jueves, agosto 30, 2007

Miedos hipotéticos de unos jóvenes aparentemente maduros.

La noche del lunes 16 de agosto la dediqué a pasear por Gracia. Pude disfrutar de algunos conciertos de jazz y de un ambiente festivo y sosegado. Me pareció incluso demasiado sosegado. Pero, cuando ya me retiraba, oí a lo lejos una música más animada. Provenía del tramo de la calle Córcega colindante con el Paseo de Gracia. Allí se habían congregado una multitud de jóvenes con edades que podían oscilar entre los 15 y los 25 para hablar, beber y moverse cobijados por ritmos electrónicos de intensidad variable. Una ocasión -me dije- de conocer de cerca la multiplicidad juvenil en un medio diferente al habitual.

Como no domino demasiado el catálogo de modas y tribus juveniles, me resulta difícil adscribir a corrientes o grupos específicos a los chicos y chicas que tuve entonces ante mis ojos. En general dominaba un eclecticismo mestizo de amplio espectro, aunque todos parecían participar de un estilo indolente y desinhibido, con toques de desdén y trascendentalismo. Desde luego no había ni skins, ni góticos, ni okupas, ni hiphoperos ni quillos, ni lolailos, ni garrulos, ni punks, ni tampoco pijos (casualmente una pareja pijilla cruzó por aquel enclave –él con camisa llamativa y ella con vestido largo y zapatos de aguja- y huyó despavorida). Pocos piercings y tatuajes. No olí ni a hachís, ni a marihuana. ¿Solidarios, indies, emos?. ¿Identidades palimpsesto?. Me pierdo.

Flotaba, eso sí, un halo posthippie de inconformismo forzado y hedonismo fatalista. Allí nadie reía, ni se permitía excesos disonantes, ni alardes de desmesura. Si alguno se decidía a exhibir su energía, lo hacía con precisión gimnástica. Aunque estuvieran muy cerca unos de otros, conseguían moverse sin rozarse, siguiendo órbitas independientes. Algunos, situados en la periferia, con su cerveza en la mano parecían indiferentes al resto y sólo alteraban ocasionalmente su estatismo con leves movimientos del tronco. Las miradas mezclaban desdén por el mundo y una lubricidad arrogante. Parecían marineros que han navegado por mil mares y que ya están de vuelta de todo.

Me costó detectar diferencias de género destacables. Entre los chicos, primaba el cuerpo moderadamente musculado y la desenvoltura artificiosa. Algunos exhibían ademanes de desidia y abandono que parecían muy estudiados. Era evidente que la puesta en escena estaba muy calculada. Entre las chicas me sorprendió la abundancia de rostros que exhibían muecas de acritud y sufrimiento aparente. Ignoraba que semejantes poses pudiesen resultar seductoras, pero así debía ser porque –cómo corresponde- el juego mutuo de seducción era obvio.

Me pregunto hasta qué punto lo que vi es representativo de un sector de la juventud actual. En cualquier caso, aquellos jóvenes eran reales y no respondían al patrón de conducta tópico.

Estos día estos leyendo simultáneamente Anatomia del miedo de J. A. Marina e Identidades inciertas: Zygmunt Bauman de Helena Béjar, Y no pude evitar formularme una pregunta: ¿a qué tendrán miedo estos jóvenes? . Aplicando el viejo principio contrafóbico y nada científico del “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, propongo como hipótesis los siguientes miedos:

1. Miedo a no ser nadie

Da la impresión de que la construcción de la propia identidad ha pasado a ser la empresa más absorbente de los adolescentes y jóvenes actuales. Es lógico porque si el hambre de identidad se ha convertido en un componente permanente de la vida de los adultos, que aparentemente ya la han conquistado, entre quienes aún pugnan por alcanzarla, el desasosiego por conseguirlo adquiera ahora tintes más dramáticos que nunca.

