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domingo, agosto 24, 2008

El sustrato biológico de los roles sexuales y la plausibilidad de las identidades género.

Para el hombre es verdaderamente bueno que los programas de educación tengan en cuenta, en la medida de lo posible, el factor “naturaleza humana”, con el fin de evitar a los hombres frustraciones inútiles.”[1] Lo dice Irenäus Eibl-Eibesfeldt, quien junto a Konrad Lorenz, -del que es discípulo-, ha sido el especialista más representativo de la Etología Comparada.

Es un reflexión muy oportuna ahora que la condición masculina está siendo minuciosamente deconstruida y sometida a receloso análisis. Basta hacer un seguimiento continuado de los mensajes directa e indirectamente relacionados con los hombres aparecidos en medios públicos y campañas institucionales –la alusión permanente a la violencia machista, las medidas de discriminación negativa, la presentación habitual de la mujer como víctima de los privilegios masculinos- para constatar que la condición masculina está bajo sospecha y que los valores asociados a la masculinidad -racionalidad, idealismo, autoridad, jerarquía, afán de trascendencia, agresividad, fuerza, valor, heroísmo, competitividad, etc.- suscitan rechazo o desconfianza. Se ha impuesto la idea de que la masculinidad hegemónica es un artificio culturalmente construido para perpetuar la opresión de las mujeres, que debe ser proscrito, o en todo caso, reformulado de acuerdo con los principios de la equidad de género, aunque son pocos los que confían en la plausibilidad de esta opción.

Sin embargo, los estudios científicos de las últimas décadas no han hecho más que subrayar el peso del substrato biológico en los patrones de conducta de los hombres y las mujeres. A estas alturas, es muy difícil encontrar a científicos rigurosos que no reconozcan que basar las diferencias conductuales entre hombres y mujeres sólo en la cultura no es más que un mito caduco de la segunda mitad del siglo pasado. Un mito caduco para la comunidad científica, pero todavía muy influyente política y culturalmente, como acabo de explicar.

No olvidemos que Edward O. Wilson, el por fin admirado padre de la Sociobiología, fue cruelmente ninguneado por ideólogos de todo signo que lo convirtieron en su particular bestia negra, porque afirmaba que la psicología y el comportamiento social humanos hunde sus raíces en la evolución biológica, como cuenta muy bien Jesús Mosterín en su obra La naturaleza humana. Eso ocurría en la década de los setenta, pero en nuestros días, una neuróloga tan moderada y prudente como es Louann Brizendine –autora de la famosa obra El cerebro femenino- confiesa el malestar que produjo su defensa de una especificidad biológica femenina en círculos profeministas, donde muchos han contemplado su posición como una provocación innecesaria que traiciona la causa de la igualdad. Brizendine se esfuerza en argumentar lo erróneo de tal apreciación, pero se advierte el sinsabor que le ha producido semejante juicio a una mujer como ella, que se siente identificada con los postulados feministas esenciales.

Frente al exceso conductista de que todo puede ser remodelado por la educación, quizás nos convenga adoptar una perspectiva más modesta y conocer cuáles son los aspectos de las conductas masculinas y femeninas menos maleables y más resistentes al cambio. No propugno la sumisión a nuestra herencia genética, sino conocerla mejor, para librar con más efectividad nuestras batallas en pos de un mundo mejor. Para ello, contamos con un cerebro que nos permite dar respuestas creativas y originales a problemas insólitos y la especie humana se halla ahora ante el reto inédito de construir la equidad de género. Pero antes, debemos saber muy bien de dónde partimos.

Eibl-Eibesfeldt comenta en su imponente Biología del comportamiento humano. Manual de Etología Humana (Alianza, 1993, p. 303) que la propia Margaret Mead[2] –cuyas forzadas tesis culturalistas llegaron a ser tan influyentes- reconocía una disposición natural masculina y femenina del temperamento y se quejaba de que el modelo de vida occidental ofrecía a los hombres muy pocos roles emocionalmente satisfactorios debido a una sobrevaloración de las cualidades femeninas. Los hombres –auguraba- se iban a encontrar en una situación bastante difícil pues no tendrían medio de dar expresión a su función agresiva de defensor, filogenéticamente dada, y a sus deseos de valor indi­vidual. Mead propone que la sociedad organice las tareas masculinas de tal modo que den posibilidades de actuar a la disposición del varón a intervenir en favor de las personas próximas a él. Según Mead, toda sociedad que modifica la dirección del temperamento natural de un sexo en el sentido del otro sexo, contrariando su predispo­sición, se encuentra con dificultades... Los mundugumur padecerían por la virilización de sus mujeres, y los arapesh, por el contrario, a causa de la feminización de sus varones (dos de las etnias estudiadas por ella). Para Eibl-Eibesfeldt, estas constataciones de M. Mead en «Male and Female» (1949), que complementan fundamentalmente sus observaciones en «Sex and Temperament» (1935), tienen especial interés porque constituyen una de las raras ocasiones en las que Mead piensa en términos biológicos, oponiéndose a los que niegan la intervención de la biología en la determinación de los roles sexuales (p. 305).

Sin embargo, Mead adquirió su fama justamente por la tesis contraria: la de negar que del substrato biológico se derive algo más que unas mínimas predisposiciones naturales. En sus estudios intentaba demostrar que las conductas asociadas a la masculinidad no eran universales, y que por tanto sólo podían explicarse en términos culturales. El mensaje fue recibido con entusiasmo por el movimiento feminista porque restaba trascendencia a las diferencias sexuales biológicas en la configuración del entramado social. Por aquel entonces, Simone de Beauvoir propugnó la emancipación de la mujer a través de la actividad profesional y la reducción del matrimonio a un vínculo fácilmente revocable que no le comportara limitaciones específicas (legalización del aborto, control de la natalidad, reparto de tareas domésticas). Eibl-Eibesfeldt recuerda que Shulamith Firestone (1970) -consecuente con estos planteamientos- llegó a defender la sustitución de la reproducción natural por la artificial y la entrega de los recién nacidos a pequeños grupos de profesionales su crianza. Según decía, había que acabar definitivamente con el mitificado nexo madre-hijo.

Firestone parecía ignorar que su propuesta de prescindir del vínculo entre madres e hijos ya se había ensayado con resultados nefastos en los kibutz, establecidos en Israel desde las primeras décadas del s. XX. En coherencia con el feminismo utópico del primer socialismo, se dispuso que en estas comunas los niños recién nacidos fueran separados de su progenitores y socializados en hogares infantiles ordenados por edades y a cargo de puericultores especializados (p.320). Las mujeres quedaban así liberadas de la crianza y podían entregarse plenamente a la actividad laboral, liberándose de la dependencia del varón. Sin embargo, estos “hijos de la comunidad”, a pesar de haber ser atendidos por solícitos cuidadores, siempre concedieron más valor al vínculo con sus padres biológicos, aunque sólo compartían con ellos una hora de juegos por las noches. Como estudió M. E. Spiro, las mujeres de la segunda generación –las ya nacidas en los kibutz- acabaron rebelándose contra estos roles artificiosos impuestos en nombre de la ideología y decidieron recuperar su papel de madres y esposas en detrimento del trabajo productivo. Para M. E. Spiro, la conclusión era clara: cuando la manipulación ideológica del ser humano rebasa ciertos límites la naturaleza precultural acaba imponiéndose a los esfuerzos educativos.


