desea convencernos de que no merece la pena adentrarse en los oscuros caminos del pensamiento, la imaginación y la memoria. Se afana en disfrazar su complejidad, reforzar sus engaños, no descubrir sus potenciales. Parece ignorar que, como dijo Hölderlin, en "el peligro puede estar, también, la salvación".
Una arriesgada reflexión resulta imprescindible: ¿Qué hemos hecho del estudio de la mente humana, ese lugar fascinante y enigmático, para que haya derivado en tal cantidad de despropósitos? Toda la responsabilidad es nuestra. La vida y el mundo dependen del sentido que queramos otorgarles: de la medida en que estemos dispuestos a implicarnos, del compromiso que adquiramos con ellos. Un cuento proveniente de la tradición de los judíos jasidim, puesto en boca del Baal Shem Tov, llama la atención sobre el enorme potencial de nuestras realidades, pero también sobre la incesante tentación de apartar e ignorar sus maravillas: "¡Ay! ¡El mundo está lleno de brillantes resplandores y de misterios y el hombre los aleja de sí con una pequeña mano!". La psicología puede ser el terreno privilegiado de la imaginación, la memoria, la reflexión y el juego; también el de la obviedad, la simplificación y el conformismo. La elección sólo recae en nuestra pequeña mano.
Gustavo Martín Garzo es escritor.
FUENTE: http://www.elpais.com/articulo/opinion/pequena/mano/elpepuopi/20070916elpepiopi_5/Tes
Autoestima española
En un vuelo reciente a España desde Nueva York, me tocó de compañera de asiento una señora muy cordial que antes de abrocharnos los cinturones ya me había interrogado sobre el motivo del viaje. Al mencionarle que iba a dar una conferencia sobre la autoestima, la inquisitiva mujer exclamó: "¡Pues de eso en España andamos fatal!". Quise indagar en qué basaba tan contundente afirmación y me dijo sin vacilar: "Mire, vivimos rodeados de maltratadores y terroristas". Sorprendido, le pregunté si conocía a muchos de estos desalmados. La afable señora deliberó unos minutos y respondió con extrañeza: "Ahora que me paro a pensar, la verdad es que a mi alrededor no hay maltratadores, y tampoco conozco a ningún terrorista". Seguidamente, los dos guardamos silencio.Mi compañera de viaje había reaccionado con lo que llamamos en psiquiatría pensamientos automáticos. Estos pensamientos se forjan con prejuicios o generalizaciones irreflexivas y suelen derivar en juicios tan negativos como desacertados. Para hacerle justicia a mi interlocutora, explicaré que al despedirnos me comunicó con emoción: "¡La culpa de lo que le dije la tienen los telediarios!". Deduje que después de razonar se percató de que había confundido la noticia o lo aberrante con la vida normal o lo habitual.La realidad es que la autoestima de los españoles, hombres y mujeres, mayores y pequeños, se sitúa actualmente entre las más saludables y elevadas del planeta. Ésta es la conclusión a la que llegan, con singular consistencia estadística, estudio tras estudio. Expertos como Michael Argyle y Ruut Veenhoven, de las universidades de Oxford y Erasmus de Rotterdam respectivamente, ya revelaron esta tendencia positiva en los años noventa. En 2000, un sondeo Demoscopia elaborado mediante entrevistas a domicilio señalaba que seis de cada diez españoles decían sentirse bien consigo mismos, además de confiar en un mundo cada vez más sano, libre y feliz. Dos años más tarde, la agencia oficial Eurobarómetro mostraba que la población española, junto con la holandesa, obtenía la cota más alta en bienestar psicológico. En 2006 este mismo organismo documentó que el 84% de los españoles afirmaba estar muy o bastante satisfechos con su vida, cuatro puntos por encima del resto de los europeos. Entre los jóvenes, el termómetro de la autoestima también marca niveles superiores a la mayoría de los países de la UE, como reflejó el informe Juventud en España 2004 y confirmó recientemente Unicef. Es verdad que todos conocemos paisanos que viven hundidos en el autodesprecio y hasta piensan que no merecen vivir. Pero incluso si usamos la tasa de suicidios como indicador del estado emocional de un pueblo -algo que propuso el respetable sociólogo francés Émile Durkheim-, la proporción de estas trágicas despedidas en España se encuentra entre las más bajas de Occidente (según Eurostat, en 2005 se contabilizaron 6,6 suicidios por cada 100.000 