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martes, junio 26, 2007

La pérdida del pasado. Tradiciones y ligue.

Uno de los fenómenos que más marcan nuestras vidas, es la insustancialización del pasado, superado por el imaginario social individualista y horizontalizador de la globalización, arrasado por un hipercriticismo que deslegitima obsesivamente su herencia y , finalmente, barrido por un tsunami de consumo y nuevas tecnologías, que reduce la evocación del ayer a simple inspiración de modas pasajeras, sin más virtualidad que la de combatir con su cosquilleo el tedio que nos produce el presente perpetuo, romo y superficial, en el que vivimos.

Ha desaparecido de nuestras existencias el tiempo denso de la tradición y del rito[1], que actualiza el pasado a través de los actos y gestos compartidos por la comunidad, dotándolos de profunda significación.

La pérdida del ayer ha dejado a nuestros jóvenes desarmados, sin referentes para elaborar y organizar sus experiencias más cruciales. Quizás por ello, urge más que nunca enseñarles a dialogar de nuevo con el pasado -sobretodo con el pasado cíclico de las tradiciones y los ritos- y mostrarles su riqueza antropológica. En este momento crucial de pérdida de operatividad de los antiguos patrones de conducta, la necesidad de conocer cómo se han gestionado hasta ahora las pulsiones y los anhelos humanos es mayor que nunca. Hay que reabrir el baúl de la historia no tanto para recuperar o recrear los grandes relatos –la construcción de los estados, la lucha por la dignidad, el avance científico tecnológico, la destrucción del los equilibrios medioambientales..., etc.- , sino para algo mucho más modesto, pero también más urgente: para averiguar qué ingredientes inexcusables de una vida sabiamente humana hemos olvidado y nos conviene rescatar ahora. Estoy seguro de que el interés que despierta la novela histórica responde a esta intuición.

Cuestiones como la vivencia del tiempo, la relación con el dolor y la muerte, la búsqueda existencial de sentido, la noción de lo sagrado, la construcción de la identidad y de la intimidad, la experimentación de la sexualidad y el amor, la celebración de la vida, la articulación de la vida familiar, las relaciones de género, las formas de sociabilidad y sus perversiones, la secuenciación de la vida y el tránsito de una fase a otra, los imaginarios éticos, y otras muchas, son cuestiones relacionadas con el arte de vivir y que los manuales de historia raramente abordan. Deberían hacerlo. La historia siempre ha sido una mirada sobre aquello que más necesitamos del pasado.


A continuación, reproduzco un informe publicado en La Vanguardia del domingo 17 de junio de 2007, acerca de cómo ligan los jóvenes inmigrantes y que revela la tensión entre su pasado todavía rico y vivo, pero disfuncional, y un presente pobre y confuso en cuanto a pautas de conducta.


Dime cómo ligas y te diré de dónde eres

Los inmigrantes analizan las diferencias entre sus maneras de relacionarse.Las costumbres culturales para acercarse al otro son a veces una barrera a la hora de encontrar pareja y pueden provocar confusiones fruto del desconocimiento mutuo. Los inmigrantes valoran más el papel de los amigos y de la familia del futuro novio.



Milton, Susana y Max, peruanos de Barcelona, creen que en Catalunya el inicio de una,relación es más directo y frontal

MAITE GUTIÉRREZ. BARCELONA.



Ella le mira y le gusta lo que ve. Mientras aguanta su copa en el pub lanza una mirada a un chico. Él le responde con una media sonrisa en plan "sé lo que quieres y yo también lo quiero". Se atraen, pero, como él no se decide, ella pasa al ataque. Bueno, ella no, sus amigas. Tres veinteañeras se acercan hasta el hombre para sonsacarle información. Le preguntan si está comprometido, qué le parece la chica que le ha mirado, que si ella es muy buena persona, muy guapa... Hasta que él se cansa y espeta: "¡Parecéis crías de doce años!".Pero ni son crías ni padecen de inmadurez. "En mi país se liga así", explica Stephanie, una senegalesa de 27 años que llegó a Barcelona hace seis y que pasó por ese trance una noche saliendo de copas. Ella ha visto cómo las diferencias culturales se notan incluso en el arte del flirteo, "como mínimo, hasta que te adaptas a lo de aquí". Para los inmigrantes solteros recién llegados, las costumbres a la hora de acercarse al otro condicionan el inicio de la relación amorosa con los autóctonos y dan lugar a malentendidos. Jóvenes de cinco países explican a La Vanguardia las reglas no escritas de la seducción en sus lugares de origen y qué les ha sorprendido de la manera de hacer catalana.

