Si tuviera que explicar muy sintéticamente cuál es el gran error, el gran fraude de la cultura contemporánea, me remitiría sólo a una cuestión: la negación del lado oscuro del hombre. Las religiones tradicionales siempre han partido del lado oscuro del ser humano y le han proporcionado herramientas para gestionarlo. Educar no consistía en hacer emerger lo mejor, sino en disciplinar y mantener a raya lo peor que habita en cada uno de nosotros. Pero, hemos optado por engañarnos colectivamente con la ilusión de que un mundo casi perfecto es posible aquí y ahora, en mi país, en mi ciudad, en mi hogar, en mi habitación , en mi cuerpo, en mi mente. Creímos que combinando hábilmente determinados ingredientes conseguiríamos el elixir milagroso que erradicaría el mal definitivamente, convirtiéndolo en un episodio del pasado. Pero, no ha sido así.
Y cuanto más negamos el lado oscuro, más nos hostiga y atormenta. De nada nos sirven las murallas que levantamos para alejarlo e ignorarlo. De nada nos sirven la explosiones de ira y frustración con que pretendemos ahuyentarlo.
El lado oscuro nos acompañará siempre y hemos de aprender a convivir con él y a domesticarlo y dominarlo con tesón y sabiduría.
La vida de los humanos será siempre un milagro inestable y precario. Nuestros organismos deficientes y mal integrados son el resultado sorprendente de una evolución muy chapucera.