Con una estructura familiar más sólida, un entorno con rostros en los que encontrar reconocimiento, un futuro laboral plausible –además vinculable a las aspiraciones personales- y unos referentes conductuales más definidos, conquistar la propia identidad era una tarea asequible y requería menos esfuerzo, incluso aunque fuera por la vía de la rebeldía, ya que al menos el marco de referencia al menos no era confuso. Pero, el joven actual se encuentra con estructuras familiares debilitadas; un entorno que en lugar de sentimiento comunitario, destila indiferencia; un futuro que se augura caprichoso y mudable más allá de los propios esfuerzos y decisiones; y un presente sin contornos, absolutizador y omnirelativizante que alimenta sin cesar la ilusión de deseo e intensidad y el consumo ciego de instantes.

Navegar por este mar proceloso sin quedar ser absorbido y disuelto exige dotarse cuanto antes de una identidad. Pero es difícil construir una identidad sin una comunidad y un proyecto de futuro reconocibles, precisamente dos de las carencias que caracterizan nuestro presente. Además de ser posible actuar así supondría comprometerse, algo que choca abiertamente con principios y mandatos como los del relativismo y de la autonomía que los jóvenes la mayoría de nuestros jóvenes ya han introyectado.

¿Cómo adquirir entonces una identidad? La solución más rápida y socorrida es simularla. A falta de una comunidad real o de un proyecto verdaderamente compartido, existe una opción más asequible: disfrazarse, fingir y escenificar tener una identidad. No requiere siquiera la presencia de una comunidad tangible, basta que los demás la reconozcan, aunque sólo sea como una referencia virtual. Una identidad así no exige ni compromiso, ni exclusividad, y tolera fácilmente la sustitución, la mezcla, la superposición, la creación y la recreación identitaria.

Disponer de una “identidad de préstamo” o crear “identidades palimpsesto resulta fácil. Además permite resolver el problema cómodamente en el mercado, donde las identidades de catálogo cuentan con un abundante merchandising. “La identidad la podemos adquirir comprándola en el mercado como cualquier otro producto. No nos viene dada, como antes, por la familia, por la clase social… Construimos una identidad por aquello que consumimos, por aquello que vestimos…” comenta Joan Carrera Identidades para el siglo XXI, p. 11).

Pero estas identidades simulacro prefabricadas obviamente son débiles. Cómo señalaba Baudrillard, “…cada cual busca su look. Como ya no es posible definirse por la propia existencia, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen - ¡look, look! -. Ni siquiera es narcisismo sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la que cada cual se convierte en empresario de su propia apariencia.” “Ya no tenemos tiempo de buscarnos una identidad en los archivos, en una memoria, ni en un proyecto o un futuro. Necesitamos una memoria instantánea, una conexión inmediata, una especie de- identidad publicitaria que pueda comprobarse al momento. Así, lo que hoy se busca ya no es tanto la salud, que es un estado de equilibrio orgánico, como una expansión efímera, higiénica y publicitaria del cuerpo -mucho más una performance que un estado ideal-. En términos de moda y de apariencias, lo que se busca ya no es tanto la belleza o la seducción como el look.”
http://caosmosis.acracia.net/?p=668

El éxito de la identidad prefabricada radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa…Lo peligroso de todo disfraz es que es posible acabar por encontrarse en la complicada y ambigua posición del travestido. La metamorfosis en un ser del sexo contrario –o su imitación– es una de las más extendidas en la historia de la humanidad (la más básica pareja de opuestos). Se trata de esas mujeres con tacones altos y maquillajes exagerados, esos hombres con barbas y brazos inundados de tatuajes –sin duda calcomanías socorridas que mañana desaparecerán con agua –. Son las Marylyn’s y los marineros; no son hombres ni son mujeres, son la esencia de lo masculino y lo femenino, son lo narrativo del estereotipo. Sin embargo, el estereotipo es una categorización reducida a sus rasgos más grotescos, esto es, a una caricatura. De modo que ser estereotipado es vivir una “identidad” clausurada por la mirada generalizadora y etiquetadora del otro. Como dirá Sartre “el otro es una mirada de la cual soy objeto” y a través de ella logro mi objetividad. Nos vestimos al caer en la cuenta de que estamos presentes ante otros, que son ajenos a nuestra (propia) interioridad. Ante esa mirada del otro configuro mi exterioridad como expresión de lo que soy. Esto nos enriquece, porque añade a nuestro ser corporal nuevos significados que expresan la riqueza interior, dándole así a nuestra apariencia (externa) una gran profundidad. La constitución de nuestra identidad, como intento mostrar, tiene lugar desde la alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva –que otorga consistencia a mi ser –, que me convierte en espectáculo. Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas exigencias de la teatralidad de la vida social. Lo característico de la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad, y por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia…El éxito de la identidad prefabricada radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa –los valores en alza–. La moda, pues, no es sino un diseño utilitarista de la propia personalidad, sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia.