SENEGAL, AMIGOS Y CELESTINOS .

Aquí, la actitud que tuvo Stephanie al querer conocer a un chico pasa por infantil, pero en Senegal es una de las fórmulas para buscar pareja. Omar Diatta, un estudiante de cine de 29 años, de Diembering (sur de Senegal), afirma que este comportamiento se debe a la importancia que se da al grupo en su país. "Es difícil generalizar, porque en las grandes ciudades se está copiando el método de ligue occidental, pero en mi región la utilización de intermediarios está muy extendida", dice.

"Los jóvenes van en grupos de amigos y familiares, de 10 personas por ejemplo, pero siempre hay dos o tres personas en las que más confías. Si una chica te gusta, o al revés, ellos se encargan de ir a tantear el terreno y preparar la cita, y eso va bien porque a veces da vergüenza hablar con una persona por primera vez y con los amigos alrededor es más fácil", asegura. Antes de que los dos queden, el grupo lleva a cabo una investigación exhaustiva sobre la potencial pareja. "Cuando le echas el ojo a alguien, primero tienes que averiguar cómo es, si se trata de una persona educada, si tiene pareja y, sobre todo, si es sociable, porque, como vivimos en grupo, es muy importante que acepte a tus amigos y tu familia", explica Omar.

De Catalunya le extraña que algunas parejas pasen de amigos y familiares si no se llevan bien con ellos. "Parece que si ellos dos están a gusto, lo demás no importa, y en mi región tienes que pensar en la comunidad en la que vives, es una relación menos individualista", afirma este futuro director de cine. También le sorprende que los problemas de pareja se queden ahí, en la pareja. "Aquí mucha gente no acepta que te inmiscuyas en su relación, pero en Senegal lo normal es que los amigos intercedan, qué digo normal, es que tienen la obligación moral de solucionarte el problema, incluso cuando hay cuernos tienen que gestionar la crisis", dice Omar. Sobre los rollos de una o más noches, afirma que eso en las zonas rurales no existe, "aunque en las ciudades grandes sí que es habitual". Tampoco triunfa mucho el ligue en discotecas o fiestas, "porque no te da tiempo a conocer a esa persona, todo es muy precipitado, ¿y si es novia de un primo lejano?". Cuando la investigación personal concluye y se consigue una cita no hay que esperar mucho para formalizar la relación: "Si quedas dos o tres veces, ya está, en cambio en Catalunya parece eterno: tienes que ir al cine, a tomar café..., Eso es porque antes no se han preocupado de averiguar cosas sobre esa persona".

PERÚ, A LA ESPERA DEL CORTEJO.

Según Max, Milton y Susana, tres peruanos que estudian en el Institut d'Educació Continua de la UPF -Max ya ha acabado sus estudios y trabaja-, en Catalunya existe un salto de intensidad en el inicio de las relaciones. Milton cree que aquí todo es "más frontal, directo y seco", algo que Susana no ve del todo mal, ya que en su país "a veces se dan demasiadas vueltas cuando te gusta alguien", aunque todo tiene su límite. Esta estudiante de Ciencias Políticas recuerda que lo que más le sorprendió cuando llegó, en enero, fue "la facilidad con la que los hombres te abordan, entras en algún local y por el pasillo ya te llaman, en Perú, en cambio hay un juego de ajedrez previo, un tanteo, se espera al cortejo". Max destaca que en España el tipo de relaciones es más homogéneo, pero en Perú "hay regiones muy diferenciadas entre sí, y
con hábitos distintos, desde la más occidental, en la costa, a la más tradicional, en el interior". Aunque los tres coinciden en que las mujeres de la selva tienen fama de ser "muy ardientes y lanzadas". Susana admite que es muy raro que una chica peruana dé el primer paso. "Eso haría sentir inseguro al hombre, hay mucho machismo", afirma. Como en Senegal, en Perú funciona el intercambio de información, "la gente se basa en círculos de amigos para ligar, en cambio aquí se va más a por todas". Aun así, pese a existir diferencias, creen que las dos culturas tienen mucho en común y que el hecho de ser sudamericanos es un punto a favor a la hora de ligar. "Aquí se nos considera muy cariñosos y tranquilos y creo que la gente busca algo así porque en general los catalanes se parecen bastante a los nórdicos", dice Susana, que no ha tenido problemas para relacionarse.

