En mi vida había encontrado una síntesis tan concisa, alternativa y radical de la visión de la historia y de la civilización occidental como la que ofrece la Junta de Extremadura en su Guía del Mundo 2007. Tiene la virtud de reunir ágil y armoniosamente todos los lugares comunes de los llamados movimientos sociales “progres” (antiglobalización, feminismo, indigenismo, etc,) en un texto que merecería un lugar de honor en cualquier antología catequética. La reproduzco en parte y que cada uno juzgue...
La Historia y lo que oculta la globalización
De creer lo que Francis Fukuyama, asesor del gobierno de Estados Unidos, acuñara en un panfleto a inicios de la década de 1990, en este siglo XXI, estaríamos viviendo el "Fin de la Historia". Se trataría del tiempo del fin de las edades y las naciones, que han de disolverse necesariamente en una comunidad global que ha resuelto sus diferencias, y por lo tanto, su historia.
La Historia, básicamente, es la herencia de la narrativa bíblica: en ella, el tiempo es lineal y tiende hacia un fin (en el caso bíblico, el juicio final y el cese del tránsito por "este valle de lágrimas" al que fueron deportados los humanos tras el pecado original). Esta es una noción patriarcal, que no coincide con la idea femenina de tiempo, regida por los ciclos menstruales, ni con la de la gran mayoría de los pueblos con narrativas que no proceden de la semítica, que prefieren concepciones también circulares. Así, por ejemplo, era circular -basada en los ciclos de la naturaleza- la ordenación del tiempo por parte de los miles de pueblos que vivían en el continente que finalmente fuera llamado América por los conquistadores europeos. Algo similar ocurre con la de los africanos que fueron sometidos por Europa y el Islam, mientras sigue su marcha el ciclo de reencarnaciones de varias culturas de la India.
La civilización occidental
La civilización occidental, al llevar adelante la mundialización, ha impuesto asimismo su propia narrativa, su forma de ordenar el tiempo y, con ella, su modelo de explotación del planeta. En este sentido, la narrativa de la Historia es directamente del agotamiento de especies y reservas naturales que, de no corregirse el rumbo, pronostican que sí habrá un Final de los Tiempos. Para encontrar alternativas a esta amenaza se hace imprescindible que los pueblos del Sur reafirmen su diferencia histórica y brinden alternativas al modelo agotado.
Historia y tecnología
Un elemento a la vez cultural y tecnológico, como es la escritura, es lo que, dentro del modelo occidental, marca el ingreso a la Historia. Es decir, Occidente entiende por prehistoria aquella edad en que los humanos carecían de escritura, y por historia su capacidad de documentar escrituralmente su pasaje por el mundo. Como a partir del siglo XV y XVI los conquistadores europeos se encontraban con pueblos que guardaban sus tradiciones de forma oral, y no escrita, pasaban a considerarlos "pueblos sin historia". Lo que equivale a decir que la mayor parte de la población del planeta, de acuerdo a este modelo, vivía en condición ahistórica, y su conquista y sometimiento, siempre según este modelo, marcaba su ingreso a la Historia y a un mundo con teleología, es decir, con finalidad.
El "progreso"
En el siglo XVI, Nicolás Machiavelo formuló un cambio dentro de la narrativa de la Historia. El hombre pasaba a ser su "agente", es decir, quien la decidía. Ya la narrativa no era de Dios, sino del Hombre. Con el imperialismo europeo del siglo XVI, además, comenzó a imponerse a gran escala la explotación de los recursos naturales sin respetar los ciclos: cavar la tierra para buscar metales preciosos o retener en presas los cursos de agua para procurar oro fue consecuencia "natural" de la imposición del Hombre sobre la Naturaleza. Es decir, explotar los recursos sin importar el cumplimiento de los ciclos: el Hombre estaba ahí para ser artífice de su destino y del planeta, es decir, para hacer Historia.
En el siglo XVIII, el viejo modelo judeocristiano conoció una nueva deriva: amparada en la Razón y el progreso tecnológico, la Humanidad, fatalmente, debía alcanzar la felicidad. Georg W. Hegel, posteriormente, dio un nuevo giro a la sintaxis bíblica: la Historia no era más que la dialéctica entre el Amo y el Esclavo, y cuando la Idea se revelara a sí misma, la Historia encontraría su Fin. Karl Marx, a su turno, dio un nuevo giro: estábamos viviendo la Prehistoria, cuyo motor era la lucha de clases; cuando esta lucha viera fin, habríamos llegado -por fin- a la Historia.
