martes, septiembre 15, 2009

Hombres bloqueados. A propósito de "Gran Torino","The Visitor" y otras película recientes

Durante los últimos meses estamos asistiendo al estreno de algunas películas notables cuyos protagonistas son hombres emocionalmente bloqueados, en principio incapaces de asumir los cambios que la vida de les ha deparado y de reconducir sus vidas saludablemente. Sería excesivo decir que todas se centran en la crisis de la masculinidad tradicional, pero no cabe duda de que todas se aproximan a este tema en alguna medida. El ejemplo más claro es Gran Torino en la que Clint Eastwood nos presenta a Walt Kowalowski, un jubilado de la industria del automóvil y excombatiente de Corea que tras haber enviudado arrastra una vida amargada y huraña en un barrio que se ha transformado en un gueto de singulares inmigrantes asiáticos (los hmong) Kowalowski es un tipo duro –trasunto envejecido de aquel Harry Callahan “el Sucio” que dio tanta popularidad al Clint Eatswood actor- que ha acabado convirtiéndose en un viejo achacoso y crispado, siempre preparado con su rifle automático para defenderse de ese mundo hostil que en realidad abarca todo cuanto le rodea y no entiende (hijos, nietos, vecinos, etc.).


Kowalowski es un viejo “guerrero” enfermo y desubicado, que no ha sabido aceptar los cambios que la biología y las circunstancias de la vida le han impuesto, incapaz de despegarse de un pasado que le atenaza y de dar un rumbo positivo a los elevados niveles de testosterona que se pudren en su interior, a pesar de que su cronificada crisis andropaúsica debería haberlos reducido significativamente.


Pero su antiguo coraje se ha tornado en desconfianza y hostilidad permanente, su disciplina ha derivado en la obsesión neurótica de mantener siempre impecable su vivienda, sus taller y en especial ese coche – el Gran Torino- que ha convertido en su patrimonio más irrenunciable, porque le sigue devolviendo la cara luminosa de los sueños vencidos: es el objeto transicional, el bastón que le permite vencer la cojera vital que padece y compensar su terrible desvalimiento interior.


Para que Kowalowski fuera capaz de desprenderse de este objeto de apego, algo muy importante debería ocurrir en su interior y de eso precisamente trata la película, que nos explica como este viejo gruñón interiormente devastado abandona su bunquer solipsista, redescubre a los que le rodean, empieza a superar sus inercias neurotizantes y a reconquistar a través de ellos su autonomía y libertad interior y, en definitiva, a dar un sentido positivo a su existencia y a sanar así su alma.


De algo parecido trata la película The Visitor. Su protagonista, Walter Vale, también es un hombre mayor y viudo[1], sumido en un estado de crisis que parece insuperable. Pero, Walter es el anverso de Walt Kowalowski. En lugar de levantar y amurallar su casa-castillo, irritado con el mundo y siempre a la defensiva, Walter opta por invisibilizarse ante el mundo y parasitar la vida. Salvando las distancias, se parece a uno de esos “bartlebys” genialmente evocados por Enrique Vila Matas que arrastrados por una insolente inclinación a la nada se sumen en un silencio insuperable y definitivo. Walter Vale quizás en su mejor momento fue un profesor competente y respetable, pero desde que murió su esposa su vida ha perdido por completo su consistencia, y aunque no está todavía jubilado, en su interior Walter se ha despedido de su trabajo y de la vida, reservando sólo un atisbo de vitalidad para su obsesivo empeño en aprender piano a pesar de su escasas dotes (su profesora es clara al respecto), porque le permite evocar su vida vicaria al lado de su esposa.


Sin embargo, las circunstancias le van a obligar a alterar la rutina apática de sus días y enfrentarse a situaciones imprevistas. Walter ha conseguido que le reduzcan la jornada con la excusa de escribir un libro que jamás se ha planteado seriamente escribir, pero sus superiores, incapaces de seguir dando cobertura a su conducta fraudulenta, le piden que para guardar las apariencias al menos presente en un congreso una ponencia sobre sus supuestas investigaciones. A regañadientes Walter se verá obligado a abandonar su vegetativa vida provinciana y trasladarse a Nueva York, donde se albergará en un apartamento de su propiedad que hace años que no utiliza. Y allí comienzan las sorpresas que acabarán induciendo también al cambio a Walter.


Hasta el inicio de esa metamorfosis Val y Walter representan dos de las grandes tentaciones que acechan a los hombres cuando envejecen: la de la regresión malhumorada y defensiva hacia tiempos mejores (Val) o la del escapismo (Walter).


Y ambas estrategias también podrían contemplarse como un reflejo de los mecanismos de defensa dominantes en los hombres actuales –sobretodo en los que se enfrentan a las crisis de la mediana edad y la vejez-, incapaces de reconstruir su papel en el mundo cambiante que les rodea. A Val podemos contemplarlo como una metáfora de la masculinidad tradicional resistente que se atrinchera en sus posiciones, atribuyendo sus problemas a los demás y obviando cualquier posibilidad de diálogo; y a Walter como una metáfora de esa otra vía que consiste en evitar conflictos, negar consistencia a la propia identidad y hacerse invisible hasta prácticamente desaparecer. A cualquiera le bastaría con echar una rápida ojeada en su entorno para encontrar representantes de ambas tendencias.


Por supuesto, semejante lectura es sólo una de las muchas que admiten estas dos magnificas películas[2], tan ricas en matices y sugerencias, pero proponerla me parece pertinente porque los problemas que implica rearticular la condición masculina actualmente todavía no cuentan con directores que los formulen de manera explicita y, de momento, sólo aparecen tangencialmente, aunque cada vez con más frecuencia, como después señalaré.

Por otra parte, Val y Walter no hacen más que ejemplificar conductas características de las crisis andropaúsicas mal resueltas y que según la psicología evolutiva tienen como manifestaciones el desasosiego, el malhumor y la irritabilidad[3]; pero también una pérdida de confianza en el propio poder y capacidad, acompañada de una la disminución de la energía y de la motivación para seguir compitiendo y luchando, que pueden cristalizar en una pérdida de ilusión por la vida y en un estado depresivo más o menos generalizado. Se trata de crisis que con frecuencia pasan inadvertidas porque sus propios protagonistas las niegan o las encubren tras circunstancias o cambios enmascaradores (de trabajo, de pareja, de…), como si la causa del malestar fuera algo externo. Sin duda, nos falta todavía alfabetizarnos más en psicología evolutiva y aprender a identificar las características específicas de cada etapa vital, y en especial cuando se trata de los hombres porque se ha tendido a ignorar la relación entre sus patologías psíquicas, el género y la edad.


Es evidente que la causa del estado de crisis en que se encuentran Val y Walter es interna y no externa. Ambos han enviudado y a ambos la pérdida de su mujer les ha arrebatado la última posibilidad que les quedaba de seguir sintiéndose verdaderamente significativos e importantes, pero es fácil intuir que la viudedad no ha hecho más que agravar una crisis que tiene raíces más profundas. En algún momento de sus existencias, Val y Walter debieron empezar a sentirse insatisfechos con sus vidas, a pensar que les habían tocado malas cartas o que no las habían sabido jugar, a no encontrar el acomodo idóneo para su manera específica de desplegar su masculinidad, a sentir que no ocupaban en el mundo el espacio que les correspondía en tanto que hombres. Faltan todavía estudios sobre masculinidad y vejez, pero son muchos los autores que señalan la sensación de pérdida o de déficit de poder como uno de los factores decisivos que conducen a muchos hombres a estados de desconcierto, asilamiento, abandono y autodestrucción. Basado en la biología y/o en la cultura, parece que el mandato de sentirse importante gravita de forma especial sobre los hombres en su acceso a esta etapa de la vida.

Afrontar la vejez desde la percepción de estancamiento o merma de relevancia se convierte es un trance especialmente difícil para los hombres, sobre todo si tenemos en cuenta que suele ir acompañado de otro ingrato descubrimiento muy ligado a la construcción de su género como es la debilidad de los vínculos y de los estímulos, más allá de ese trabajo que ahora ya no les satisface tanto. Las mujeres suelen llegar a este período con una vida extralaboral bastante más rica y activa y no es extraño que, si la relación es buena, la pareja se convierta entonces en su último refugio y engarce con el mundo. Esa es sin duda una de las razones más poderosas por las que el hombre tiende más a reemparejarse, cuando pierde a su cónyuge.


Pero además de conmociones psíquicas, el tránsito a esta nueva etapa de la vida también comporta un paulatino declive físico (decaimiento sexual, problemas con las articulaciones y la musculatura, problemas cardiacos de distinta índole e intensidad, leves deterioros de la memoria, ligeros déficits de vista y oído, problemas de sueño, etc. )[4], que más allá de posibles estrategias distractivas sigue su curso inexorable. Algunos hombres intentan reafirmarse en su masculinidad, emparejándose con una mujer joven, opción que explica muchas de las infidelidades y rupturas matrimoniales de la mediana edad. Otros focalizan su atención en el ámbito profesional e intentan reafirmarse con nuevos logros en su carrera profesional, muchas veces a costa de la salud.


La andropausia y el envejecimiento se nos presentan, por tanto, como procesos en los que los cambios psíquicos y físicos se dan la mano. Hoy sabemos que en los hombres de a partir 40-55 años la hipófisis comienza a segregar menos cantidad de testosterona y hormonas gonadotropinas (hipogonadismo hipogonadotropo) y que esta menor estimulación de la gónadas se traduce en una pérdida de vigor sexual.Los psicólogos jungianos que asocian la energía fálica a la fuerza creativa propia de la masculinidad adulta, han intentado abordar los análisis de esta etapa esta doble perspectiva. Según ellos, una vez alcanzada la mediana edad, ya no se trataría tanto de dispersarse insistiendo en las dinámicas de la etapa precedente, como de aceptar la nueva situación, e invertir las energías en conocer las raíces del propio obrar y pensar, de descubrir lo no vivido, negado y reprimido hasta entonces y de convertir el diálogo con su sufrimiento en una vía para reequilibrarse sabiamente y reinstalarse en la vida integrando su inconsciente. Sería el momento de la relativización de su persona (afirmada hasta entonces a costa de la represión del inconsciente), de la aceptación de la sombra, de la integración del animus (parte masculina) y el ánima (parte femenina) , del crecimiento interior y de la apertura serena al prójimo. Aferrarse a las pautas de la juventud en ese momento es un error lamentable y un esfuerzo vano y contraproducente. “El que se agarra crispado a su vida, pierde la relación con su curva vital psicológica y biológica” dice Jung y añade:


“¿Quién no conoce a esos conmovedores hombres mayores que evocan constantemente sus tiempos de estudiantes y que solamente en esa memoria de sus heroicos tiempos homéricos pueden encender la llama de la vida, pero que por lo demás están acartonados en un filisteísmo sin esperanza”


Otro peligro es desatender el trabajo interior con el ánima, porque pueden producir tanto estrechez de miras, inflexibilidad, endurecimiento o incluso reformismo gratuito, como falta de vivacidad, dejadez, apatía y abandono:


“aparece por regla general endurecimiento precoz cuando no frialdad, actitudes estereotipadas, unilateralidad fanática, amor propio, espíritu de cruzada o lo contrario: resignación, cansancio, negligencia, irresponsabilidad y finalmente un “ramollissement” pueril con inclinación al alcohol” [5].


Será necesario o no llegar a la crisis de la media vida para descubrir la propia personalidad, pero el caso es que tanto Walt como Walter se hallan en esta situación. Ambos parecen reproducir muy bien los dos extremos patológicos de los que habla Jung cuando se refiere a los hombres que no cultivan su ánima. Y en ambos casos el encuentro y reconciliación con esa dimensión de sus existencias se va a producir de forma abrupta e imprevista en la que no faltará la mediación determinante de mujeres significativas. En el caso de Walt, el intento de robo de su coche por parte de su vecino Taho, un inmaduro muchacho de la etnia hmong, le permitirá trabar relación con Sue, su joven y sensata hermana, y gracias a ella librarse de sus prejuicios sobre sus vecinos y descubrir que “en ellos tal vez están los hijos que le abandonaron” (en palabras de Clint Eastwood). En el caso de Walter, el encuentro con los inmigrantes ocupas de su piso neoyorkino le llevará a relacionarse con la abnegada madre del sirio Tarek y con su novia, una chica callada que teme ser abandonada. Esas relaciones serán determinantes sobre todo a partir de la kafkiana detención de Tarek, poco después de un concierto callejero de djembe en el que también interviene Walter, porque Tarek ha conseguido sacarle de su estado depresivo contagiándole su pasión por la práctica de este instrumento de percusión (Walter por fin descubre que lo suyo es la percusión y no el piano –nunca es tarde-).


En ambos casos para salir de sus respectivos bloqueos será necesario que la percepción del dolor ajeno les despierte, y les rescate de su propio sufrimiento. Hasta entonces, Walt y Walter se habían dejado secuestrar por el peor de los carceleros: el dolor negado porque siquiera es identificado y reconocido como tal. Los budistas distinguen entre dolor y sufrimiento. El dolor es la señal física o mental de un malestar y su intensidad y duración puede variar enormemente. El sufrimiento surge de la resistencia interna a ese dolor y es más penoso cuanto mayor es la resistencia, o, dicho de otro modo, el sufrimiento es dolor multiplicado por la resistencia. Esta resistencia puede ser física o mental, consciente o inconsciente, pero suele alcanzar sus cotas más intensas y desestructurantes sobre todo cuando es mental e inconsciente porque en esos casos el círculo de la resistencia se retroalimenta fatalmente. La solución propuesta por los budistas es abrirse al dolor”, es decir dejar de ofrecer resistencia, dejando de lado nuestros juicios y relajando mente y cuerpo al máximo. Pero el problema se complica cuando la resistencia es inconsciente y no tenemos control sobre ella. El dolor negado, no reconocido o no asumido queda retenido y convierte a sus víctimas en sus rehenes, enclaustrándolas en un círculo maligno que las aísla en su mundo y las separa de la experiencia de los demás. En la tradición cristiana y siguiendo a San Agustín el mal se identifica con la curvatio in seipsum, el “curvarse hacia uno mismo” un torcido centrarse en sí cerrado a la otredad y la trascendencia. Desde esa perspectiva hay una correlación entre dolor negado, sufrimiento, aislamiento y mal. Se trata de un círculo vicioso del que puede resultar muy difícil salir sin ayuda externa, sin un prójimo que nos muestre el camino de salida. Y ese otro en ambas películas es alguien que padece y que necesita apoyo. La exposición al dolor ajeno se convierte tanto para Walt como para Walter en la vía para abrirse al propio dolor y de superarlo empleando sus energías no en resistencias inútiles y paralizantes, sino en beneficio del otro, de los demás. El dolor aunque no desparezca pierde de ese modo sus aristas más hirientes, su sinsentido. Se trata, de seguir el itinerario de otra alma desde el alma propia y en definitiva, de abrirse al juego amoroso, al amor entendido como “una radical despotenciación del yo, cuyas fábulas de identidad van a tener en adelante que vérselas con el otro.”, un implicarse, un “arriesgar la vida en una donación de sentido a una parte del cosmos”.[6] Joan Carles Mèlich siguiendo a Emmanuel Levinas habla de otro que “interrumpe el tiempo de la propia subjetividad, del Ego, lo descentra de su individualismo y de su egocentrismo, de su logocentrismo y de su narcisismo”[7] En la intimidad sufriente que se relame las heridas narcisistamente recluida en si misma, irrumpe el Otro como interrupción y epifanía que quiebra las inercias de la subjetividad solipsista e invita al descentramiento del yo, a la relacionalidad entendida como responsabilidad, al ejercicio de la compasión y de la misericordia[8]. Es la voz ética que reclama respuesta y que fundamenta las éticas de la alteridad, del cuidado, de la compasión, de la acogida, de la hospitalidad, de la solidaridad, de la fraternidad, de la vida[9]. Andrés Ortiz-Osés habla de ética de la implicación o de la coimplicación, que hace referencia precisamente a la actitud del hombre como “implicador implicado en la (re)creación del mundo” a través del amor, archisímbolo del sentido, proyección aferente y apertura radical a la otredad. El amor actúa como la Instancia suprema que nos invita a afirmarnos en otro que nos coafirma o confirma, divinidad-cómplice[10] que nos alienta a la concreación del mundo y nos habla a través de los símbolos de coimplicación[11] y fatriarcalismo. Muy oportunamente Ortiz Osés cita el poema “Trasvida” de José Hierro:


Después de todo, todo ha sido algo

realizado en favor de alguien:

aunque responda a diferente quién,

lo importante es que ha valido de algo.