habitantes en este país, mientras que la media en el resto de Europa y Estados Unidos rozaba 11 muertes).Es cierto también que una alta autovaloración no es siempre un dato beneficioso. Como ocurre con el colesterol, existe una autoestima "buena" o socialmente constructiva y otra "mala", o narcisista, que se basa en el dominio sobre los demás. ¿Quién no se ha topado con algún déspota de ego inflado que practica el abuso de poder? Estos verdugos prepotentes son minoría, pero mantienen su capital de amor propio a costa de robárselo a otros, y hacen estragos en el ámbito social, laboral, escolar o familiar.La autoestima, entendida por la valoración que hacemos de la idea de nosotros mismos, es subjetiva. No podemos medirla como el pulso o la temperatura del cuerpo. El único método para estudiarla es preguntar. Además es personal; a la hora de autovalorarnos no distinguimos entre mí y mío, y, de acuerdo con nuestras prioridades, ponemos en la balanza desde la habilidad para relacionarnos hasta nuestras posesiones, pasando por el físico, la aptitud para el trabajo o para desempeñar nuestro papel familiar o social, los talentos, los logros o los fracasos. También sopesamos el grupo social al que pertenecemos y las opiniones que creemos tienen de nosotros los demás. Al autovalorarnos, casi todos nos protegemos excluyendo del cómputo los problemas que consideramos fuera de nuestro control o los infortunios inevitables.La buena autoestima de los ciudadanos es un dato de gran relevancia que debemos celebrar. Pocas cosas son más determinantes en la vida de las personas que cómo se sienten consigo mismas. Una autoestima sana suele ir de la mano de la participación constructiva en la sociedad, de la capacidad para adaptarnos a los cambios y superar la adversidad y de la satisfacción con la vida en general.Siempre me ha llamado la atención el hecho de que mientras los estadounidenses tienden a presumir sin reparos de autovalorarse generosamente, mis paisanos españoles no suelen hablar, y mucho menos vanagloriarse, de su probada autoestima. Creo que esta actitud se debe, en parte, a que en España, tradicionalmente, la percepción favorable de uno mismo se ha teñido de ignorancia o de egocentrismo. Otro condicionante es la exaltación de la modestia, bien como virtud espiritual o por aquello de que "la uña que sobresale es la que recibe los golpes". Finalmente, no puedo evitar volver a la anécdota del principio para expresar mi convencimiento de que los pensamientos automáticos derrotistas, que tanto abundan en este Reino, nos roban continuamente la conciencia de nuestro alto y saludable bienestar emocional.Luis Rojas Marcos es psiquiatra y profesor en la Universidad de Nueva York (El País, 09/06/07).
Funte: http://ccampos1946.blog.com/1834013/
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martes, septiembre 18, 2007
El psicologismo según Gustavo Martín Garzo
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psicologismo
viernes, agosto 31, 2007
Máximas de la cultura terapéutica
Entre las promociones de septiembre con que las televisiones nos martillean, ocupan un lugar destacado las obras de un “maestro espiritual” llamado Rajneesh, conocido por “Osho”, alguien que comenta inquietantemente en su autobiografía Vislumbres de una infancia dorada (Gaia, 1996):
"He renunciado incluso a la iluminación, a la que no había renunciado nadie antes que yo... No tengo religión, ni país ni casa. Todo el mundo es mío. Seguiré siendo un rebelde hasta que me quede el último aliento... Aunque no tenga un cuerpo, tendré los cuerpos de miles de mis amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor y puedo meterles ideas en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente lo que voy a hacer. Mi rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi revolución continuará más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos, muchas más voces, muchas más manos para continuarla". (citado en: http://www.personarte.com/pasiones/pasion07.htm)
Pero, pese a lo que pueda parecer, no estoy totalmente en contra de la cultura terapéutica y la espiritualidad New Age. Como señala Teresa Forcades, el olvido de la interioridad y el menosprecio del cuerpo y de la afectividad que se ha producido en la modernidad justifica sobradamente la emergencia de las espiritualidades terapéuticas.