De este breve repaso resulta obvio que lo planteado por Fukuyama no es más que una vuelta de tuerca a esta sintaxis: la comunidad global que habría resuelto sus diferencias, gracias al progreso tecnológico; hegelianamente, la Idea se reconoce a sí misma en la omnipresencia del capitalismo, y las historias nacionales (dentro de la sintaxis narrativa, el análogo al "valle de lágrimas" judeocristiano) se disuelven en el tiempo sin límites del mundo globalizado: en breve, con la mundialización habríamos llegado al Paraíso, esa edad sin Fin.
La falta de legitimidad
La precedente enumeración no tiene otro fin que señalar que estas teorizaciones sobre la Historia y la conceptualización del devenir no son más que brotes del mismo árbol judeocristiano, una sintaxis que, con variantes, se le ha venido imponiendo a todos los habitantes del planeta. En rigor, el agente que Occidente ha impuesto al planeta no es otro que la tecnología: la globalización, más que una "resolución de diferencias", y más que una edad, es la imposición tecnológica de un modelo, el de la instantaneidad. A fuerza de satélites, módems y computadoras, todos los rincones del mundo han quedado sujetos y, en buena medida, interdependientes: la mundialización, que comenzó en el siglo XVI con las aventuras mercantiles europeas, se completa de forma tecnológica. Es más, carece de toda legitimidad, más que aquella que señalara Jean-François Lyotard: la del preformativo cuya única validez es la de autoenunciarse. No existe ya una narración que pueda legitimar a la tecnología, porque ya no se cree que ésta conlleve, como se creyó hasta el siglo XX, felicidad.
Actualmente, el modelo funciona solamente a partir de su rendimiento: el desarrollo tecnológico de Occidente ha interconectado al mundo, pero el mundo ya no puede vivir sin tecnología. Dicho de otro modo, los países del Norte no necesitan ya de las coartadas ideológicas del pasado (conquistar para "civilizar", para "llevar el progreso" a esos pueblos caídos de la Historia) para someter al planeta. Ahora no hay legitimación, sólo interconexión tecnológica que, de por sí, está cargada de ideología occidental, porque fue producida según los parámetros de desarrollo de Occidente. La medida del tiempo, otrora para muchos pueblos regida por los ciclos de la naturaleza o las fases de los astros, devino la del instante, la del último momento de los noticieros o la actualización de Internet. Dicho de otro modo, se trata de la imposición del modelo lineal judeocristiano a través de la tecnología, ya sin discurso. Paradojalmente, las reivindicaciones que se puedan hacer a nombre de la "diferencia" nacional, quedan obstaculizadas por la dependencia al modelo de desarrollo tecnológico.
La salida imposible
Hasta el momento, "emanciparse" de Occidente parecería tarea ardua y radical, por ejemplo, como la que tomaran los talibanes en Afganistán (que el resto del mundo vio con sorpresa, desagrado, hasta que finalmente consintió en su aniquilación) prescindiendo de computadoras, de televisores y antenas parabólicas. Esto comportaba, no una "vuelta a la Edad Media", como insistiera Estados Unidos antes, durante y después de los bombardeos que derrocaron al régimen Talibán, sino un intento de escindirse de la Historia (es decir, de esta narrativa occidental) y de su última enunciación, ésa que fuerza al planeta a vivir en un mundo instantáneo. Con sus infinitas diferencias y discrepancias, el planeta no pudo sino ver en el intento de emancipación de los talibanes un episodio grotesco, por la sencilla razón de encontrarse ya por completo "occidentalizado", es decir, "simultaneizado", dependiente de la tecnología que exportó el Norte, y con ella, de la ideología que le dio vida.