Spiro comprobó también que una educación igualitaria no consiguió corregir lo que parecían tendencias innatas derivadas del sexo biológico. Comprobó que los chicos tendían a jugar con objetos grandes que exigían gran fuerza física y se identificaban con animales vigorosos o agresivos de su entorno (caballos, lobos, perros, serpientes...). Las niñas, en cambio, preferían los juegos verbales y de fantasía, en los que solían asumir roles típicamente femeninos como el de madre, a pesar de que no recibían ningún refuerzo social en este sentido, quizás porque necesitaban experimentar la función maternal. Una constatación que lleva a Eibl-Eibesfeldt a afirmar que “fomentar por principio la inseguridad respecto a los roles no puede ser una meta seria de nuestra educación” (p.328).


Desde entonces ha llovido mucho, pero pese a que la equidad de género se ha convertido en un valor irrenunciable y a que la mujer ha alcanzado la plena posesión de sí misma -como explica Lipovetsky en la Tercera Mujer-, persisten con todo las lógicas disímiles en cuanto a los roles sexuales. Aunque la presencia de la mujer en el ámbito laboral es cada vez más equilibrada y, aunque el nuevo modelo es la pareja igualitaria-participativa con una distribución más equitativa de las tareas domésticas es el nuevo modelo, lo cierto es que la mujer no es menos madre que ayer y no se ha producido cambio sustancial de los roles familiares de los dos géneros, que parecen vivir una prórroga de las normas diferenciales de los sexos ahora "recicladas mediante las del mundo de la autonomía". En todo caso, si algo se ha producido es un obscurecimiento del mundo del varón y de su papel como padre, pero ni siquiera eso ha supuesto una renuncia a su tradicional búsqueda de reconocimiento y de prestigio, un rasgo de la subjetividad masculina que parece irrenunciable.

Para escándalo de sus seguidoras feministas más entusiastas, Margaret Mead había escrito en 1949 (Male and Female): «El problema recurrente de la humanidad es definir satisfactoriamente el rol del varón ... de manera que en el curso de su existencia adquiera una sensación sólida de realización irreversible. El conocimiento en su infancia de las satisfacciones que produce el embarazo le habrá dado cierta idea de ese tipo de realización. En el caso de las mujeres bastará, para alcanzarla, que las condiciones sociales dadas les permitan cumplir con su rol biológico. Si las mujeres se muestran inquietas y críticas incluso con la cuestión del embarazo, esta actitud se deberá a la educación recibida. Pero para que los varones alcancen el sosiego y la certeza de que han llevado la vida que debían vivir, tendrán que contar, además de la paternidad, con formas de expre­sión culturalmente elaboradas de carácter duradero y seguro». Mead, pese a lo que tiende a pensarse jamás quiso etiquetarse como feminista y, reflexiones como las anteriores, de hecho provocaron el rechazo de muchas seguidoras que la acusaron de complicidad con la ideología patriarcal dominante.

Por supuesto, desde entonces esta condena se ha dirigido contra cualquier investigador que osase insinuar que los roles sexuales tenían una base biológica, llámense Eibl-Eibesfeldt, Richard Dawkins o Louann Brizendine. Incluso una antropóloga ponderada como Aurelia Martín Casares (Antropología del género, Cátedra, 2006, p.133) no tiene inconveniente en confesar que si las relaciones que la ortodoxia feminista ha definido categóricamente como “de género” (es decir, como creaciones culturales) se fundamentan en el sustrato biológico, se corre el riesgo de reforzar la dominación masculina y dificultar los cambios que el feminismo promueve. Más interesante parece la opción seguida por investigadoras como Tanner y Zihlman, Mascia-Lees o Smuts[3] que han optado por refutar con nuevos estudios científicos las conclusiones que les parecían precipitadas y sospechosas de masculinismo. Al menos, sitúan el debate en el terreno científico y contribuyen a depurar la ciencia de cargas ideológicas. Como sostienen estas investigadoras, el camino no es negar la importancia de las diferencias biológicas, sino evitar que estas se utilicen para justificar cualquier forma de trato discriminatorio.

En cualquier caso y por más reticencias que tengamos para aceptarlo, es evidente que la evolución humana no ha estado guiada por la equidad de género qua ha concebido el feminismo hegemónico; y, en cualquier caso, nuestros cerebros todavía tardarán mucho en cambiar y adaptarse a las circunstancias modernas y antinaturales en que vivimos actualmente. No somos como soñaríamos ser y por más bellos que sean nuestros deseos y fantasías, la realidad de nuestra herencia biológica se impone una y otra vez con tozudez. Por tanto, lo más sensato es explorar cuáles son los márgenes de maniobra de que disponemos y no forzar cambios irrealizables, que acabarán resultando inútilmente opresivos. Precisamente, si algo caracteriza el momento actual es la sensación saturación, de estrés y aturdimiento a que nos conducen unas formas de vida imbuidas de aspiraciones absurdamente irrealizables, porque están situadas más allá de nuestras posibilidades naturales. Y la ideología de género con su miedo al varón y sus consignas negadoras de la masculinidad natural no hace más que aumentar esa tensión asfixiante.

Por supuesto, no pretendo dejar nuestro destino sólo en manos de la biología. Si algo define nuestra condición humana es precisamente el conflicto permanente entre nuestra herencia biológica y nuestros valores y prácticas culturales. De hecho, la singularidad de cada uno de nosotros reside en la forma en que resolvemos las tensiones entre nuestro particular substrato biológico y el medio cultural en el que crecemos y maduramos. Es lógico, por tanto, que reflexionemos sobre los principios y conductas que nos pueden ayudar a vivir una vida mejor y más digna. Contamos para ello con un cerebro maleable y creativo, aunque lento adaptándose a las novedades y los cambios, y tendremos que respetar sus ritmos. La equidad de género ha de constituir un desideratum irrenunciable, pero que no puede comportar la negación de nuestra herencia biológica. Hemos de promover la construcción de identidades de género que favorezcan las relaciones equilibradas y satisfactorias, sin olvidar de dónde venimos y que inercias naturales siguen condicionando nuestra conducta. De lo contrario, esas propuestas se traducirán en nuevas formas de alineación o simplemente languidecerán como mera retórica hueca.

Lo cierto es que afortunadamente el ser humano durante milenios ha demostrado su capacidad para relativizar los máximos culturales más sofocantes y reducirlos a dimensiones plausibles, aunque las leyes y el poder establecido jueguen en contra. Quizás sea en el terreno de “lo plausible”[4] –expresión de lo que podríamos llamar la “sabiduría del pueblo” o el “genio” de la especie- , donde podremos hallar patrones de conducta realistas, dignos de ser promovidos.