Frente a una racionalidad medicalizadora que “parte del presupuesto (falso) de que la vida que vale la pena vivir es la que nos permite experimentar un estado de bienestar (salud) continuo”, las nuevas espiritualidades apuestan por una visión integradora de la mente y el cuerpo y nos invitan a escuchar los mensajes de nuestro cuerpo enfermo (reflejos de nuestra historia emocional) como llamamientos a la mejora espiritual. La racionalidad médica moderna –que no es integradora- …patologiza incluso los problemas de convivencia que las nuevas espiritualidades, más humanas, consideran oportunidades de vivir el amor que no deben ser eliminadas sino soportadas con paciencia y valoradas positivamente como maestras de vida.”
El problema es que estas “espiritualidades más o menos esotéricas que enfatizan la dimensión interior de la espiritualidad… con frecuencia obliteran completamente la dimensión ética o de justicia social.” http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf
En su obra Identidades inciertas: Zygmunt Bauman (Herder, 2007), Helena Béjar denuncia acertadamente que la cultura terapéutica traslada a cada individuo la responsabilidad de los trastornos y las patologías psíquicas que la sociedad del riesgo provoca impunemente… “La cultura de la terapia, que es parte del contexto de la identidad líquida, pretende suspender el juicio sobre los demás y sobre le medio social que los individuos no pueden controlar y mucho menos modificar. La personalidad tolerante, flexible y que no emite juicios es parte del código políticamente correcto que el modelo de las relaciones puras, la estrategia de la flotación y la fexibilidad están imponiendo como un nuevo deber ser. …La psicologización de los problemas fatídicos (el paro, el abandono, la soledad, la enfermedad, la muerte), que son parte inescapable de la vida, pretenden sacarlos de la escena pública y ocultarlos en la vida privada. O, más bien en una intimidad que los psicoexpertos quieren colonizar. En la penumbra de la consulta del psicólogo… se ponen entre paréntesis la realidad social y las explicaciones colectivas. También el sentido moral, la admisión de la interdependencia de los hombres, de la responsabilidad en relación a los demás, como insiste Bauman.” (p. 194)
Por otra parte, la cultura terapeútica es enormemente seductora porque no actúa como las religiones tradicionales, propiciando la aceptación del sufrimiento como parte del camino hacia una lejana plenitud futura, sino creando la ilusión optimista de que el sufrimiento puede ser vencido aquí y ahora, de que la sanación psicocorporal es posible, si se abordan nuestros padecimientos con determinación (un proteísmo de raíz tan moderna como el de la razón autosuficiente) . “Ante las experiencias negativas (...) la nueva religiosidad adopta una actitud positiva y dinámica. `Tengo la solución´, nos anuncia. En lugar del misterio que hace salir de sí a la humanidad para dejarla abierta a una realidad que no puede dominar, la nueva religiosidad le promete la experiencia de la plenitud aquí y ahora. Tiene que existir la posibilidad `individual´ de vivir sano y feliz en la tierra...; si no,¿qué sentido tiene la vida?” (Forcades Vila, T., “La salut com a religió. La religió com a teràpia”, en Qüestions de Vida Cristiana, 215. PAM, 2004. pág. 35).