Paradojalmente, dentro de un relato que carece de legitimación, el mundo parece haberse totalizado, como pretendía Hegel. La Historia se ha demostrado una narrativa potentísima, un mecanismo de sumisión casi inmejorable. Más aún, si se retoma el modelo mencionado más arriba, se podría decir que, de las edades del mundo, ha tocado a Occidente dar al planeta su circularidad y completitud (el equivalente a la hegeliana idea de sí) y de unificarlo. Pero no se trata del Fin de los Tiempos, a pesar de que el modelo occidental de explotación de recursos naturales está amenazando seriamente el planeta. Los saberes de aquellos pueblos que aprendieron a medir su transcurrir en consonancia con los tiempos de la Naturaleza (es decir, con sus ciclos, y no con una fin ulterior) son imprescindibles para evitar el Fin del Fin. Dependerá de los pueblos de este mundo, y precisamente de las estrategias a las que recurran para reafirmar su diferencia histórica, que el devenir recupere su sentido y, acaso, su legitimidad.
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jueves, mayo 10, 2007
"Evitar el Fin del Fin"
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Patriarcado
jueves, febrero 01, 2007
¿Dueños de nuestros destinos?
Un alegato ortodoxamente neoconservador...
Los costes emocionales del nuevo individualismo
JOAN SUBIRATS
EL PAÍS - 01-02-2007
Desde hace tiempo me invade cierto desasosiego al observar los anuncios a toda página en que mujeres esculturales, y con menor frecuencia, hombres en plena forma, muestran sus atractivos, realzados por afirmaciones como "mira qué cara", "qué figura", "mira qué torso o qué pelo", "mira qué senos" mientras una pregunta emerge con fuerza: "¿Quién les devuelve la juventud?". Para evitar que uno piense en soluciones "fáusticas", se nos advierte de que no es necesario un pacto con el diablo para mejorar el propio cuerpo y acercarse al modelo publicitado. Se trata simplemente de acudir a los tratamientos que ofrece la moderna cirugía estética. Quizá pueda achacarse mi nerviosismo de la comparación entre los ideales que el anuncio explicita y la imagen que me devuelve cualquier espejo indiscreto, pero entiendo que hay algo más que explorar. Aparentemente no hay nada nuevo en todo eso, como la misma alusión indirecta a Goethe permite suponer. Pero, lo que sí puede resultar nuevo es la combinación entre la profundización individualista de la sociedad globalizada y las nuevas oportunidades que parecen existir para que cada uno se diseñe a sí mismo.
Vivimos en una realidad social en la que predomina la sensación de riesgo, de descontrol, de vulnerabilidades crecientes. Y al mismo tiempo tenemos la sensación de que no controlamos nada, que nos enfrentamos solos a esa exagerada fluidez de relaciones, trabajos y lazos emotivos.
Si somos más frágiles, pueden pensar algunos, al menos tenemos nuevas oportunidades para modelarnos a nuestro antojo y poder enfrentarnos mejor equipados a ese nuevo contexto en el que cada cual es básicamente lo que aparenta y lo que muestra, más que de dónde viene y con quién transita.El último filme del director coreano Kim Ki-duk, estrenado bajo el título de Time, es una buena alegoria de todo ello, aunque la película sea claramente desigual en su narración. A caballo de la enorme popularidad que está teniendo la cirugía estética en Corea del Sur, el cineasta juega con el eterno tema de la pasión amorosa y su potencial declive por el paso del tiempo. Una mujer, extremadamente enamorada y celosa, intuyendo una cierta fatiga en su pareja tras más de dos años de relaciones, decide cambiar radicalmente su figura, sometiéndose a una dolorosa operación de cirugía estética que le cambiará por completo su cara y su apariencia. El desasosiego interno se canaliza hacia la salida fácil que parece ofrecer el quirófano. No se accepta el más pequeño inconveniente, no hay una perspectiva temporal que no sea cortoplacista, no se quiere uno enfrentar con sus propios fantasmas, y se apuesta por un cambio físico absolutamente innecesario si atendemos el punto de partida de la propia protagonista. Tampoco parece que se tengan en cuenta las consecuencias de todo ello en la percepción sobre uno mismo, ni tampoco las consecuencias que ello tendrá en los demás. El filme gira a partir de ahí en sucesivos círculos que van aumentando las angustias emocionales de la pareja hasta llegar a un final que cierra en sí mismo la fábula irónica y crítica sobre esa creciente superficialidad del nuevo individualismo, obsesionado por una belleza convencional vinculada al consumismo estético.