Pero, repito nos no olvidemos de los orígenes. Eibl-Eibesfeldt[5] los resume muy bien en este interesante texto (p. 332-333):

La afirmación de que la cultura impone los roles de sexo a las personas culturalmente, como les impone las ropas que visten, no resiste un examen crítico. Existe un modelo universal de división del trabajo entre el hombre y la mujer que se da incluso en los pueblos de cazadores y recolectores, calificados de «igualitarios». Los varones representan el grupo frente al exterior, lo defienden en la lucha y los ritos y son quie­nes habitualmente logran la caza mayor. Junto con estas funciones, sobre todo la de representación hacia el exterior, les compete también el papel directivo —incluso en las llamadas sociedades matriarcales, en las que-los varones de la línea materna tienen el poder de decisión—. Además de estas esferas de dominio viril hay otras en que tie­nen la palabra las mujeres. Entre ellas se cuenta el ámbito socialmente muy impor­tante de la crianza de los hijos, así como el de la coherencia interna del grupo, un te­rreno todavía muy poco investigado. En los pueblos tribales hombre y mujer contribuyen económicamente con igual importancia, pero de diferente manera, al régi­men doméstico. Ambos son mutuamente dependientes en lo económico. Así, a lo largo de casi toda la historia se ha mantenido un emparejamiento cuasi simbiótico. Sólo en tiempos históricamente recientes se produjo el desequilibrio, con un predomi­nio económico del varón.

Hombres y mujeres están biológicamente condicionados por su constitución corpo­ral, su fisiología y su conducta para la diferenciación de los roles sexuales en la división del trabajo. Hombre y mujer se distinguen entre sí por su conducta, percepción y moti­vación. La mayoría de las diferencias son cuantitativas (sexualmente típicas) y algunas también cualitativas (sexualmente específicas). Las diferencias aparecen incluso cuando se actúa en su contra mediante la educación. Así, el kibutz se esforzó por dar una edu­cación «igualitaria» opuesta a los tradicionales roles de sexo. Pero a la revolución femi­nista le sucedió una contrarrevolución femenina, con una vuelta a los modelos familia­res tradicionales. Investigaciones sobre los juegos infantiles realizadas en el kibbuz pusieron de manifiesto que los niños elegían como modelos sociales a los adultos de su mismo sexo; las niñas, por su parte, imitaban en sus juegos sólo a la madre asistencia! entre todo el repertorio de modelos femeninos que se les ofrecían. Es evidente que tales preferencias están condicionadas por adaptaciones filogenéticas.


La influencia hormonal durante el desarrollo embrionario e infantil tiene gran im­portancia en el establecimiento de las disposiciones masculinas y femeninas...

La tendencia del varón al dominio se basa, sin duda, en una herencia que se re­monta a los primates. Dicha tendencia ha llevado, a menudo hasta el día de hoy, en mu­chos pueblos a la opresión de la mujer. Esta situación debe ser superada, cosa que no se logrará, si se siguen negando las diferencias existentes. Debemos reconocerlas, si quere­mos controlar aquellos ámbitos de nuestra conducta que gravan la convivencia. Las di­ferencias entre los sexos son, en su aspecto favorable, un reto para lograr la igualdad de derechos entre los miembros de la pareja, complementarios el uno del otro.

Macho

Hembra

comportamiento sexual

.más acoso, menos coqueteo

.el miedo reprime la conducta sexual

.menos acoso, más coqueteo

.el miedo no reprime la conducta sexual

crianza

.más acoso, menos coqueteo

.el miedo reprime la conducta sexual

.fuerte tendencia al cuidado de las crias (ya antes de la pubertad)

agresividad

.más agresión activa

.más juegos agonales en la juventud

.más defensa (también territorial)

.más capacidad para imponerse y .más iniciativa de mando

.más intervención social directa

. más comportamientos de prestigio

. más indagación del entorno (exploración) superior tolerancia al «arousal»

.menos agresividad activa

.menos juegos agonales en la juventud

.menos defensa

.menos capacidad para imponerse y menos

iniciativa de mando

.más disposición a avenirse y precaver

.menos comportamientos de prestigio

.menos gusto por la exploración

.tolerancia al «arousal» más baja

conducta social y socialización

. son más lentos en establecer entre ellos relaciones de confianza. . menor comportamiento social de contacto y asistencia (p. ej. de mutuo aseo del pelaje)

. mayor distancia social

. tendencia a la periferización social en el desarrollo

. tendencia más fuerte a la jerarquización social

. más comportamientos intimidatorios

. menos comportamiento imitativo de adaptación

(actitud más bien «individualista»)

. comportamiento espontáneo menos solapado,

.estrategias sociales más abiertas

. logran establecer con mayor rapidez relaciones sociales mutuas de confianza

. más comportamiento social de contacto y

asistencia

. menor distancia social

. falta de tendencia a la periferización social en el desarrollo

. tendencia menor a la jerarquización social

. menos comportamientos intimidatorios

. más comportamiento imitativo de adaptación (actitud más bien «oportunista»)

. comportamiento espontáneo más solapado,

. estrategias sociales más rebuscadas

Patrones de conducta sexualmente típicos de los primates catarrinos (según Ch. Vogel 1977)



[1] EIBL-EIBESFELDT, Irenäus: Comunicación y sociedad de masas. Una perspectiva etológica http://es.geocities.com/paginatransversal/irenaus/index.html



[2] El antropólogo australiano Derek Freeman sometió a severa crítica los métodos utilizados por Mead en Samoa y mostró el carácter sesgado de sus conclusiones etnográficas sobre la existencia de una sexualidad libre y abierta (Freeman demuestra justamente lo contrario), modelo que ella postulaba para la sociedad norteamericana.

[3] En http://www.posgrado.unam.mx/publicaciones/omnia/anteriores/41/08.pdf puede encontrase un buen resumen de las principales críticas realizadas por estas investigadoras y otras posteriores. Hay que señalar que las últimas investigaciones en genética y neurología parrecen reforzar las tesis opuestas a las sostenidas por estas autoras.

[4] Ninguna campaña feminista en contra de “la mujer-objeto del deseo masculino” ha evitado que las adolescentes renuncien al juego de la seducción característicos de las hembras de nuestra especie. Antaño, ninguna prédica religiosa consiguió reprimir eficazmente la fogosidad sexual masculina.

[5] Aunque el texto original data de 1984, ninguna investigación posterior parece haberle restado validez.

martes, enero 15, 2008

Masculinidades y política







La masculinidad y sus modelos siguen inmersos en un magma a veces confuso, a veces descaradamente comercial. Aunque los observadores detectan novedades, como la aparición de musculados guerreros-deportivos, el afianzamiento del hombre paternal, el ecosexual o el nuevo estilo firme y algo cesarista de algunos políticos, el abanico de tipos de hombre es enorme. Tras el aturdimiento causado por los nuevos papeles femeninos, los hombres tienen un buen número de modelos en los que fijarse. Cabe todo, porque más que nunca la sociedad es diversa y global.