La consecuencia de este enfoque es la estigmatización de la persona enferma como persona “poco espiritual”. “Si el dolor es superable, quien lo sufre debe considerarse
un inmaduro espiritual. Se mezcla este presupuesto con algunas premisas popularizadas por el budismo occidental acerca de la insustancialidad del dolor. Así, no es extraño que las personas que sufren enfermedades graves y en algunos casos aún incurables como ciertos tipos de cáncer, sean informadas por sus terapeutas de medicinas alternativas o por sus guías espirituales New Age de que ellas mismas se han provocado la enfermedad con su cerrazón afectiva y que ellas mismas podrían curarla si decidieran abrirse a la vida y a sus dones gratuitos y maravillosos.” http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf
Con su promesa de vida sanada, la cultura terapeútica nos aboca a ponernos bajo sospecha constantemente, porque siempre existirá algún indicio que contradiga esa ilusión. Pero, el cuestionamiento y problematización permanente de nuestra vida psíquica, lejos de fortalecernos, puede llevarnos a vulnerabilizarnos todavía más, a convertirnos en clientes perpetuos del terapeuta, a delegar la gestión de nuestra psique de modo permanente.
Finalmente recordar que -como señala Helena Béjar en otro artículo muy recomendable- la cultura terapeútica, con su noción de libertad entendida como liberción personal, amenaza con conducirnos a un frustrante solipsismo.
“La libertad es liberación: del pasado, de la infancia, de la palabra del padre, de las dependencias emocionales y, en general, de todo cuanto entorpezca el desarrollo del «yo». Pero la libertad negativa, llevada al extremo, dificulta la vida social. La independencia es una virtud que conduce,a la postre, a la soledad. La valoración de la autosuficiencia hace menos soportables los defectos y las debilidades ajenas. Si uno cree que puede prescindir de su prójimo estará poco dispuesto a comprender sus carencias. El individualismo que la terapéutica predica —imbuido de principios como el equilibrio personal y la huida del conflicto— dificulta los lazos sociales y la cooperación. En un mundo de seres responsables e independientes nadie se hace cargo de nadie.”
Frente a esta cultura terapéutica Béjar cita las propuestas de Yankelovich y otros críticos del individualismo que hablan de reconstruir el sentido de la comunidad: "hay que limitar los deseos, recuperar la noción de respetabilidad y poner el ideal de justicia por encima del interés propio. …En cuanto a la esfera de los afectos, los críticos del individualismo ponen en cuestión el valor de la autosuficiencia. La vida contiene conflicto, fracaso y dolor; no todo es controlable por una voluntad racional. Frente a la la entronización de la autonomía, que conduce al egoísmo generalizado, los componentes del «partido del super-ego» aluden a un término de difícil traducción, el caring, que recuerda a la virtud cristiana de la caridad. La esfera privada ha de volver a ser un reducto emocional, un cobijo de protección y ternura. Las relaciones personales deben ser profundas y duraderas,sin que por ello hayan de caer en la intimidad destructiva o el distanciamiento del narcisismo. Junto con la caridad, la fe y la esperanza son las otras virtudes para reconstruir un sentir social... la fe para canalizar la obediencia y la confianza en la autoridad. Por su parte, la resurrección de la esperanza nos ayudaría a mirar hacia adelante. Frente a la hipóstasis narcisista del presente,la noción de futuro es imprescindible para ejercer la razón pública. El pasado, asimismo, ha de asumirse …somos herederos de una historia y una cultura de la que no podemos prescindir. …El hombre es un ser que precisa activar su voluntad en una empresa que traspasa los muros de la intimidad.
(http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_037_06.pdf)
No es fácil discriminar entre las distintas corrientes terapéuticas o entre las espiritualidades New Age. Las hay más y menos respetables. En el siguiente listado he intentado recoger algunas máximas que aisladamente y en su versión moderada pueden resultar incluso luminosas y aceptables, pero que en su versión más radical y reunidas en una misma corriente resultan alarmantes. Si alguien ha visto el arranque de Alta Sociedad, película por lo demás bastante desigual, entenderá a que me refiero.

Máximas de la cultura terapéutica
1. Has de asumir tu insuficiencia para definir y gestionar tus problemas. Asume que eres vulnerable y que tú sólo no puedes hacer frente al dolor.
