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martes, mayo 10, 2011

Misandria y neurociencia

En estos momentos de agotamiento e impotencia en el terreno de las ideas, una de las pocas áreas del saber que suscita entusiasmo es la de las neurociencias, quizás porque de la mano de la genética, la etología y la psicología evolutiva, está barriendo los últimos grandes mitos culturales que han nutrido nuestros imaginarios más recientes, pero sin dejar por ello de alimentar la esperanza de nuevas síntesis totalizadoras que nos sirvan de referente. Poco a poco van quedando reducidas a cenizas ficciones como la de la tabula rasa y sus pertinaces secuelas educativas, las sugestivas explicaciones del psicoanálisis [1] y sus ocurrentes derivados psicoterapéuticos, o el mismísimo dogma del patriarcado como causante de las diferencias entre hombres y mujeres, y este proceso avanza inexorable a pesar de la resistencia de los grupos que las alientan.

Los neurocientíficos se han puesto de moda y ahora el peligro ahora es que esta sobreexposición repentina lleve a más de uno a caer en la tentación de aparentar más músculo del que hay. Como ya indiqué en otro post, desde hace tiempo se está utilizando cualquier nuevo dato para “refundar” abusivamente antiguos saberes –a menudo con el prefijo “neuro”-, reciclando viejas doctrinas desde perspectivas cientifistas pero también las últimas modas culturales de consumo mayoritario.

Me temo que lo que explica Gerald Hüther en Hombres. El sexo débil y su cerebro (Plataforma Editorial, Barcelona, 2011) sobre la condición masculina se mueve en esta línea de oportunismo mediático y de intrusismo gratuito, porque no añade nada a lo que ya sabemos, pero consigue formularlo en términos complacientes con la misandria cultural y el paradigma terapeútico, ingredientes ineludibles de la época en que vivimos.

Nos dice este neurólogo desde la autoridad de su saber científico que a los varones su debilidad biológica les llevó a asumir los roles que les proporcionaban fuerza y poder pero que, desde que seguir un rol ya no garantiza el éxito, se sienten más inseguros y están comenzando a descubrir el valor de la donación, de la empatía y de la autenticidad para hacerse fuertes interiormente.
Se trata de una visión acorde con la tradición de los estudios de género y de los grupos terapéuticos de hombres, aunque es evidente que desde los datos aportados por la neurociencia no pueden justificarse afirmaciones semejantes. Hubiese sido más prudente no sobrepasar los límites descriptivos que se impuso Louise Brizandine en su estudio sobre el cerebro masculino, sin dejarse contaminar por los análisis de moda. Resulta muy osado desde las neurociencias defender la visión psicologista según la cual la condición masculina se caracterizaría por su lucha denodada por compensar su debilidad mediante la renuncia a su interioridad y la entrega enajenante a roles de dominio basados en el uso de la fuerza. Semejante caricatura del sustrato biológico masculino quizás pueda animar a leerle a algún seguidor de los Men’s Studies enemistado con los neurocientíficos, pero no creo que despierte demasiadas adhesiones entre los propios neurocientíficos.

Me gustaría comprobar que pasaría si en lugar de caracterizar a los hombres como seres proclives a convertirse en huecos y abusivos energúmenos, Gerald Hüther hubiese osado decir exquisiteces equivalentes de las mujeres, porque los ejercicios de etiquetado peyorativo pueden hacerse tanto de las tendencias naturales de los hombres como de las de las mujeres.
Parece que ahora lo único que se admite es exaltar los beneficios de la empatía y de la sociabilidad y emotividad femeninas y presentar a los hombres como seres disfuncionales que frenan el progreso a un mundo más satisfactorio y armonioso, porque siguen prisioneros de la agresividad, la competitividad y la temeridad propias de aquellos simios machos que durante milenios se especializaron en la caza y rivalizaron entre ellos para mejorar su posición jerárquica o hacer valer sus derechos territoriales.

Nos olvidamos de que con la misma legitimidad filogenética podrían haberse enfatizado las destrezas de los hombres en el terreno de la innovación, de la asertividad y de la toma decisiones; o su predisposición a asumir riesgos en beneficio del grupo y a responsabilizarse de su provisión y protección. Y, para ser justos, también se podría haber compensado la idealización del universo femenino con referencias al posible uso abusivo por parte de la mujeres de su mayor conocimiento de las emociones ajenas y de su superioridad verbal para zaherir y manipular a los que le rodean o de sus capacidad acreditada para ejercer con eficacia las diversas variantes de la combatividad verbal y/o gestual propias de la agresividad indirecta[2].