“Las mil caras de Adán”, María del Mar Rodríguez en La Vanguardia, 21/10/2007



En momentos en los que parecía que los mandatarios y representantes públicos habían eliminado totalmente los gestos y representaciones de la masculinidad tradicional, siento cierta estupefacción al contemplar su resurrección de la mano de políticos como Sarkozy o autócratas como Putin.

El asunto tiene un profundo calado, porque en los dos casos citados no estamos hablando de personas incapaces de actuar de otro modo, como le ocurre al líder sudafricano Jacob Zuma, al ímprobo Chaves o salvando las distancias al cada vez más discreto Zaplana. Tanto en el caso de Sarkozy como en el de Putin, nos encontramos ante puestas en escena conscientes y cargadas de significado, porque ni uno otro parecen dejar nada al azar. Aunque, a juzgar por los últimos episodios sarkozianos, quizás les sobrevaloremos. Puede que retroceder en el tiempo y repasar las relaciones entre masculinidades y política arroje algo de luz sobre el tema.

Sugiero volver la mirada hacia el Renacimiento, época en la que se produjo la eclosión de las formas cortesanas, magníficamente compendiadas por Baltasar Castiglioni en Il Cortegiano, un sutil y detallado manual de conducta, publicado en 1528.

Emerge, desde entonces, un modelo de masculinidad elegante y contenida que hace de la moderación, el background cultural, la exquisitez en las formas y el “bien hablar”, el ideal del hombre público. Los cortesanos beben en la tradición de caballeros medievales y transforman su sublimado culto erótico a la mujer en porte, galantería, conversación ingeniosa y buenas maneras. Aún hoy es fácil reconocer en muchos políticos la continuidad de este modelo. Se trata de hombres de apariencia reflexiva, gestos siempre educados y trato amable y discreto. En ellos son infrecuentes los excesos retóricos y cuando toman o asumen una determinación incómoda, lo hacen con la mayor economía de palabras posible, manteniendo siempre un tono de neutra y exquisita equidistancia. Ni siquiera cuando la adversidad o la mala fortuna les golpea cruelmente pierden la compostura o se permiten mostrarse especialmente afectados.

De algún modo, ese ha sido el patrón de conducta dominante entre la mayoría de los políticos europeos, reconocible en personajes como Valéry Giscard d'Estaing, Dominique Villepin, Josep Piqué, Javier Solana, Romano Prodi, Javier Marín, etc. En el “cortesano” la masculinidad constituye un ethos, una atmósfera que obvia las manifestaciones explícitas de virilidad y rehuye cuanto pueda asociarse a imposición o dominación. La virilidad se transfigura en una sensualidad sutil, sólo veladamente seductora, compatible incluso con el autodistanciamiento irónico.

Pero, no olvidemos que el cortesano es un aristócrata que se ha sometido al rey, que ha renunciado a su imaginario guerrero y que ha domesticado su impetuosidad para escalar posiciones sólo mediante los resortes de la elitista vida cortesana.

El cortesano nunca podrá confundirse con el rey al que sirve y se subordina, o con el héroe guerrero, cuya épica le es ajena y le sobrepasa, o menos aún con el líder reformador o revolucionario que son sus enemigo. Al cortesano le falta ese torrente de energía justa y serena que se le presupone al rey, el valor abnegado del héroe guerrero y la creatividad y visión del futuro del reformador o del revolucionario. Las cualidades que el cortesano desarrolla son otras: sociabilidad, encanto, elocuencia, capacidad de persuasión, ingenio...

El buen cortesano puede ser un negociador incansable y un diplomático hábil, un auténtico “mago” de la palabra y de las relaciones humanas. Y si su compromiso ético es consistente, no se debe excluir la posibilidad de que el “cortesano” trascienda de su rol subordinado protagonizando gestos de rebeldía ejemplar (Tomas Moro, Justin Quayle (Ralph Fiennes) en El jardinero fiel, etc.). Pero también existe el riesgo de que el cortesano se degrade reduciendo sus horizontes a una autopromoción permanente, conseguida mediante el cálculo, la intriga, los pactos secretos y las maniobras pragmáticas, en definitiva, una forma de actuar como la preconizada por los sofistas, cínicos y epicúreos de Antigüedad, “que lo antepone todo a las ambiciones personales y a las ansias de poder, ...que mira a corto plazo y que busca casi exclusivamente agradar a su auditorio, ...a la que no mueve el bien común y la defensa de los derechos colectivos sino el propio bien particular; y que, en definitiva, separa política y ética.” (El liderazgo político en la antigüedad clásica, Mireya Tintoré Espuny)

En cualquier caso, la figura del cortesano se trata de una las aportaciones más logradas al catálogo universal de las identidades masculinas y una prueba de que antes de la eclosión feminista fue posible escapar a las restricciones de la “lógica patriarcal”, alumbrando una masculinidad no virilista .

Fue precisamente, la existencia previa de ese perfil lo que explica más tarde la aparición de
los preciosistas (siglos XVII y XVIII) o, a más largo plazo, la eclosión de formas de liderazgo político calificadas de andróginas (las que aúnan una alta orientación hacia la tarea -componente masculino- con una preocupación alta por las relaciones interpersonales -componente
femenino-) , y que incluyen rasgos tradicionalmente asociados a la feminidad: un estilo democrático, dialogante, consensuador y mediador; una actitud receptiva y facilitadora de la participación; la potenciación de las relaciones humanas; estructurar la organización como una red y no como una pirámide; orientación más multidireccional y multidimensional, favorecedora de valores y acciones colectivas; desarrollo de políticas de cooperación y participación; disponibilidad para el cambio; preocupación por los abusos de poder y por la utilización de la coacción como último recurso...(ver: Liderazgo político y género... Belén Blázquez Vilaplana)

Sin embargo, poco después de la aparición de El cortesano se publicó El Príncipe (1532), obra en la que Maquiavelo reivindicaba la importancia de la energía viril en la acción política. La pasividad y la resignada dependencia de la Fortuna, aparecen en su obra como negativas inercias femeninas, a las que opone el despliegue viril de la virtú –una combinación de ímpetu, inteligencia y astucia- capaz de imponerse a la Fortuna y sus vaivenes, en un gesto autónomo de afirmación, desvinculado por primera vez de cualquier instancia limitante que no sea la de la eficacia política.