RUMANÍA, AL ESTILO CLÁSICO

Paseos por el parque agarrados de la mano, relaciones serias que duran para toda la vida, la aprobación de los padres siempre por delante... "En Rumania todo se hace de un modo más clásico", explica Anna Maria, una joven que llegó a Cerdanyola del Valles desde Bucarest con su familia hace ocho años, cuando ella tenía doce. En su país de origen los códigos de la seducción se convierten en reglas casi oficiales que, si se es buen chico, hay que seguir. "Allí todo está muy establecido y los jóvenes saben exactamente cómo comportarse, no como en España, donde hay mucha incertidumbre en cuanto a las relaciones". Para empezar, no existe el concepto de rollo, por eso no es de extrañar que, recién llegado a Cerdanyola, su hermano flipase, como ella dice, con la manera en que se relacionaban los jóvenes. "Nos quedamos alucínalos, no podíamos entender cómo la gente primero se besaba y luego se conocía". Según cuenta, aquellos que son "decentes" tienen dos formas de conseguir pareja en Rumanía: a través de amigos o en el centro de estudios. Y remata la explicación con algo que recuerda, otra vez, a la historia de Senegal y Perú: "Es que allí las referencias son muy importantes, no te acercarás a una persona si no sabes algo sobre ella". Lo del abordaje en la discoteca o en la calle está "muy mal visto, incluso se considera una falta de respeto hacia la chica". Además, el noviazgo se toma tan en serio que una pareja no rompe por cualquier cosa, "al contrario que aquí, en Rumania se lo piensan dos veces antes de estar con alguien y cuando se casan cuesta muchísimo divorciarse, a veces incluso los cuernos se perdonan". Ella ha elaborado su propia mezcla de culturas, y lleva dentro una parte de cada país: "Si me comparo con mis amigas catalanas, creo que soy muy clasicona, pero más liberal que los chicos de Rumania, aunque a veces pienso que para encontrar a un marido tendré que ir a Rumania".

COSTA DE MARFIL, SIN EROS

Definir las relaciones allí es "muy complejo", asegura Kader, un estudiante de Filosofía de 24 años que llegó a Barcelona hace pocos meses. "La religión o la ausencia de ella, las diferencias entre la ciudad y el campo y las tradiciones tribales determinan las relaciones de pareja", dice. En algunas zonas los matrimonios se conciertan y no existe espacio para la iniciativa propia. En cambio, donde hay más libertad "el ritual de seducción es muy similar al de aquí, con la diferencia de que allí no existe el concepto de amor romántico, de eros, que tienen los europeos, los contactos esporádicos con otras personas están más aceptados y en este sentido creo que Catalunya se parece bastante a África".

MARRUECOS, EN EL MERCADO

Ahmed, obrero de la construcción de 30 años que lleva diez en Cerdanyola, dice dar dos consejos a sus compatriotas solteros recién llegados: "No creáis que aquí las chicas son tan fáciles como cuentan y no tratéis de entablar conversación en un mercado o en plena calle". Cuando no se conciertan los matrimonios, este último método "se utiliza mucho para ligar allí, en cambio aquí parece que sólo te puedas acercar a alguien si sales por la noche". La actitud de las mujeres, dice, provoca que muchos compatriotas vuelvan a Marruecos para buscar mujer, "a algunos les parecen demasiado liberales y también vemos prejuicios hacia nosotros".»


[1] Aunque hay reacciones compensatorias. Desde hace poco, vivo en una población relativamente pequeña – Cardedeu – en la que se percibe la sana voluntad de mantener un ciclo anual de hitos y celebraciones –algunas muy recientes, otras realmente antiguas- y, lo cierto es que esta combinación de escala pequeña y vocación cíclico-festiva resulta eficaz. Sin embargo, en una gran ciudad como Barcelona –de donde procedo-, la multiplicidad de gentes, referentes, espacios y actividades producen un efecto de magma difuso y amorfo, que diluye cualquier intento de escenificar rituales compartidos y amenaza constantemente con convertirlos en irrelevantes e indiferentes.

jueves, mayo 10, 2007

"Evitar el Fin del Fin"

En mi vida había encontrado una síntesis tan concisa, alternativa y radical de la visión de la historia y de la civilización occidental como la que ofrece la Junta de Extremadura en su Guía del Mundo 2007. Tiene la virtud de reunir ágil y armoniosamente todos los lugares comunes de los llamados movimientos sociales “progres” (antiglobalización, feminismo, indigenismo, etc,) en un texto que merecería un lugar de honor en cualquier antología catequética. La reproduzco en parte y que cada uno juzgue...