Escuchando según discursos daría la impresión de que la testosterona haya dejado de ser funcional en el mundo actual y que fuera mejor eliminarla para sumergirnos en un baño de oxitocina. Sin embargo, no creo que nadie sensato estuviese dispuesto a prescindir de los beneficios sociales que se derivan del papel de esta hormona en la conformación de la arquitectura cerebral masculina. Seamos serios, ¿estamos dispuestos a privarnos de los ventajosos rendimientos que propicia en el ámbito del pensamiento lógico-matemático y en el del razonamiento abstracto, en el de la pericia espacial o en el de la competitividad y la persecución tenaz de objetivos, por citar sólo algunos de los terrenos en los que se ha demostrado que la testosterona demuestra una mejora de la eficacia? Quizás no se trate tanto de luchar contra la testosterona como de “educarla”, de favorecer sus efectos más beneficiosos y de reducir los negativos. Y eso, desde luego, no lo vamos a conseguir criminalizando la condición masculina en su conjunto, como se acostumbra a hacer actualmente, lo que equivale a abandonarla a sus inercias naturales sin recursos que permitan reelaborarla. De hecho, si en algo ha destacado nuestra especie hasta ahora ha sido en su capacidad para corregir los dictados de sus tendencias naturales aprovechando sus potencialidades. La biología no es el destino, pero sí el punto de partida. Si queremos reformular la condición masculina y educar en consonancia, no podemos plantearnos el hacerlo desde la hostilidad a su substrato biológico sino contando con él. Por otra parte, es harto discutible que un substrato haya dejado de ser funcional y el otro no. Tan disfuncionales son las tendencias que llevan a algunos hombres a extraviarse en una lucha incesante por reafirmarse en el mundo exterior, como las que conducen a algunas mujeres a no ceder espacios y tiempos en la atención y cuidado de la prole. La reformulación de las identidades masculina y femenina tiene que ser paralela y constante porque, como siempre ha ocurrido, ambas necesitan reajustarse permanentemente para adaptarse de modo satisfactorio a su entorno cambiante.

Evitemos, por tanto, las simplificaciones interesadas. A lo largo de la historia, han ido emergiendo referentes poderosísimos y muy influyentes que han construido su masculinidad trascendiendo los imperativos más rudimentarios de la biología. ¿Por qué obviarlo? La referencia a la figura de Jesucristo que realiza Gerald Hüther, pero podrían añadirse muchísimas más referencias.

Y, finalmente, no olvidemos que a la luz de las neurociencias, de la genética, la etología y de la psicología evolutiva, si algo ha ido quedando patente sobre la configuración de la condición masculina es su enorme grado de complejidad en función y su diferenciado despliegue vital a través de fases muy marcadas, que no permite hacer esquematizaciones demasiado simplistas. Poco tienen que ver el bebé varón inundado de testosterona (la llamada pubertad infantil); el niño en paréntesis hormonal posterior predispuesto al aprendizaje mediante el juego y la broma; el adolescente en plena ebullición hormonal que experimenta la urgencia del deseo sexual y la predisposición a asumir riesgos y competir; el varón maduro con los niveles de testosterona estabilizados que le predisponen a asumir serenamente compromisos de provisión y protección sobre los que les rodean; el nuevo padre que vive un aumento de los niveles de prolactina y desea implicarse en el cuidado de la prole; o el hombre que ya ha alcanzado la fase de la andropausia y que siente una especial inclinación a ejercer de abuelo, de consejero desinteresado, de refuerzo emocional permanente, de colaborador discreto y de interlocutor sereno.


VÉASE:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-la-2-gerald-huther-neurocientifico/1052881/

El cerebro masculino, entre la debilidad y la fuerza bruta

El ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro", del neurobiólogo alemán Gerald Hüther, justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres

LA VANGUARDIA 26/03/2011

Barcelona. (EFE).- El neurobiólogo alemán Gerald Hüther asegura que solo hay un aspecto en el que los niños tienen una considerable ventaja sobre las niñas y es en el empleo de la fuerza bruta, durante una entrevista con Efe sobre su ensayo "Hombres, el sexo débil y su cerebro".

A su juicio, ni la disposición genética ni el entorno justifica la diferencia cerebral entre hombres y mujeres, "sino una diferente concentración hormonal desde antes del nacimiento, en la que prima la testosterona en el varón, y los estrógenos y la progesterona en las féminas".

"La progesterona hace que los recién nacidos del sexo masculino sean más impulsivos, más excitables emocionalmente y más difíciles de tranquilizar que las niñas y que, desde su niñez, los hombres emprendan un camino ligeramente distinto al de las niñas, con más impulso", enfatiza Hüther.

Lo que es bien cierto para un simple observador es que el hombre medio está más capacitado que las mujeres para la síntesis, para la orientación espacial, para las capacidades fino-motoras, como la puntería, o para establecer relaciones jerárquicas de dominación, asegura el científico alemán en este ensayo, de Plataforma Editorial.

Por el contrario, ellas acopian más empatía y saben ponerse mejor en el lugar de los demás, poseen una mayor capacidad de comunicación verbal y entran en contacto visual con su interlocutor más abiertamente.

En la búsqueda del porqué de esta diferencia, Hüther llega a la conclusión de que "la estructura y organización de nuestro cerebro se adapta con especial facilidad cuando lo que hacemos nos resulta placentero, cuando ese 'algo' nos llega al alma", tras sus hallazgos como director del Centro de Investigación de Medicina Preventiva y Neurobiología de dos universidades alemanas.

"Cuando hacemos, aprendemos o vivimos algo con entusiasmo, las vías nerviosas que se activan en el cerebro, inicialmente frágiles, se convierten en carreteras cerebrales cada vez más preparadas para ser activadas y utilizadas y cuando estas actividades se prolongan en el tiempo, las vías cerebrales acaban convirtiéndose en algo semejante a autopistas" subraya el experto.

En ese momento es cuando tenemos un cerebro diferente al que teníamos antes, "aunque el responsable de todo esto no sea el entorno, sino el entusiasmo con el que un niño se relaciona, percibe, elabora y moldea su entorno, ya sea en su hogar, en la guardería, el colegio o en cualquier otro lugar".

Así, la causa por la que los hombres posean un cerebro diferente al de las mujeres se basa, por una parte, en que "desde pequeños se interesan por cosas diferentes, les importan y se entusiasman por otras materias, debido a que se orientan más hacia aquello que otros niños y otros hombres acogen con entusiasmo", subraya Hüther.