Este antagonismo entre lo masculino y lo femenino recorre toda la obra de Maquiavelo y conlleva un nuevo modelo de masculinidad en el que priman la acción, la autonomía, la fuerza orientada por la astucia y la sabiduría, la hegemonía de la mente madura, la búsqueda incesante del triunfo, y en definitiva el arquetipo de Ulises, simultáneamente león y zorro. Por contraposición lo femenino queda asociado a la Naturaleza, la Dependencia,la Pasividad, la Debilidad, la Infancia, la Simpleza, el Instinto, el Cuerpo, la Animalidad, lo Inferior, la Derrota, la Vida incivil, y en definitivo el arquetipo de Circe. Como comenta Ramón Maíz,
“mientras a la naturaleza corresponde la Fortuna, es decir, la dependencia,la pasividad, puede comprobarse cómo ello se prolonga en lo femenino, la debilidad, la infancia; también la simplicidad, lo instintivo y corporal, la animalidad, lo inferior, la tendencia a la derrota, la vida no civil, la figura mítica de Circe, en fin, que fracasa en convertir a Ulises en animal.

Frente a ella se alza la Virtus, que es artificio, es decir, creativa autonomía, acción y, por tanto, masculinidad, ínsita en su propia etimología, vir, virtus; a ella pertenece la fuerza, la potencia efectiva, el poder; suya es también la madurez, la astucia, la sabiduría, la humanidad, en definitiva, superadora de la animalidad corpórea, la superioridad de la vida civil ejemplificada en el mítico Ulises, que por medio de la astucia y la fuerza (león y zorro a la vez) triunfa sobre Circe y la posee.”
(
NICOLÁS MAQUIAVELO: LA POLÍTICA EN LAS CIUDADES DEL SILENCIO, por RAMÓN MAÍZ)

Y señala Mª Blanca Deusdad : “El tener virtud será una característica personal
altamente destacada. ¿Qué entiende por virtud Maquiavelo? Una combinación
de inteligencia, fuerza, valor, astucia. Virtuoso es el comportamiento guerrero;
a través de las batallas y de la valentía expresada en ellas se adquiere virtud.
Su metáfora de que hay que tener “el corazón armado” expresa el
sentimiento de posesión y de afecto hacia la tierra, el vigor y el ímpetu con que
hay que defender las ciudades. Si los hombres tienen poca “virtud” significa
que tienen poca decisión, poca inteligencia, poco ímpetu, poco valor.

Pusilánime sería, pues, el contrario de la virtud maquiaveliana. Sin embargo,
este coraje no debe privarlos a los príncipes de la prudencia ante la acción política.
Por último, la virtud de un Príncipe acaba cuando muere y rara vez continúa en su
sucesor. Las mujeres están carentes de virtud, forman parte del universo de la
fortuna, con su inconstancia y volubilidad están alejadas de la virtud y del valor
de los hombres.

Otro atributo del príncipe debe ser la astucia, su capacidad de prever los entresijos
de la política, dejar a un lado la nobleza de espíritu si es necesario; procurarse alguna oposición para que al vencerla sobresalga más su persona y su fama. No debe tan
solo cultivar su actitud guerrera sino también su actitud civil. Por otro lado, en su
concepto de “fortuna” y “astucia afortunada” invoca la importancia de la utilización
en su favor de las oportunidades que brinda el contexto, no estar a merced de la
fortuna sino aprovecharla en cada ocasión.

Ante todo tiene que tener presente complacer al pueblo para poder estar
legitimado por éste. Tiene, a su vez, que ser respetado; por lo tanto, deberá infundir
respeto a través del control de las armas, pero sobre todo deberá ser amado por su
pueblo. La legitimación se produce con las muestras de afecto, respeto y aceptación
de la población hacia el príncipe. Sin el apoyo de la población no puede mantener su
liderazgo, pues otro de los elementos que lo sustentan es poseer su propio ejército
reclutado entre la población. Además, la manera de hacer cumplir los mandatos es
mitad por la fuerza y la coacción, mitad por esta aceptación del liderazgo del príncipe
que en ningún caso deberá tener la enemistad del pueblo.”

El carisma político en la obra de Nicolás Maquiavelo, Mª Blanca Deusdad Ayala
http://www.tdx.cesca.es/TESIS_UB/AVAILABLE/TDX-0913105-131822//TESIS_BDEUSDAD.pdf


El modelo masculinidad que propone Maquiavelo tiene el acierto de recuperar el valor del ímpetu y de la fuerza transformadora, de la acción que se impone las inercias de lo ya dado y lo trasciende, del valor y del poder reformador frente a las estrategias acomadaticias y cobardes. Sin embargo, la energía del hombre invocado por Maquiavelo no tiene más norte que el de su eficacia personalmente autoevaluada y, por tanto, tiene un grave riesgo de derivar en dominación y tiranía; su valor de convertirse en osadía arrogante, en pavoneo exhibicionista o en violencia injustificada; su astucia en manipulación, mentira y perversión; y su altiva voluntad de control en dolorosa cura de humildad o en estrepitoso fracaso. Por otra parte, el desencanto sobre la condición humana o la visión subordinada de la mujer de los que parte Maquiavelo merman las posibilidades de articular una ética y fundar un verdadero amor que module su proyecto de masculinidad virilista y evite esos riesgos, corrigiendo entre otras cosas su proclividad a unas relaciones de género abusivas. Todo ello convierte este proyecto en insatisfactorio e inviable a largo plazo.

Pero es innegable que Maquiavelo supo concebir por primera vez al político como héroe moderno, que sin deudas con nada ni con nadie, hace uso pleno de su autonomía y se impone al destino con su actividad incesante y resuelta. Se trata de un héroe inequívocamente masculino, porque para Maquiavelo esa acción enérgica sólo puede brotar de la lucidez y determinación de una mente viril.

Para Maquiavelo, los sentimientos sólo tienen un interés estratégico: rigen la vida del vulgo y el político debe saber cómo manipularlos, si quiere conseguir sus fines. Con él, el vínculo entre mente y masculinidad –propio de la tradición filosófica occidental- asciende un escalón más, contribuyendo decisivamente a la emergencia de la identidades masculinas de la modernidad, caracterizadas por considerar el cuerpo y las emociones algo inferior –que esclaviza a las mujeres- y conceder sólo importancia al dominio de su razón autónoma. Este sobredimensionamento de la condición racional masculina –señala Victor Seidler- tuvo graves consecuencias para el hombre moderno, porque le ha impedido integrar constructivamente su dimensión corporal y emocional, provocándole tensiones internas que se siguen traduciendo en violencia hacia los demás o hacia si mismo.