Algo ha valido porque aún vale algo

lo que se hizo por quién sabe quién:

algo valió la pena hacer por alguien

para no reducirlo a mero algo.

Algo quedó de lo que fuera algo

realizado a favor de un quién

aunque sólo fuera algo de algo.

Qué más da que no fuera más que algo,

si permanece bajo el algo el alguien

que supo hacer con persona un algo.

(Que algo es algo para el quien de alguien) [12]


Como ya he dicho, Walt y Walter parecen concebidos para hacernos reflexionar sobre la condición humana en general y no tanto sobre la condición masculina en particular. Pero más allá de las posibles intenciones de los directores y guionistas, el caso es que Walt y Walter son hombres cuyas circunstancias y situaciones reflejan los problemas y frustraciones propias de los hombres en la edad madura en tránsito a la vejez como ya he señalado anteriormente, y de algún modo también las inercias masculinas en la encrucijada actual.


En cualquier caso y aunque el propósito de estas películas haya sido el de incidir en males actuales como el individualismo, la tendencia al aislamiento, la falta de contacto con la propia intimidad, el bloqueo emocional o la falta de solidaridad e insuflar nuevas esperanzas postulando la apertura al otro, la elección de dos hombres envejecidos y frustrados como metáfora y paradigma del individuo contemporáneo no es en absoluto inocente. Es ya un lugar común atribuir los malestares del ser humano actual a una cultura de cuño patriarcal que ha hecho de la razón, la ciencia y la técnica sus emblemas y que nos ha conducido a un mundo de individuos aislados, desconfiados e insolidarios, caracterizado por las relaciones de explotación y de dominio.

De acuerdo con este planteamiento, la salida de esta profunda crisis sólo será posible dejando emerger las conductas y los valores de matriz femenina (apertura, cuidado, fraternidad, solidaridad, ...), sofocados o negados en la práctica por este mundo de impronta masculina, que sólo los invoca de manera retórica. No olvidemos el papel mediador y sanador que desempeñan las mujeres en ambas películas.


Sin embargo, bastaría un examen mínimamente exigente para advertir la arbitrariedad de este esquema tramposo, simplificador y maniqueo, que se repite sin cesar en multitud de productos culturales, quizás porque su osada parcialidad lo hace especialmente seductor. Atribuir preferentemente a las mujeres unos valores que son universales[13], naturalizarlos en femenino es un exceso difícilmente justificable, ni siquiera como eco degradado y sesgado de la teoría del animus y el anima jungianos o de la doctrina oriental del ying y del yang, que siempre presentan los dos principios interactuando en cada individuo. Los valores son invitaciones a superarse de matriz ni sólo femenina ni sólo masculina, dirigidas tanto a mujeres como a hombres. Otra cosa muy distinta es que hombres y mujeres los realicen y modulen de manera distinta. Precisamente esta postulación agenérica de los valores que cada persona asume y realiza desde sus peculiaridades es una de las aportaciones más interesantes de la cultura occidental. Como explica Sergio Sinay[14] no se trata de que los hombres incorporen ahora los valores femeninos, sino de que desarrollen los valores postergados en los modelos de masculinidad vigentes y de que lo hagan desde las peculiaridades de su condición masculina (y lo mismo cabría decir de las mujeres). Vivimos momentos de cambio acelerado que están suponiendo la destrucción y/o trasformación de las antiguas formas de sociabilidad e instalación en el mundo, situación que nos obliga a replantearnos qué valores nos conviene potenciar en esta particular coyuntura histórica y, por supuesto, a revisar los modelos de masculinidad y feminidad vigentes, asunto en el que el margen de maniobra no es absoluto -como pretende la ideología de género-, pero sí muy grande. Valores que parecieron prioritarios en otras épocas quizás deban perder peso o reformularse en otros términos, porque han perdido parte de su funcionalidad en las circunstancias actuales.


Pero este reto será muy difícil de afrontar desde un discurso que asocia la promoción de estas nuevas pautas de conducta a un combate entre los valores de las mujeres (buenos) y los valores que de los hombres (malos), y que para justificarse históricamente crea el mito de un pasado matriarcal idílico clausurado por una colosal conspiración de los hombres y la violencia posterior del patriarcado opresor. No se le puede negar al feminismo radical su habilidad para rentabilizar el vacío y desconcierto ético creado por los traumáticos cambios actuales y erigirse en portador de una buena nueva[15] que avala sus tesis y sirve espléndidamente a sus intereses, pero es evidente que su doctrina maniquea sólo contribuirá a reforzar la idea de la malignidad de la condición masculina y a confundirnos todavía más. Su mixtificación de la historia además contribuye a crear la ilusión de que las mujeres sólo han ocupado la posición de víctimas oprimidas e incontaminadas en el pasado, obviando que también ellas han contribuido a edificar y mantener el antiguo orden de las relaciones de género; que su implicación en esas estructuras de larga duración las modeló poderosamente; y que, por tanto, también ellas deberán hacer un esfuerzo personal notable para cambiar y hacer realidad nuevas articulaciones de los valores.

Sin embargo, el éxito de tales planteamientos lleva habitualmente a situar a las mujeres en el bando bondadoso y a los hombres en el malvado. Lo contrario sería contravenir las leyes de la corrección política vigente. Si revisamos estas u otras películas similares veremos que son los hombres los que suelen aparecer como culpables de todos los males y casi nunca como víctimas y, si lo hacen es a causa de su propia masculinidad o, en el mejor de los casos, de la masculinidad ajena, personal o estructural. En contraste con ellos, las mujeres suelen aparecer como víctimas / o mediadoras / o salvadoras, trasladándose el mensaje de que la única opción éitcamement tolerable para los hombres es la de luchar por su propia desmaculinización y la de la sociedad en su conjunto.


Una película reciente que ejemplifica muy bien este esquema es por ejemplo la alemana Los cerezos en flor, en la que aparece Rudi, insignificante funcionario de una pequeña población rural alemana, que representa a las mil maravillas a esos convencionales patriarcas, a los que su discreción e inconsciencia no absuelve en absoluto de las carencias, renuncias y sufrimientos que provocan a su familia –su mujer e hijos- sus actitudes ególatras, distantes y enajenadas, tan típicamente masculinas. Los hijos ya se han independizado y él ahora vive regaladamente gracias a Trudi, su abnegada mujer, que le sigue mimando con primor. Cuando se le descubre un tumor maligno que hace preveer un rápido desenlace fatal, su esposa opta por ocultarle la situación y ofrecerle un final lo más satisfactorio y feliz posible. Ambos realizan una frustrante visita a sus hijos que viven en la ciudad, en la que se hacen patentes los problemas de comunicación con los hijos derivados del solipsismo invencible del padre, algo que sólo su mujer ha sabido manejar (un esquema muy conocido) y después viajan a una población de a costa para pasar unos días. Y allí ocurre lo imprevisto. No es el quien muere, sino su mujer trastocando el curso de los acontecimientos que parecía más previsible. Repentinamente, este hombre que ignora su grave enfermedad física pero sobre todo las lacras de su alma, se descubre sólo y desarmado, sin la mediación de esa mujer que le mantenía conectado a la vida y le permitía seguir sintiéndose alguien. Será entonces en ese estado de desolación cuando conseguirá hacerse cargo de las renuncias que aceptó su mujer para hacerle feliz, asumir su condición culpable e iniciar su proceso de redención. Otras mujeres –primero, una amiga de su hija que compartía aficiones con su mujer y, después, una misteriosa artista callejera que hace las veces de un hada madrina- serán decisivas para acompañarle en su proceso de conversión y redención que pasará por hacer realidad los sueños sacrificados por su esposa. En definitiva, una parábola que ilustra muy bien el “desinteresado” itinerario salvífico que se ha concebido para los hombres

desde la buena nueva feminista.


La insistencia en este esquema maniqueo ha acabado por silenciar al hombre inocente que sufre en cuanto hombre, que es víctima porque es hombre[16]. Mostrar este tipo de sufrimiento se ha convertido en pornográfico, en un nuevo tabú. El dolor asociado a la masculinidad sólo esta permitido mostrarlo desde la culpabilidad, nunca desde la inocencia ni desde de la condición de víctima. No hay palabras para nombrar y narrar los sufrimientos de los hombres inocentes, de los hombres víctimas, para aliviarles, para describir los espacios y tiempos habitados por su dolor, para describir los nichos en los que se estanca y concentra su sufrimiento (pisos compartidos por divorciados sin apenas recursos, grupos de hombres, tribunales, cárceles, o los lugares de toda índole dónde tantos hombres se evaden y narcotizan). ¿Para cuando por ejemplo una película que reflejen las tribulaciones de los padres divorciados a los que se les hurta la posibilidad de ejercer dignamente paternidad? ¿Para cuando películas traten sin tapujos de maldades femeninas? ¿Para cuando películas que presenten las cárceles no sólo tanto como un escenario marginal más o menos exótico, sino sobre todo como receptoras de un fracaso genuinamente masculino? ¿Para cuando películas que presenten a los chicos como perdedores en la etapa adolescente?. ¿Para cuando películas que muestren a esos hombres que diariamente arriesgan sus vidas en trabajos casi exclusivamente masculinos? ¿Para cuando películas que den un valor positivo al dolor de hacerse hombres y lo enmarquen en un proceso positivo de crecimiento y maduración?


Las únicas películas recientes que parecen adoptar esta perspectiva (Nick y Norah, El Pagafantas o la ya más antigua Más vale pena que gloria) se sitúan en la etapa de la adolescencia[17] y lo hacen con más condescendencia que empatía, desde un distanciamiento irónico o burlesco que les lleva a insistir en un tópico humorístico explotado hasta la saciedad: el efecto ridículo que produce un hombre que fracasa reiteradamente en su intentos por construirse y afirmarse como hombre. No es malo desdramatizar, pero no cabe duda que la tarea de hacerse hombres merecería también otras miradas más cómplices y potenciadoras, que animaran a desarrollar los valores positivos de la masculinidad.



[1] Es llamativa la escasez de literatura especializada sobre la viudedad masculina, a pesar su interés extraordinario para conocer los problemas de la masculinidad adulta. La lectura del siguiente texto nos puede dar alguna idea de ello: Crónicas de la Vejez de por Artesano J. F.

http://es.geocities.com/artesanojf/cronicas_de_la_vejez.pdf

Sobre cine y vejez puede consultarse: “La imagen de la vejez en el cine" http://www.uv.es/seoane/boletin/previos/N83-1.pdf

[2] Es interesante la interpretación sugerida por algunos críticos que presenta a Walter como una metáfora de la ciudadanía estadounidense encerrada en sí misma y entregada a una supervivencia escapista desde la conmoción del 11 de septiembre.


[3]Se habla de Síndrome de irritablidad masculina (SIM) para referirse al “conjunto de síntomas que padecen los varones alrededor de los 40 o 50 años, especialmente la labilidad emocional e hipersensibilidad y que pueden estar disimulando un cuadro depresivo. Lo que ahora se conoce como SIM es algo que se venía observando hace un par de décadas en ese segmento etario masculino, con signos de disminución de la vitalidad, cambios en el humor y frustración existencial. Muchos asocian este cuadro a un problema endocrino: la disminución del nivel de testosterona asociado a la edad. Se estima que el cambio de este nivel de manera normal a partir de los 40 años es de un 1,5 % anual y que cuando este guarismo es superior y se combina con otros síntomas estamos en presencia de la andropausia. Estos síntomas son fenómenos observables: disminución del deseo sexual, disfunción eréctil, alteraciones en el estado de ánimo, fatiga, somnolencia, desconcentración y reducción de la capacidad intelectual, ansiedad y depresión.”


[4] Kusnetzoff, Juan C.: Andropausia Editorial Del Nuevo Extremo, 2001, http://books.google.es/books?id=jVpvhQBCJR0C&dq=andropausia&source=gbs_navlinks_s

[5] Estas citas Jung proceden de GRÜN, Anselm: La mitad de la vida como tarea espiritual: La crisis de los 40-50 años, Narcea Ediciones, 1998. Allí se reproduce otro texto interesante de Jung sobre se queja de las alabanzas a los hombres viejos que se comportan como jóvenes, actitudes a las que él califica de: “descalabros psicológicos de la naturaleza, perversos e incongruentes. Un joven que no lucha y vence ha derrochado lo mejor de su juventud y un viejo que ante el misterio de los arroyos que descienden sonoros de la cumbre no sabe escuchar es un sinsentido, una momia espiritual, no es más que un pasado anquilosado, Permanece fuera de su vida repitiendo maquinalmente hasta la más superficial de las vulgaridades.” (p. 102). Fueron los hindúes los primeros en distinguir tres épocas en la vida de las personas. Una primera de crecimiento, la segunda de actividad y de proyección y la tercera de búsqueda interior de si mismas. De esta división también se hace eco Ortega en su teoría de las generaciones.


http://books.google.es/books?id=YV7I2DzcQc8C&dq=grum+mitad+de+la+vida&printsec=frontcover&source=bl&ots=GQddhym5xR&sig=Qy-53XVv7cdQbBWeQ8dn


[6] BAYÓN Fernando Para una hermenéutica del alma, Universidad de Deusto-Bilbao, http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:20572&dsID=para_una_hermeneutica.pdf

[7]MÈLICH, Joan-Carles: Totalitarismo y fecundidad: la filosofía frente a Auschwitz, Anthropos, 1998, p. 112 http://books.google.es/books?id=RKUMZuOkF64C&printsec=frontcover&hl=ca#v=onepage&q=&f=false

[8]DUCH Lluís Llums i ombres de la ciutat, L'Abadia de Montserrat, 2000 vol. 3 – 2000, p. 350-351.

http://books.google.es/books?id=VropSCHQOOsC&pg=PA350&dq=melich+duch&ei=p8-SSoS2FZLYygTdyZW3Bw&hl=ca#v=onepage&q=&f=false

[9] http://www.konvergencias.net/eticadelvahe.htm, http://www.bioeticaweb.com/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=4690. Entre los autores que las propugnan se encuentran Arthur Schopenhauer, Martín Buber, Max Scheler, Emmanuel Mounier, Apel, Jürgen Habermas, o el filósofo español Daniel Innerarity.

[10] El gran problema teológico es haber reificado a Dios: pero Dios no es realmente sino idealmente, no tiene realidad sino surrealidad, no tiene ser ni estancia porque es una instancia: la primera y última instancia”. EnORTIZ-OSÉS, Andrés: Amor y sentido: una hermenéutica simbólica

[11] Philippe Walter (http://www.cccb.org/es/autor-philippe_walter-32932 http://store.innertraditions.com/Contributor.jmdx?action=displayDetail&id=1518), un autor muy apreciado por Ortiz-Osés, habla a partir de las últimas investigaciones neurológicas de un alfabeto o código cortical en el cerebro humano que estaría en la base de nuestros símbolos compartidos y en definitiva de los universales humanos. Véasehttp://www.cccb.org/es/curs_o_conferencia-universales_humanos-29885. La confluencia de esta línea de investigación con las aportaciones de los estudios lingüísticos y la antropología simbólica puede ser muy fructífera. Por cierto, sería muy interesante reemprender desde esta nueva perspectiva el estudio de las diversas formulaciones de la condición masculina y la condición femenina (y de las relaciones entre ambas) e intentar deducir cuáles son las constantes susceptibles de ser consideradas universales en el modo de concebirlas.