La protagonista atribuye la aparente desafección de su amante a su "misma y aburrida cara", y busca modelar de nuevo su rostro en un agresivo intento de buscar la propia identidad. La película insiste en ese tema en un complicado y no siempre bien resuelto juego de máscaras. Y al mismo tiempo muestra lo inútil de esa tribulación, de esa incesante huida de su propia realidad, cuando sea con una cara o con otra, los protagonistas acaban moviéndose siempre por los mismos escenarios, por el mismo café, por el mismo parque de esculturas. Sus cuerpos son distintos, pero ellos siguen siendo fantasmas en busca de sentido vital. No hay entorno social visible en esa búsqueda de perspectiva. Trabajo, familia, amigos, ciudad son simples aditivos a los que hay que apartar para que no perturben esa introspección narcisista envuelta en pasión amorosa. La identidad, para ellos, es simplemente uno mismo, sin presencia de otros. Lo que les une y les desune es el tiempo. Ésa es la belleza del desigual filme de Kim Ki-duk, descubrirnos la vulnerabilidad y cortedad de esa dependencia física y estética. Los problemas de los personajes no tienen nada que ver con la vida de muchos de los que les rodean, que probablemente tienen preocupaciones más acuciantes. Pero, esa desaparición del contexto, típica del nuevo individualismo, nos lleva a otra posible lección que sacar del filme: la falsa salida de la reconstrucción corporal y estética frente a la sordidez vital de la cotidianeidad.
¿Es ésa la sociedad que queremos? ¿Es ésa la modernización que pregonamos? Generamos ansiedad. Y encontramos más ansiedad cuando tratamos de escaparnos de la misma. En un buen reportaje de un reciente suplemento de cultura de La Vanguardia, Renata Saleci abordaba el tema de la renovada capacidad de los individuos para tratar de modelar su destino. E insistía en que eso provenía de la propia sensación que deberíamos estar preparados para poder llegar a ser empleables, casables, superando las constantes y diversas evaluaciones a las que estamos sometidos. Nunca habíamos sido más capaces de modelar lo que somos. Empezando por nuestro aspecto, y acabando por nuestras opciones vitales más diversas. Y no por ello se reduce nuestra ansiedad. Seguimos buscando algo que no encontramos. Hemos roto muchos de los vínculos que nos ataban con la familia, con el trabajo, con amigos no elegidos o con barrios calurosos pero asfixiantes. Pero esa autonomía conquistada, ese privatismo aislacionista nos sigue pareciendo angustioso. Los costes emocionales de la globalización aumentan. Y no por el hecho de luchar más por nuestra propia identidad, logramos que sea más sólida y durable. Quizá deberíamos empezar a pensar que solos, por muy nuestros que seamos, tampoco lograremos escabullirnos de nuestras angustias si no recuperamos un cierto sentido colectivo de nuestra convivencia.
Los costes emocionales del nuevo individualismo
JOAN SUBIRATS
EL PAÍS - 01-02-2007
Desde hace tiempo me invade cierto desasosiego al observar los anuncios a toda página en que mujeres esculturales, y con menor frecuencia, hombres en plena forma, muestran sus atractivos, realzados por afirmaciones como "mira qué cara", "qué figura", "mira qué torso o qué pelo", "mira qué senos" mientras una pregunta emerge con fuerza: "¿Quién les devuelve la juventud?". Para evitar que uno piense en soluciones "fáusticas", se nos advierte de que no es necesario un pacto con el diablo para mejorar el propio cuerpo y acercarse al modelo publicitado. Se trata simplemente de acudir a los tratamientos que ofrece la moderna cirugía estética. Quizá pueda achacarse mi nerviosismo de la comparación entre los ideales que el anuncio explicita y la imagen que me devuelve cualquier espejo indiscreto, pero entiendo que hay algo más que explorar. Aparentemente no hay nada nuevo en todo eso, como la misma alusión indirecta a Goethe permite suponer. Pero, lo que sí puede resultar nuevo es la combinación entre la profundización individualista de la sociedad globalizada y las nuevas oportunidades que parecen existir para que cada uno se diseñe a sí mismo.
Vivimos en una realidad social en la que predomina la sensación de riesgo, de descontrol, de vulnerabilidades crecientes. Y al mismo tiempo tenemos la sensación de que no controlamos nada, que nos enfrentamos solos a esa exagerada fluidez de relaciones, trabajos y lazos emotivos.