Pero hay más, el héroe de Maquiavelo no parece constreñido por su origen ni por ninguna deuda con el pasado. Se trata de un planteamiento que reformulará Hobbes en su Leviatán (1651) para quien los hombres habrían surgido en un asexuado estado de naturaleza sin depender de nadie, como hongos -como ha recordado Celia Amorós-, hasta llegar a su madurez plena. Esta autonomía pasará con el tiempo a convertirse en otro de los principales rasgos distintivos de la masculinidad moderna y el liberalismo lo convertirá en uno de sus emblemas. Como señala Antonio Giménez Merino (
El género en la teoría política y en la teoría jurídica: del ciudadano a la persona): “en la mitología liberal, el hombre nace completamente autónomo, desligado de cualquier deber hacia los demás, lo que le permite ser dueño de sí mismo y, por tanto, ciudadano de pleno derecho: La única cualidad exigida para [ser ciudadano], aparte de la cualidad natural (no ser niño ni mujer), es ésta: que uno sea su propio señor (sui iuris) y, por tanto, que tenga alguna propiedad que le mantenga (Kant)”


Con Napoleón, aplicado lector y comentarista de Maquiavelo, al que muy reveladoramente se le ha calificado de “
héroe bastardo”, este tipo masculinidad no sólo encontró un representante desmesurado, sino también un impulsor que la convirtió en la pauta normalizada de conducta a través de su obra política y legislativa (Código Civil, planes de estudios, servicio militar obligatorio, etc). A lo largo del siglo XIX, este ideal restrictivo de hombre acabará por consolidarse –como explica George Mosse- con la aportación de otros rasgos como la fortaleza y destreza físicaInglaterra acentuó la importancia del deporte en sus sitema educativo-, la apariencia digna y autocontrolada, la impasibilidad ante el dolor, el sentido personal del honor (práctica del duelo)... y los fascismos los adoptarán como una señal de identidad irrenunciable.

A pesar de su toxicidad e inviabilidad, este modelo virilista sigue teniendo un especial poder de fascinación y se resiste a desaparecer del imaginario masculino –y femenino-. Por eso resurge una y otra vez, enmascarado bajo los más variadas formas y ropajes. Algunos incluso creerán que responde a conductas inscritas en el sustrato biológico de la especie humana y considerarán opresores los intentos de reformular de otro modo las relaciones de género. Y quizás por eso, los hombres y las mujeres que propugnan unas relaciones de género equitativas y satisfactorias permanecen vigilantes ante sus nuevas encarnaciones en hombres o mujeres (feminismo “patriarcal”).

martes, junio 12, 2007

Pobres hombres

Un día escuché a una mujer insultar a su pareja diciéndole “eres un pobre hombre. Lo hizo con contundencia complaciente, regodeándose en las sílabas, como convencida de que con estas palabras inflingía un golpe demoledor y le precipitaba definitivamente hacia el abismo del desprecio. Se trata de lo que podríamos llamar “un insulto de género, quizás la opción más virulenta entre las que ofrece el arte del insulto, porque ataca directamente nuestra condición psicosexual, es decir, la entraña más íntima de nuestra identidad. En este caso, la masculinidad del agredido.

Posiblemente no exista mejor definición de lo que comúnmente se entiende por masculinidad que la se obtiene positivizando la expresión “pobre hombre”. Pero, como ya señaló Elizabeth Badinter, la masculinidad tradicional tiende a definirse en negativo: “un hombre deberá convencerse y convencer de que no es una mujer, que no es un bebé y que no es homosexual” (XY, La identidad masculina, Alianza Editorial, 1993, pág. 51), en definitiva –podríamos añadir-, de que no es “un pobre hombre”. Un "verdadero hombre" ha de ser fuerte, valiente, maduro, adulto, controlado, seguro, competente, autosuficiente, triunfador, macho, con éxito entre las mujeres... Lo contrario de un "pobre hombre" que es un ser débil, frágil, cobarde, inmaduro, veleidoso, fracasado, inseguro, torpe, pegajoso, cargante, criticón, murmurador, afeminado, sin atractivo...

Podríamos pensar que muchos hombres y mujeres han conseguido escapar ya de estos esquemas opresivos y nada funcionales, pero no debe ser tan cierto, porque todos somos conscientes del poder altamente vejatorio que sigue teniendo el insulto “eres un pobre hombre”. Tanto, que desacredita especialmente a quien lo emplea, porque implica una notable falta de compasión (además de un notable primitivismo en su visión de las identidades de género).

Pero, posiblemente nada nos cause más desazón que un hombre, que ha fracasado en todo y opta por autoaplicarse este insulto de género:

"Soy un pobre hombre"Enviado por ojoaislado el 26 mayo a 20:36.,

Estoy hecho un asco (sobretodo fisicamente), aunque mi vida es asquerosa en general. mi existencia transcurre pegado a la pantalla del ordenador, mis hobbies son el ordenador, mi vida y mis obras son el ordenador, por eso, porque no tengo vida disfruto viendo la vida de los demás. Soy un pobre hombre frustrado que no ha conseguido nada en la vida y que por eso me averguenzo de cómo soy y siempre estoy mintiendo y haciéndome pasar por otras personas. Como soy así nadie me quiere (nadie en la vida real), porque en mi vida virtual tengo muchos amig@s pero en realidad no saben cómo soy, ni la edad que tengo, ni a lo que me dedico (es decir, a nada, solo a usmear en la vida de los demás). Si supieran lo bajo, raro y lo malo que soy, nadie me hablaría tampoco aquí. Lo peor de todo es que me encuentro tan mal y soy tan triste, que disfruto viendo como sufren otras personas (me reconforta), me siento mejor con las desgracias ajenas y humillando a la gente, pero sobretodo a los que no me siguen el juego... Bueno, la verdad, es que diciendo esto me siento mejor. Creo que necesito ayuda profesional, un psiquiatra por lo menos, pero mi madre dice que eso son tonterias y que lo que necesito es un pico y una pala y una carretera que este en obras. Pero es que se está tan bien en mi cuarto a oscuras, solo y delante del ordenador y de la tele con el mando en la mano que no me veo de otra manera en mi mierda de vida. Gracias por leerme.

http://foro.enfemenino.com/forum/psycho1/__f13992_psycho1-Soy-un-pobre-hombre.html



En Japón, a los que se aíslan con su ordenador, tras sentirse fracasados se les denomina “hikimori”(HIKIKOMORI, LA NOVA GENERACIÓ PERDUDA, Carmen Montilla, Avui, 22/01/2006). Se trata de un trastorno de género, porque no se produce entre las chicas, sino entre los chicos, a los que se somete a un guión vital muy estricto y opresor con el objetivo de que consigan un elevado rendimiento académico y el éxito final tras una sucesión interminable de procesos selectivos. El fracaso es vivido como una vergüenza familiar. Generalmente, los jóvenes que se encierran en su habitación lo hacen tras un suspenso en un examen o a causa de una decepción amorosa, y pueden llegar hasta inusitados extremos de reclusión.

Pero, los hombre adultos establecidos tampoco escapan a estas dinámicas de enajenación y asilamiento, aunque adopten formas más sutiles. Precisamente en el Avui de hoy, Toni de la Torre i Carla Gràcia nos ofrecen la historia de “un pobre hombrejaponés, en su una nueva entrega de la serie “SI MARXÉS A FER LA VOLTA AL MON, VINDRIES AMB MI? (15)”:



Historia de hombres.S. SOMEKAWA. Avui, martes, 12 de junio del 2007. Traducción personal.