[12] Ortiz-Osés, Andrés: Amor y sentido: una hermenéutica simbólica, 2003, http://books.google.es/books?id=kHd_2KNJ8AgC&dq=Amor+y+sentido:+una+hermenéutica+simbólica&printsec=frontcover&source=bl&ots=k9yZCaH6uU&sig=vaZU_Tli1s1n8b-Gfr6pUc58xss&hl=es&ei=OyqxSvzZD5WM4Aan0K2CDg&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=1#v=onepage&q

[13] El discurso de los valores femeninos tiene ya un largo recorrido y está muy ligado a la noción de patriarcado -de la que ya me ocupé en posts anteriores- acuñada por el feminismo cultural (http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.cfm?id=2175). Una escritora que ha contribuido a su articulación y exitosa difusión ha sido Riane Eisler, autora de betsellers como El caliz y la espada o El placer sagrado, en los que siguiendo a autoras tan cuestionadas y desacreditadas como Marija Gimbutas especula sobre un paradisíaco pasado matrístico, caracterizado por el culto a la diosa madre y valores solidarios que ella llama gilánicos que propician las relaciones igualitarias y amorosas. Según Eisler, ese mundo idílico fue violentamente sustituido por otro basado en el nuevo régimen del patriarcado o “androcracia” y por su organización jerárquica y sus relaciones de sumisión y dominio, modelo todavía vigentes en casi todo el mundo. Son numerosas las feministas que desde la comunidad científica han criticado este intento de disfrazar de ciencia la falacia de un pasado matriarcal y de desarrollar así un nuevo pensamiento mítico acorde con su causa (“el nuevo mito de nuestros tiempos”). El conocido psicólogo Claudio Naranjo, autor de la obra La agonía del patriarcado, ha recogido y sintetizado los últimos desarrollos sobre esta pesudohistoriografía New Age para avalar sus reflexiones sobre los males del mundo actual en Sanar la civilización (ediciones La Llave, Vitoria-Gasteiz, 2009), obra en la que propone iniciar una nueva etapa atrás etapa no basada en la mente patriarcal, sino en el desarrollo de la conciencia individual que equilibre los tres amores que se corresponden con nuestros tres cerebros o tres personas interiores -padre, madre e hijo- (al cerebro instintivo o reptiliano corresponde el Eros; al cerebro emocional o cerebro medio -que es el cerebro mamífero-, el ágape; y al cerebro propiamente humano o neocórtex, el “amor valorizante”, que mira al cielo, a diferencia del “amor instintivo” que mira la tierra, o “el amor materno” que mira a la cría). Naranjo siguiendo a Joseph Campbell llega a precisar el momento en que se abrió camino la mente patriarcal: la Edad de Hierro, a finales del II milenio a. de C.

Otras referencias:

http://webs.uvigo.es/pmayobre/textos/maria_novo/la_mujer_como_sujeto_sujeto_o_realidad_maria_novo.doc

http://www.google.es/search?hl=es&q=+"valores+femeninos"&btnG=Buscar&meta=

http://www.pensarpensar.org/joomla/content/view/61/41/

[14] SINAY, Sergio: Esta noche NO, querida, El fin de la guerra de sexos y la aceptación de los valores masculinos, edit. RBA, Barcelona, 2006, p. 167.

[15]La pretensión arcaizante de crear en estos tiempos otra nueva fe con sus correspondientes nuevos mitos que tergiversan la historia, unida a la postmoderna de deconstruir rigurosamente el pasado patriarcal, constituye una provocación en toda regla.

[16] Creo que no hay mejor test para evaluar la fiabilidad ética de una doctrina que la de analizar si contemplan en su despliegue el sufrimiento de los que no encajan en sus principios y objetivos o prefieren ignorarlo. En ese sentido, el feminismo en el poder hasta ahora se ha caracterizado en sus políticas y desarrollos legislativos por su notable indiferencia al sufrimiento del hombre, al que demás se ha situado permanentemente bajo sospecha.

las circunstancias particulares realiza desde la despliegue va acompañada de indiferencia al sufrimiento de dolor comporta la culpabilización indiscriminada de determinadas personas y seres humanos importantes persoimportantes aplicación justifica el sufrimiento de inocentes.

[17] Sólo una de las películas recientes de adultos me ha parecido que incorporaba esa perspectiva: El primer día del resto de tu vida, un melodrama familiar francés muy recomendable. Las figura del padre, un taxista que tiene cuentas pendientes con el agobiante “abuelo”,- también se sitúa en una etapa vital cercana a las analizadas –la cincuentena- y es abordada con notable sutileza, empatía y equilibrio –su mujer está viendo su propia crisis de los 50-, reflejando muy bien las inquietudes propias del hombre maduro. El tratamiento que se hace de los hijos –una adolescente y dos chicos más mayores- enriquece y completa de forma muy creíble el cuadro, mostrando las formas diferentes de madurar de hombres y mujeres.

jueves, junio 11, 2009

FEMINISMO PATRIARCAL. A propósito de un articulo que habla de “mujeres patriarcales”.

Me ha sorprendido encontrar en la revista “Hombres igualitarios” un artículo[1] en el que se utiliza la expresión “mujeres patriarcales”. El autor, Julián Fernández de Quero, desde su apuesta por la equidad de géneros y su identificación con los postulados feministas dominantes –dos opciones más difíciles de conciliar de lo que parece-, se atreve a criticar no sólo las conductas masculinas, sino también las femeninas. El hecho me resulta tan sorprendente que me ha parecido oportuno dedicarle una atención especial. Hasta ahora en la mayoría de las publicaciones de los “hombres profeministas” se ha tendido a practicar sólo el autoanálisis crítico y culpabilizador, dejando fuera de su mirada escrutadora a las mujeres, a las que sólo parecía permitido tratarlas como oprimidas. Que en una publicación como esta, las mujeres dejen de representar el rol víctimas y se conviertan en opresoras o al menos en cómplices de un sistema de opresión constituye todo un alarde de libertad e independencia. Veremos si la iniciativa tiene continuidad, porque una las incongruencias más clamorosas del feminismo es su resistencia a salirse del guión o a aceptar críticas, máxime si se realizan en nombre de la igualdad y desde los movimientos de hombres, y aún menos si estos se declaran feministas. Recuerden lo que hace poco dijo Miguel Lorente, -delegado del Gobierno para la Violencia de Género-: "los nuevos machistas se presentan como feministas".

Si los hombres autoproclamados feministas fuesen capaces de resistir esas descalificaciones intimidatorias y se atreviesen a denunciar esas contradicciones e incoherencias del feminismo que les impiden a los hombres coparticipar en la construcción de una sociedad regida por la equidad de género, aún sería posible regenerar el feminismo y rescatarlo de su ficción exclusivista, rencorosa y victimizadora.

Pero, no lancemos aún las campanas al vuelo. El artículo al que me refiero no parece guiado por este propósito. De hecho, a lo largo del texto el autor despliega sus argumentos siguiendo la más estricta ortodoxia radical feminista y aunque declara como objetivo último de su crítica contribuir la creación de un mundo de “personas, individualmente diferentes y socialmente iguales”, le resulta dificil sustraerse en su análisis a los tópicos misándricos habituales: dominación masculina, poder patriarcal, etc. Aunque hay que conceder que hace algo infrecuente en los discursos al uso y es invocar como origen último de esta deriva cultural “los cambios evolutivos acaecidos en el origen de la especie humana” y “nuestra herencia filogenética sexo-reproductiva”. De todos modos, esta inusual apelación a la biología no excusa ni un ápice a los hombres de la conducta malévola que le atribuye el feminismo radical, sino que les convierte en doblemente culpables. Veamos.

Según el autor uno de los rasgos más decisivos de esa herencia biológica sería “la pulsión copulatoria” de los varones. Este sustrato biológico vendría a ser el “pecado original” de los hombres, un desorden, una mácula de la que se libran las mujeres y que enrarece las relaciones con ellas. Pero los varones no pueden declararse inocentes ante esta carga que la naturaleza les ha impuesto, porque en lugar de asumir esta tendencia como perversa e intentar dominarla, la han convertido en el núcleo de su modelo de sexualidad y han optado por controlar y dominar a las mujeres para poder dar rienda suelta a sus instintos. Ese sería el origen último de la cultura patriarcal desarrollada por los hombres e impuesta a las mujeres. Uno de sus rasgos distintivos es la construcción de una sexualidad “coitocentrista” que reduce a las mujeres a objetos sexuales de unos hombres que sólo aspiran a descargar su tensión sexual mediante un coito rápido.

Que la pulsión copulatoria sea un asunto “de hombres” y no de ambos sexos no merece excesivas explicaciones por parte del autor, como tampoco el que el control de la sexualidad haya pasado a convertirse según sus afirmaciones en una prerrogativa masculina. Al parecer se trata de obviedades: los hombres imponen sus propósitos mediante la seducción, la manipulación, el engaño, el chantaje emocional, o directamente por la vía de la violencia.

Bastaría consultar cualquier tratado actualizado de biología evolutiva, etología o neurología humana para constatar los excesos maniqueos y reduccionistas de la rica y compleja sexualidad humana en que incurre el autor. Pero, Fernández de Quero no se siente interpelado por estas aportaciones, y establecidas sus premisas acusatorias, prosigue sus denuncias refiriéndose a la incomunicación y la agresividad que provoca el coitocentrismo y a su cadena de efectos maléficos: desigualdad entre hombres y mujeres; rivalidad entre varones; envidia y rencor de los hombres vencidos en competencia por las mujeres; desprecio de los varones fracasados; empobrecimiento emocional de los hombres incapacitados para expresar ternura e ir más allá de la mera camarería entre compañeros de conquistas; concepción de la estabilidad de la pareja como una rendición y pérdida de libertad, sólo aceptada como medio para acceder al estatus del padre; justificación de la infidelidad, etc. El coitocentrismo se convierte así en la causa universal que explica todos los males que provocan y padecen los hombres. Y ya sabemos, un rasgo común de los enfoques ideológicos es retrotraerlo todo a una única causa.

Cómo ya he explicado en otros posts, el imaginario feminista padece una incapacidad al parecer insuperable para articular explicaciones que no partan de la victimización de las mujeres y el recurso permanente a los términos estrella que lo explican todo sin necesidad de evidencia alguna: violencia, dominación, patriarcado... Según parece, es un peaje que ningún feminista puede ahorrarse y el autor del artículo no escapa a esa ley, aunque él opta por convertir el término “coitocentrismo” en el protagonista principal de su argumentación, algo no tan frecuente en los discursos feministas. Hasta ahora ha sido una expresión sobre todo utilizada por los sexólogos[2] para definir esa sexualidad pobre y encorsetada que sólo asocia el sexo a penetración y orgasmo con la pareja heterosexual, en contrate con aquella sexualidad rica y lúdica que no se impone condiciones, ni restricciones. El feminismo encontró en este término una formula idónea para referirse a la sexualidad dominadora de los hombres -centrada en el falo, el coito y la eyaculación: sexualidad falocéntrica-, aunque con la posibilidad de incluir también a las mujeres en su campo semántico, porque es más inespecífico que el término falocéntrico. Como uno de los propósitos del artículo es criticar las actitudes femeninas de colaboracionismo con el sistema patriarcal, sin duda el autor ha optado por este término ante la ausencia de palabras que sirvan para denominar a las mujeres que traicionan el proyecto feminista. El asunto no es baladí, porque este desierto léxico revela hasta que punto es difícil salirse del guión victimista desde el feminismo: no hay palabras para nombrar la culpabilidad de las mujeres porque los únicos culpables son siempre los hombres. No sé si el autor del artículo es plenamente consciente de lo que hace, pero pese a sus preceptivas concesiones, al utilizar el término coitocentrista incluyendo a las mujeres está saliéndose “peligrosamente” del guión, y yo le agradezco que se tome esta inusual libertad. En cualquier caso su filigrana léxica no es la más afortunada, porque convertir la pulsión copulatoria en un rasgo específico sólo de los hombres constituye un notorio desatino y pretender convertirlo en la base sobre la que descansa la construcción del patriarcado obviamente también. Olvida el autor que el orgasmo femenino unido a su celo permanente –que sí cita- precisamente singularizan a la hembra humana en relación a las hembras de los demás primates[3] y revelan la existencia de una rica sexualidad coital femenina.

Más que maliciar la sexualidad coital deberíamos preguntarnos por las causas de este prejuicio coitodemonizador. Como señala Ambrosio García Leal, la tendencia a presentar a los machos como seres promiscuos, egoístas e irresponsables en conflicto con unas hembras fieles y responsables contaminó la biología evolucionista y la naciente sociobiología a pesar de que carecía de base científica que la avalase. Este planteamiento -como explica Tim Birkheard en su obra Promiscuidad (ed. Laetoli, Pamplona, 2007)- partía de la presunción victoriana de Darwin de que las mujeres son naturalmente monógamas, pero finalmente se ha impuesto la evidencia de que las hembras son promiscuas y utilizan una gama asombrosa de estrategias, antes y después de la cópula para escoger al padre de sus hijos. Además, parece obvio que ninguna estrategia reproductiva evolutivamente estable es viable si no beneficia a ambos sexos. La sociobiología de los ochenta –basada en una concepción radicalmente individualista de la selección natural que enfatizaba los conflictos de intereses entre agentes egoístas- [4], recicló la tesis victoriana y la convirtió en el fundamento de una “guerra de sexos” (por ejemplo, según R. Dawkins las hembras intentan condicionar la cópula a los signos de fidelidad conyugal de los promiscuos machos, mostrándose esquivas para probarlos)[5] y cómo se ve este planteamientos siguen utilizándose para connotar negativamente la conducta sexual masculina. Se trata de algo carente de sentido, porque, en términos evolutivos, sólo parece posible explicar la sexualidad humana como una empresa esencialmente cooperativa, en la que las estrategias de apareamiento no son resultado de una guerra de sexos, sino de la confluencia de los intereses masculinos y femeninos. Convertir a los hombres en seductores manipuladores de las hembras en busca de sexo rápido o en violadores compulsivos y pretender que ese es el sustrato patriarcal de nuestras culturas constituye toda una osadía.

Sin embargo, nuestro autor insiste en el mito del varón promiscuo y la hembra monógama que además le permite explicar la visión masculina del emparejamiento estable como una concesión penosa, aliviada y compensada con relaciones extraconyugales que deben ocultarse a la pareja pero de las que es natural presumir ante los amigos.

Pero dejemos de lado los peajes misándricos de estas argumentaciones, y centrémonos en su descripción de las mujeres “coitocéntricas”, que prefiere llamar “patriarcales”, porque para él la gestación de las actitudes coitocéntricas de las mujeres no tiene su origen en sus pulsiones sino en la división sexual que les han impuesto los hombres para instaurar su sistema de dominio patriarcal. El rasgo que mejor define a las mujeres patriarcales es que hacen girar toda su vida en torno a la gestación y la crianza de los hijos, único cometido y forma de realización que el patriarcado les permite.

El menosprecio de las pulsiones femeninas vuelve a impregnar de victorianismo darwiniano sus intentos de explicación, complementándolo con la invocación del patriarcado, esa noción mágica y multiuso que nunca se precisa suficientemente y que en realidad equivale a algo tan simple como proclamar “la maldad de los hombres”, aunque encubriendo tal simpleza bajo el aparente rigor de una abstracción supuestamente científica.

Llevo tiempo rastreando las aportaciones que se han hecho sobre la institución del patriarcado y hasta ahora no he conseguido encontrar más que explicaciones “de caja negra” (ver post sobre el amor romántico) y especulaciones diversas en las predomina la ideología misándrica. Me entretendré algo en revisar la cuestión, aunque en un futuro post me ocuparé del asunto con más detalle.

Al igual que el autor, unos pocos siguen asociando el patriarcado a la división sexual del trabajo como lo hiciera en su momento la feminista y disidente comunista Alejandra Kollontai, a pesar de que la diversificación de posturas sobre este extremo ha sido enorme. El feminismo radical de los 70 (Kate Millet, Sulamith Firestone, Catherina MacKinnon, etc. ) adoptó y desarrolló esta interpretación, convirtiendo la división sexual del trabajo en la vía que mediante rígidos patrones de género y el control de la reproducción y de la sexualidad femenina llevó a la organización jerárquica masculina de la sociedad. Este enfoque se completó con la alusión a los efectos psíquicos de este reparto asimétrico (más adelante me referiré a esta alianza entre feminismo y psicología). Según Firestone, como los hombres y las mujeres sólo desarrollaran la mitad de si mismos en sus psiques: los hombres exacerbaron su racionalismo y agresividad y atrofiaron su sensibilidad emocional; y las mujeres, en cambio extremaron su sentimentalismo y pasividad.

El feminismo radical insistió en presentar este proceso como una creación cultural y una imposición histórica de los hombres sin fundamento en la herencia biológica, eludiendo que hay ciertos indicios de la división sexual del trabajo en nuestros familiares primates más próximos –los chimpancés cazan más a menudo cuando tienen cerca de una hembra receptora[6]- y que entre desde la aparición del homo erectus[7] es ya muy evidente.