La Historia y lo que oculta la globalización

De creer lo que Francis Fukuyama, asesor del gobierno de Estados Unidos, acuñara en un panfleto a inicios de la década de 1990, en este siglo XXI, estaríamos viviendo el "Fin de la Historia". Se trataría del tiempo del fin de las edades y las naciones, que han de disolverse necesariamente en una comunidad global que ha resuelto sus diferencias, y por lo tanto, su historia.

La Historia, básicamente, es la herencia de la narrativa bíblica: en ella, el tiempo es lineal y tiende hacia un fin (en el caso bíblico, el juicio final y el cese del tránsito por "este valle de lágrimas" al que fueron deportados los humanos tras el pecado original). Esta es una noción patriarcal, que no coincide con la idea femenina de tiempo, regida por los ciclos menstruales, ni con la de la gran mayoría de los pueblos con narrativas que no proceden de la semítica, que prefieren concepciones también circulares. Así, por ejemplo, era circular -basada en los ciclos de la naturaleza- la ordenación del tiempo por parte de los miles de pueblos que vivían en el continente que finalmente fuera llamado América por los conquistadores europeos. Algo similar ocurre con la de los africanos que fueron sometidos por Europa y el Islam, mientras sigue su marcha el ciclo de reencarnaciones de varias culturas de la India.

La civilización occidental

La civilización occidental, al llevar adelante la mundialización, ha impuesto asimismo su propia narrativa, su forma de ordenar el tiempo y, con ella, su modelo de explotación del planeta. En este sentido, la narrativa de la Historia es directamente del agotamiento de especies y reservas naturales que, de no corregirse el rumbo, pronostican que sí habrá un Final de los Tiempos. Para encontrar alternativas a esta amenaza se hace imprescindible que los pueblos del Sur reafirmen su diferencia histórica y brinden alternativas al modelo agotado.


Historia y tecnología

Un elemento a la vez cultural y tecnológico, como es la escritura, es lo que, dentro del modelo occidental, marca el ingreso a la Historia. Es decir, Occidente entiende por prehistoria aquella edad en que los humanos carecían de escritura, y por historia su capacidad de documentar escrituralmente su pasaje por el mundo. Como a partir del siglo XV y XVI los conquistadores europeos se encontraban con pueblos que guardaban sus tradiciones de forma oral, y no escrita, pasaban a considerarlos "pueblos sin historia". Lo que equivale a decir que la mayor parte de la población del planeta, de acuerdo a este modelo, vivía en condición ahistórica, y su conquista y sometimiento, siempre según este modelo, marcaba su ingreso a la Historia y a un mundo con teleología, es decir, con finalidad.

El "progreso"

En el siglo XVI, Nicolás Machiavelo formuló un cambio dentro de la narrativa de la Historia. El hombre pasaba a ser su "agente", es decir, quien la decidía. Ya la narrativa no era de Dios, sino del Hombre. Con el imperialismo europeo del siglo XVI, además, comenzó a imponerse a gran escala la explotación de los recursos naturales sin respetar los ciclos: cavar la tierra para buscar metales preciosos o retener en presas los cursos de agua para procurar oro fue consecuencia "natural" de la imposición del Hombre sobre la Naturaleza. Es decir, explotar los recursos sin importar el cumplimiento de los ciclos: el Hombre estaba ahí para ser artífice de su destino y del planeta, es decir, para hacer Historia.

En el siglo XVIII, el viejo modelo judeocristiano conoció una nueva deriva: amparada en la Razón y el progreso tecnológico, la Humanidad, fatalmente, debía alcanzar la felicidad. Georg W. Hegel, posteriormente, dio un nuevo giro a la sintaxis bíblica: la Historia no era más que la dialéctica entre el Amo y el Esclavo, y cuando la Idea se revelara a sí misma, la Historia encontraría su Fin. Karl Marx, a su turno, dio un nuevo giro: estábamos viviendo la Prehistoria, cuyo motor era la lucha de clases; cuando esta lucha viera fin, habríamos llegado -por fin- a la Historia.