Nada más llegar a Tokio, tenemos la oportunidad de observar una de aquellas escenas socialmente descriptivas: el metro, repleto de gente, pero en absoluto silencio, porque no hay ni un solo pasajero despierto. Ya son las diez de la noche y todo el mundo vuelve de trabajar absolutamente destrozado, sin el menor ánimo de mantener los ojos abiertos. Delante nuestro, un hombre de unos cincuenta años parece rendido, su cabeza descansa sobre unos brazos perfectamente doblados sobre el pecho. Lleva una americana de color gris, como gris es su vida desde que se levanta hasta que se pone el sol. Cuando era un niño tenía sueños. Soñaba con hacerse samurai. Él habría querido servir a la gente de su pueblo, ayudarla y cumplir con éxito los más diversos encargos. Porque los samurais no se debían siempre al shogun, el señor guerrero, como aparece a las películas; generalmente eran un cuerpo de voluntarios que arreglaban los problemas de su pueblo, tanto si se trataba de reconstruir un puente que se había estropeado, como si había que hacer de escoltas de un comerciante que quería viajar al pueblo del lado y tenía miedo de los ladrones y bandoleros. Los samurais obedecían y ayudaban a sus vecinos, y esta, y no otra, es la base del honor que supone ser samurai: darse a los otros.

A CAMBIO, LOS VECINOS PAGABAN una pequeña cantidad que servía para sustentar los gastos de los samurais y del jyoutan, el lugar donde viven. Al final, lo más cerca que había estado de esta vida de honor y de servicio había sido leyendo manga en su habitación. Allí, ya en la adolescencia, se refugiaba de sus compañeros de clase (que se reían de él e intentaban dejarlo siempre en ridículo ante alguna chica) y del exigente sistema educativo japonés (que estimula la competitividad entre los alumnos aprobando a los mejores de la clase y suspendiendo el resto: o sea, en un examen sólo aprueban los 20 alumnos que tengan más buena nota). Lo hacía leyendo las aventuras del samurai Yoshitsune Matsumoto y maravillándose con su valentía.

PERO ÚNICAMENTE TENÍA QUE SERVIR a su empresa. Entró en cuanto acabó su carrera, gracias a los contactos de su padre, que trabajaba allí desde hacía veinte años. Al principio, se lo tomó con entusiasmo. Tenía ideas, quería hacer cosas, tenía la esperanza de hacer un mundo mejor. No es que desde una fábrica de confección de quimonos se pudiese hacer gran cosa, pero en aquella época a Kyosuke aún le quedaba empuje e ilusión. Se centró en llegar a ser un gestor brillante y no paraba de leer libros sobre dirección y administración de empresas, publicidad y relaciones internacionales. Él creía que el futuro de su empresa era la exportación, y cada atardecer, cuando volvía del trabajo a su pequeño piso de Ueno, estudiaba inglés hasta que se quedaba adormecido.

YA TENÍA TREINTA AÑOS, y su familia estaba ansiosa porque se casase y tuviese hijos. Cuando le engañaron para presentarle a la que sería su futura mujer, Kyosuke estaba enfadado y creía que era una pérdida de tiempo, pero al ver la sonrisa delicada y preciosa de la joven y su mirada dulce y tierna, cambió rápidamente de opinión. Se gustaron enseguida, y después del tiempo requerido para los preparativos de la ceremonia, se casaron. Pero lo que al principio era una convivencia feliz, poco a poco se fue apagando. Los sueños de él sobre la empresa pronto se deshicieron, cuando se dio cuenta de que nunca conseguiría el lugar de gestor y que debería quedarse como ayudante. Al menos, hasta que el señor Norita se jubilase. Porque en las empresas japonesas la lealtad y la voz de la experiencia es lo más valorado, y el señor Norita, con más de treinta años trabajando para la empresa, mantendría su lugar hasta el final. Y él, su asistente, no podía hacer nada más que esperar.

LAS HORAS DE TRABAJO se convirtieron en una agonía gris, repetitiva y rutinaria. De frustración. Cuando salía de trabajar y llegaba en casa, descubría que su mujer ya no le miraba como antes. Tenía los ojos tristes, alguna cosa que le decía que su amor ya se había desvanecido y que la culpa era de él. Y con los niños, que no paraban de marearlo, no sabía qué decir ni cómo desenvolverse delante suyo, porque nunca se había involucrado demasiado en sus cosas.

HUNDIDO EN SU TEDIO, cuando uno de sus compañeros de trabajo le invitó a tomar una copa a Shinjuku, no se negó. El alcohol le hizo olvidar y desinhibirse; y la compañía de las chicas de los locales de noche le hicieron recuperar la felicidad, ni que fuese por un momento, del tacto de la piel joven en sus manos. Comenzó a mentir a su mujer y a inventarse reuniones que no existían. Acababa pasando la noche en los hoteles cápsula. Y al día siguiente, con el diario sobre la mesa y un café en las manos, parecía un hombre normal que estaba haciendo tiempo, antes de ir a trabajar. Pero, si uno miraba al fondo de sus ojos encontraba un vacío mortal.


Leyendo este relato, supongo que a nadie se nos escapa que la exigencia de éxito no es específica del Japón y sigue estando universalmente asociada a la condición masculina, empobreciendo y condicionando la vida de muchos hombres. Al igual que Kyosuke, muchos hombres siguen empeñados afirmar su masculinidad persiguiendo ensueños de éxito en la vida externa, enajenándose cada vez más de su entornos íntimos, de su pareja, de sus hija e hijos, y de si mismos, para convertirse en lo que siempre han temido: unos supuestos “pobres hombresfracasados que buscan evadirse de esa constatación hiriente. A esos hombres habría que recordarles que su masculinidad no ha fracasado, sino un modelo de conducta injusto y opresor, que siempre están a tiempo de revisar. Dedicarse a esta causa vale la pena, porque acelerar los cambios en los patrones de género puede ahorrar mucho sufrimiento a la humanidad. Yo intento contribuir modestamente a esta empresa con este blog.


Por si nos quedan dudas, quizás el repertorio de trastornos psíquicos específicamente masculinos, catalogados por el psicólogo Luis Bonino -entre los que figuran los brotes de agresividad y violencia-, pueda convencernos de la urgencia de modificar el modelo hegemónico de masculinidad...


Malestares masculinos: Son problemáticas caracterizadas por la producción de sufrimiento psíquico y/o daño a sí mismo y por ser egodistónicas, es decir se viven como extrañas y molestas para el propio Yo. Podemos diferenciarlas en:

-Los trastornos por búsqueda imperativa del éxito y control, caracterizados por el hecho de que cualquiera de los valores derivados de las creencias de la masculinidad (trabajo, sexualidad, potencia económica o corporal, etc), pueden ser tomados obsesiva o adictivamente como camino para llegar a ser “todo” un hombre. Este camino provoca una sobrecarga psíquica que lleva a veces al daño corporal corporal intempestivo (infarto, por ejemplo).

-Los trastornos por sentimiento de fracaso viril, derivados de la percepción del no cumplimiento de algunos de los mandatos de la Nhg o de la pérdida de valores masculinos que se suponía poseer (especialmente ante disfunciones sexuales o desempleo). Estas experiencias son significadas desde la Lt/n.m como fracaso en la realización del ser (ser poco o nada hombre) con la herida narcisista y la sintomatología ansioso-depresiva o hiperreactiva consiguiente.