En su momento, la comunista Kollontai al defender el vínculo causal entre división sexual del trabajo y patriarcado tuvo que enfrentarse a la ortodoxia marxista de sus correligionarios, que seguían las formulaciones que realizara Engels en El Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado (1884), según las cuales el patriarcado se instituyó con el surgimiento de la propiedad privada, cuando los hombres reemplazaron la caza por la exitosa ganadería y aprovecharon la nueva posición que les brindaba esta especialización productiva para imponer sus privilegios a las mujeres. Lo hicieron sustituyendo la propiedad comunal del clan o la tribu –en las que la división sexual del trabajo no comportaba la opresión de las mujeres, cuyo trabajo era valorado y respetado - por nuevas unidades productivas basadas en la propiedad privada y la familia monógama, en las que el papel de la mujer quedó confinado a una infravalorada esfera reproductiva y doméstica, bajo el control del varón y cabeza de familia siempre en competencia con otros cabezas de familia (sociedad jerarquizada) y obsesionado por asegurar la perdurabilidad de su patrimonio, trasmitido en forma de herencia a la descendencia masculina. Engels concibió esta explicación partiendo de las obras de Bachofen y Morgan que defedían la existencia de un matriarcado primitivo. En la horda la descendencia sólo podía tenerse en cuenta por la vía materna, ante incertidumbre de la paternidad, hecho que avalaba la existencia de una etapa de ginecocracia en la que las mujeres gozaron de respeto y poder[8]. Según Engels, los hombres para hacer efectivo su dominio tuvieron que abolir la descendencia por vía materna, imponiendo la monogamia de la las mujeres (en los hombres, la monogamia se complementada con el adulterio y la prostitución) la patrilocalidad y el linaje masculino. Desde entonces, la mujer fue convertida en un simple instrumento de re­producción, en esclava del hombre, que también tomó las riendas de la casa.

Pero, cómo explica la prehistoriadora feminista María Encarna Sanahuja, la mayoría de las premisas de Bachofen, Morgan y de Engels se han demostrado etnográficamente erróneas. La propia antropología marxista y del género ha criticado y rectificado una y mil veces sus explicaciones (Gough, 1975; Leacock, 1972; Sacks, 1975; Meillassoux, 1975; Aaby, 1977), pese a lo cual siguen gozando de una inmarcesible popularidad, seguramente porque –como reconoce Sanahuja- los planteamientos de Engels permiten presentar la dominación masculina “desnaturalizadamente” y no como derivación “natural” de la herencia biológica, una tesis irrenunciable del feminismo[9].

Una autora que sin abandonar esa perspectiva, ha intentado defender desde el rigor de los datos la tesis de un sistema patriarcal históricamente impuesto ha sido Gerda Lerner, y su obra La creación del patriarcado de 1989[10] sigue siendo la referencia más respetable de quienes defienden esta postura. Lerner sostiene que antes del patriarcado ya existía la división sexual del trabajo, pero a diferencia de Engels defiende que la opresión de las mujeres es anterior a la propiedad privada y a la formación de clases socia­les. Según Lerner la secuencia de los acontecimientos partiría de una situación inicial –homínidos anteriores al homo sapiens sapiens- en la que la unidad social básica estaría formada por las madres y sus crías, que no se mantuvo porque con los homo sapiens sapiens y su mayor habilidad para la caza, se demostró más eficaz para la supervivencia proceder a una primera división del trabajo, por la cual se especializaron en la función de madres y se dedicaron a aquellas actividades compatibles con la crianza, como la caza menor y la recolección de vegeta­les, frente a la caza y la defensa, que se convirtieron en actividades masculinas. Según Lerner, los grupos que se organizaron así fueron los que mejor se adaptaron y sobrevivieron.

Pero, cuando los hombres empezaron a ejercer un férreo control sobre las mujeres fue en el Neolítico, con el desarrollo de la agricultura, porque ellas se convirtieron en las proveedoras de la mano de obra necesaria para las nuevas tareas. Los hombres se apropiaron de la capacidad sexual y reproductora de las mujeres para garantizar el control de su descendencia y las mujeres aceptaron el nuevo régimen porque se convirtió en el único modo de acceder a los recursos naturales. El intercambio de mujeres se convirtió no sólo en un medio de evitar los conflictos intertribales sino en una garantía de prosperidad porque las sociedades con mayor número de mujeres podrían producir más hijos y acumular más excedentes. Las propias mujeres se convirtieron en un recurso que los hombres adquirían como adquirían la tierra. Las mujeres empezaron siendo intercambiadas o adquiridas para beneficio de sus familias, y más tarde también se convirtieron en un codiciado botín de las guerras de conquista porque pasaban a convertirse en esclavas (los hombres inicialmente eran asesinados) que prestaban servicios sexuales y proporcionaban hijos a sus amos. Según Lerner, los hombres primero aprendieron a esclavizar mujeres de los pueblos vencidos y después siguieron ese modelo con los hombres, y más tarde también lo aplicaron a los subordinados de sus propias sociedades.[11] Según Lerner, fue entonces cundo se creó propiamente el patriarcado. Un proceso histórico que se tuvo lugar entre el 3.1 00 y el 600 a.n.e. partiendo del Próximo Oriente -aunque con notables oscilaciones temporales según los lugares- y que a partir de la cosificación de las mujeres, llevó a la creación de la familia patriarcal, a la aparición de la propiedad privada, a la jerarquización de la sociedad y la instauración de las clases sociales, a los estados y a los imperios.

La sugestiva síntesis de Lerner sin duda aventaja en coherencia y rigor a todos intentos anteriores –y posteriores- de explicar históricamente la instauración del patriarcado, pero sigue dejando muchos cabos sueltos, además de acumular errores manifiestos y afirmaciones indemostrables. Sin ir más lejos, hoy sabemos que no hubo que esperar al homo sapiens sapiens para encontrarnos con cazadores competentes porque ya hace un millón de años nuestros ancestros eran “consumados cazadores de animales grandes”[12] y también sabemos que ya hace 2 millones de años e incluso antes la carne ya tenía mucha importancia en la dieta de nuestros antepasados (Wrangham, ya citado[13], y nota 6), por lo que es perfectamente razonable plantear la hipótesis de la división sexual del trabajo incluso antes de la aparición del homo erectus[14], al igual que el aparente dominio masculino, como ya he sugerido antes. Hasta una feminista militante como Sara Hrdy, desde su condición de primatóloga ha reconocido que... “Mu­chas asimetrías básicas entre ambos sexos están basadas en la explotación reproductiva de un sexo sobre el otro y se remontan a un tiempo anterior a la condición humana. El hecho de que los machos sean casi universal­mente dominantes sobre las hembras en todo el orden primate no significa que a veces los machos se escapen sin ser utilizados por las hembras. Pues­to que somos típicamente primates, parece necio continuar enfocando nuestra atención en aquellos rasgos de nuestra forma de ser que resultan atípicos en otros primates. La autoridad que ejercen los machos humanos puede parecer únicamente humana, pero sus orígenes no lo son.” [15].

Pero Lerner, cuando escribió su obra, prefirió obviar a autores como Robin Fox[16] y otros que ya en aquel momento explicaban las formas de hegemonía masculina partiendo de la herencia natural de nuestros ancestros, y optó por presentarlas como una creación histórica sin base en la herencia biológica -como ya hiciera Engels-, poniendo el acento en el papel de la agricultura. Algunos han intentado precisar más y han enfatizado la importancia de un elemento técnico como el arado en el paso de las sociedades horticultoras a las agrícolas (E. Hahn, G. Lenski, Sara Morace, Helen Fisher, etc.). Otros se han centrado en otros factores como el tabú del incesto y el parentesco (Lévi-Strauss), la metalurgia, la doma del caballo y el arte de la guerra (Marija Gimbutas), la cultura (Sherry Ortner), la relación entre sexo y descendencia (A. garcía Leal), la diferencia sexual (Carole Pateman), el amor humano (Anna Jónasdóttir), etc. Casi todos han pecado del mismo exceso: presentar sus hipótesis como hechos probados, a pesar de la falta de datos concluyentes.

Al menos, Lerner tuvo la humildad de reconocer que no hay ninguna evidencia arqueológica concluyente, ni suficiente para elaborar un modelo cien­tífico que explique cómo se instauró el patriarcado, observación que quienes citan a Lerner casi siempre ignorar, y no digamos quienes optan por otras fuentes más pontificadoras o por sus derivados catequéticos, como el autor del texto.

Y otro mérito de Lerner es el de intentar huir de los planteamientos victimizadores. Para ella la instauración del tránsito patriarcado fue una responsabilidad compartida por hombres y por mujeres. Otros autores como Ken Wilber -del que he tenido conocimiento gracias a Enric Carbó (vean su excelente trabajo sobre el SAP)- abundando en este enfoque, han presentado los arreglos entre hombres y mujeres como estrategias exitosas que beneficiaron a ambos[17] y no como la consagración de los privilegios masculinos, sino como la asunción de pesadas cargas:

“las mujeres no eran corderos ni los hombres eran cerdos. El «patriarcado» fue una co-creación consciente de los hombres y de las mujeres frente a circunstancias realmente duras. .... en estas sociedades «patriarcales», los hombres lo tenía mucho peor que las mujeres. Digamos, para comenzar, que los hombres eran los únicos a quienes se re­clutaba para la defensa y que sólo a ellos se les pedía que arries­garan su vida por el Estado. La idea de que el patriarcado era un club de señoritos en la que sólo había diversión, diversión y diversión se basa en una investigación muy pobremente documen­tada e ideológicamente muy sesgada.”[18]

Creo que más allá de los detalles del proceso, el enfoque más razonable es situar las soluciones exitosas entre hombres y mujeres en el marco de un horizonte evolutivo de interés mutuo. Como razona Ambrosio García Leal hablando de la sexualidad de los homínidos: “ninguna estrategia evolutiva puede permitirse favorecer sólo a uno de los dos sexos: o ganan los dos o pierden ambos”.

Hechas estas prolijas aclaraciones –que como ya he dicho serán ampliadas en un futuro post- prosigo con el artículo de Julián Fernández de Quero. Según el autor:

La radical división del trabajo que efectúa el patriarcado entre trabajo productivo para los hombres y trabajo reproductivo para las mujeres, convierte la crianza en la única forma de realización personal femenina, necesitada del concurso masculino en su inicial etapa fecundante y posteriormente como sostén económico de la crianza. Esta necesidad le lleva a organizar sus relaciones eróticas a partir de las actitudes coitocéntricas siguientes:

1. Las mujeres patriarcales tienden a cosificar a los varones como simples machos reproductores, necesarios exclusivamente para la fecundación y como agentes económicos para el sostenimiento de los costes de la maternidad.

2. Para conseguir el semental necesario, las mujeres patriarcales aprenden desde niñas a cultivar y desarrollar su atractividad física como la única forma de sentirse deseada y buscada por los varones . Es decir, ellas mismas introyectan las normas de género que les lleva a desear convertirse en Objetos sexuales y para conseguirlo mantienen una actitud activa y creativa de autocosificación.

3. En las relaciones eróticas, las mujeres patriarcales priorizan las vinculaciones afectivas estables, necesarias para la protección y provisión de la maternidad, mediante el cultivo de sentimientos amorosos, tiernos, de cuidado y protección, pero, para conseguirlas, utilizan incorrectamente conductas de seducción erótica y lo que consiguen de los varones es provocar su deseo sexual y su pulsión copulatoria, en vez de la respuesta afectiva que buscan.

4. Entre las mujeres patriarcales, las relaciones se encuentran dificultadas por el afán competitivo de convertirse en los Objetos eróticos más atractivos para los varones. Continuamente se están comparando en su atractivo físico, en su indumentaria, en las formas de maquillarse y de resaltar los aspectos más llamativos de su cuerpo, y derrochan tiempo y energía generosamente en lograr el máximo grado de atractividad para conseguir el macho más procreador, proveedor y protector del mercado de la fertilidad. Los concursos de belleza son la máxima expresión de esta actitud.

5. Esta obsesión por mantener su atractividad física como elemento central de su vida (sobre todo, en la juventud, cuando aún no ha conseguido la meta de la maternidad) influye negativamente en el conjunto de sus relaciones sociales (laborales, familiares, amistosas, etc.) generando una serie de conflictos de mayor o menor intensidad, pero siempre desagradables y desestructurantes de su equilibrio psíquico.

6. El cumplimiento de su pulsión reproductiva mediante el ejercicio de la maternidad puede llevar a las mujeres patriarcales a desarrollar actitudes erotofóbicas de abandono de su atractividad física, rechazo de las relaciones eróticas con los varones y dedicación exclusiva a sus tareas de crianza. Conseguido el fin deseado, ya no necesitan gastar tiempo y energía en mantenerse como Objeto sexual y menos ahora que todo su tiempo es requerido por las crías.

7. Este abandono de su papel de Objeto erótico al centrarse en la maternidad, induce al varón a romper los lazos de fidelidad establecidos en la pareja estable y buscar otros Objetos sexuales que satisfagan su Pulsión Copulatoria. Algunas mujeres patriarcales, ante el temor de perder el sostén económico y material masculino necesarios para que ella pueda dedicarse a la crianza en exclusividad, las lleva a tratar de compatibilizar ambas funciones, de crianza y de objeto sexual, mostrándose calculadoramente seductoras y fingiendo los orgasmos para mantener satisfecho al varón.

8. En algunas mujeres patriarcales, el aprendizaje desde la infancia del cultivo de su atractividad física puede convertirse por exceso en una actitud compulsiva por el mantenimiento de la estética, perdiendo su carácter de medio para conseguir el fin reproductor para pasar a ser un fin en sí mismo. Estas mujeres pueden llegar a renunciar a la maternidad y centrar sus actividades en cultivar su rol de Objeto erótico, atractivo y deseante para los varones, con carácter permanente y sustitutivo de la maternidad. Para este grupo de mujeres la decadencia física a partir de una determinada edad se convierte en su peor enemiga, fuente de angustias, traumas y actividades compulsivas de evitación mediante el uso de toda la parafernalia restauradora inventada por el mercado, desde las dietas, gimnasios y maquillajes, hasta la cirugía estética en sus múltiples modalidades. Este afán neurótico por permanecer con una apariencia de juvenil atractivo, les impide relacionarse desde la sinceridad, la igualdad y la honestidad, dificultando sus relaciones con el engaño, la hipocresía y el ocultamiento.

9. Para las mujeres patriarcales cuya finalidad es la maternidad exclusiva y excluyente, las tareas de crianza las realizan con actitudes tan posesivas y sobreprotectoras que ejercen una influencia muy negativa en sus crías, bloqueando su desarrollo hacia la autonomía adulta y convirtiéndolas en personalidades inmaduras y dependientes. El momento de emancipación de las crías lo viven como ruptura y pérdida, generando en ellas el síndrome del “nido vacío”. Por otro lado, la ausencia de relaciones adultas con sus iguales en otros ámbitos sociales debido a la exclusividad de sus tareas maternales, se convierten en el principal impedimento para reintegrarse en la vida social cuando las crías se emancipan, lo que les induce a ofrecerse como madres sustitutas para cuidar de las crías de sus hijos e hijas, ejerciendo de abuelas criadoras, no por solidaridad sino por propia necesidad psíquica de recuperar una función perdida.

10. Por último, la autocosificación como Objeto erótico por y para los varones, supone la ausencia de un verdadero desarrollo autoerótico, centrado en el cultivo de su propia sexualidad y no en ser atractiva para despertar el deseo de los otros y no el suyo propio. Esta carencia asociada al prejuicio de que el deseo sexual es una necesidad biológica masculina y no femenina, les lleva a no cultivar prácticas autoeróticas como el cultivo de las fantasías y la masturbación, impidiéndoles sentirse eróticamente autónomas y autosuficientes y llevándoles a generar actitudes pasivas y dependientes en sus relaciones sexuales a partir de considerar que son los varones los que saben hacer las cosas y los responsables de su placer.

Una vez establecido que el único interés de los varones patriarcales por las mujeres se reduce a su prestaciones como juguetes eróticos (generalidad de las mujeres) y en el caso de las esposas, al de abastecedoras de hijos legítimos y candidatas seguras a ser engañadas, a las mujeres les queda la opción de rebelarse o la de optimizar indignamente las ventajas de este régimen e introyectar para ello el venenoso perfil que los varones le han diseñado. Pero, después de dibujar con trazos tan gruesos el miserable régimen patriarcal instaurado por los hombres, hablar de que las mujeres pueden obtener beneficios de situación tan vejatoria, resulta poco convincente. Si fuera cierto que el patriarcado sólo ha implicado opresión para las mujeres, no tendría sentido plantearse que pudiesen obtener provecho alguno de tal régimen. Sin embargo, el autor se explaya con tanto pormenor retratando esas “abominaciones” introyectadas al que se entregan las mujeres “patriarcales” -, que al final lo que realmente prevalece es su voluntad de diseccionar y criticar las actitudes femeninas que obstaculizan la superación de los estereotipos de género tradicionales.