Este profesor universitario indica que el efecto del cóctel hormonal masculino sobre el niño cuando está en el cuerpo de la madre no se limita al cerebro, sino que abarca multitud de características corporales, como la forma del rostro.

"Cuanta mayor testosterona haya en la fase prenatal, tanto más 'masculino' y 'robusto' resultará el niño, incluso en la longitud de sus dedos, ya que la formación de un anular más largo se ve favorecida por esta hormona", nos explica el experto.

"Las hormonas, pues, desencadenan y regulan las diferencias corporales entre ambos sexos no porque los hombres desarrollan un cuerpo diferente al de las mujeres porque tengan otros genes y otro cerebro, sino porque sus glándulas sexuales producen y vierten en el sistema circulatorio otras hormonas", aporta Gerald Hüther como resultados de sus investigaciones.

Este especialista constata que comadronas, tocólogos y pediatras saben por experiencia que los niños recién nacidos presentan generalmente una constitución algo más débil y vulnerable que las niñas, especialmente cuando nacen prematuramente.

Gerald Hüther,doctor en Ciencias Naturales y Medicina; ha estudiado al hombre y su cerebro

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

"El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica"

LA VANGUARDIA 26/04/2011 - 00:03

Ima Sanchís

Biólogo y neurocientífico, lleva años estudiando por qué los hombres son como son, el resultado es Hombres, el sexo débil y su cerebro (Plataforma), en el que explica en qué consiste la masculinidad y qué transformaciones experimenta en el proceso de hacerse hombre. Sorprende con afirmaciones como “el hombre es el sexo menos estable y más dependiente de apoyo exterior” o “no es el miembro viril el que lo convierte en y lo distingue como hombre”. Tiene una red de trabajo permanente relacionado con la educación de los niños y el crecimiento: “Los niños nacen con un cerebro muy potente que hay que estimular a través del juego, que es más importante que la educación”.

¿Para qué sirven los hombres?

Biológicamente servimos para ser exploradores, pero no somos importantes para la reproducción.

¿Ah, no?

Estamos diseñados para abrir nuevos caminos y las ideologías también son cosa nuestra; pero con la eyaculación de un solo hombre se podría reproducir a la población de Norteamérica dos veces. Nacemos con una dificultad biológica.

¿Dificultad biológica?

Sólo tenemos un cromosoma X y eso nos hace más débiles. Las mujeres tenéis una fortaleza que el hombre no tiene. El hombre es el sexo débil, es una cuestión metabólica, de cómo funciona y está organizado el cuerpo.

Entonces, ¿por qué mandan tanto?

Precisamente porque somos débiles necesitamos coger de fuera. Los que tienen el poder son los hombres más débiles. El primer hombre moderno, el primer hombre fuerte, fue Jesucristo, porque no se dedicó a apropiarse cosas de fuera, sino a dar.

Cuanto más débil eres más necesitas tomar el poder de fuera, ¿es eso?

Sí, y ya se nota desde la infancia: los bebés varones tienen una tendencia mucho mayor que las niñas a mirar alrededor en lugar de mirar directamente a los ojos, buscan todo tipo de anclajes en el exterior, y para jugar escogen objetos resistentes y fuertes.

Pues van cargaditos de testosterona.

La generamos para fortalecer nuestro cerebro, nos da el empuje que necesitamos para que determinados procesos se den con mayor impulso, pero se dan desconectados. Y es la responsable del aspecto físico masculino.

¿Y si castramos al niño?

Cambiará su cuerpo, pero no su cerebro, porque está determinado desde lo prenatal.

¿Hay algo que determine la formación de un macho o una hembra?

Los machos son producto del azar, de las circunstancias o de la decisión de la madre.

¿Decisión de la madre?

Existen las tres posibilidades. En algunos casos las condiciones medioambientales determinan la producción de machos o hembras. En el caso de los cocodrilos, nacen machos sólo si la temperatura es óptima. En el caso de las pulgas de agua, las madres determinan qué sexo tendrá la prole.

¿...?

Por regla general se reproducen asexualmente: hembras que engendran hembras, pero cuando la charca empieza a secarse engendran machos que se aparean con las hembras para producir los huevos de invierno, que sobreviven si la charca se seca.

Pero los hombres no son caracoles, ni cocodrilos, ni pulgas de agua.

Si atendemos a las estadísticas, aristócratas y burguesas acaudaladas traen al mundo con sorprendente regularidad más hijos que hijas, igual que las zarigüeyas, los hámsters, los monos araña de rango alto y las nutrias cuando están bien alimentados.

¿Las hembras dominantes suelen tener más hijos varones?

Sí, y bajo determinadas condiciones en las que las mujeres no se sienten bien, están estresadas y las condiciones del embarazo son peores, nacen menos niños. Y todo esto ocurre en los primeros dos meses del embarazo. Los embriones masculinos mueren si el futuro es incierto.

¿Dónde hallan ustedes su fortaleza?

Una fuente importante es pertenecer a grupos de chicos y jugar determinados roles que marca la sociedad según necesidades.

¿Modelos culturales?

Sí, cuando hacen falta soldados se favorecen, cuando hacen falta empresarios o inventores se favorecen. La debilidad biológica de los varones provoca que ellos acepten desarrollar ese tipo de roles que les prometen el poder y la fuerza y que se favorecen desde el hogar, el colegio, la televisión...

La exigencia es social, no biológica.

Sí, pero afecta a la estructura cerebral. Es como los chavales viciados con los videojuegos: han desarrollado una parte de su cerebro para ser hábiles en esos juegos, y les impide ser buenos en otros campos.