http://www.ucm.es/info/nomadas/11/avrocca2.htm

Desde el simulacro es difícil construir una identidad. Sólo la interiorización de la experiencia personal en interacción con los demás permite alumbrar auténticas identidades que hagan posible establecer relaciones verdaderas. Y como cita Marina: “un hombre vale lo que valen sus relaciones” (Maurice Merlau-Ponty).

2. Miedo a no resultar interesante

Asumiendo lo discutible de mis apreciaciones, esa noche creí detectar en aquellos jóvenes una verdadera obsesión por parecer interesantes.

Es lógica la preocupación por atraer y gustar entre los adolescentes que se inician en la seducción, pero el “parecer interesante” introduce un plus especial de sofisticación en ese juego. Se trata de despertar el interés del otro dejando apenas entrever cualidades ocultas, que el otro sólo podrá descubrir si se aproxima.

Y, ¿qué cualidades? En este punto, sí creí detectar estrategias de género diferentes.

Entre los chicos, sin duda, era importante aparentar sobre todo seguridad. Una seguridad que pareciese fruto de las destrezas desarrolladas tras una vida densa e intensa, más que de un fortalecimiento físico conseguido en el gimnasio.

Seidler (Masculinidades. Culturas globales y vidas íntimas, Montesinos, 2006, p. ) habla de la tendencia masculina actual a fortalecer el cuerpo cómo compensación a la inseguridad reinante y sin duda muchos chicos la secundan. Sin embargo, el trabajo que habían realizado aquellos muchachos era más sutil: habían logrado invisibilizar su vulnerabilidad interna y parecían creer sinceramente que disfrutaban de la autosuficiencia soñada. En el fondo, se trata de una opción parecida –aunque el autoengaño y fingimiento es mayor-, que implica también enajenarse de la fragilidad íntima, con el coste de "dejar de sentir lo que se siente" y de no concebir siquiera la posibilidad de pedir ayuda (y lógicamente también de ofrecerla). De este modo, aunque con máscaras renovadas, la masculinidad tradicional se perpetúa. Hoy como ayer, “los hombres aprenden a ocultar su vulnerabilidad, incluso a sí mismos. Pero si no pueden permitirse ser vulnerables, -pregunta Seidelr- ¿cómo pueden permitirse amar?.” (Seidler, p. 79).

Entre las chicas, como ya he dicho, dominaba un look sufriente que no parecía de origen reactivo inmediato, sino más bien derivado de una especie de toma de conciencia trascendental del mal del mundo. Quizás es lo que más me chocó, pero tiene sentido. De hecho, entre muchos colectivos juveniles parece bien visto que el disgusto con el presente impida sentirse y mostrarse feliz.

Pero, ¿porqué han de monopolizar las chicas la expresión emocional de esta desazón?. ¿Quizás porque sigue aún vigente el principio de género según el cual las mujeres para seducir han de mostrarse emocionales? Si es así, no cabe duda que mostrarse desdichado es una estrategia eficaz, porque invita a los chicos a romper el hielo e interesarse por ellas, máxime si ese sufrimiento retenido y macerado tiene raíces tan hondas. ¿Un modo más aceptable de legitimarse como objeto del deseo masculino?.