Con un lenguaje inusualmente duro, se denuncia la apropiación exclusivista de la función parental realizada por estas mujeres, lo que supone conceder sólo auténtico valor a la maternidad y “cosificar a los varones”, reduciéndolos al papel periférico de meros suministradores de esperma fecundante y de dinero. De este protagonismo excluyente de las madres se derivan otros males como la tendencia a criar a los hijos desde la posesividad y la sobreprotección, a falta de la figura complementadora del padre, cuya significatividad parental ha quedado anulada.

No creo que nadie pueda negar el fuerte arraigo de este modelo tan poco esperanzador. Lo curioso es que Fernández de Quero presente la cosificación y eclipse del varón en el ámbito familiar como consecuencia del patriarcado. ¿Cómo el posible que el régimen de presión, control y privilegios auspiciados por los padres culmine con la negación de la figura del padre? ¿Es el patriarcado el enemigo que urge batir para propiciar el cambio?

El autor sin duda acierta al describir y criticar el modelo familiar maternalista, pero yerra en su apelación al patriarcado. En primer lugar, porque el término patriarcado ha perdido poder explicativo. Víctima de la militancia misándrica, esta expresión ha padecido tal proceso de degradación semántica que ahora y como ya hemos explicado sólo evoca la maldad del hombre, vía que propicia la victimización o la flagelación, pero no la reflexión. En segundo lugar, porque lo que verdaderamente sorprende en el mundo desarrollado occidental no es la pervivencia del patriarcado, sino su acelerada ý contundente demolición. En su día, autores tan poco queridos por el feminismo radical como Robert Bly[19], Robert Moore y Douglas Gillette[20], de la llamada corriente de la masculinidad mitopoética[21], ya lo explicaron apelando a la trascendental sustitución del “padre presente” de las sociedades tradicionales -con las que los hijos mantenían un intenso contacto- por la del “padre ausente” de la sociedad industrial, que se iba de casa temprano y no volvía hasta muy tarde por la noche, dejando en todos una fuerte impresión de desamparo emocional y de autoexclusión afectiva en el niño (Bly, 1991, p. 120). La feminista E. Badinter en XY La identidad masculina (1992) lo explica muy bien siguiendo a los autores mitopoéticos:

“Desde mediados del siglo XIX, la sociedad industrial imprime a la familia nuevas características. Obliga a los hombres a trabajar duran­te el día entero fuera del hogar, en manufacturas, en la mina, en des­pachos, etc. Los contactos entre los padres de familia urbanos y sus hijos se ven considerablemente reducidos, y el padre se convierte en un personaje lejano cuyas ocupaciones son a menudo misteriosas para su prole. Esta nueva organización del trabajo engendra, de facto, una radical separación entre sexos y roles. Mientras que en el siglo XVIII el marido y la esposa trabajan juntos en la granja, el mercado o la tienda, ayudados de sus hijos, cincuenta años más tarde, el mundo se divide en dos esferas heterogéneas que se comunican poco: la privada, que es el hogar familiar regentado por la madre; la pública y profesional, rei­no exclusivo de los hombres. Por un lado, la mujer madre y doméstica; por el otro, el hombre trabajador y que proporciona el alimento (breadwinner). Según el deseo de J.-J. Rousseau, ella encarna la ley mo­ral y el afecto, él la ley política y económica.

Cuanto más avanza el siglo, menos se mencionan en los manuales familiares los deberes paternos y, a cambio, más se trata a las madres como providencialmente dotadas de todas las cualidades necesarias para educar a los hijos de ambos sexos. En Europa, como en los Esta­dos Unidos, está de moda la buena madre que se sacrifica en cuerpo y alma por sus hijos. Si bien es verdad que en Francia se insiste más so­bre el sacrosanto instinto maternal, mientras que en la América puri­tana se exalta sobre todo la pureza moral de la madre, en ambos luga­res se asiste a una ampliación de las responsabilidades maternas. A su función alimenticia se le añade la de educadora y, a menudo, la de proveedora de instrucción. La sociedad industrial, alejando el padre del hijo, ataca el poder patriarcal. Es el fin del patriarca todopoderoso que impone la ley a su esposa y a sus hijos. ... La fuerza física y el honor son reemplazados por el éxito, el dinero y un trabajo que da valor y que justifica el alejamiento del padre.” (págs. 111-113)

Es un error reducir el arreglo denominado patriarcal sólo a un régimen de privilegios masculinos opresivos sin ninguna contraprestación a cambio, porque esa caricaturización[22] maliciosa nos impide visualizar la complejidad de los procesos que se han desencadenado desde que entró en crisis. El arreglo patriarcal fue bastante más complejo y rico que los horrores que nos cuentan. La elaboración cultural de la figura del patriarca siempre estuvo asociada a deberes específicos que podían ser enormemente arduos, densos y emocionalemente complejos (sostener y sacar adelante el hogar; defenderlo de posibles atacantes, enseñar o dar un oficio a los hijos; ser ejemplo de contención, valor, fortaleza, equilibrio y ecuanimidad; saber ejercer la autoridad y hacerse respetar por los hijos; educarlos y corregirlos sin caer en la arbritariedad, ni la tiranía; etc [23]).Si intentaramos explicar los arreglos duraderos entre hombres y mujeres desde el interés mutuo y no a partir de conjuras masculinas, seguramente entenderíamos mejor el proceso que nos ha llevado hasta el actual eclipse del padre, un fenómeno de extraordinarias repercusiones en todos los ámbitos.

En las sociedades tradicionales, el arreglo patriarcal llevaba milenios demostrando su plausibilidad, pero como ya hemos señalado desde la revolución industrial empezó a dar señales de agotamiento y a declinar. La figura del padre comenzó entonces a devaluarse y a desprestigiarse –fenómeno reflejado en las leyes, el arte y la literatura de formas muy diversas[24]-, pero a pesar de todo, siguió conservando cierta relevancia formal y simbólica porque mantuvo dos funciones específicas: la de fecundar a la esposa y la de proveer económicamente al nuevo hogar. Ambas funciones sólo podían ejercerse satisfactoriamente en el seno del matrimonio e implicaban la subordinación de la sexualidad femenina a un proyecto estable de vida en común. Sin embargo, los anticonceptivos permitieron liberar esa sexualidad del vínculo con un hombre de referencia, y a nivel simbólico ese hombre de referencia también dejó de ser necesario para ser convertirse en madre porque la fecundación artificial empezó a ser posible. Además, el hombre también perdió la exclusiva como proveedor económico del hogar y esa función pasó a ser compartida con las mujeres. Fue el golpe definitivo. Desde entonces, el arreglo patriarcal perdió su sentido y dejó de ser viable, pero todavía no se ha conseguido estabilizar un nuevo modelo de relaciones entre hombres y mujeres y esta carencia, que gravita pesadamente sobre toda la sociedad, es una de las principales fuentes de desconcierto de nuestra época (crisis de la autoridad; crisis de las instituciones; crisis de la educación; crisis del de deber; modernidad líquida; etc.). La gran oleada de impugnación antiautoritaria y antifamiliarista de los años 1965-1975 hizo el resto[25]. La profundidad de los cambios que sustentan la crisis del arreglo patriarcal no admiten la vuelta atrás y encontrar nuevas fórmulas de relación se ha convertido en uno de los retos más trascendentales de nuestra época. Si queremos abordar este tránsito con rigor, creatividad y sensatez, no creo que sea un buen camino hacer de la resistencia del patriarcado a desaparecer la causa de todos lo males, porque se trata de un diagnóstico puramente ideológico.

En 1992, en un libro titulado Quels pères, quels fils (1992, traducido en España como El nuevo padre, ediciones B), la feminista Evelyn Sullerot se interrogaba acerca de las razones “del ocaso de los padres al que asistimos en la actualidad, ocaso que afecta a la vez a su condición civil y social, a su papel biológico en la generación, a su papel en la familia, a su imagen en la sociedad, a la idea que se hacen ante sí mismos de la paternidad, de su dignidad, de sus deberes y de sus derechos, a su propia percepción de su identidad como padres, al modo como sienten sus relaciones con las madres de sus hijos y con las mujeres y a la forma en que imaginan el futuro de la paternidad". Sullerot subraya la gravedad de este proceso porque según ella el nacimiento del padre fue el gran fenómeno que preparó la hominización, y del que surgió la familia, caracterizada por el reconocimiento y aceptación de las funciones del padre y de la madre como progenitores de una prole, a los que encontramos ya definitativamente consolidados con el homo sapiens. Desde la aparición de esta obra, los ensayos y estudios sobre el declive de la figura paterna se han multiplicado.[26]

Para Sullerot, la mujer se ha situado en el centro absoluto de la procreación y de la parentalidad, pasando de ser dominada a ser dominadora absoluta en este ámbito. Ella decide tener o no tener el hijo y es ella la que domina en la relación entre padres e hijos. "La madre se ha convertido en un progenitor completo que desempeña todos los papeles” y el padre ha pasado a ser definitivamente contemplado como “un progenitor insuficiente". Tras un implacable proceso de desvalorización hemos pasado del padre ausente de la industrialización al padre incompetente e irrelevante de nuestros días, que gira como un satélite menor alrededor de la omnipotente figura de la madre. El maternalismo ha triunfado definitivamente invadiendo todas las parcelas del imaginario social. En la publicidad y en las series televisivas el padre ha dejado de ser representado como una figura digna de respeto y ahora aparece como alguien egoísta, torpe y ridículo, siempre en deuda con una madre eficiente e imperdonablemente sobrecargada. Y las leyes no han hecho más que sancionar esta visión devaluadora del padre.

Esta deriva maternalista de largo recorrido todavía ha fragilizado más la figura del padre cuando se ha combinado con la psicologización creciente de la vida y los nuevos valores individualistas de autonomía, independencia y autorrealización, que nos invitan a relativizar nuestros vínculos y a reemprender nuevas singladuras vitales si la frustración asoma. El dato es conocido: la mayoría de los procesos de separación y divorcio se inician a instancias de la madre, favorecida por unas leyes que le permiten su estatus de dominio sobre los hijos y el patrimonio familiar aunque el vínculo conyugal desparezca.

En su obra Intimidades congeladas (Katz, Buenos Aires, 2007), Eva Illouz explica cómo el feminismo de la segunda ola estrechó sus relaciones con la psicología e hizo coincidir su tipo de reflexividad y su narrativa de emancipación con la reflexividad y la narrativa terapéutica de los psicólogos.[27] Desde entonces, la gran tarea que se impuso el feminismo fue la de que las mujeres tomasen conciencia de sus propios sentimientos y pensamientos (a ello contribuyeron los grupos de concienciación), liberando el verdadero yo de los sentimientos de miedo, vergüenza o culpa derivados de una relación de poder asimétrica que se rige por valores masculinos.

El antiguo discurso de la reciprocidad, la donación y el sacrificio fue sustituido por el de la igualdad y de las relaciones emocionalmente saludables, que supeditaba la salud emocional de la pareja a la satisfacción de los propios deseos, necesidades e intereses en un intercambio equitativo, en el que todo debe ser analizado, negociado y reevaluado. Igualdad, afirmación de los propios derechos, autoestima, imparcialidad, neutralidad, comunicación emocional, buen sexo, expresión y superación de las emociones ocultas, y autoexpresión lingüística[28] se convirtieron en las nuevas cuestiones fetiches que centraron de ahora en adelante la vida de pareja.

Un balance desde entonces frecuente en estos núcleos afectivos familiares replegados sobre sus intereses privados ha sido el del agotamiento del amor y del deseo y el sexo desencantado -sancionados a menudo con separaciones y divorcios-, un fracaso del que se culpa en especial al padre –progenitor ausente o fuera de onda-, y que justifica la capitalización de las relaciones afectivas con los hijos por parte de la madre, acentuando aún más la maternalización de la familia. En el nuevo escenario, “la madre lo es todo y el padre se encuentra desconcertado y sin saber cuál es su papel. Un padre confuso al lado de una madre segura.”[29] Aunque, “sin la autoridad del padre, que ha dejado de existir como tal , y sin que la madre la pueda suplir, el resultado es que los hijos están condenados a permanecer en el útero materno el máximo tiempo posible.” [30]

Según Illouz, “este nuevo modelo de intimidad encajó de contrabando en el dormitorio y la cocina el lenguaje liberal y utilitarista de derechos y negociaciones propio de la clase media... Del mismo modo que el ethos terapéutico había implantado un vocabulario de emociones y la norma de la comunicación dentro de la empresa, empleó una aproximación racional y casi económica a las emociones dentro de la esfera doméstica” (Saving the Modern Soul, p. 130)[31]. Un proceso que aceleró el tránsito a la modernidad líquida, en la que lo que priman son los individuos y “la responsabilidad ante uno mismo” (Zygmunt Bauman en El arte de la vida):”las opciones responsables...son aquellos pasos que servirán los intereses y satisfarán los deseo del actor, y evitarán la necesidad de transigir descartando al mismo tiempo el sacrificio”[32].

La alianza entre feminismo y psicología guiada por semejantes desiderátums ha contribuido a crear una narrativa de sufrimiento[33], que ha alimentado y legitimado aún más la percepción de las mujeres como víctimas de los hombres y de su sistema de valores patriarcales que hacen inviables unas relaciones equitativas y saludables.

De hecho esa es la argumentación de fondo a la que se ajusta el artículo de Fernández de Quero, en el que no es difícil descubrir la alianza entre psicología y feminismo: “Una persona segura de sí misma, con un nivel de amor propio adecuado y una buena autoimagen, es la que puede establecer relaciones eróticas y afectivas con las demás desde la empatía y el altruismo y no desde la subordinación cognitiva, la dependencia afectiva y la sumisión conductual.”

Se podría objetar que la corriente terapéutica también ha tenido eco entre los hombres y es cierto, porque la mayoría de los movimientos de hombres surgidos como reacción al eclipse del padre han adoptado el discurso terapéutico. Pero, se trata de un discurso de matriz feminista que parece partir de un principio inamovible: los hombres pueden ser víctimas, pero lo son a causa de ese producto de su propio desvarío que es el patriarcado, el mal absoluto y, por tanto, siempre prevalecerá la culpabilidad de los hombres sobre la de las mujeres. Cuando los hombres denuncien los abusos de las mujeres, deberán asumir que ellas no son más que cómplices de un sistema abusivo y perverso, ideado para perpetuar los privilegios masculinos. Este es justamente el planteamiento de Fernández de Quero al hablar de las mujeres patriarcales.
Pero reconozcamos que incluso desde esta perspectiva masculina tan autoinculpadora, Fernández de Quero ha conseguido encontrar argumentos en el feminismo y en la cultura terapéutica para criticar lo que yo denomino maternalismo y él patriarcalismo femenino. Lo llamativo en este asunto es la sordera cuando no la hostilidad manifiesta del feminismo hegemónico antes este tipo de críticas. El modelo de relaciones promovido tras las rupturas matrimoniales constituye un buen “elemento de contraste” para comprobarlo. Podría pensarse que un feminismo impregnado de cultura terapéutica debería favorecer las soluciones más flexibles e innovadoras. Podría esperarse que apelara a la corresponsabilidad del padre en la atención y educación de los hijos tras las rupturas familiares y que condenara los roles tradicionales de la madre “abeja reina” y del padre ausente. Podría confiarse en que virtud de su inspiración terapéutica fomentara la cultura de la mediación y del acuerdo mutuo. Pero, contra estos pronósticos, el feminismo hegemónico siempre ha hecho frente a este envite reforzando los roles tradicionales y apostando por el litigio ventajista, porque, en realidad, el cambio que promueven no contempla la pérdida de los privilegios maternalistas o “patriarcales”, por mucho que eso entre contradicción con sus propios principios. El mismo feminismo que reclama implicación doméstica y familiar de los hombres, les dificulta el ejercicio de función parental en los casos de separación y divorcio, reduciéndoles al papel de financiadores ausentes. Cuando he planteado esta cuestión a feministas con las que trato, nunca he conseguido más que respuestas elusivas o apelaciones a la necesidad de discriminación positiva en favor de la mujer en compensación por la opresión milenaria padecida a causa de un régimen patriarcal que urge demoler definitivamente. Pero esta pobre argumentación victimista pierde de vista un principio tan obvio como el de que en las relaciones personales, y más en una situación de conflicto, es muy elevado el riesgo de que “cada miembro de la pareja manipule al otro cuanto pueda y se le permita”[34] y que si no se establecen límites a ambos, el que se encuentre en situación más ventajosa, más abusará. Y además ignora otras cuestiones trascendentales: ¿Hasta cuándo tendrán los hijos que pagar con la marginación de sus padres el pecado patriarcal de la humanidad? ¿Es aceptable facilitar a un género que utilice a los hijos para castigar al otro?.