¿En qué punto está el cerebro del hombre moderno?

No tiene claro qué tipo de rol debe interpretar para poder llegar a ser importante. Pero su cerebro ya no es tan lineal, se desarrolla de forma mucho más abierta, y por eso hay tanto hombre que se comporta de manera insegura. Algunos debido a esa inseguridad buscan la fortaleza y otros la autenticidad.

¿Qué tenemos que saber las mujeres sobre el cerebro masculino?

Que los hombres siempre están intentando jugar un rol determinado –frecuentemente ni siquiera son conscientes de ello– y que detrás de esa fachada hay un hombre que tiene posibilidades de desarrollar su propia autenticidad.

Eso suena bien.

En el pasado, para convertirse en machos alfa necesitaban coger el poder de los otros (naturaleza, animales, mujeres, hombres); ahora por primera vez (ya que seguir un rol no garantiza el éxito) se sienten atraídos por la idea de dar, por la empatía y la autenticidad. Quizá están encontrando su propia fortaleza interior que les hace capaces de dar. Se trata del hombre que transforma.

Qué bien.

... Pero necesitamos la ayuda de las mujeres. Las madres tienen un gran poder para generar o no la práctica de roles; un gran poder en la programación del cerebro del hijo.



[1] Ningún científico serio puede defender hoy invenciones freudianas como el instinto de muerte, el complejo de Edipo o la envidia del pene, aunque no faltan los que evitan desacreditar integralmente al maestro del inconsciente y le conceden la genialidad de algunas de sus intuiciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208), aún a pesar de que sólo lejanamente resultan conciliables con los nuevos descubrimientos tras infinitas correcciones y matizaciones (http://www.freud-lacan.com/articles/article.php?url_article=isandoval180208). Como muy bien explica Jesús Mosterín, Freud concibió sus conceptos clave a partir de un modelo hidrodinámico del cerebro humano que resultaba ya inasumible en su época (tuvo la oportunidad de estudiar la obra de Cajal) y que se basaba en la “comparación metafórica de la psique con una máquina de vapor, lo que explica el uso de nociones como la represión (la presión del gas que sale por las junturas).” “Según Freud, los sentidos recogen energía del entorno y la trasmiten al cerebro. Además, en el propio cuerpo, las gónadas y los órganos genitales producen energía psíquica o libido, que envían al cerebro. El cerebro está sometido a presión por toda esta energía que le llega y que le resulta desagradable. Trata de librarse de ese exceso de energía, dándole salida mediante acciones que la gastan, consumen y disipan. …Nosotros sabemos ahora que el cerebro no recibe ni almacena ni envía energía, sino señales, información. El cerebro envía a los músculos la orden (la información) de contraerse, pero no les envía energía.” Véase http://www.institucional.us.es/revistas/revistas/themata/pdf/39/art2.pdf. Desde otra perspectiva, Michael Onfray se ha aplicado a la demolición de la figura de Freud en El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana (Taurus, Madrid, 2011).

martes, julio 15, 2008

Liderazgo, rostro, cerebro y raya del pelo.

Lo cuenta Adolf Tobeña en su libro Cerebro y poder. Polítca, bandidaje y erótica del mando (La Esfera de los Libros, 2008) y nos lo ha explicado en el curso Cerebre, sexe i conducta de la UPF. Un grupo de politólogos experimentales de Woodrow Wilson School de Princeton decidió estudiar el impacto que provoca el rostro de los candidatos y su relación con los resultados electorales. Para ello, reunieron a 843 pre y postgraduados del Campus de Princeton y les mostraron rostros de políticos poco conocidos, en primeros planos sobre fondo gris y distribuidos de dos en dos al azar. La cuestión que se les planteó era cuál de cada pareja consideraban más competente. Sorprendentemente, sus apreciaciones coincidieron en un 67,6% de las ocasiones con el candidato que efectivamente ganó en sus elecciones. ¿Y cuál es “la imagen facial del político exitoso” que se extrae de este experimento?. No hay duda: el rostro de perfil ejecutivo y emprendedor. Los rostros candorosos y amicales eran sistemáticamente descartados. Parece claro que se asocia la competencia y el éxito político a atributos como la madurez, el aire resolutivo, la agudeza y el liderazgo. Esta vendría a ser la imagen “de marca” de los políticos que se ha impuesto en Estados Unidos, y que probablemente la que se está extendiendo por todo el mundo. Tobeña sentencia “los verdaderos dioses mundanos gobiernan con el rostro”. Los rasgos de dominancia y determinación seducen automáticamente a las masas.

Pues bien, a la luz de otro estudio realizado por expertos americanos y suecos sobre el liderazgo y la forma de peinarse, cabría preguntarse si también el peinado influye en la decisión de los votantes, en concreto la posición de la raya que divide el pelo. Al parecer, quienes sitúan los líderes con éxito coinciden en situar su raya a la izquierda. El tema tiene su aquel, porque una rápida exploración por los rostros de los políticos patrios parece demostrar la verdad de tal aserto. Según afirma el estudio, el peinado es uno de los pilares sobre los que se asienta la forma de ser y de pensar del individuo. La raya a la izquierda es sinónimo de dominio del lado izquierdo del cerebro, que es el en el que el que se encuentran los valores necesarios para triunfar: la lógica, capacidad para valorar los detalles, realismo, seguridad en uno mismo, sentido matemático y práctico. Para más detalles, reproduzco la información sobre este estudio aparecida en la prensa.