-Las patologías de la autosuficiencia con restricción emocional: derivadas de la valoración extrema de la autosuficiencia vital y la invulnerabilidad, y con los consecuentes déficits personales provocados por la negación de lo emocional y lo vincular. En ellas lo llamado autosuficiencia es en realidad pseudoautonomía. Son quizás los malestares masculinos más frecuentes: arritmicidad patológica, alexitimia, homofobia , dependencias a la pornografía o a la tecnología, intimofobia, parasitismo emocional de las mujeres, etc. (7,19,20)

-Los trastornos por sobreinvestimiento del cuerpo-máquina muscular : derivados de la hiperconsideracion del cuerpoenvoltura exterior” . En cambio, el cuerpo”interior” está desinvestido de consideración, con las consecuente desconexión sensitiva de una parte de sí. La vigorexia es un ejemplo muy actual de este trastorno , así como las sobrecargas o las corazas musculares y la falta de detección de alarmas corporales que impiden registrar signos precoces de enfermendad.

-Hipermasculinidades : son trastornos por “exceso” de masculinidad, en el que se desarrollan actitudes en los que hay una identificación infatuada y exhibicionista con valores masculinos, que se ostentan a través de comportamientos exageradamentemasculinos”, tales como despliegues de fuerza, , riesgo o agresividad, exceso en consumo de alcohol o drogas, hiperautosuficiencia, la hipersexuación o no respetar reglas. Son frecuentes en los adolescentes, quienes los realizan grupalmente a veces en contra de sus deseos para ser aceptados por sus pares, así como por varones en crisis vital. Surgen del malestar por una masculinidad en entredicho, a la que se intenta reasegurar con “estrategiasmasculinas. A veces conducen a abusos, aunque no sea su objetivo especifico.

-Las patologías de la perplejidad y trastornos de la masculinidad transicional: estas problemáticas surgen de la actual caída o puesta en cuestión de varios mitos de la masculinidad. Esto provoca en muchos varones que se sostenían en ellos, desconcierto y perplejidad, estancamiento del devenir vital o conflictos intra o intersubjetivos con los nuevos roles deseados/temidos. Entre ellas destacan el síndrome de “pérdida del norte” (18), las dificultades de conciliación vida laboral/vida familiar, la vergüenza del hombre progresista a mostrar sus cambios y la llamada crisis de la identidad masculina (que la mayoría de las veces no es tal, sino un reacomodo a la restricción de roles que el varón percibe, pero sin cuestionamiento de sus representaciones de sí).

-Los trastornos derivados de orientaciones sexuales no tradicionales: originados en la no aceptación inter o intrasubjetiva de orientaciones sexuales no heterosexuales que algunos varones asumen fácticamente (célibe, homo o bisexualidad) y que implican transgredir la actual creencia de masculinidad =heterosexualidad activa, con la angustia y el temor al rechazo consiguiente.

-La ausencia o el vaciamiento en la subjetividad de determinados características humanasproscriptas “ para los varones, y la acumulacion de heridas al orgullo masculino que todas estas problemáticas producen, generan muchas veces déficits o inhibiciones en el desarrollo personal, que a su vez, por la impotencia que producen, generan mas sufrimiento(19,20):

Trastornos por indiferencia a otr@s o a sí mismo

En ellos, la otra persona o el sí mismo, no son sujetos u objetos de amor, posesión o dominio, sino que no son generadores de interés vital o simplemente no existen. Estos trastornos son:

-Las patologías de la autosuficiencia indiferente o agresiva: relacionadas con las patologías por autosuficiencia con restricción emocional pero en las que las caracteriza no es la valoración narcisista del autoabastecerse sino el predominio de la indiferencia, la descalificación a las necesidades del otr@,). Entre ellas: el autocentramiento patológico, la insolidaridad con los próximos y los lejanos en lo doméstico o en lo social, el embarazo de la pareja con desimplicación de la propia responsabilidad o la violencia “porque sí” "(11) ( en la que no se apela a una causa sino al puro placer de dañar).

-Los trastornos por obediencia/rebeldía excesivas a la norma y jerarquía . Los varones tienden a tener representaciones de sí como autosuficientes , beligerantes y superiores a las mujeres. Sin embargo, en el plano funcional de la organización de su actuar tiene mucha predominancia el imperativo ¡subordinación y valor! (pero ya sin la prescripción del valor) derivado de la burocratización del ideal del soldado. Por eso, en la practica cotidiana de su vida, gran numero de varones se encuentran acomodados rígidamente en relaciones micro y macrosociales de sometimiento, aunque éstas sean muy injustas o poco saludables, y no son muchos los que, aunque sufran en ellas se rebelen . Sometidos a las pautas o jerarquías externas, la propia subjetividad se vuelve indiferente ante sí, sin realización de deseos personalizados o cuestionamientos transformadores, oculta tras los “roles” que se “debencumplir (y aquí tenemos la normopatía viril(19) que no presenta "síntomas" quejas, pero produce "aplanamiento" vital y frecuentes trastornos psicosomáticos, la sobreadaptación exitosa o la neurosis obsesiva), o se “deben” transgredir (y aquí incluimos a las sociopatías) aunque con modelos transgresivos masculinos hiperindividualistas.,


Abusos de poder y violencias: Malestares y maltratos masculinos

Bonino, Luis: Nuevas visiones de la masculinidad, Icaria. Barcelona, 2000.



Tras leerlo, resulta muy pertinente recordar aquel email-“pptanónimo de amplia circulación que decía:

— Por cada mujer fuerte cansada de aparentar debilidad, hay un hombre débil cansado de parecer fuerte.
— Por cada mujer cansada de tener que actuar como una tonta, hay un hombre agobiado por tener que aparentar saberlo todo.
— Por cada mujer cansada de ser calificada como "hembra emocional", hay un hombre a quien se le ha negado el derecho a llorar y a ser delicado.
— Por cada mujer catalogada como poco femenina cuando compite, hay un hombre obligado a competir para que no se dude de su masculinidad.
— Por cada mujer cansada de ser un objeto sexual, hay un hombre preocupado por su potencia sexual.
— Por cada mujer que se siente atada por sus hijos,
hay un hombre a quien le ha sido negado el placer de la paternidad.
— Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo o a un salario
satisfactorio,
hay un hombre que debe asumir la responsabilidad económica de otro
ser humano.
— Por cada mujer que desconoce los mecanismos del automóvil, hay un hombre que no ha aprendido los secretos del arte de cocinar.
— Por cada mujer que da un paso hacia su propia liberación, hay un hombre que redescubre el camino hacia la libertad.



Me gusta especialmente, porque responsabiliza tanto a hombres como a mujeres del reto de cambiar los guiones de género. No puede cambiar un género, sino cambia a la par el otro.