Un ejemplo del victimismo llorón con el que muchas mujeres “progresistas” defienden el ventajismo maternalista más retrógado nos lo proporcionó la escritora Luisa Castro en un revelador e impagable artículo titulado La propiedad de los hijos (EL PAÍS - Opinión - 11-06-2008), donde entre otras cosas comenta:


"Las demandas de separación en España en un 90% de los casos las inician las mujeres. Ninguna que lo haga es ignorante de lo que le espera después de la separación. Pero las separaciones se producen por algo, y la ley ampara este derecho al divorcio desde 1979. Si la madre, ciudadana libre que decide por sí misma y que piensa en su bien y en el de sus hijos, establece su domicilio en un lugar diferente al del padre, por razones de trabajo, afectivas o simplemente por rehacer su vida lejos de un padre acosador, evidentemente éste se ve menoscabado, pero la distancia no actúa así en los hijos. Lo que éstos agradecen ante todo es la paz, el sosiego de una casa segura y de un ambiente grato, en el que no se vean constantemente utilizados o chantajeados por las disputas de dos padres que si tenían problemas cuando convivían, raras son las situaciones en que no los seguirán teniendo una vez separados. Tomar una decisión de este tipo para una madre nunca es fácil, pero a veces es la única posible para mantener su integridad afectiva y psicológica y así asegurarles a sus hijos la suya.

El derecho del menor hasta hoy aconseja que los niños de corta edad crezcan en contacto con su madre, el primero de los vínculos afectivos que uno establece con el mundo que le rodea. Así lo ha hecho la naturaleza. Pero como tantas cosas que ha hecho la naturaleza también esto se puede deshacer. Cambiar las leyes para compartir la custodia de los hijos pudiera ser la opción hacia la que se encamina una sociedad en que la igualdad entre hombres y mujeres fuera total.

Permítanme, sin embargo, que dude mucho de que esta solución deba imponerla el Estado. Son los padres los que deben consensuarlo. Si no es así, poner a los padres y a las madres en pie de igualdad en el tema de la custodia sólo complica las cosas para los hijos. Directamente se convierten en una mercancía, un bien o una carga según convenga. Si estaban en una guerra cuando convivían los padres, seguirán expuestos a ella cuando éstos vivan en domicilios separados.

¿Desde cuándo los hijos necesitan al padre y a la madre a partes iguales? ¿Están en inferioridad de condiciones cuando no es así? Pudiera parecer que los derechos recientemente adquiridos por la mujer (su derecho al divorcio, al aborto, al trabajo) fuera una conquista excesiva que esta sociedad patriarcal no acaba de digerir. Pudiera parecer que esta sociedad que tiende a la igualdad, deseara corregirla cuando del tema más peliagudo se trata, de la familia, de la sagrada familia. El Pater Familias romano, árabe o protocristiano surge de sus cenizas y exige lo suyo, lo que es de su propiedad.

En un hipotético caso de que se estableciera la custodia compartida me atrevo a pronosticar que serán muchas menos las separaciones pero muchas más las familias infelices, y cada una a su manera, como decía Tolstoi.

Grave debe ser la situación cuando una persona con aparente solvencia intelectual es capaz de hacer pública en un periódico de gran difusión una argumentación tan cínica y ofensiva y descaradamente parcial, sin pudor alguno. Pero las actitudes misándricas están ya tan asentadas en el imaginario actual, que semejantes excesos apenas generan ya reacciones. Afortunadamente, en esta ocasión sí hubo una réplica adecuada en un artículo posterior de Àssun Pérez Aicart (El País, 17-06-2008), en el que además de criticar cada uno de sus inaceptables argumentos le recordaba a Luisa Castro una obviedad sangrante: “...en los Estados democráticos es inconcebible que el derecho de una parte se haga depender de la autorización de la otra parte en litigio, pues en ese caso hay una parte que es a la vez juez y parte. Justo lo que ocurre en nuestro país con la custodia compartida, pues su concesión depende del beneplácito de la madre.”[35] Y añadía: “Es una aberración defender, bajo pretexto de una presupuesta inocencia sobreprotectora de la madre, que el niño necesita ser llevado a una burbuja totalmente controlada por esta última, lejos de la perniciosa influencia del padre, siempre sospechoso, cómo no, de impulsos de dominación irreductibles y primordiales. El niño no necesita el control exclusivo de la madre. Ni del padre. El niño necesita la participación de los dos en su crianza, en su cuidado y en el roce cotidiano.”

Pero, vivimos tiempos en los que el sentido común que alientan las palabras de Àssun Pérez ha sido secuestrado por la presión mediática radical feminista. No nos extrañé por tanto que síndromes como el de Medea[36], el de la Alienación Parental o el de la madre maliciosa[37] enturbien con frecuencia las relaciones de muchas exparejas. El grado de desprestigio y desprotección jurídica de los hombres es tal que muchos renuncian a denunciar tales situaciones, porque saben de sus escasas posibilidades de éxito.

El feminismo hegemónico que acusa sin cesar al género masculino, cuando ha ocupado el poder el poder no ha mostrado ningún interés por promover medidas de conciliación laboral que permitan a los hombres ejercer más plenamente su parentalidad. Desde su estrategia de victimización y ventajismo no tiene interés promover semejante cambio.

Por último, habría que señalar un fenómeno silenciado del que muchos hombres podrían hablar extensamente: la resistencia de tantas mujeres a dejar de ser la máxima autoridad del hogar compartiendo la parentalidad con el padre, porque “sienten su preeminencia maternal como un poder que no quieren compartir, aunque sea a costa de un brutal cansancio físico y psíquico” y su disminución o pérdida como un amargo motivo de fricciones e insatisfacciones conyugales (Badinter, op. cit., págs. 218-219). No olvidemos que la tan cacareada desigualdad salarial entre hombres y mujeres en no poca proporción deriva de la reducción de trabajo y salario que muchas mujeres solicitan libre y voluntariamente para vivir más plenamente su maternidad[38].

Si el modelo maternalista sigue teniendo todavía un peso extraordinario, la explicación no se encuentra en la persistencia de estructuras patriarcales invisibles y reacias al cambio[39], sino en leyes, actitudes y procederes que ensombrecen y ningunean la figura del padre con la connivencia del feminismo hegemónico. Lo más curioso es que en los círculos feministas no se cesa de hablar de la figura del padre ausente, como si fuera fruto de la irresponsabilidad ancestral de “los machos promiscuos” del principio.

Pero, sería injusto atribuir sólo este tipo de discurso al feminismo. La lucha por la dignidad que alentó este movimiento en sus albores también ha propiciado otros análisis que sí incluyen a los padres, sin trampas, ni contradicciones. Me refiero por ejemplo al colectivo “LAS OTRAS FEMINISTAS”. Vean como argumentan a favor de la figura del padre y en contra del rancio feminismo “revanchista y vengativo” que nos domina:



“Se ha dicho que un divorcio sin causa deja a las mujeres al albur de los deseos masculinos, que equivale al repudio o que priva a las mujeres de conseguir ventajas señalando un culpable. Se ha mostrado abierta desconfianza ante la mediación familiar, por considerar que la mediación sólo se puede dar entre iguales y las mujeres siempre están en una situación de inferioridad. Pero la mayor oposición de este feminismo se ha manifestado ante la idea de la custodia compartida de los hijos e hijas menores de edad. Las críticas se han basado, principalmente, en dos aspectos. Por una parte, se ha argumentado que privar a las mujeres de la exclusividad en la custodia equivale también a privarlas del derecho al uso del domicilio conyugal y a la pensión de alimentos, con lo que su situación económica puede llegar a ser dramática. No queremos en modo alguno negar que la situación de algunas mujeres tras un divorcio puede ser muy difícil, pero no está de más señalar que, con frecuencia, es la custodia exclusiva de hijos e hijas la que dificulta que la mujer pueda rehacer su vida o mantener su vida laboral, adquirir formación, encontrar trabajo, sin olvidar lo difícil que resulta enfrentarse en solitario a la responsabilidad de su cuidado y educación. En este sentido, tener la posibilidad de compartir la custodia de los menores con el padre puede facilitar que las mujeres retomen las riendas de su vida, se formen, encuentren empleo, se relacionen con otras personas, disfruten de tiempo de ocio y no se dediquen en exclusiva a su papel de ´madre´. Además, según todos los estudios, existe un mayor compromiso paterno a la hora de responder al pago de las pensiones cuando la custodia es compartida, y parece lógico pensar que un padre cuidador de sus hijos se comprometa en todos los aspectos que competen a éstos cuanto más cerca esté de ellos.También se ha argumentado que las madres tienen una relación más estrecha con los hijos e hijas que los padres, pues son las que habitualmente se ocupan de ellos, e incluso se ha llegado a decir que, en realidad, los padres no los quieren, y solamente tratan de evitar pagar la pensión de alimentos. Parece una conclusión aventurada afirmar, partiendo de la mayor relación de las madres con los menores, que éstos han de estar siempre mejor con la madre que con el padre o que los padres quieren menos a sus hijos. También nos parece abusivo atribuir a los hombres, con carácter general, intenciones espurias al solicitar la custodia y pensar que a las mujeres sólo las mueve el amor filial. No nos cabe duda de que en éste, como en otros casos, se puede intentar utilizar la ley en provecho propio, falseando la realidad y no contemplando todos los condicionantes, pero aquí, como en cualquier otra situación, será labor de lo profesionales del derecho defender las necesidades de las personas situadas en peores condiciones, en general las mujeres que, por haber cuidado de la familia, se encuentran sin medios propios de vida. Estas opiniones vertidas desde el feminismo nos parecen carentes de matices y excesivamente simplificadoras, pues atribuyen la situación de las mujeres a un único factor: los deseos de dominación masculina y tienden a presentar a los hombres y a las mujeres como dos naturalezas blindadas y opuestas: las mujeres, víctimas; los hombres, dominadores.



La imagen de víctima nos hace un flaco favor a todas las mujeres, pues no tiene en consideración nuestra capacidad para resistir, para hacernos un hueco, para dotarnos de poder, porque no ayuda tampoco a generar autoestima y empuje solidario entre las mujeres. Demasiado tiempo hemos sido consideradas menores de edad o desprotegidas y sometidas a una excesiva tutela de las leyes. Y lo mismo se puede decir de la visión simplificadora de los hombres; no existe, en nuestra opinión, una naturaleza masculina perversa o dominadora, sino ciertos rasgos culturales que fomentan la conciencia de superioridad y que, exacerbados, pueden en ciertos casos contribuir a convertir a algunos hombres en verdaderos tiranos.Desde nuestro punto de vista, el objetivo del feminismo debe ser el de acabar con las conductas no igualitarias, con las conductas opresivas y discriminatorias; debe ser el de conseguir la igualdad entre los seres humanos, no aniquilar a quienes discriminan u oprimen. Nosotras no deseamos configurar un feminismo revanchista y vengativo, deseamos simplemente relaciones en igualdad, respetuosas, saludables, felices, en la medida en que ello sea posible, relaciones de calidad entre mujeres y hombres.”

http://www.cmpa.es/otrasfeministas/

Señor Fernández de Quero, si algo urge superar ahora es el feminismo patriarcal: “un feminismo que no puede vivir sin el enemigo, quedándose en las reglas que él define”, en palabras de la política india Vandana Shiva[40]. Quizás entonces logremos reedificar la figura del padre en el nuevo marco de relaciones que estamos construyendo.















[1] “Alternativas al Coitocentrismo como actitud que dificulta las relaciones humanas”: http://boletin.ahige.org/index.php?option=com_content&task=view&id=803&Itemid=1



[2] No olvidemos que Julián Fernández de Quero es el presidente de SEXPOL, fundación privada que se pretende “elevar el nivel de bienestar sexual y afectivo de personas, familias y colectivos, favoreciendo el desarrollo de los valores y su integración social desde criterios de calidad de vida y de salud, ...entendiendo que la integración social debe plantearse la consecución plena de los derechos humanos y los valores democráticos...”(en http://www.sexpol.net/index.asp?cod=1&subcod=2 )



[3] Los orgasmos y más aún los orgasmos mediante cópula heterosexual parecen un fenómeno extraño en el resto de las hembras de primates. Sólo en el caso de las hembras de bonobo parece probable la existencia de orgasmos, aunque en este caso parecen deberse a una estimulación directa del clítoris en relaciones homosexuales, cuya finalidad parece ser la de crear un sentimiento de vínculo entre las hembras. Esta función vinculadora en las hembras de bonobo justifica pensar que los orgasmos asociados a la sexualidad coital de las mujeres y de los hombres -innecesariamente intensos y prolongados en comparación con la tibia respuesta de los machos de la mayoría de especies- podría haber adquirido una función vinculadora heterosexual análoga (GARCÍA LEAL, A: Sesgos ideológicos en las teorías sobre la evolución del sexo. Tesis doctoral. UAB, 2005, p. 147). Para explicar la aparición del orgasmo femenino humano los biólogos evolucionistas también han aducido el efecto succión que el orgasmo produce durante el coito y que facilita que los espermatozoides fecunden un eventual óvulo, dando ventaja a los varones capaces de conseguir que sus parejas lleguen al orgasmo a la vez o justo después que ellas (la eyaculación se puede precipitar en respuesta al orgasmo femenino y además el efecto de succión se mantiene incluso aunque la eyaculación se produzca un minuto después del orgasmo femenino).

[4] http://www.desdeelexilio.com/2008/10/13/sexo-entrevista-a-ambrosio-garcia-leal/



[5] http://www.isftic.mepsyd.es/w3/recursos/bachillerato/filosofia/aula_filosofia/notasalpie/dawkins-hume.htm

[6] GHIGLIERI, M.P.: El lado oscuro del hombre, ed. Tusquets, Barcelona, 2005, p. 52. y http://www.elpais.com/articulo/sociedad/chimpances/intercambian/sexo/carne/elpepusoc/20090408elpepusoc_3/Tes



[7] www.smartplanet.es/redesblog/wp-content/uploads/2008/09/entrev012.pdf y Parkin, Robert; Stone Linda; ARANZADI; Juan; Montolío Celia: Antropologia del parentesco y de familia, ed. Ramón Areces, 2007 (http://books.google.es/books?id=klICJW7pMGwC&hl=ca), en especial sus refrencias a Robin Fox (p.714).





[8] MARTÍN CASARES, A.: Antropología de género, Cátedra PUV, Valencia, 2006, p. 127, 173 y siguientes. http://books.google.es/books?id=pOpP--wkjc4C&pg=PA173&lpg=PA173&dq=antroplog%C3%ADa+de+g%C3%A9nero+morgan&source=bl&ots=P1KX_fAdML&sig=iovnW0FrJo48Qz49ueqU37Ew3Yg&hl=es&ei=iev-SaWnOJGUjAfgmP2xAw&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=1


[9] Cuerpos sexuados, objetos y prehistoria, Universitat de València, 2002, p. 247. http://books.google.es/books?id=ObltRYH8tAYC&printsec=frontcover&dq=sanahuja+prehistoria#PPA98,M1


[10] http://faculty.mdc.edu/jmcnair/Joe10pages/the_creation_of_the%20Patriarchy.htm



[11] http://faculty.mdc.edu/jmcnair/Joe10pages/the_creation_of_the%20Patriarchy.htm



[12] GARCÍA LEAL, A: Sesgos ideológicos en las teorías sobre la evolución del sexo. Tesis doctoral. UAB, 2005, p. 123.

[13] http://www.smartplanet.es/redesblog/wp-content/uploads/2008/09/entrev012.pdf



[14] Aunque durante las décadas de los 80 y 90 desde el feminismo se intentó desacreditar la importancia concedida a la caza, ensalzando la contribución de la mujer recolectora, y convertir a los primeros homínidos en meros carroñeros, actualmente las evidencias arqueológicas han vuelto a revitalizar la importancia de la caza ya entre los primeros homínidos y del predominio masculino en este terreno (Desmond Clark, Henry Bunn, Standford –alumno de Goodall-). Véase: DOMÍNGUEZ-RODRIGO, M. El origen de la atracción sexual humana, ed. Akal. 2004, p. 111.



[15] HRDY, S.B.: The women that never envolved, Cambridge, Mass., Harvard University Press (1999). Citada por DOMÍNGUEZ-RODRIGO, M. El origen de la atracción sexual humana, ed. Akal. 2004, p. 89.