3. Miedo a mostrarse excesivamente interesado por nadie (o por nada)

Tuve la sensación de que todos -chicos y chicas- se miraban con frialdad calculada y siempre de soslayo, exhibiendo independencia y suficiencia. Una actitud –me dije- muy representativa de la “cultura de la evitación” (Gauchet, citado por Béjar) de nuestro momento histórico. ...Te necesito pero poco, por eso al mismo tiempo te evito. No quiero crearte expectativas excesivas, porque no quiero establecer contigo vínculos dependencia que acaben restringiendo mi autonomía. Pero te miro de reojo, porque si lo comprendes, quizás podamos entendernos y negociar nuestros intereses coyunturales.

Estaríamos en la línea de las “relaciones puras” invocadas por Giddens y que condenan la dependencia como una enfermedad. Béjar las glosa así: “En el universo de las relaciones puras, hay que se “flexible”, es decir aprender a independizarse, a desasirse del otro, tanto del amor que siento hacia él como – y sobretodo- del que él siente hacía mí, que se torna enseguida en una carga”.

El individuo necesita del otro para construir su identidad –experimento siempre inconcluso que requiere mantener siempre abiertas todas las opciones- , pero el otro es simultáneamente la máxima amenaza con sus probables expectativas de fidelidad y compromiso. Se instila la ilusión de que los otros pueden vivir en función de la propia autorrealización personal, que es lo que realmente importa.

Por eso, Esther Iborra tituló La generación del imposible Del porqué entablar y mantener relaciones resulta hoy tan complicado ( Ed. Espejo de Tinta, 2006, bitacora homónima http://lageneraciondelimposible.blogspot.com/) su estudio sobre las relaciones amorosas de nuestros jóvenes actuales. Al respecto comenta Béjar: “El resultado de esta ambivalencia entre la búsqueda permanente y el deseo de encuentro lleva a una identidad incompleta, caracterizada por la indefinición y la no-finalidad. Es más, la conciencia de esta ambivalencia es enervante y genera una angustia sin fin… Todo ello se traduce no en un crecimiento de la capacidad amatoria –de la inteligencia emocional , que se hace pasar, bastardamente, por la moderna virtú maquiaveliana- sino de la pérdida en las capacidades de socializad, de empatía, del sentimiento de solidaridad y, por supuesto, de la responsabilidad(p. 158-159).


4. Miedo a no parecer progre y liberado

Es difícil explicitar qué puede significar parecer progre entre los jóvenes actuales, pero voy a arriesgarme. Diría que parecer progre es mostrarse internamente libre de cualquier limitación y dependencia que coarte la afirmación libérrima de uno mismo y de cualquiera, y al mismo tiempo predispuesto a simpatizar con la causa de quienes denuncian la opresión o la discriminación. El correlato de tal postura es la exhibición de autenticidad, no en el sentido de La ética de la autenticidad de Taylor que implicaría la confrontación heterorreferencial, sino de espontáneo, de conectado al yo íntimo que se expresa sin restricciones, cargas, ni ataduras, conociéndose y siendo sincero con uno mismo. Se trata de aparentar una psique sanada y liberada. ¿Cabe pensar en mayor cadena?.

5. Miedo al ridículo

Ajustados a los patrones de conducta que he esbozado, nadie parecía salirse del guión, nadie se permitía ni ligerezas ni torpezas, nadie parecía inadecuado. El problema es que actuando lo único que se consigue es que –como señala Marina- el «yo social» -la imagen que los otros nos devuelven- usurpe el terreno del «yo íntimo».

Para superar los miedos, Marina propone los siguientes consejos:

1. Distingue los miedos amigos de los enemigos
2. Tu no eres tu miedo
3. Declara la guerra a los miedos enemigos que invaden tu intimidad
4. Conoce a las estrategias de tus enemigos y cuáles son tus aliados
5. No puedes colaborar con el enemigo
6. Fortalécete
7. Háblate como si fueses tu entrenador
8. debilita a tu enemigo
9. Busca buenos aliados


1 comentario:

Elisabeth G. Iborra dijo...

Hola, gracias por citar mi libro, en primer lugar, pero después, he de rectificarte porque me llamo Elisabeth G. Iborra, no Ester Iborra. perdona pero es que vivo de mi firma y estas imprecisiones no nos hacen grandes favores!

abrazos