Otra cuestión de interés sería explorar las relaciones entre rostros, hormonas, género y liderazgo, porque parece evidente el influjo de la testosterona –hormona masculina- en los rasgos de dominancia y determinación, y el uso dominante del hemisferio izquierdo del cerebro también es un rasgo característico de los hombres. ¿Significaría eso que pesa sobre las mujeres un programa natural que tiende a excluirlas? No encuentro respuesta en el libro de Adolf Tobeña, pero sí alguna pista. Según este autor, las mujeres más exitosas en situaciones competitivas parecen ser las que alcanzan mayores niveles cotidianos de testosterona y de andrógenos. Probablemente –eso lo añado yo- también son las que consiguen un uso más eficiente del hemisferio izquierdo. Y mujeres con ese perfil seguramente las hay en número más que suficiente como para compartir equitativamente el liderazgo con los hombres.

Otro asunto son los cambios que puedan producirse en le modelo de liderazgo. Parece evidente que estamos transitando de una época “masculina”de hegemonía del hemisferio izquierdo - pensamiento lineal, lógico y racional - a otra “femenina” de predominio del hemisferio derecho – pensamiento holístico, iconográfico y emocional-. Esta es la hipótesis que baraja el neurocirujano Leonard Shlain en su libro El alfabeto contra la Diosa, en el que vincula la hegemonía masculina al alfabeto, un invento decisivo del hemisferio izquierdo. Ahora dice Shlain estamos pasando de una era del logo a una del logotipo, de la palabra a lo iconográfico. Según Shlain el poder de las imágenes está llevando a un equilibrio a los hemisferios cerebrales. Pero, aunque es cierto que al igual que las hormonas influyen en las conductas, también las conductas influyen en las hormonas, los cambios en la estructura y funcionamiento del cerebro tienden a ser más lentos de lo que pronostica Shlain. Como mínimo serían necesarios unos 500 años para vislumbrar cambios significativos según Nolasc Acarín, en respuesta a una pregunta sobre este asunto que le realicé en el curso Cerebre, sexe i conducta.



Ni un pelo de tontos: Raya a la izquierda, signo de éxito

Raya a la izquierda, signo de éxito
Alicia Koplowitz y Luis Aragonés, sobre estas líneas, son un ejemplo como también lo es Jean-Claude Trichet


Llevar la raya en el lado izquierdo no es una simple moda o el resultado de una costumbre adquirida desde la más temprana edad porque te peinaban así o por elección propia. La verdad es que es señal de éxito y de que su portador, con total ausencia de complejos, es capaz de comerse el mundo o de tocar el cielo con las manos.
Los ejecutivos brillantes y creativos, los grandes políticos, los genios de las ciencias, los poderosos que han sido capaces de amasar inmensas fortunas, en una palabra, todos aquellos que triunfan en la vida, al menos en el aspecto público, tienen un rasgo en común: llevan la raya en el lado izquierdo.
Insólito, pero cierto. La forma de peinarse de cada individuo, que a primera vista parece un detalle sin importancia, tiene un significado oculto y marca de forma inequívoca el potencial del personaje en cuestión y su éxito en la vida.
Estudios sesudos
Según un estudio realizado por expertos americanos y suecos, que han dedicado tiempo a observar especialmente el peinado masculino y la posición de la raya que divide el pelo, el peinado es uno de los pilares sobre los que se asienta la forma de ser y de pensar de cada varón. Para llegar a esta conclusión se basan, entre otras cosas, en que todos empleamos, indistintamente, las dos partes del cerebro determinantes para ciertas funciones. Pero quien sin motivo aparente peina su pelo al lado derecho (es decir saca la raya en el izquierdo), está haciendo uso de un pensamiento lateral y de la parte más activa de su cerebro, el denominado «hemisferium sinister», o lado izquierdo. Un hemisferio en el que se encuentran los valores necesarios para triunfar: la lógica, capacidad para valorar los detalles, realismo, seguridad en uno mismo, sentido matemático y práctico. También la facilidad para encontrar estrategias válidas, para el estudio de las ciencias naturales y una sana obsesión de resolver los problemas.
En pocas palabras, el «lado siniestro» del cerebro domina la forma de pensar y de actuar racionalmente. Quien obra dirigido por el hemisferio derecho es emotivo, tierno, empático, tiene facilidad para los idiomas y es dado a las Bellas Artes. Esos mismos expertos explican, con detalles incomprensibles para los ajenos a los misterios de la medicina, que los flujos sanguíneos también influyen en la forma de actuar de las personas, ya que la sangre no riega de forma idéntica los dos hemisferios.
Una teoría con largo recorrido
Hace treinta años, John Walter, ingeniero especialista en Sistemas del Marymount Manhattan College de Nueva York, observó que la gran mayoría de los presidentes de los Estados Unidos se peinaba con la raya a la izquierda. Sacó la conclusión de que todos ellos, que habían demostrado una inteligencia y creatividad fuera de lo normal, estaban influenciados por el lado izquierdo de su cerebro.
En los años 90, década del cerebro, varios equipos de etnólogos y neurocientíficos suecos, recogiendo esa teoría y tras analizar los circuitos neuronales, comprendieron que durante el desarrollo, cuando la masa encefálica sufre el proceso de «laterización», uno de los hemisferios prevalece sobre el otro en el control de determinadas funciones. La acción de peinarse con raya a la izquierda, entre muchas otras cosas, estaba dirigida por el hemisferio izquierdo.
Varios tests o «personality factors», que definen los rasgos dominantes de la personalidad de cada individuo, les brindaron la oportunidad de estudiar los perfiles de los magnates que más éxito y fama han conseguido. Pudieron comprobar que casi todos ellos llevan la raya peinada o señalada a la izquierda. Ese es el caso de la mayoría de los ejecutivos de las 50 empresas más importantes de USA como Warren Buffett (Berkshire Hathaway) Bill Gates (Microsoft) Indra Nooyi (PepsiCo) Jamie Dimon (JP Morgan Chase) y de 38 suecas. Encontraron la misma ecuación entre los políticos.
Valga comentar que estos estudiosos admiten que hay algunas excepciones que confirman su teoría; en todos los países hay personas con gran poder económico, elites de las finanzas con trayectoria brillante o ilustres políticos, con el pelo cortado al raso o sin raya. Eso se debe a que tienen el cabello muy rizado, y por lo tanto indomable, que son calvos o que sus peluqueros o, sencillamente, su amante esposa les han convencido de que están más guapos con ese corte de pelo.