[16]Parkin, R. y otros: Antropologia del parentesco y de familia,Editorial Ramón Areces, 2007, p.714.
http://books.google.es/books?id=klICJW7pMGwC&pg=RA1-PA714&lpg=RA1-PA714&dq=erectus+%22divisi%C3%B3n+sexual+del+trabajo%22&source=bl&ots=fdiqJrm6PC&sig=fGpE9bZHxCwQ6fOQ9lpAovXaqhc&hl=es&ei=wpgRSuqEEKORjAeni-XkCA&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=7#PRA1-PA714,M1



[17] Wilber reitera la tesis del arado, pero como puede comprobarse sus conclusiones son muy diferentes a las de las autoras feministas canónicas como Sara Morace.

[18] WILBER, K.: Breve historia de todas las cosas, 2008, p. 81.

[19] BLY, R.: Iron John, Gaia ediciones, Barcelona, 1998 (1990, 1ª ed. en inglés)

[20] MOORE, R. -GILETTE, D.: La nueva masculinidad, Paidos Contextos, Barcelona, 1993(1990, 1ª ed. en inglés).



[21] http://chicosymasculinidades.blogspot.com/2007/10/6-teoras-sobre-la-masculinidad-la.html



[22] Dice Ken Wilber en Breve Historia de todas las cosas (Kairós, Barcelona, 1997, p. 81) “las mujeres no eran corderos ni los hombres eran cerdos. El «patriarcado» fue una co-creación consciente de los hombres y de las mujeres frente a circunstancias realmente duras. .... En estas sociedades «patriarcales», los hombres lo tenía mucho peor que las mujeres. Digamos, para comenzar, que los hombres eran los únicos a quienes se re­clutaba para la defensa y que sólo a ellos se les pedía que arries­garan su vida por el Estado. La idea de que el patriarcado era un club de señoritos en la que sólo había diversión, diversión y diversión se basa en una investigación muy pobremente documen­tada e ideológicamente muy sesgada.”



[23] http://209.85.229.132/search?q=cache:icKxyyb8sdIJ:www.davidcox.com.mx/folletos/f14_cox-padres_q_agradan_a_dios_v1r.pdf+deberes+del+buen+padre&cd=7&hl=es&ct=clnk&gl=es



[24] DOMÍNGUEZ GONZÁLEZ F.: La génesis del héroe bastardo http://www.um.es/tonosdigital/znum12/secciones/Estudios%20H-Heroe%20bastardo.htm



[25] ROUDINESCO, E.:La familia en desorden, ed. Anagrama, Barcelona, 2004, p.172.

[26] “Esta literatura era prácticamente inexistente hace un par de décadas, pero ahora, ante la gravedad del problema, los estudios y las investigaciones se multiplican. A los trabajos de Faludi, Aanderud, Anatrella, Matussek y muchos otros que menciona el autor, se podrían añadir también, por ejemplo, los de Campanini, Scabini y Donati en el área italiana o Evelyn Sullerot en el área francesa.” http://www.arbil.org/(69)cord.htm





[27] p. 65. http://books.google.es/books?id=3g1denSs5KsC&printsec=frontcover&dq=intimidades+congeladas#PPA65,M1



[28] p. 71.

[29] CAMPS, V.: Creer en la educación, ed. Península, Barcelona, 2008, p. 37-38

[30] CAMPS, V.: Creer en la educación, ed. Península, Barcelona, 2008, p. 37-38. También en No levantarás la mano contra tu padre, J.L. Barbería, EL PAÍS, 7-6-2009 :

Hemos sustituido el modelo autoritario del "ordeno y mando" por una práctica permisiva y sin límites, igualmente nefasta a efectos educativos. "El principio de autoridad se ha debilitado y ni la sociedad ni la familia han sabido establecer otros valores y límites. Las agresiones a los padres y la violencia de género aumentan porque nos estamos equivocando gravemente en la educación", advierte José Vidal, médico y director de la cárcel de Morón de la Frontera. "La mayoría de los menores delincuentes surgen en un modelo permisivo e indulgente que genera niños individualistas y hedonistas, incapaces de aceptar la frustración", explica Ana Rodríguez, pedagoga del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia. "Como el modelo autoritario de familia no ha sido sustituido por un modelo alternativo verdaderamente educativo, muchos padres no saben qué deben hacer con sus hijos, más allá de transmitirles los afectos. Detectamos con frecuencia un problema de ausencia de la figura paterna, bien porque la pareja se haya separado, porque se trata de una familia monoparental o porque el padre o la madre se inhiben o están muy ocupados en el trabajo", afirma la fiscal Consuelo Madrigal. Según los psicólogos sociales, a eso habría que añadir el declive de la figura del padre que, a menudo, no encuentra su lugar en un cuadro de relaciones familiares más desdibujadas y horizontales. http://chicosymasculinidades.blogspot.com/2009/06/el-maltrato-los-progenitores-cometido.html



[31] http://www.temas.cl/enero/libros/213.html



[32] Ed. Paidós, Barcelona, 2008, p. 130 y http://books.google.es/books?id=PVXtT8GVVOcC&pg=RA2-PA544&lpg=RA2-PA544&dq=illouz+bauman&source=bl&ots=-M51tjtHSm&sig=TeKFv-8KzhwXx5phA-69hoGdS9g&hl=es&ei=DMAhSqjVMMWgjAeI-P2rBg&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=4.

[33] “Al plantear como objetivo un ideal de salud indefinido y expansivo, todos y cada uno de los comportamientos pueden ser catalogados, por el contrario, como ‘patológicos’, ‘enfermos’, ‘neuróticos’, o, más simplemente, ‘disfuncionales’ o ‘no-autorrealizadores’. La narrativa terapéutica plantea como meta del yo el alcanzar la ‘normalidad’, pero como esta meta nunca recibe un contenido positivo, de hecho produce una amplia variedad de personas no realizadas y, por ello mismo, enfermas. La narrativa de autoayuda no es el remedio para ningún fallo o miseria; más bien, la misma insistencia en perseguir niveles de salud y auto-realización cada vez más altos, produce narrativas de sufrimiento” (pp. 176-7). http://www.temas.cl/enero/libros/213.html

[34] “¿Son tan maltratadoras las mujeres como los hombres?” le preguntan en a Jose Luis Linares autor de Las formas de maltrato (Paidós, Barcelona, 2006) y contesta: ”Por supuesto. El maltrato es algo mucho más complejo que la caricatura del macho con sus bíceps zurrando al débil. Las mujeres tienen sus armas y una gran capacidad de infligir daño psicológico y relacional.” La Contra de La Vanguardia (15-9-2006)

[35] Véase: http://buenamente.blogspot.com/2008/06/los-hijos-compartidos-frente-los-hijos.html



[36] Síndrome de Medea. Jacobs en Nueva York y Wallerstein en California informaron casos de lo que ellos llamaron el Síndrome de Medea. Las Medeas modernas no desean matar a sus hijos, pero sí quieren venganza de sus ex esposas o esposos y lo logran destruyendo la relación entre el otro progenitor y el niño. Se inicia con el matrimonio en crisis y la separación subsiguiente, cuando los padres pierden, de vista el hecho de que sus hijos tienen necesidades distintas a las propias y piensan en el niño como una extensión del propio yo. Estos progenitores liberar su intensa ira de manera desorganizada pero crónicamente disruptiva, que bombardea a los niños, más que les protege con la cruda amargura y el caos de los sentimientos de los progenitores para con el ex cónyuge y con el divorcio mismo. http://www.geocities.com/papahijo2000/psicolog.html?200930





[37] Síndrome de la Madre Maliciosa. Turkat, (1994) denominó esta perturbación y la clasificó como una forma moderada de interferencias en las visitas, en comparación con el síndrome de la madre maliciosa en relación con el divorcio. En el contexto del divorcio, se relaciona con una clase especial de progenitores alienadores, que emprenden una campaña multifacética y despiadada de agresiones y engaños contra el ex cónyuge, como medio de castigarle por el divorcio. Litigación excesiva, involucración del niño y terceras personas, utilización del fraude y de la mentira". Citado por Rand, Conway. D. (1997: I). http://www.geocities.com/papahijo2000/psicolog.html?200930



[38]“Introducir Discriminación”, Xavier Sala i Martin, (La Vanguardia, 17 Marzo 2006) http://www.columbia.edu/~xs23/catala/articles/2006/discriminacion/discriminacion.htm



[39]Aunque no faltan los intentos restaurar modelos tradicionales o de simple resistencia al cambio, allí donde se ha producido lo que los demógrafos denominan Segunda Transición Demográfica, la modificación de los patrones de conducta en el sentido que se ha señalado parece producirse de modo irreversible y sin retrocesos significativos. Entre los escasos intentos recientes de recuperación del modelo tradicional, destaca la reivindicación de la figura de la madre realizada por la periodista alemana Eva Herman, autora de El principio de Eva (Ediciones B.2008), obra de gran éxito en Alemania en la que denuncia la frustración que ha supuesto para muchas mujeres anteponer la carrera profesional a costa de sacrificar la función maternal. El desarrollo de estos planteamientos ha llevado incluso a acuñar términos como el de retrofeminismo. Las obras dedicadas a revalorizar la figura del padre no han conseguido un éxito equivalente, una prueba más de la notable debilidad de su posición. Por tanto, hoy por hoy incluso la revalorización de la llamada familia tradicional, sigue pasando por el binomio “madre omnipresente – padre disminuido”. Sea mayor o menor la resistencia, una constante en el tránsito a las nuevas estructuras familiares es el “eclipse del padre” (véase CORDES, P.J.: El eclipse del Padre, ed. Palabra, Madrid, 2003) . La mujer ha conseguido mejorar su presencia en el espacio público, pero sin asumir de verdad la renuncia a su hegemonía en el espacio doméstico. Esta solución provisional está en consonancia con las reformulaciones híbridas de lo femenino que describe Gilles Lipovetsky en La Tercera Mujer: permanencia y revolución de lo femenino (Anagrama, Barcelona, 2002). Con no pocos desajustes y quebrantos para las propia mujeres, se ha demostrado una fórmula plausible a corto plazo, pero parece evidente que aún esta muy lejos alcanzar el mínimo exigible como proyecto vital de vida en común equilibrado y saludable, como deja entrever Una mujer como tú, de Neus Arqués (Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2009, http://www.neusarques.com/ y “Se buscan mujeres de EXCEPCIÓN”: http://chicosymasculinidades.blogspot.com/2009/03/se-buscan-mujeres-de-excepcion.html), obra en la que se denuncia el engaño suicida que consiste en hacer creer a las mujeres que pueden llegar a todo, promoviendo una fraudulenta mujer ideal que auna todos los atributos tradicionales posibles unidos y la excelencia profesional sin experimentar sin conflictos ni renuncias. Parece que este vano ejercicio de suficiencia tiene los días contados y tarde o temprano se impondrá la necesidad de contar humildemente con los dos miembros de la pareja. La nueva vertebración de la familia deberá pasar por facilitar desde todas las instancias el ejercicio compartido por hombres y mujeres del poder doméstico, como ya ha empezado a ocurrir en la esfera pública.

[40] “Un feminismo que olvida que el patriarcado no ha ocupado nunca la realidad entera, ni, tampoco, la vida entera de la mujer”, en RIVERA, Milagros: La diferencia sexual en la Historia, Universitat de València, 2005, p. 66 http://books.google.es/books?id=9FE6CZsSdj8C&printsec=frontcover#PPA66,M1

martes, marzo 24, 2009

Ficción feminista y ficciones necesarias

Entre los logros indiscutibles del feminismo hay uno que no se ha ponderado lo suficiente, pese a ser una de las causas determinantes de su éxito: su capacidad de fabulación. El feminismo, y en especial el feminismo radical, ha conseguido crear a partir de una aspiración incuestionable –la equiparación efectiva de las mujeres a los hombres-, una más que discutible constelación de conceptos y juicios sumarios que amenazan con sepultar cualquier valoración sosegada y ecuánime de la realidad. Para muestra basta con pasear por cualquiera de los medios de comunicación y descodificar mínimamente los mensajes que acompañaron la jornada del 8 de marzo: “8 de marzo crisis mortal para el sistema patriarcal” (“este sistema patriarcal pretende mantener el acoso al cuerpo, alma, trabajos y deseos de las mujeres”); “8 de marzo: mujeres en lucha contra el capitalismo patriarcal, el racismo y la guerra”; “Ni dios, ni patrón, ni marido”; “8 de marzo crisis mortal para el sistema patriarcal que pretende mantener el acoso al cuerpo, alma, trabajos y deseos de las mujeres”; 8 de marzo...en lucha contra el feminicidio, la violencia machista, contra la explotación doméstica; contra el amor romántico; contra la feminización de la pobreza; contra los techos de cristal; contra los que cuestionan la exacerbación de la noción de género; contra "los nuevos machistas que se presentan como feministas"; contra los masculinistas que reclaman la custodia compartida; contra los energúmenos que critican el derechos al aborto de las adolescentes sin el consentimiento de sus padres; contra los que osan mentar el “invento” del síndrome de alineación parental; etc. etc.

El caso es que esta visión simplificadora y airada ha penetrado con una eficacia pasmosa en el imaginario colectivo y a golpe de campañas gubernamental, leyes discriminadoras y explotación mediática de la violencia sufrida por mujeres ha conseguido arrasar cualquier resistencia crítica y convertir en lógica la prevención y desconfianza sobre la condición masculina. Según el nuevo orden doctrinal, todo hombre ha de asumir la necesidad de leyes específicas que le limiten en sus derechos y que protejan a las mujeres y a la sociedad de las abusivas inercias que ha heredado de sus antepasados, del mismo modo que los hijos de Adán son herederos del pecado original.

¿Pueden los hombres redimirse de esta “mancha original”?. Ya he citado en este blog la airada protesta de una feminista durante unas jornadas sobre coeducación ante la propuesta -para ella inútil- de invertir recursos en la promoción de nuevas masculinidades. Desde luego, analizando el discurso feminista imperante, lo que se desprende es una desconfianza absoluta sobre las posibilidades de reforma de los hombres. Es más, la mayoría de las feministas sospechan que tras la pretensión de aunar feminismo y condición masculina se esconde una estrategia fraudulenta para enmascarar el machismo. Basta frecuentar mínimamente los entornos feministas, para detectar en el ambiente el “sólo para mujeres”. Digamos que la doctrina feminista, que tiene mucho de religión naturalizada, ha asumido muy poco del optimismo católico sobre las posibilidades de redención y simpatiza más con el sesgo característico del maniqueísmo. Según la nueva fe, la gracia siempre es femenina y sólo mujeres son las elegidas. El mal habita en los hombres.

Y, a poco que se profundice, pronto se descubre que en el discurso feminista un eje argumental subyacente que pasa por socavar la condición masculina para después superarla definitivamente, porque en ella reside la fuente del mal. Aunque este planteamiento no se explicite, resuena en la mayoría de las formulaciones feministas habituales.

Pero, a pesar de ello, el feminismo menos visceral y pragmático ha entendido que es más útil crear expectativas de redención en los hombres, que negarlas. Una vez asumida socialmente la mancha de la masculinidad, esa estrategia permite al feminismo convertirse en la instancia legítima que establece el itinerario de conversión de los hombres, evalúa sus logros y reconoce sus progresos.

Según el guión establecido, para intentar redimirse de los pecados de su género y sus malévolos efectos, los hombres han de convertirse al feminismo radical y abominar constantemente de su condición corrupta en señal de pública penitencia. A partir de este rito iniciático, y sólo si se ajustan fielmente al guión que le ha preparado el feminismo radical esos hombres se harán acreedores de cierta indulgencia, porque se habrán convertido en hombres desactivados, a la espera de una completa superación de la masculinidad, todavía en perspectiva.

De hecho, no es necesario bucear demasiado en los textos feministas que alientan el cambio masculino para constatar que no se reconoce ninguna especificidad masculina que merezca ser preservada. No olvidemos que los estudios de género definieron la masculinidad sólo como una enfermiza negación de la feminidad. La empresa masculina así presentada no es más que un empeño absurdo y obsesivo en imponer su negatividad, en imponer su ideología de dominio y violentar el orden deseable. [1] La única vía para alcanzar la vida saludable es la afirmación de las mujeres y la negación de la masculinidad. Una formulación en términos de lucha entre el bien y el mal con obvios resabios religiosos.