2. Aunque no lo quieras reconocer eres víctima de inercias internas ciegas e inconscientes que te robotizan provocándote y provocando sufrimiento. La resistencia a admitirlo es la manifestación más evidente de tu inconsciencia y autodesconocimiento. Asume que estás enfermo.
3. Tu eres el único responsable de lo que te ocurre y cómo te sientes.
4. Tus frustraciones y dolores son llamamientos a cuidarte de ti, es decir a iniciar una o varias terapias y perseverar “sine die” hasta la sanación definitiva.
5. Tú eres el culpable de tus enfermedades físicas, expresión inequívoca de tu psique enferma.
6. Revisa tus dependencias: tu felicidad sólo ha de depender de ti y tú no dependes de nadie.
7. Sé flexible. Mantén todas las opciones abiertas y no te niegues nuevas oportunidades.
8. Si estas ansioso es porque no tienes suficiente seguridad en ti mismo, es decir en tus psicoterapeutas. Déjanos que gestionemos tu psique.
9. La hiperinflación de pensamiento y tus constantes juicios críticos son tu peor enemigo. Tú no eres tu mente. No te protejas.
10. Sé auténtico. Sé tu mismo. Conéctate a tu yo genuino, a tu voz interior.
11. Lo más importante es que aprendas a mantener tu autoestima bien alta y a sentirte bien contigo mismo y eso no depende de más juez que tú.
12. Vive intensamente el aquí y ahora. El pasado y el futuro no existen. No dejes que te esclavicen.
13. Asume abierta y desinhibidamente tus sentimientos. No los reprimas.
14. No dejes que otros definan por ti lo que es correcto e incorrecto. Desconviértete v despréndete de de los valores e ideales que limitan el gozo de la vida.
15. Llora. ¡Por fin te estás liberando!...
"He renunciado incluso a la iluminación, a la que no había renunciado nadie antes que yo... No tengo religión, ni país ni casa. Todo el mundo es mío. Seguiré siendo un rebelde hasta que me quede el último aliento... Aunque no tenga un cuerpo, tendré los cuerpos de miles de mis amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor y puedo meterles ideas en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente lo que voy a hacer. Mi rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi revolución continuará más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos, muchas más voces, muchas más manos para continuarla". (citado en: http://www.personarte.com/pasiones/pasion07.htm)
Pero, pese a lo que pueda parecer, no estoy totalmente en contra de la cultura terapéutica y la espiritualidad New Age. Como señala Teresa Forcades, el olvido de la interioridad y el menosprecio del cuerpo y de la afectividad que se ha producido en la modernidad justifica sobradamente la emergencia de las espiritualidades terapéuticas.
Frente a una racionalidad medicalizadora que “parte del presupuesto (falso) de que la vida que vale la pena vivir es la que nos permite experimentar un estado de bienestar (salud) continuo”, las nuevas espiritualidades apuestan por una visión integradora de la mente y el cuerpo y nos invitan a escuchar los mensajes de nuestro cuerpo enfermo (reflejos de nuestra historia emocional) como llamamientos a la mejora espiritual. La racionalidad médica moderna –que no es integradora- …patologiza incluso los problemas de convivencia que las nuevas espiritualidades, más humanas, consideran oportunidades de vivir el amor que no deben ser eliminadas sino soportadas con paciencia y valoradas positivamente como maestras de vida.”