De este breve repaso resulta obvio que lo planteado por Fukuyama no es más que una vuelta de tuerca a esta sintaxis: la comunidad global que habría resuelto sus diferencias, gracias al progreso tecnológico; hegelianamente, la Idea se reconoce a sí misma en la omnipresencia del capitalismo, y las historias nacionales (dentro de la sintaxis narrativa, el análogo al "valle de lágrimas" judeocristiano) se disuelven en el tiempo sin límites del mundo globalizado: en breve, con la mundialización habríamos llegado al Paraíso, esa edad sin Fin.

La falta de legitimidad

La precedente enumeración no tiene otro fin que señalar que estas teorizaciones sobre la Historia y la conceptualización del devenir no son más que brotes del mismo árbol judeocristiano, una sintaxis que, con variantes, se le ha venido imponiendo a todos los habitantes del planeta. En rigor, el agente que Occidente ha impuesto al planeta no es otro que la tecnología: la globalización, más que una "resolución de diferencias", y más que una edad, es la imposición tecnológica de un modelo, el de la instantaneidad. A fuerza de satélites, módems y computadoras, todos los rincones del mundo han quedado sujetos y, en buena medida, interdependientes: la mundialización, que comenzó en el siglo XVI con las aventuras mercantiles europeas, se completa de forma tecnológica. Es más, carece de toda legitimidad, más que aquella que señalara Jean-François Lyotard: la del preformativo cuya única validez es la de autoenunciarse. No existe ya una narración que pueda legitimar a la tecnología, porque ya no se cree que ésta conlleve, como se creyó hasta el siglo XX, felicidad.

Actualmente, el modelo funciona solamente a partir de su rendimiento: el desarrollo tecnológico de Occidente ha interconectado al mundo, pero el mundo ya no puede vivir sin tecnología. Dicho de otro modo, los países del Norte no necesitan ya de las coartadas ideológicas del pasado (conquistar para "civilizar", para "llevar el progreso" a esos pueblos caídos de la Historia) para someter al planeta. Ahora no hay legitimación, sólo interconexión tecnológica que, de por sí, está cargada de ideología occidental, porque fue producida según los parámetros de desarrollo de Occidente. La medida del tiempo, otrora para muchos pueblos regida por los ciclos de la naturaleza o las fases de los astros, devino la del instante, la del último momento de los noticieros o la actualización de Internet. Dicho de otro modo, se trata de la imposición del modelo lineal judeocristiano a través de la tecnología, ya sin discurso. Paradojalmente, las reivindicaciones que se puedan hacer a nombre de la "diferencia" nacional, quedan obstaculizadas por la dependencia al modelo de desarrollo tecnológico.

La salida imposible

Hasta el momento, "emanciparse" de Occidente parecería tarea ardua y radical, por ejemplo, como la que tomaran los talibanes en Afganistán (que el resto del mundo vio con sorpresa, desagrado, hasta que finalmente consintió en su aniquilación) prescindiendo de computadoras, de televisores y antenas parabólicas. Esto comportaba, no una "vuelta a la Edad Media", como insistiera Estados Unidos antes, durante y después de los bombardeos que derrocaron al régimen Talibán, sino un intento de escindirse de la Historia (es decir, de esta narrativa occidental) y de su última enunciación, ésa que fuerza al planeta a vivir en un mundo instantáneo. Con sus infinitas diferencias y discrepancias, el planeta no pudo sino ver en el intento de emancipación de los talibanes un episodio grotesco, por la sencilla razón de encontrarse ya por completo "occidentalizado", es decir, "simultaneizado", dependiente de la tecnología que exportó el Norte, y con ella, de la ideología que le dio vida.

Paradojalmente, dentro de un relato que carece de legitimación, el mundo parece haberse totalizado, como pretendía Hegel. La Historia se ha demostrado una narrativa potentísima, un mecanismo de sumisión casi inmejorable. Más aún, si se retoma el modelo mencionado más arriba, se podría decir que, de las edades del mundo, ha tocado a Occidente dar al planeta su circularidad y completitud (el equivalente a la hegeliana idea de sí) y de unificarlo. Pero no se trata del Fin de los Tiempos, a pesar de que el modelo occidental de explotación de recursos naturales está amenazando seriamente el planeta. Los saberes de aquellos pueblos que aprendieron a medir su transcurrir en consonancia con los tiempos de la Naturaleza (es decir, con sus ciclos, y no con una fin ulterior) son imprescindibles para evitar el Fin del Fin. Dependerá de los pueblos de este mundo, y precisamente de las estrategias a las que recurran para reafirmar su diferencia histórica, que el devenir recupere su sentido y, acaso, su legitimidad.