En este sentido, resulta de una inocencia suicida el afán de tantos hombres en ganar legitimidad y reconocimiento desde el feminismo, en especial si lo hacen desde el feminismo radical, que de hecho es el inspirador de los movimientos de hombres proclamados feministas. La fábula feminista es una ficción que ofrece muy poco espacio a una reconstrucción de las masculinidades que tenga en cuenta las especifidades masculinas. Esta tarea sólo podrá abordarse desde esquemas conceptuales incluyentes, no excluyentes.

Se trata de una cuestión de extraordinaria importancia porque ha tenido consecuencias jurídicas inasumibles. No olvidemos que el Tribunal Constitucional ha avalado que se sancione más al varón que a la mujer por amenazar a su pareja (si esta es femenina, se entiende) y ningún movimiento masculino por la equidad de género ha protestado. El carácter excluyente de las medidas adoptadas para combatir la violencia “de género” han permitido aberraciones como la de que el profesor Neira no pudiera beneficiarse de las medidas de excepción previstas para proteger a quien sufre violencia machista –él la sufrió por defender a una mujer- porque era hombre.[2]

Pero las derivaciones de la ficción feminista para los hombres son incesantes. Sin ir más lejos, la semana pasada el Ministerio de “Igualdad” anunció la creación del Consejo de Participación de las Mujeres en el que las organizaciones feministas tendrán una abrumadora presencia. El futuro Consejo de Participación del que la óptica masculina estará ausente emitirá informes y dictámenes sobre leyes que tengan que ver con temas de “igualdad”, analizará los Presupuestos Generales del Estado desde una perspectiva de género y propondrá al Gobierno iniciativas legislativas, entre otras funciones.

No deberían confundirse los feministas promotores de nuevas masculinidades esperando demasiadas deferencias de quienes gestionan la fábula feminista. El delegado del Gobierno para la Violencia de Género, el Sr. Miguel Lorente, ha sido taxativo al respecto: "los nuevos machistas se presentan como feministas". En su libro Los nuevos hombres nuevos refleja muy bien la profunda ira que provoca en el feminismo radical cualquier otra postura masculina que no sea la de autoflagelarse. Los hombres según Lorente sólo deben invocar la igualdad y cuestionar los roles tradicionales en beneficio de las mujeres y en perjuicio de ellos, nunca para justificar reivindicaciones específicas. Para Lorente, y para los/las feministas radicales, hacerlo equivale a disfrazar el machismo con nuevos ropajes como hacen los que reclaman el derecho a la custodia compartida (en realidad afirma lo hacen para “contrarrestar y cuestionar el hecho de que las mujeres sean consideradas como las idóneas para ejercer la custodia de los hijos”) o crean “el neomito” del Síndrome de Alienación Parental (“es imposible alinear a un menor contra un padre al que está unido afectivamente...” –dice Lorente con insuperable cinismo-)[3].

No sé que epítetos nos dedicará Lorente a los que además nos atrevemos a hablar de “denuncias falsas”: ¿machistas recalcitrantes? No lo sé. Lo que si sé es la opinión que merecemos a Paloma Marín López, jefa de la Sección del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género: “¡calumniadores!”. Aplicando una peculiar lógica invertida y maniquea sostiene que el hecho de que en 43.048 juicios por violencia de género sólo se hayan producido 28.364 sentencias condenatorias no supone que la se hayan producido denuncias falsas sino solamente que no se ha podido demostrar la culpabilidad de los hombres, ergo hablar de denuncias falsas es una grave calumnia contra las mujeres. El título del artículo es concluyente Las mujeres no denuncian en falso. Le falta añadir: toda denuncia femenina es verdadera y toda protesta masculina delirio, calumnia y mala fe. El artículo no tiene desperdicio e ilustra muy bien lo que pretendo explicar... “La mera difusión de insidias o sospechas no contrastadas lo único que revela –dice la autora- es un proyecto ideológico de perpetuar la discriminación contra las mujeres” [4]. ¿A la Sra. Marín se le ha ocurrido pensar en el escándalo que producirán sus palabras en los hombres que han sido víctimas no de “insidias y sospechas” ventiladas en artículos de opinión, sino de denuncias falsas realizadas en una comisaría? ¿Prefiere ignorar que muchas mujeres con afán de dañar y obtener ventajas en los litigios de separación y divorcio, utilizan las posibilidades que les brinda la ley de calumniar impunemente a un hombre y llevarlo un tribunal? Aunque lo absuelvan, nadie le librará de profundo maltrato psíquico que comporta una denuncia falsa, ni del oprobio de la duda, que la Sra. Martín insiste en apuntalar como un argumento a su favor.

En su última obra La pasión del poder (2008), José Antonio Marina habla de las ficciones necesarias, es decir de aquellas creaciones de la inteligencia humana que nos permiten sustentar nuestros sistemas éticos, jurídicos y políticos y sin las cuales sería imposible construir un proyecto de vida satisfactorio. Deberíamos preguntarnos si la ficción feminista que está calando hondo y dejando una huella profunda es la que necesitamos para promover una vida mejor. La plena equiparación de hombres y mujeres es irrenunciable y la regeneración de nuestras ficciones de género constituyentes[5] inaplazable, pero para que resulten viables y satisfactorias deberán ser incluyentes y superar el carácter excluyente del feminismo. Por ello, es muy importante que los hombres desde su especificidad se hagan oír, en lugar de inhibirse y renunciar a tener voz propia para hacerse perdonar.

Aunque Lorente ponga el grito en el cielo, ha llegado también el momento de hablar de la negación e invisibilización de los hombres. Joana Bonet lo hacía el miércoles pasado en un bello artículo con motivo del día del padre (“Papitos”, La Vanguardia, 19-3-2009), refiriéndose a una revolución silenciosa de la que se habla poco: la de la paternidad...

Liberados del manual de atributos que definía al "hombre de verdad", hoy son conscientes de que no hay una construcción de la identidad del hijo sin una construcción paralela de la identidad del padre. Pero la geometría identitaria tiene aristas y nuestra sociedad se topa con el lugar común del padre desentendido, o del que se entera de que tiene hijos cuando se separa.

La custodia compartida, las pensiones impagadas o las divorciadas que utilizan a sus hijos como seguros de vida protagonizan uno de los debates más tensos de la actualidad, larvas que envenenan el tejido social y que avivan la guerra entre sexos.


Lamentablemente el viernes en La Vanguardia se volvía a insistir en esos lugares comunes de los que habla Joana Bonet, redibujando con sarcasmo amargo la figura del hombre como insufrible egoísta, cínico manipulador y desvergonzado explotador...

"Amo", Clara Sanchis Mira

Si el mundo sigue girando y girando, y se da la vuelta como un calcetín, me voy a pedir un amo de casa. Un hombre que me limpie los baños por amor. Un hombre que sea capaz de encauzar su vida, su talento y su capacidad, a través del planchado de mis braguitas o los movimientos del aspirador. Que con eso le baste. Que se sienta realizado contemplando el hervor de unas patatas o de una simple coliflor. Un amo de casa que se ocupe de mis asuntos domésticos para que nada me perturbe y yo pueda expandirme, alcanzar mi pleno desarrollo profesional y concentrar todas mis energías en mí misma. Un amo de casa que me proporcione, además, el calor de una impagable vida familiar. Impagable, digo, porque no le pienso pagar. Vamos, mujer, esto está inventado desde la noche de los tiempos, es un asunto tradicional, y no seré yo quien le quite el encanto y la gracia, mezclando el dinero con un intercambio tan entrañable, exclusivamente sentimental. Porque mi hombre me hará el desayuno mientras me ducho, se ocupará de que no me falte nunca el desodorante, planchará mis camisas, bregará con las criaturas, fregará los suelos y cocinará a mi gusto porque es el dueño de mi corazón. Y a mí no se me ocurriría ofender su sensibilidad pagando sus servicios de alguna forma material, por Dios, como si él fuera un empleado de limpieza, un camarero, un niñero a sueldo o un freganchín. Nosotros dormimos en la misma cama, es muy distinto. Así que no le hablaré del uso de su tiempo, ni de trabajo remunerado y ni nada parecido, no habrá ningún tipo de planteamiento contractual entre nosotros, válgame el cielo, entre otras cosas porque sus atenciones no tendrán limitaciones de horarios, el amor verdadero, como las labores del hogar, dura 24 horas, y dura sólo 24 porque el día no tiene más. Eso no tiene precio. Y si yo pusiera dinero en sus manos, le estaría entregando la llave obscena de su libertad. Y mi amo, entonces, podría pensar que no le amo suficientemente, y una lágrima resbalaría por su barba. Nuestro amor será como el pegamento Imedio, esto lo sabremos muy bien los dos. Sobre todo él, que ya no sabrá qué hacer en su vida sin mí.Yes que las grandes responsabilidades, correrán de mi parte. Del verdadero trabajo que se hace fuera de casa y proporciona la subsistencia, será mejor que me ocupe yo. Y en el caso remoto de que su intelecto desentrenado sea consciente de esta diferencia entre nosotros, para no dañar su autoestima, no fuera que eso nos complique la vida y la cama, le haré creer que en el fondo manda mucho. Le diré que es el amo de nuestra casa, como su propio nombre indica, porque las palabras ayudan a laquear la realidad. Permitiré que tome sus propias decisiones con la temperatura de la lavadora, que escoja a su aire entre comprar melones o un kilo de melocotones, que sólo él sepa la mejor manera de freír un huevo, anudar bien la bolsa de la basura o doblar un pantalón. Me declararé una inútil en esas manualidades y le dejaré que se dé importancia. Que se erija a voces una autoridad en el arte de sofreír tomates y les grite a los niños como un loco si traen barro en los zapatos. Y si una noche llego muy cansada, con alguna cerveza de más, y me pone nerviosa que no pare de hablarme dando vueltas alrededor de mi sofá como un obseso, Dios no lo quiera, a lo mejor se me va la mano y le arreo un bofetón. Entonces me mirará tembloroso. Pero enjugará con el delantal la lágrima que descenderá por su barba, y sabrá perdonarme. Porque entenderá que vengo agotada de trabajar para mantenerlo, mientras él se ha pasado la tarde planchando la ropa delante de la televisión o relajándose con el aspirador. Y así la suave rutina renacerá en seguida de nuestro amor sin fin, y mi amo de casa planchará otra vez mis braguitas mientras yo compongo sinfonías, escribo libros, planto un árbol y hasta invento la electricidad.

20-III-09, Clara Sanchis Mira, La Vanguardia


Lo que decía, ¡urge hacerse oir! En el próximo post prometo un texto alternativo al de Clara Sanchis, que incluya la mirada masculina.

[1] La denuncia del carácter negador de la masculinidad se salda tautológicamente negando la masculinidad.

[2] Rosa Montero comentaba al respecto (“Hoministas”, El País, 03/03/2009): “El Constitucional acaba de avalar que se castigue más al varón por amenazar a su pareja (femenina) que al contrario. Bueno, si un tío con más fuerza que su mujer y con un perfil violento le dice a la esposa “te voy a matar”, como que da mucho más miedo que si es al revés, ¿no es verdad? Pero, aun así, esta discriminación legal por sexos me pone nerviosa. ¿Y si un energúmeno parecido amenaza a su pareja masculina? ¿Y si la señora que grita a su marido "te voy a matar" le envenena el café (también ha ocurrido)? ¿Y qué pasa con la mujer que amenaza a su novia y luego la aporrea? No confío en estas bienintencionadas leyes discriminatorias; temo que aumenten la inquina misógina y el ponzoñoso sentimiento victimista de esa horda de canallas que se dedica a torturar mujeres. Y, de hecho, la ley actual, que penaliza más a los hombres, no ha mejorado la situación del maltrato en nuestro país.”

[3] http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090202/53631806359/los-nuevos-machistas-se-presentan-como-feministas.html

[4] Desde la entrada en vigor de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género se han alzado voces de distintos sectores que, reubicando el discurso ancestralmente construido para perpetuar la subordinación de las mujeres, pretenden descalificar la labor legislativa.

Esas voces incluso admiten de entrada lo inaceptable de la violencia machista, para pasar a elaborar seguidamente nuevas formulaciones al servicio de mantener la discriminación peyorativa contra las mujeres en sus distintas manifestaciones, una de las cuales, la más brutal, es la violencia. En este contexto, una de las principales ideas fuerza de esta estrategia es la de que las mujeres denuncian en falso ser víctimas de violencia machista. Para ello pretenden hacer equivalente libertad de expresión a derecho a publicitar sospechas, rumores y dudas -en ningún caso contrastadas-, cuando no meramente prejuicios, como es atribuir de forma generalizada a las mujeres la realización de actos delictivos mediante la presentación de denuncias falsas.

Es cierto que el Tribunal Constitucional ha incluido dentro de la libertad de expresión -diferenciando su contenido del de la libertad de información, sujeta al límite de la veracidad- las invenciones, los rumores o las meras insidias. Pero de ello no cabe derivar que estas expresiones contribuyan a la construcción de una sociedad más democrática o a la investigación de un fenómeno considerado como el crimen encubierto más extendido del mundo.

Los juristas conocemos bien las reglas que regulan el proceso penal, el sistema de valoración de las pruebas practicadas en juicio oral y el sistema de garantías construido en el Estado social de derecho a favor del acusado. También sabemos de la extraordinaria lentitud con que las víctimas de violencia de género van desechando temores y prejuicios que dificultan la decisión de romper el círculo de esa violencia y, con ello, el silencio que lo perpetúa. O las barreras que tienen que superar para poner en conocimiento de la Administración de justicia hechos que ahora constituyen delitos. Conocemos igualmente la escasa colaboración de las propias denunciantes en el proceso, vinculada en muchos casos con dependencias de distinto tipo (sentimental, económica...) del presunto agresor, ya que ello supone romper con el modelo de socialización que sitúa a la mujer en posición subordinada en la relación de pareja. Esta escasa colaboración incluso puede deberse a la falta de correspondencia entre las expectativas que tienen respecto a la denuncia -tantas veces formulada con la única pretensión de que cese la violencia- y las consecuencias de poner en marcha el proceso penal, que ha de acabar, si se prueban los hechos, con una sentencia de condena que, normalmente, impondrá pena privativa de libertad y, en todo caso, pena de alejamiento al agresor. Sabemos asimismo de la dificultad de prueba de unos hechos que se cometen en tantas ocasiones en la intimidad o sin dejar rastros físicos apreciables.

En este contexto, el sobreseimiento provisional de las actuaciones o el dictado de una sentencia absolutoria no implica que la denuncia sea falsa. La sentencia absolutoria impide considerar culpable al que venía acusado hasta el juicio oral, pero ello no equivale a inexistencia de la violencia. Significa que la acusación no ha introducido pruebas bastantes de cargo, con la consecuencia de motivar la absolución del acusado. Un buen número de sentencias absolutorias justifican la absolución precisamente en ello.

Esto impide, naturalmente, categorizar como culpables a los acusados absueltos. Pero no permite, ni mucho menos, hablar de abuso del proceso o de denuncias falsas. Sólo podrán considerarse tales las que así sean valoradas en sentencias condenatorias firmes contra mujeres por esos delitos, y ello exclusivamente respecto de las que en concreto resultaran condenadas. Las mujeres también son titulares del derecho a la presunción de inocencia.

La última Memoria de la Fiscalía General del Estado, correspondiente a 2007, refiere 18 casos en toda España en los que se ha deducido testimonio contra mujeres para la investigación de hechos que podrían revestir los caracteres de acusación o de denuncia falsa, que también podrían ser de falso testimonio, toda vez que en ocasiones las denunciantes se retractan de su denuncia, por una errónea concepción del perdón al acusado o por el deseo de evitar su condena. No consta, sin embargo, ni siquiera el resultado final de estas actuaciones, que bien pudieron ser sobreseídas o acabar en sentencia absolutoria. Y ello, según la estadística judicial, frente a 43.048 juicios celebrados en ese año por violencia machista, que han terminado en 28.364 sentencias condenatorias.

Sobre quienes afirman que las mujeres interponen denuncias falsas recae la carga de probar su existencia. La mera difusión de insidias o sospechas no contrastadas lo único que revela es un proyecto ideológico de perpetuar la discriminación contra las mujeres así como un escaso rigor en las afirmaciones que se dicen efectuar en el ejercicio de la libertad de expresión. Permite, en todo caso, identificar el propósito que guía tales aseveraciones y valorar su papel en la construcción de la sociedad democrática. EL PAÍS 09/03/2009

[5] “Entiendo por ficción constituyente aquella sobre la que se puede construir un proyecto real, de tal manera que si desaparece la ficción, lo construido se desploma”. MARINA, J.A.: La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación, ed. Anagrama , Barcelona, 2008, p.210.