El problema es que estas “espiritualidades más o menos esotéricas que enfatizan la dimensión interior de la espiritualidad… con frecuencia obliteran completamente la dimensión ética o de justicia social.” http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf
En su obra Identidades inciertas: Zygmunt Bauman (Herder, 2007), Helena Béjar denuncia acertadamente que la cultura terapéutica traslada a cada individuo la responsabilidad de los trastornos y las patologías psíquicas que la sociedad del riesgo provoca impunemente… “La cultura de la terapia, que es parte del contexto de la identidad líquida, pretende suspender el juicio sobre los demás y sobre le medio social que los individuos no pueden controlar y mucho menos modificar. La personalidad tolerante, flexible y que no emite juicios es parte del código políticamente correcto que el modelo de las relaciones puras, la estrategia de la flotación y la fexibilidad están imponiendo como un nuevo deber ser. …La psicologización de los problemas fatídicos (el paro, el abandono, la soledad, la enfermedad, la muerte), que son parte inescapable de la vida, pretenden sacarlos de la escena pública y ocultarlos en la vida privada. O, más bien en una intimidad que los psicoexpertos quieren colonizar. En la penumbra de la consulta del psicólogo… se ponen entre paréntesis la realidad social y las explicaciones colectivas. También el sentido moral, la admisión de la interdependencia de los hombres, de la responsabilidad en relación a los demás, como insiste Bauman.” (p. 194)
Por otra parte, la cultura terapeútica es enormemente seductora porque no actúa como las religiones tradicionales, propiciando la aceptación del sufrimiento como parte del camino hacia una lejana plenitud futura, sino creando la ilusión optimista de que el sufrimiento puede ser vencido aquí y ahora, de que la sanación psicocorporal es posible, si se abordan nuestros padecimientos con determinación (un proteísmo de raíz tan moderna como el de la razón autosuficiente) . “Ante las experiencias negativas (...) la nueva religiosidad adopta una actitud positiva y dinámica. `Tengo la solución´, nos anuncia. En lugar del misterio que hace salir de sí a la humanidad para dejarla abierta a una realidad que no puede dominar, la nueva religiosidad le promete la experiencia de la plenitud aquí y ahora. Tiene que existir la posibilidad `individual´ de vivir sano y feliz en la tierra...; si no,¿qué sentido tiene la vida?” (Forcades Vila, T., “La salut com a religió. La religió com a teràpia”, en Qüestions de Vida Cristiana, 215. PAM, 2004. pág. 35).
La consecuencia de este enfoque es la estigmatización de la persona enferma como persona “poco espiritual”. “Si el dolor es superable, quien lo sufre debe considerarse
un inmaduro espiritual. Se mezcla este presupuesto con algunas premisas popularizadas por el budismo occidental acerca de la insustancialidad del dolor. Así, no es extraño que las personas que sufren enfermedades graves y en algunos casos aún incurables como ciertos tipos de cáncer, sean informadas por sus terapeutas de medicinas alternativas o por sus guías espirituales New Age de que ellas mismas se han provocado la enfermedad con su cerrazón afectiva y que ellas mismas podrían curarla si decidieran abrirse a la vida y a sus dones gratuitos y maravillosos.” http://www.iglesiaviva.org/222/222-12-FORCADES.pdf
Con su promesa de vida sanada, la cultura terapeútica nos aboca a ponernos bajo sospecha constantemente, porque siempre existirá algún indicio que contradiga esa ilusión. Pero, el cuestionamiento y problematización permanente de nuestra vida psíquica, lejos de fortalecernos, puede llevarnos a vulnerabilizarnos todavía más, a convertirnos en clientes perpetuos del terapeuta, a delegar la gestión de nuestra psique de modo permanente.
Finalmente recordar que -como señala Helena Béjar en otro artículo muy recomendable- la cultura terapeútica, con su noción de libertad entendida como liberción personal, amenaza con conducirnos a un frustrante solipsismo.
“La libertad es liberación: del pasado, de la infancia, de la palabra del padre, de las dependencias emocionales y, en general, de todo cuanto entorpezca el desarrollo del «yo». Pero la libertad negativa, llevada al extremo, dificulta la vida social. La independencia es una virtud que conduce,a la postre, a la soledad. La valoración de la autosuficiencia hace menos soportables los defectos y las debilidades ajenas. Si uno cree que puede prescindir de su prójimo estará poco dispuesto a comprender sus carencias. El individualismo que la terapéutica predica —imbuido de principios como el equilibrio personal y la huida del conflicto— dificulta los lazos sociales y la cooperación. En un mundo de seres responsables e independientes nadie se hace cargo de nadie.”