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1. Obvio las precauciones que se adoptaron para evitar distorsiones en los resultados y que Adolf Tobeña comenta con detalle en su libro (p. 172-175)

2. Op. cit, p.74-75.

lunes, julio 14, 2008

Instinto maternal e instinto paternal = instinto parental

Una de las obras que más impacto dejó ha dejado en el movimiento feminista fue la que dedicó Elizabeth Badinter al instinto maternal. En ¿Existe el instinto maternal? (1980), Badinter pretende demostrar que el mitificado afecto maternal no tiene nada de natural e instintivo y que este mito ha constituido una estrategia patriarcal habilísima para transferir a las mujeres la carga del cuidado de los hijos. El modelo del amor maternal –dice Badinter- es una construcción cultural exitosa que las mujeres han interiorizando como un mandato social que les presiona a postergar sus propios deseos y a entregarse al cuidado continuado de la prole y, en definitiva, a especializarse en los deseos y necesidades de los otros. Según Badinter, en el éxito definitivo de este artefacto cultural, las ideas de Rousseau -al reclamar más atención y cuidados hacia los niños- jugaron un papel determinante y contribuyeron a asignar a las madres de modo definitivo la responsabilidad de la supervivencia y buena salud de los nuevos ciudadanos. Esta asignación social además se presentó como el cumplimiento de un impulso innato. A partir del siglo XIX, la mujer será vista fundamentalmente como madre y este rol ya no se extenderá sólo al período biológico del embarazo y la lactancia amamantamiento, sino al resto de su existencia.

Cómo prueba del carácter histórico de esta creación cultural, Badinter señala el hecho de que la infancia careciera de cuidados maternales hasta bien entrado el s. XVIII. Un dato: de 21.000 niños nacidos en Paris en 1780, sólo mil fueron nutridos por sus madres. Eso además en una época en que la lactancia materna era importantísima para la supervivencia. Por otra parte, el abandono de los niños era una práctica habitual. Para Badinter, lo que explica las elevdas tasas de mortalidad infantil es el poco de interés de las madres por su prole.

Para avalar esta tesis, otros han invocado a Margared Mead y sus estudios de del pueblo mundugumor, de Nueva Guinea. Las mujeres de este pueblo consideraban una carga y una desgracia tener hijos y hacían responsables del cuidado de los pequeños a sus hermanitos mayores, sin desarrollar por ello sentimientos de culpa. Y, de hecho, contamos con muchos testimonios de mujeres que han rechazado la maternidad a lo largo de la historia. La primera ginecóloga conocida de la historia, Trótula de Salerno, ya sugirió en el s. XI que detrás de la inapetencia de muchas adolescentes se escondía el deseo de escapar a la maternidad. La propia Sta. Teresa (s. XVI) nos ha dejado testimonio de su resistencia al matrimonio tras ver morir a sus madre a los 33 años, después de 14 embarazos.

A la luz de estas referencias, el feminismo ha acabado asumiendo el postulado de que el instinto maternal es lisa y llanamente un invento al servicio de la dominación masculina, que no guarda relación con el sustrato biológico femenino. Sin embargo, las evidencias científicas, acumuladas día tras día, no hacen más que demostrar lo contrario. Son estos excesos los que están convirtiendo muchos postulados del feminismo en pura ideología trasnochada. Me gustaría saber cómo plantearía Elizabeth Badinter hoy este tema, porque en muchas otras cuestiones esta autora se ha mostrado dispuesta a rectificar significativamente, para escándalo del feminismo radical. Desde luego, no puede negarse que la mistificación de la maternidad fue una creación histórica inquietante y de vigencia hoy insostenible, pero de ahí a negar una base biológica a las conductas maternales hay un largo trecho. Ayer en EL PAÍS se publicó un interesante reportaje sobre el tema. Por cierto, me parece muy interesante la hipótesis de que el rechazo a la maternidad, si se produce, se explica por la falta de implicación del hombre en el cuidado de la descendencia. Ocurre con los primates tamarinos y quizás también pueda extrapolarse a los humanos. Eso equivale a decir que el instinto maternal está de algún modo vinculado también al pael que desempeñan los padres, quienes, por otra parte -cómo han constatado las últimas investigaciones- también desarrollan su respectivo instinto paternal, especialmente si las madres no patrimonializan en exclusiva la función parental. La conclusión que se puede extraer de todo ello es que sería más correcto hablar de instinto parental y acabar con los tópicos y estereotipos del pasado. Y no iría mal promover cursos de reciclaje científico para legisladores y jueces.

Me había propuesto dedicar todos los posts de este mes al curso sobre Cerebro y conducta del que hablé ayer, pero voy a hacer una excepción (quizás me permita algunas más). Al fin y al cabo, el tema es el mismo.