Si somos más frágiles, pueden pensar algunos, al menos tenemos nuevas oportunidades para modelarnos a nuestro antojo y poder enfrentarnos mejor equipados a ese nuevo contexto en el que cada cual es básicamente lo que aparenta y lo que muestra, más que de dónde viene y con quién transita.El último filme del director coreano Kim Ki-duk, estrenado bajo el título de Time, es una buena alegoria de todo ello, aunque la película sea claramente desigual en su narración. A caballo de la enorme popularidad que está teniendo la cirugía estética en Corea del Sur, el cineasta juega con el eterno tema de la pasión amorosa y su potencial declive por el paso del tiempo. Una mujer, extremadamente enamorada y celosa, intuyendo una cierta fatiga en su pareja tras más de dos años de relaciones, decide cambiar radicalmente su figura, sometiéndose a una dolorosa operación de cirugía estética que le cambiará por completo su cara y su apariencia. El desasosiego interno se canaliza hacia la salida fácil que parece ofrecer el quirófano. No se accepta el más pequeño inconveniente, no hay una perspectiva temporal que no sea cortoplacista, no se quiere uno enfrentar con sus propios fantasmas, y se apuesta por un cambio físico absolutamente innecesario si atendemos el punto de partida de la propia protagonista. Tampoco parece que se tengan en cuenta las consecuencias de todo ello en la percepción sobre uno mismo, ni tampoco las consecuencias que ello tendrá en los demás. El filme gira a partir de ahí en sucesivos círculos que van aumentando las angustias emocionales de la pareja hasta llegar a un final que cierra en sí mismo la fábula irónica y crítica sobre esa creciente superficialidad del nuevo individualismo, obsesionado por una belleza convencional vinculada al consumismo estético.
La protagonista atribuye la aparente desafección de su amante a su "misma y aburrida cara", y busca modelar de nuevo su rostro en un agresivo intento de buscar la propia identidad. La película insiste en ese tema en un complicado y no siempre bien resuelto juego de máscaras. Y al mismo tiempo muestra lo inútil de esa tribulación, de esa incesante huida de su propia realidad, cuando sea con una cara o con otra, los protagonistas acaban moviéndose siempre por los mismos escenarios, por el mismo café, por el mismo parque de esculturas. Sus cuerpos son distintos, pero ellos siguen siendo fantasmas en busca de sentido vital. No hay entorno social visible en esa búsqueda de perspectiva. Trabajo, familia, amigos, ciudad son simples aditivos a los que hay que apartar para que no perturben esa introspección narcisista envuelta en pasión amorosa. La identidad, para ellos, es simplemente uno mismo, sin presencia de otros. Lo que les une y les desune es el tiempo. Ésa es la belleza del desigual filme de Kim Ki-duk, descubrirnos la vulnerabilidad y cortedad de esa dependencia física y estética. Los problemas de los personajes no tienen nada que ver con la vida de muchos de los que les rodean, que probablemente tienen preocupaciones más acuciantes. Pero, esa desaparición del contexto, típica del nuevo individualismo, nos lleva a otra posible lección que sacar del filme: la falsa salida de la reconstrucción corporal y estética frente a la sordidez vital de la cotidianeidad.
¿Es ésa la sociedad que queremos? ¿Es ésa la modernización que pregonamos? Generamos ansiedad. Y encontramos más ansiedad cuando tratamos de escaparnos de la misma. En un buen reportaje de un reciente suplemento de cultura de La Vanguardia, Renata Saleci abordaba el tema de la renovada capacidad de los individuos para tratar de modelar su destino. E insistía en que eso provenía de la propia sensación que deberíamos estar preparados para poder llegar a ser empleables, casables, superando las constantes y diversas evaluaciones a las que estamos sometidos. Nunca habíamos sido más capaces de modelar lo que somos. Empezando por nuestro aspecto, y acabando por nuestras opciones vitales más diversas. Y no por ello se reduce nuestra ansiedad. Seguimos buscando algo que no encontramos. Hemos roto muchos de los vínculos que nos ataban con la familia, con el trabajo, con amigos no elegidos o con barrios calurosos pero asfixiantes. Pero esa autonomía conquistada, ese privatismo aislacionista nos sigue pareciendo angustioso. Los costes emocionales de la globalización aumentan. Y no por el hecho de luchar más por nuestra propia identidad, logramos que sea más sólida y durable. Quizá deberíamos empezar a pensar que solos, por muy nuestros que seamos, tampoco lograremos escabullirnos de nuestras angustias si no recuperamos un cierto sentido colectivo de nuestra convivencia.
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