Frente a esta cultura terapéutica Béjar cita las propuestas de Yankelovich y otros críticos del individualismo que hablan de reconstruir el sentido de la comunidad: "hay que limitar los deseos, recuperar la noción de respetabilidad y poner el ideal de justicia por encima del interés propio. …En cuanto a la esfera de los afectos, los críticos del individualismo ponen en cuestión el valor de la autosuficiencia. La vida contiene conflicto, fracaso y dolor; no todo es controlable por una voluntad racional. Frente a la la entronización de la autonomía, que conduce al egoísmo generalizado, los componentes del «partido del super-ego» aluden a un término de difícil traducción, el caring, que recuerda a la virtud cristiana de la caridad. La esfera privada ha de volver a ser un reducto emocional, un cobijo de protección y ternura. Las relaciones personales deben ser profundas y duraderas,sin que por ello hayan de caer en la intimidad destructiva o el distanciamiento del narcisismo. Junto con la caridad, la fe y la esperanza son las otras virtudes para reconstruir un sentir social... la fe para canalizar la obediencia y la confianza en la autoridad. Por su parte, la resurrección de la esperanza nos ayudaría a mirar hacia adelante. Frente a la hipóstasis narcisista del presente,la noción de futuro es imprescindible para ejercer la razón pública. El pasado, asimismo, ha de asumirse …somos herederos de una historia y una cultura de la que no podemos prescindir. …El hombre es un ser que precisa activar su voluntad en una empresa que traspasa los muros de la intimidad.
(http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_037_06.pdf)
No es fácil discriminar entre las distintas corrientes terapéuticas o entre las espiritualidades New Age. Las hay más y menos respetables. En el siguiente listado he intentado recoger algunas máximas que aisladamente y en su versión moderada pueden resultar incluso luminosas y aceptables, pero que en su versión más radical y reunidas en una misma corriente resultan alarmantes. Si alguien ha visto el arranque de Alta Sociedad, película por lo demás bastante desigual, entenderá a que me refiero.

Máximas de la cultura terapéutica
1. Has de asumir tu insuficiencia para definir y gestionar tus problemas. Asume que eres vulnerable y que tú sólo no puedes hacer frente al dolor.
2. Aunque no lo quieras reconocer eres víctima de inercias internas ciegas e inconscientes que te robotizan provocándote y provocando sufrimiento. La resistencia a admitirlo es la manifestación más evidente de tu inconsciencia y autodesconocimiento. Asume que estás enfermo.
3. Tu eres el único responsable de lo que te ocurre y cómo te sientes.
4. Tus frustraciones y dolores son llamamientos a cuidarte de ti, es decir a iniciar una o varias terapias y perseverar “sine die” hasta la sanación definitiva.
5. Tú eres el culpable de tus enfermedades físicas, expresión inequívoca de tu psique enferma.
6. Revisa tus dependencias: tu felicidad sólo ha de depender de ti y tú no dependes de nadie.
7. Sé flexible. Mantén todas las opciones abiertas y no te niegues nuevas oportunidades.
8. Si estas ansioso es porque no tienes suficiente seguridad en ti mismo, es decir en tus psicoterapeutas. Déjanos que gestionemos tu psique.
9. La hiperinflación de pensamiento y tus constantes juicios críticos son tu peor enemigo. Tú no eres tu mente. No te protejas.
10. Sé auténtico. Sé tu mismo. Conéctate a tu yo genuino, a tu voz interior.
11. Lo más importante es que aprendas a mantener tu autoestima bien alta y a sentirte bien contigo mismo y eso no depende de más juez que tú.
12. Vive intensamente el aquí y ahora. El pasado y el futuro no existen. No dejes que te esclavicen.
13. Asume abierta y desinhibidamente tus sentimientos. No los reprimas.
14. No dejes que otros definan por ti lo que es correcto e incorrecto. Desconviértete v despréndete de de los valores e ideales que limitan el gozo de la vida.
15. Llora. ¡Por fin te estás liberando!...
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