Amor de madre, ¿sólo química?

Las hormonas mandan en el cariño que las parturientas tienen por sus hijos, pero factores sociales como la pobreza extrema pueden alterar ese proceso biológico

MÓNICA SALOMONE

EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008

Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.

El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.

La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. Hace tres años el grupo de Paul Zak, director del Centro para Estudios Neuroeconómicos, en California (EE UU), vio que si rociaba con oxitocina a varios voluntarios, éstos se volvían mucho más dispuestos a confiar su dinero a un extraño. Y funcionaba sólo entre personas, no cuando se trataba de invertir por ordenador. También es reciente el hallazgo de que el distinto comportamiento familiar de dos especies de roedores, por lo demás muy similares, se debe a la oxitocina y a otra hormona similar, la vasopresina. La especie que vive en llano crea relaciones monógamas largas para cuidar a las crías, mientras que en la de montaña hay mucha promiscuidad y los machos pasan de la prole. Las primeras tienen muchos más receptores de oxitocina y vasopresina que las de montaña.

Es decir, que "la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo", ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. Varios trabajos han demostrado que los ratones sin receptores de opiáceos no muestran preferencia por sus madres. Y al contrario, cuando a crías de rata sanas se las separa de sus madres son los opiáceos y la oxitocina lo que calma su ansiedad.

Pero, volviendo al vínculo materno-filial, ¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. Así que el amor materno empieza a fraguarse muy pronto, a base de hormonas. No en vano la Organización Mundial de la Salud recomienda hoy que el recién nacido sano y su madre estén juntos -la observación del bebé "no justifica la separación", dice la OMS-, y que la lactancia sea "inmediata, incluso antes de que la madre abandone la sala de partos".

La mayoría admite hoy que hay un periodo sensible inmediatamente después del parto, en el que el recién nacido está tan receptivo al olfato y al tacto que, colocado sobre el cuerpo de su madre, puede llegar él solo al pezón y empezar a chupar. En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. Y el pequeño no sólo busca comida. Harry Harlow -para muchos un torturador de animales- demostró en los sesenta que los bebés de mono prefieren madres falsas de cálido paño incapaces de alimentarlos a otras con biberón hechas de alambre.

"El recién nacido es un mamífero que necesita el contacto con la madre que lo acaba de parir. Tiene que sentir su olor, su tacto, escuchar su voz", dice Gema Magdaleno, matrona del hospital La Paz, en Madrid. "Lo antinatural es separarles. La madre y el hijo son dos desconocidos que necesitan reconocerse, es algo muy animal. En ese primer momento comienza la impronta". En La Paz están empezando a implantar el método piel con piel cuando el niño nace sin problemas: tras una inspección rápida el bebé sano es colocado desnudo junto a su madre y suben juntos a la habitación en la misma cama. "Las madres están mucho más satisfechas. Y en los recién nacidos hay síntomas físicos clarísimos: no lloran, respiran más tranquilos, buscan la mirada de su madre, tienen movimientos más armónicos y comienzan antes a mamar. Lo raro es que a estas alturas haya que explicar algo obvio", dice Magdaleno.

No siempre fue tan obvio. Con la medicalización de los partos -que trajo un gran descenso en la mortalidad infantil- también se impuso el uso de nidos, y pareció olvidarse un comportamiento madre-hijo que millones de años de evolución han seleccionado para promover la supervivencia de una cría que nace muy inmadura. Ha habido que redescubrir la importancia del contacto para que métodos como el piel con piel se vayan imponiendo con mayor o menor rapidez.

En España parece que con menor. "En muchos hospitales españoles aún se tarda mucho en poner a los hijos con sus madres", dice Ibone Olza, psiquiatra infantil del hospital Puerta de Hierro y miembro de la campaña Que no os separen (www.quenoosseparen.info) que promueve el piel con piel, también en prematuros.

El problema es más grave con los niños que no nacen sanos, y que quedan ingresados cuando "no han llegado aún a hilvanar los sentimientos padre-madre-hijo", explica Carmen Pallás, jefa del Servicio de Neonatología del hospital 12 de Octubre. Sólo 8 de 83 unidades neonatales españolas dejan entrar libremente a los padres, dice Pallás: "La mayoría restringen las visitas de forma drástica, en algunos casos impidiendo cualquier tipo de contacto a lo largo de todo el ingreso. La relación padres-niño puede verse seriamente distorsionada en estos casos". En el 12 de Octubre hay voluntarios, a menudo personal del propio hospital, que practican el piel con piel con bebés que, por distintos motivos, no pueden ser visitados por sus padres. Los beneficios de esta práctica se consideran probados.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el vínculo no puede establecerse en el nacimiento? ¿Qué pasa en las cesáreas? ¿En los niños adoptados? "El momento en torno al parto es una oportunidad muy buena, pero lo bonito es que hay muchas más. Los padres de niños adoptados establecen vínculos muy intensos con sus hijos", responde Olza. "Los niños tienen una plasticidad enorme. Incluso si traen secuelas, su capacidad de superación cuando tienen unos padres que los quieren es maravillosa".

Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de la Rumania de Ceausescu respondían con menos oxitocina de lo normal a sus madres adoptivas. También se ha visto que los niños que no han podido establecer vínculo alguno con un cuidador tienen a menudo síntomas propios del autismo. Y es que hoy se sabe que la explosión bioquímica del apego moldea el cerebro y deja su firma en la vida adulta.

"En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido", explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. "El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales". Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.

Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? En la Comunidad de Madrid (CAM), cada año entre 30 y 40 madres dan sus bebés en adopción tras parirlos en hospitales -se llaman renuncias hospitalarias-. Y anualmente se dan unos tres abandonos en la calle, que se sepa. En la Comunidad Autónoma de Madrid dicen que estos datos no han variado en los últimos años. En Cataluña hubo 54 renuncias hospitalarias en 2007, 57 en 2006 y 43 en 2005; un bebé fue encontrado en la calle en ese periodo. Cada comunidad tiene sus datos. Y no parece que el fenómeno aumente sino más bien al contrario.

En cualquier caso el abandono no es algo nuevo, a pesar de que varias ciudades europeas han instalado buzones-bebé. La antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy habla en El pasado, presente y futuro de la familia humana de miles de niños abandonados en instituciones de París en torno a 1780. Investigadores del Instituto de Economía y Geografía (IEG) del CSIC dicen que Madrid no era muy distinto. En 1812 entraron en la inclusa madrileña 1.800 niños abandonados, y murieron todos. "A lo largo del primer tercio del siglo XX esa cifra se mantuvo entre 1.300 y 1.500 niños cada año, de los que morían el 62%", explica la doctoranda del Instituto de Economía y Geografía Bárbara Revuelta.

¿Qué pasó en esa época con el instinto maternal? Datos como los anteriores han hecho que muchos nieguen su existencia, y devuelvan el peso a la sociedad. "La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño", ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.

Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.

Ellos también paren. O casi


M. S.

EL PAÍS - Sociedad - 13-07-2008


Ellos también paren. O casi. En el año 2000 se descubrió que en los hombres que conviven con mujeres embarazadas también aumentan hormonas como la oxitocina y la prolactina a medida que progresa el embarazo hasta alcanzar un 20% de media en las semanas anteriores al parto. Es más, da igual si él no es el padre de la criatura: también le pasará. Las hormonas ayudan al hombre a querer al bebé, lo que casa muy bien con lo que los expertos ven en la clínica. "Ellos se apegan prácticamente igual a los bebés", dice Ibone Olza. "Hay cosas, como la lactancia, que sólo la madre puede hacer, pero los papás también segregan oxitocina cuando se ponen encima a los bebés, y su cerebro también cambia. Hay que animar a los papás a que cojan y acaricien a los bebés".

Este descubrimiento llega cuando en las sociedades occidentales el rol masculino en la familia tiende a cambiar, con padres que quieren pasar más tiempo con sus hijos y que incluso comparten la baja maternal. Si la biología masculina siempre ha preparado al hombre para ello, ¿por qué ha tardado tanto en manifestarse? Una de las posibles respuestas es que se trata de un cambio paralelo al otro gran cambio social reciente, la incorporación de la mujer al trabajo.


Pero para el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Gerardo Meil, que ha estudiado el uso social de los permisos parentales, son más importantes otros factores, como que ahora se tienen menos hijos. "Algunos padres han interiorizado el cuidado de los hijos y lo ven como parte de su realización personal. Saben que es una oportunidad en la vida que no se quieren perder, y están dispuestos a aparcar su vida laboral por ello. Lo que hemos visto es que el discurso de los hombres de construcción del vínculo no es muy distinto del de las mujeres".

sábado, julio 12, 2008

Neurociencia terapéutica

Después de dedicar algún tiempo a los estudios de género y de empacharme leyendo y escuchando a quienes reducen las diferencias entre hombres y mujeres sólo a una construcción cultural interesada, tenía muchas ganas de oír otra música. Y decidí matricularme durante este mes de julio en el curso Cerebro, sexo y conducta de la UPF, coordinado por el neurólogo Nolasc Acarin, autor de El cerebro del rey, una introducción espléndida a estas cuestiones. En los siguientes posts intentaré dar cuenta de mis aprendizajes.

Desde hace tiempo, defiendo que toda propuesta de reformulación de la condición femenina y masculina en aras de la igualdad, debería partir de un profundo conocimiento de nuestro sustrato biológico. Intentar explicar todos los comportamientos masculinos y femeninos sólo en términos de dominio masculino y opresión femenina me parece un exceso difícil de digerir. Sin embargo, esta es la línea argumental que prevalece en la formación de los adolescentes en estos momentos.

Por supuesto, el efecto de este nuevo catecismo sobre los chicos y las chicas es nulo, porque ellos y ellas -en plena explosión hormonal- están por otras cuestiones, y prefieren entregarse a los juegos del pavoneo y la seducción de siempre, antes que enredarse en discusiones que les resultan bizantinas. Y me temo que la desconexión acaba siendo absoluta. No hay más que mirar sus fotologs: las herramientas de comunicación han cambiado pero los mensajes en esencia son los mismos que los de nuestros ancestros (a lo largo del curso se han ido desgranado). Sin embargo, la lectura que hacen de esta evidencia muchos estudiosos del género es la de la prevalencia del sistema de opresión patriarcal y de la masculinidad tradicional, y para combatirlo articulan un discurso que sitúa la masculinidad bajo sospecha permanente. Una vía que desconcierta a los chicos –“¿estaremos todos contagiados de la ideología de la dominación masculina?”- y aburre a las chicas, conocedoras de sus propios poderes y poco predispuestas a ver en los chicos a seres tan peligrosos. Sería más acertado hablarles lisa y llanamente de la carga genética que nos condiciona y que es fruto de una larga historia de adaptación al medio, un medio que en las últimas décadas ha experimentado cambios rápidos y muy radicales.